Por Palabra Pública
En 2017, el diario español El País publicó una nota con uno de esos títulos rimbombantes y categóricos tan propios del periodismo: “El otro ‘boom’ latinoamericano es femenino”. En ella, autoras tan disímiles como Mariana Enríquez, Paulina Flores, Liliana Colanzi o Pola Oloixarac eran encasilladas sin ningún reparo —una vez más, como siempre en la historia— en una gran categoría: la literatura de mujeres. La palabra “boom”, además, buscaba replicar el fenómeno editorial y comercial que protagonizaron autores como García Márquez o Cortázar en las décadas de 1960 y 1970, con la salvedad de que acá el único criterio común entre las autoras era su género (no literario, por supuesto).
Ese mismo año —el del #MeToo y las marchas feministas—, las académicas chilenas Lorena Amaro (de la Universidad Católica de Chile) y Fernanda Bustamente (de la Universidad Autónoma de Barcelona) empezaron a investigar juntas las escrituras de narradoras latinoamericanas nacidas después de 1970 y a elaborar un archivo de nombres, títulos, editoriales e iniciativas feministas que dieran cuenta de lo que estaba pasando en las letras de este rincón del mundo. El resultado de ese trabajo fue No somos boom, un ensayo en el que se aborda un tema tan complejo como polémico, que recorre desde las asimetrías de género y poder en el campo literario hasta las nuevas formas de silenciamiento y las estrategias comerciales en torno a la idea del “boom femenino”.

“La exclusión de las escritoras no solo tiene lugar en los conteos o en las instancias de reparto o inscripción del reconocimiento, ya se trate de voces emergentes o de escrituras consagradas. Hay otras formas de relacionarse, micropolíticas, en las que la desigualdad de poderes se hace sentir con todo su peso”, escriben las autoras, quienes se proponen —según explican— “desactivar” la maquinaria del boom mediante una mirada crítica e incisiva, sin esquivar las trampas y contradicciones que implica un asunto tan espinoso como este. “El boom, con su estallido, no une a las escritoras: las separa. Las separa de su tiempo, las separa de una idea de comunidad. Separa a Latinoamérica, la somete nuevamente a una mirada, a una episteme colonial que etiqueta y clasifica”, advierten en el ensayo.
Para quienes conocen el trabajo de Lorena Amaro —doctora en Filosofía, profesora titular del Instituto de Estética de la PUC y crítica literaria—, se trata de un libro esperado. Fue ella quien, en agosto de 2020, instaló en el debate público el dilema de la autoría de mujeres a partir de un texto crítico que desató una intensa discusión entre académicas y escritoras, con repercusiones que trascendieron Chile. Su trabajo investigativo y sus críticas literarias —publicadas periódicamente en Palabra Pública— han contribuido, entre otras cosas, a profundizar en la obra de autoras de distintas épocas y a hacer circular nombres olvidados o poco conocidos, como el de Emma Barrandéguy, escritora argentina de mediados del siglo XX, a quien menciona en una de las respuestas que dio en nuestro cuestionario Bajo Palabra.
¿Qué película o serie reciente te ha llamado la atención y por qué?
El agente secreto. Me gustan mucho las películas de Kleber Mendonça Filho, es un director muy versátil, con humor y una forma de ir construyendo las historias que me hace sentir inmersa en una novela densa, en la que me dejo llevar por la narración, a veces disruptiva o inesperada. La manera en que aborda la violencia en esta película es muy sofisticada y sutil. No va “directo al grano”, lo que permite mostrar la compleja vinculación de los intereses empresariales con la represión y la violación de derechos humanos por parte de las dictaduras latinoamericanas.
¿Qué libro te hizo querer escribir?
—Escribir quise desde muy chica, tal vez el primer libro que despertó en mí esas ganas fue Papelucho. Escribía diarios tratando de hacerme la graciosa. Ya adolescente, sospecho que La amortajada, o Rayuela, dos libros que me impactaron mucho, me provocaron esas ganas. Desde la perspectiva de la crítica literaria, libros que me removieron fueron Sade, Fourier, Loyola, de Roland Barthes, Una modernidad periférica, de Beatriz Sarlo, y años más tarde, el Atlas portátil de América Latina, de Graciela Speranza. En fin, son muchos.
Si tuvieras que escribir un libro sobre una escritora (viva o muerta), ¿a quién elegirías y por qué?
—Sin lugar a dudas querría escribir la biografía de Marta Brunet. Es probablemente la escritora latinoamericana que más conozco y admiro. Sus cuentos están hechos con maestría, todo está muy bien pensado en su literatura. Su vida es muy misteriosa y atractiva, por lo que he sabido de sus correspondencias y los archivos que trabajan colegas como Osvaldo Carvajal, Natalia Cisterna, Antonia Viu.
¿Qué música escuchas cuando estás triste?
—Cuando estoy triste no escucho música. Tal vez la pregunta podría ser ¿qué música te pone triste cuando la escuchas? Algunas veces la música me angustia.
¿Qué pensador o pensadora crees que se ha malinterpretado con mayor frecuencia?
—¿Benjamin? ¿Foucault? ¿Derrida? ¿Lacan? ¿Butler? Se les cita mucho y es fácil que los malinterpretemos.
¿Qué novela incluirías en tu programa de estudio si fueras profesor escolar (y por qué)?
—Incluiría novelas como Conjunto vacío, de Verónica Gerber, o La filial, de Matías Celedón, para que desde el colegio las y los estudiantes tengan una visión más abierta, compleja y rica de lo que puede ser la literatura en sus diálogos con la visualidad y su materialidad.
¿En qué época te habría gustado ser adolescente?
—¡En ninguna! Supongo que siempre es una experiencia difícil, a mis 15 no volvería ni borracha. De la adolescencia de entonces rescato la inquietud política, lo mucho que además atesorábamos libros, películas, objetos que eran nuestros fetiches. De los chicos de ahora rescato que tienen relaciones más sinceras y libres con los demás, son más francos. Sobre todo, admiro el impulso feminista de las mujeres jóvenes.
¿Qué libro, ya sea clásico o contemporáneo, consideras que está subvalorado?
—Hay autores que me han gustado y que son poco conocidos, por ejemplo Jean Ray, un belga nacido en el siglo XIX que escribía literatura fantástica, muchos de sus cuentos se ambientaban en puertos. Me gusta cuando me encuentro esas literaturas. Gocé cuando por ejemplo leí a Emma Barrandéguy, una escritora argentina de mediados del siglo XX, su novela Habitaciones es muy singular, inesperada, publicada a destiempo, además. Ahora que lo pienso, me parece que María Moreno fue mucho tiempo subvalorada, ya debería haberse ganado todos los premios, es maravillosa. Ella prologa el libro de Barrandéguy, hay unas sintonías similares entre ellas. Y como defiendo la crítica literaria, debo decir que me parece que es un ejercicio cada vez menos valorado, y no sé si eso remontará.
¿Con qué artista (escritor o creador, en términos amplios) te obsesionaste alguna vez en la vida?
—Con varios y diversos, si entendemos por obsesión una preferencia que me llevó a buscar más obras y a informarme sobre ellos (pero no me considero particularmente obsesiva). En orden de aparición (más o menos): Silvio Rodríguez, Víctor Jara, Violeta Parra, Julio Cortázar, Simone Weil, Alfonsina Storni, Vicente Huidobro, Friedrich Nietzsche, Italo Calvino, Djuna Barnes, Franz Marc, El Bosco, Martin Scorsese, Federico Fellini, Tim Burton, Caravaggio, Neil Gaiman, Frida Kahlo, Jorge Luis Borges, Roland Barthes, David Lynch, Roberto Arlt, Clarice Lispector, Leonora Carrington, Lou Andreas Salomé, Marta Brunet, Manuel Rojas, Roberto Bolaño, Idea Vilariño, Marosa di Giorgio, Hebe Uhart, Lucrecia Martel… creo que puede haber varios más.
¿Qué palabra o concepto crees que las nuevas generaciones están usando demasiado en estos días?
—Si digo “demasiado” es decir que no deberían usarlas tanto y me cuesta censurar. Es una idea un poco normativa del lenguaje. Pero una que noto es la palabra “cringe”, y supongo que este comentario es metacringe… En general, me parece que hay un abuso de expresiones superlativas, sospecho que el lenguaje ya no da de sí para lo que sienten o desean expresar las nuevas generaciones, para sus excesos sensoriales, o bien, por el contrario, para su sentimiento de incertidumbre, o de que el mundo está recién surgiendo con ellas.
De no haberte dedicado a tu profesión, ¿qué te habría gustado hacer?
—Intuyo que psicóloga o psiquiatra.
¿Qué consejo te hubiese gustado darte a ti mismo al comienzo de tu carrera?
—Haz lo que realmente te apasione hacer y deja fuera todo lo que sea por puro compromiso.
