Por Palabra Pública | Crédito de foto: Carlos Saavedra
La escritora Ariel Florencia Richards (Santiago, 1981) parece interesarse especialmente por aquello que permanece abierto: los edificios cortados de Gordon Matta-Clark, las biografías fragmentarias, los artistas olvidados, las identidades en tránsito. Su escritura se mueve en ese territorio donde el ensayo, la memoria y la ficción dejan de obedecer fronteras demasiado rígidas. Lo hizo en Inacabada (2023), novela en la que abordó su tránsito de género, y donde transformó el silencio, la espera y el cuerpo en materia narrativa incómoda y luminosa a la vez. También en Contra viejas superficies (2025), el libro donde exploró las intervenciones arquitectónicas del artista estadounidense Gordon Matta-Clark —hijo del pintor Roberto Matta— que literalmente aserruchaba construcciones para revelar sus heridas internas. Arquitecta de formación, investigadora de artes visuales y una de las autoras más singulares de la escena chilena contemporánea, Richards escribe como quien examina un archivo delicado: con precisión, intuición y una sensibilidad que mezcla autobiografía, ensayo y crítica cultural. Formada entre Santiago y Nueva York, donde cursó un MFA en Escritura Creativa, ha construido una obra atravesada por los cuerpos, las imágenes y las identidades que escapan de las categorías fijas.
Hace poco prologó el libro Atravesar la resistencia. Escritos, cartas y entrevistas de Gordon Matta-Clark, publicado en español por Ediciones UDP y sigue profundizando en nuevas investigaciones. Hace dos años comenzó a indagar en la particular vida y obra de la artista transgénero Lorenza Böttner, nacida en Punta Arenas en el seno de una familia alemana, y quien a los 8 años perdió sus brazos por un accidente con una torre eléctrica. Además, hace un año inició un trabajo de investigación con la dupla de arquitectos radicados en Concepción, Mauricio Pezo y Sofía Von Ellrichshausen, quienes tienen una destacada trayectoria con obras emblemáticas como la Casa Poli ubicada en Coliumo y exposiciones internacionales en la Royal Academy of Arts de Londres, el MAXXI en Roma y el Art Institute de Chicago, el Carnegie Museum y el MoMA en Nueva York.
En sus respuestas a este cuestionario conviven la crítica cultural y el humor, la sensibilidad pop y la erudición artística: puede pasar de Francisco Copello a Robotech; de José Donoso a Damon Albarn; de las bibliotecas silenciosas a una plaza de Pocuro donde observa correr feliz a su galga.
¿Qué figura de la literatura ha inspirado tu carrera?
—En un comienzo fue la de mi abuelo, el escritor Alfonso Echeverría, quien murió joven, con casi toda su obra poética, ensayística y narrativa sin publicar: siendo yo misma joven, pensé que me correspondía reparar su figura y su carrera. Pero a medida que he crecido, he ido eligiendo otros referentes no heredados. Mujeres influyentes en el amplio sentido de la palabra: la argentina Olga Orozco, siempre presente con sus poemas y horóscopos; las extraordinarias Maggie Nelson y Olivia Laing, con su rompedora libertad para cruzar los géneros. Mis maestras, Lila Zemborain y Cynthia Rimsky, no solo porque las admiro, sino también porque, a pesar de que ya no son mis profesoras, nunca dejo de aprender de ellas.
¿Qué obra ajena te hubiera gustado crear?
—A veces fantaseo con viajar en el tiempo para ver, desde lejos, la creación de algunas acciones que no tienen ninguna relación entre sí (y quizás tampoco son arte), pero que sí me parecen excepcionales. Desde las pinturas en las cuevas de Altamira hasta el Corte sin título (1971) de Matta-Clark en el Museo Nacional de Bellas Artes. Más que hacerlas o crearlas, me hubiera encantado estar ahí viendo cómo se hacían.
¿Con qué artista o creador/a te obsesionaste alguna vez en la vida?
—Le dediqué cuatro años a investigar la vida y la obra del arquitecto Gordon Matta-Clark y de ahí surgió una bonita publicación, así que creo que las “obsesiones” pueden ser útiles. Actualmente estoy investigando, por un lado, a la artista Lorenza Böttner y, por otro, a la pareja de arquitectos que conforman Pezo von Ellrichshausen: dos casos muy distintos a los de Matta-Clark, tanto en el archivo como en la práctica. No sé si me he llegado a obsesionar con ellos, pero sí tienen —momentáneamente— toda mi atención.
¿Con qué figura pública, viva o muerta, te habría interesado conversar?
—Con mi abuelo, Alfonso Echeverría. Él formó parte de una constelación de figuras fascinantes (hijo de María Flora Yáñez, primo de José Donoso, sobrino de Juan Emar, hermano de Mónica Echeverría y nieto de Eliodoro Yáñez). Además, tuvo una vida rara: lo expulsaron de la universidad por ser comunista, trabajó como traductor simultáneo para la ONU, viajó a África durante los sesenta en comisiones políticas y escribió sobre casi todas estas experiencias. Se suicidó en 1969, así que nunca lo conocí y me hubiera encantado hacerle un par de preguntas.
¿Qué artista consideras que se ha sobrevalorado y a cuál deberíamos valorar más?
—Me parece que hay que observar con más cuidado, profundidad y cariño a artistas que quedaron al margen del canon del arte de vanguardia en Chile en los setenta y ochenta. Ahí hay creadoras y creadores increíbles, a quienes apenas se ha estudiado. Pienso en Carlos Peters, Francisco Copello y Valentina Cruz, solo por nombrar tres de los que he podido investigar un poco. ¿Y artistas sobrevalorados? Basta con mirar lo que se expone en las galerías comerciales para darse cuenta de que ya tenemos suficiente.
¿Qué disco o canción escuchas cuando estás feliz?
—No sé si escucho música cuando estoy feliz. Pero “Melancholy Hill”, de Gorillaz me pone feliz. Y últimamente, la verdad, cualquier canción de Damon Albarn, a quien considero uno de los mejores baladistas vivos. Ahora estoy volviendo a escuchar las canciones lentas del disco Blur de 1997, creo que en ese momento no le presté toda la atención que merecía y es una joya.
¿Qué escritores nuevos son tus favoritos?
—No son tan nuevos y me avergüenza estar tan desconectada de las novedades de la escena, pero me gustan la escritura y la visión de Paz López y de Macarena García Moggia. Leo con interés todo lo que publican Marcela Rivera Huntiel y Amalia Cross. En plan ficción, creo que Nancy (2015), de Bruno Lloret, es una de mis novelas chilenas favoritas de las últimas décadas.
¿Qué consejo te hubiese gustado darte a ti misma al comienzo de tu carrera?
—Al inicio de mi carrera fumaba más de una cajetilla de cigarros al día; entonces podría decirle, amorosamente, a mi yo más joven que cuide eso, pero luego, ¿qué aconsejarle a una persona que se demoró treinta y siete años en pronunciar dos palabras que cambiaron su vida? Quizás le diría: “Haz lo que puedas. Por mientras”.
¿Qué libros incluirías en tu programa de estudio si fueras profesora escolar (y por qué)?
—Hay libros que, por lo entretenidos que son, deberían ser obligatorios. Digo, por puro placer de la lectura. La biografía que escribió Stefan Zweig sobre Magallanes, por ejemplo, pocas veces he disfrutado tanto de una historia. El arte queer del fracaso (2018) de Jack Halberstam habría sido un alivio y un goce. Ojalá en el colegio hubiera podido leer poemas de Malú Urriola; pienso particularmente en lo importante que habría sido para mí conectar antes con un poemario como Piedras rodantes (1988) y creo que también habría amado leer Las malas (2019) de Camila Sosa Villada.
De no haberte dedicado a tu profesión, ¿qué te habría gustado hacer?
—Creo que tengo un futuro como ilustradora botánica, jaja. Lo exploré en los años previos a mi transición de género y quedó pendiente, justamente para darle espacio a la escritura y la investigación. Modestia aparte, soy buena dibujando plantas y disfrutaba mucho haciéndolo: ya lo retomaré. De hecho, si alcanzo a vivir para retirarme, quisiera dedicarme a eso en mi vejez.
¿En qué otra época de la historia te gustaría haber crecido?
—¿Es muy cliché decir que sería durante la irrupción de las vanguardias artísticas en Europa? Me habría gustado, por ejemplo, ver cómo se desenvolvía Pedro Lira en el París de finales del siglo XIX. Y antes de eso me hubiera gustado coexistir con los dinosaurios, ojalá en el Cretácico.
¿Hay algún personaje de ficción con el que te identifiques? ¿Por qué?
—Ariel de La sirenita. Ariel de La tempestad. Ariel de Robotech. Tres heroínas con el mismo nombre, distintas entre sí pero con virtudes que admiro, como el arrojo, la fidelidad y la confusión como metodología de investigación. ¿Sabes quién también fue muy importante para mí? María José, la abogada trans de la serie de Netflix La casa de las flores (2018). Ella aparecía en la trama porque era buena en su trabajo y luego se revelaba su identidad de género. Creo que ese personaje me permitió pensarme a mí misma como una escritora e investigadora de artes visuales que, además, era trans. Y no al revés.
¿Cuál es tu palabra favorita y cuál es la que menos te gusta?
—Últimamente he estado pensando mucho en confín, una palabra que me empezó a dar vueltas mientras estudiaba arquitectura en la PUCV y a la que, quizás, nunca presté suficiente atención. Creo que junto a ella está el cenotafio, también pendiente. Quiero decir: ambas forman parte de la novela que termino de escribir. Y la que menos me gusta es sorpresa: no por lo que significa; me gustan las sorpresas, sino porque siempre me ha costado escribirla; tanto a mano como en el teclado, siempre se me cruza la p con esas dos r.
¿Qué serie o película recomendarías y por qué?
—Depende de a quién. A mi mamá le recomendé hace poco Love Story, sobre la vida de John F. Kennedy y Carolyn Bessette, y la amó. A unos alumnos de arquitectura los mandé a ver Arrival, de Denis Villeneuve (basada en una historia corta de Ted Chiang) y les sirvió para sus investigaciones. Pero quizás esas sugerencias cruzadas habrían sido un desastre. Mi serie favorita de todos los tiempos, y la que recomiendo siempre, es The Leftovers (HBO) de Damon Lindelof, basada en el libro homónimo de Tom Perrotta. Un drama brutal sobre el duelo y el abandono. Y también me gustó mucho Outer Range (Prime) de Brian Watkins, sobre la moral, la familia y los choques de creencias: aunque la cortaron tras su segunda temporada, para mí es de los mejores que se han hecho en televisión. De las más recientes, soy fan absoluta de Foundation, basada en la serie de libros de Asimov, y me reí mucho con Pluribus, de Vince Gilligan, ambas en Apple TV.
¿Cuál es tu lugar favorito en Santiago?
—Voy harto a una plaza que está en Pocuro con Tobalaba porque ahí mi perra, una galga de cinco años, puede correr sin correa y a veces se baña en las piletas. Es decir, es libre y feliz y a mí me hace bien verla así. Pero quizás es el lugar favorito de ella y yo no tengo un lugar favorito en la ciudad. En general, me gusta el silencio, por lo que casi siempre prefiero los interiores. Disfruto mucho de las bibliotecas en las que investigo y trabajo: las de Lo Contador y de Campus Oriente. También el Centro de Archivo y Documentación de Il Posto, en el barrio Bellas Artes y la Sala de Archivos de la Biblioteca Nicanor Parra, en el barrio República. Digo todo esto para evitar lo obvio: mi lugar favorito en Santiago es mi casa.
