Por Palabra Pública
La historia comienza en el desierto. La narración es cinematográfica. Como si una cámara fija, en un plano general, captara un espejismo en el que poco a poco se vislumbra la silueta de dos autos de la Policía de Investigaciones que avanzan a toda velocidad. Luego de una hora de viaje, los efectivos se detienen a la orilla del camino, en un punto entre Antofagasta y el poblado de San Pedro de Atacama, para internarse en la soledad del desierto. Llevan un par de herramientas, un cooler y un mapa que supuestamente indica el lugar donde está enterrado un cadáver.

Carlos Pinto
Suma, 2025
340 páginas
“Dos horas de incesante búsqueda, hiriendo repetidas veces el terreno a punta de pala y picota (…), fueron estériles para encontrar lo que esperaban. La labor comenzó con el sol naciente a sus espaldas y concluyó al mediodía, cuando el ardor de la temperatura ambiente les taladraba la cabeza. Con este desalentador corolario, el rigor policial trastabilló y se activaron las alarmas para tejer las más diversas hipótesis”, se lee en las primeras páginas de El camino de las bestias, la tercera novela de Carlos Pinto, un thriller policial que se suma a El silencio de los malditos (2018) y El jardín de los inocentes (2021) —también publicadas por Suma, subgrupo de Penguin Random House—, obras que marcaron su debut en la literatura y que han sido un éxito editorial.
De éxitos, Carlos Pinto sabe. Su carrera, que empezó en noticiarios del Canal 11 y en Informe especial de TVN, dio un giro cuando creó en los años 90 dos clásicos de la televisión que alimentaron por décadas las pesadillas de miles de chilenos: Mea culpa y El día menos pensado. Desde ese momento, el periodista, realizador audiovisual, guionista y presentador de TV se convirtió en la figura más famosa del país si de crímenes y fenómenos paranormales se trata —en Facebook, incluso, tiene un grupo de fans con más de 100 mil miembros. La voz en off, el suspenso característico de sus narraciones, el halo de misterio que rodea sus apariciones en pantalla —cada una más sorpresiva que la anterior—, y esa icónica frase que quedó para siempre en la cultura popular: “nada hacía presagiar”, son un sello inconfundible de su estilo.
Hoy Pinto salta de los éxitos de rating a los libros superventas con El camino de las bestias, donde cuenta la historia del doctor Julio Otero —y la de sus colegas Guido Alfaro y Benjamín Musetti—, médicos jóvenes que, cada uno impulsado por un hecho que marcó su vida, planean o ejecutan un asesinato. Pinto demuestra que, en determinadas circunstancias, cualquiera puede convertirse en un criminal, y de paso recuerda por qué se hizo famoso en la pantalla chica: su innegable manejo del género del suspenso. El libro será presentado este viernes 21 de noviembre en el Teatro Oriente, y en los próximos días en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, uno de los eventos literarios más importantes de Latinoamérica. En medio de esta apretada agenda, el autor responde las preguntas de nuestro cuestionario.
¿Qué libro te hizo querer escribir?
—En realidad ninguno en especial. El motivo que me inspiró a escribir fue el dominio del guion (primo político de la literatura), oficio que adquirí como director de cine y autor de mis trabajos audiovisuales. De pronto sentí la urgente necesidad de universalizar mi mirada respecto a la enorme cantidad de historias de las cuales he sido depositario por años, cuya cantidad copó mi básico disco duro. Varias de ellas, tal como un músico que descubre un instrumento desafinado al oído, se instalaron en mi memoria y entendí que eran dignas de ser contadas. Por respeto al arte de la literatura reconozco que me fue muy duro elaborar una nueva narrativa sin imágenes, sonidos ni música.
¿Qué libro, ya sea clásico o contemporáneo, consideras que está subvalorado?
—Confieso que he vivido, de Pablo Neruda.
¿Qué obra ajena te hubiera gustado crear?
—Cinema Paradiso, de Giuseppe Tornatore.
¿Con qué artista (escritor o creador, en términos amplios) te obsesionaste alguna vez en la vida?
—Siendo amante del cine y con el peso de los sueños encima, con Jacqueline Bisset y Catherine Deneuve.
¿Qué disco o canción escuchas cuando estás triste?
—“Venecia sin ti”, de Charles Aznavour.
¿Qué libro incluirías en tu programa de estudio si fueras profesor escolar (y por qué)?
—A riesgo de pasar por pedante: El silencio de los malditos (mi primera novela). Es una historia inspirada en un hecho real, de un famoso criminal, que narro desde la niñez del protagonista, hecho que permite al lector contextualizar la época de los 50 y conocer de cerca el rigor del encierro y las vicisitudes de su padre, quien es objeto de una persecución política en el gobierno de Gabriel González Videla y es conminado a perder su libertad en la cárcel de Pisagua. Como admirador del neorrealismo italiano, la historia de este hombre está contada en ese estilo y nos acerca con propiedad histórica al proceso que convoca a un niño a borrar sus sueños y convertirse en un “canero” (vocablo del coa, idioma carcelario que define como tal a quien hace de la cárcel su hogar). Su pedigrí, sus amores, su analfabetismo, sus frustraciones cruzan el periodo de la dictadura en Chile. Estos pasajes fueron narrados con sutileza y la clara intención de no ser considerado un libro con sesgo político. El silencio de los malditos es la visión cruda, pero humana, de una época que es prudente conocer al margen de miradas partidistas. Digo esto porque varios profesores ya han hecho este ejercicio y lo han recomendado a sus alumnos en forma particular, con resultados muy halagadores.
¿Qué consejo te hubiese gustado darte a ti mismo al comienzo de tu carrera?
—Sin duda, hubo en mis comienzos días de mucha niebla en ese sentido, sobre todo trabajando en medios de comunicación audiovisual que tienden a acariciar y engrandecer el ego como resultado inmediato. Creerse el cuento, entendiendo que la visibilidad de nuestro trabajo nos convierte en personas diferentes, por no decir mejores que el resto, es un síndrome que ataca y te atrapa. En mi caso logré domesticar mi ego tras un largo periodo de lucha. En esa etapa frené el virus, abrazando el concepto: Uno es la medida de sus propios sueños y no debo anticiparme a los resultados, estos solo llegan cuando haces lo que te gusta.
¿Cómo te imaginas a tus lectores más fieles?
—No me los imagino, los conozco. Cuando acudo a firmar libros, logro rescatar en las furtivas conversaciones con cada uno de ellos un denominador recurrente: respeto y admiración por mi trabajo. También recibo un manifiesto cariño hacia mi persona, que no logro explicar su génesis, pero que mi ego domesticado acepta humildemente como una dádiva.
De no haberte dedicado a tu profesión. ¿que te habría gustado hacer?
—Desde muy niño adoré las películas. Gastaba mi pequeña mesada en entradas al cine. Tenía como un tesoro un cuaderno con cada una de ellas, con los nombres de los directores y elenco. Quise ser director de cine y logré estudiar esa profesión. Quise ser comunicador, periodista, publicista, –para paliar mis posibles etapas de cesantía, las que para mi suerte nunca se produjeron– y logré estudiar y obtener otro título. Siendo más exacto en la respuesta, fue tal mi apetito creativo, y la profundidad de la marca a hierro que adquirí desde mi infancia el deseo por desarrollarme en el mundo audiovisual, que mi norte no tenía más destino que el que tuve.
¿En qué otra época de la historia te gustaría haber crecido?
—¡Uf! Qué manera de escarbar en mi infancia. Sin duda me hubiese gustado ser uno más de los que conquistaron el lejano Oeste. Me veo de niño yendo a buscar a mi padre al salón y encontrándome con una riña generalizada; de adolescente, presenciando un duelo entre el malo y el bueno; de joven, yendo a un picnic con mi enamorada en una tarde de soledad a la orilla del río; y de adulto, siendo elegido como el sheriff del pueblo. Esta es la visión onírica de los que gastábamos nuestro ocio mirando la pantalla.
¿Cuál es tu palabra favorita y la que menos te gusta?
—No sé si es la favorita, pero sí la que más uso. “Dale”, que representa la total y absoluta aceptación a lo que me ofrecen. Y la que menos me gusta escuchar es más bien una frase: “cuento corto”. ¡Ah! Y otra: “nada”, muy usada por los futbolistas y los fanáticos.
¿Hay algún personaje literario con el que te identifiques?
—Con el espíritu del Quijote de la Mancha.
¿Cuál fue la última serie o película que te gustó?
—Adolescencia (Netflix).
¿Cuál es tu lugar favorito de tu ciudad y por qué?
—Sé que es un lugar común, pero me gusta el cerro San Cristóbal. Más que nada porque admiro su potencial y lamento que su aprovechamiento no sea integral. Para mí debiera ser el epicentro de la cultura, el deporte y la entretención. Debiera tener un comité central de administración, que lo dotara de un tranvía con muchas estaciones. Entre ellas un centro para eventos masivos (recitales, foros), un cine (infaltable) al aire libre. Un teatro. Una terraza al aire libre donde se presente música clásica permanentemente, un lugar abierto, donde estén pintores trabajando y vendiendo sus trabajos, algo así como Montmartre. Un canopy gigante desde la cumbre hasta la planicie de la entrada. Restaurantes diversos con terrazas mirando la ciudad. Un mirador espectacular… Me fui en la “volá”, jajaja. El cerro San Cristóbal debiera ser no solo un lugar digno de ser visitado, sino el corazón de la capital y una razón turística única e inigualable.
