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Bajo Palabra | Nicolás Zárate: “Me molesta la moralización en el arte”

Por Palabra Pública | Crédito de foto: Daniela Rivera Olave

“La vida se nos ha escapado”, se lamenta Iván Petrovich en el clímax de su desesperación, al darse cuenta de que ha desperdiciado los mejores años de su vida en rutinas e ilusiones vacías. La frase pertenece a Tío Vania (1899), la clásica obra de Antón Chéjov que bien podría resumir el estado de ánimo de varios de los personajes que han marcado el recorrido artístico del actor Nicolás Zárate (1985), quien en la última versión de la obra estrenada en 2024, VANIA. Escenas de la vida en el campo (adaptada por Leyla Selman y dirigida por Rodrigo Pérez), encarna justamente a Petrovich. A Zárate le atraen esos personajes que observan el mundo con una lucidez que les llega demasiado tarde; que dudan, se equivocan y cargan con las consecuencias de sus decisiones. Seres mundanos, demasiado humanos. No sorprende, entonces, que entre los papeles que más atesora aparezcan los personajes de Chéjov, ni que hoy reciba elogios por interpretar a Jorge Silva en Hangar rojo (2026), un militar obligado a elegir entre la obediencia y su conciencia en las horas más oscuras de la historia reciente de Chile.

La película de Juan Pablo Sallato, inspirada en hechos reales y basada en el libro Disparen a la bandada (2002), de Fernando Villagrán, que llegará a las salas chilenas en octubre y que ya ha cosechado elogios internacionales —en el Festival de Berlín y de Guadalajara—, se llevó cuatro premios en el Festival de Málaga: a Mejor Película Iberoamericana de Ficción, Mejor Dirección, Mejor Guion (Luis Emilio Guzmán) y Mejor Interpretación Masculina para Zárate, consolidando una trayectoria que viene desarrollándose con igual intensidad en el cine y en el teatro.

Nicolás Zárate es integrante estable de la histórica compañía Teatro ICTUS, donde ha participado en montajes como Primavera con una esquina rota (adaptación de Emilia Noguera con dirección de Jesús Urqueta), Los niños están grandes (de Emilia Noguera dirigida por Rodrigo Pérez)la mencionada VANIA. Escenas de la vida en el campo o la más reciente Caballo (de Emilia Noguera), además de las obras de Luis Alberto Heiremans dirigidas por Jesús Urqueta, El mar en la muralla y Arpeggione. Trabajos protagonizados por personajes complejos, llenos de contradicciones, zonas grises, dilemas morales y existenciales.

Quizás por eso, cuando habla de arte, lo hace lejos de cualquier pedestal. En una de sus columnas publicada en El Ciudadano, defendió la ficción como un territorio capaz de escapar de los juicios rápidos y de las verdades absolutas. Una idea que reaparece constantemente en su trayectoria: desde su rechazo a las obras que funcionan como “manuales de ética y conducta” hasta su fascinación por autores como Chéjov, Dostoievski o Shakespeare, creadores que hicieron de la duda una forma de conocimiento.

A través de este cuestionario, Zárate recorre las obsesiones que han acompañado su vida —desde Freddie Mercury y Metallica hasta Artaud y los grandes compositores rusos—, recuerda la influencia decisiva de su padre músico, reflexiona sobre la necesidad de permitirse el error y reivindica una mirada del arte capaz de encontrar humor en el horror, profundidad en lo banal y humanidad en la contradicción. Porque, como demuestra su trabajo reciente, las historias que más perduran no son las que entregan respuestas, sino las que obligan a seguir pensando cuando la función ha terminado.

¿Qué figura del cine o del teatro ha inspirado tu carrera?
—La primera inspiración real que recuerdo, no fue ni del teatro ni del cine. Fue mi papá imitando caricaturescamente una pieza de Modest Músorgski llamada cuadros de una exposición (él era músico de profesión, pero creo que podría haber sido perfectamente un actor). A través de él y del humor pude ver las imágenes que la música representaba. Pude ver los cuadros a través de sus gestos. No era algo sofisticado, era más bien un juego terrenal, estúpido, chistoso, pedestre y superficial. Y eso me ha marcado hasta el día de hoy: poder bajar a los clásicos de ese lugar de alta cultura que alguna gente esnob ha inventado, ver lo banal del arte, para dejar de entenderlo solo desde una mirada elitista, sino desde toda su amplitud, profunda y superficial, espiritual y profana, liviana y pesada. 

¿Qué personaje de ficción te hubiese gustado interpretar y cuál de los que has interpretado es tu favorito?
—Ricardo III y Hamlet de Shakespeare. Este último ha estado rondándome mucho más seguido. Parece un fantasma que me persigue y no me suelta. Debe ser la necesidad de volver a poner en tensión el deber ser y la conciencia personal, o quizás volver a ponerme ese disfraz triste del sino trágico que da la lealtad al padre, para ver si logro de una vez sacármelo. También Kostia en La Gaviota de Chejov y volvería al tío Vania pero a los 47, solo por darme el gusto de hacerlo en la edad que el personaje tiene en la ficción. Lo hice la primera vez a los 25 y ahora hace poco, el año pasado, a los 40. Otros favoritos son el hombre en Pájaro de Trinidad González, Lorenzo en Arpeggione de Luis Alberto Heiremans y Sonrisa de Maldad en Jardín de reos de Luis Barrales. De los que he hecho en cine, me encanta el viejo en Vieja Viejo de Ignacio Pavez, el Tila en El Tila: fragmentos de un psicópata de Alejandro Torres y el capitán Jorge Silva en Hangar rojo de Juan Pablo Sallato (aunque todos estos no vienen de la ficción, sino de la realidad).

¿Con qué artista o creador/a te obsesionaste alguna vez en la vida?
—La verdad me he obsesionado con muchos… Desde los 8 años me obsesioné con Freddie Mercury y Queen. Sus puestas en escena y toda la manera de crear en el estudio. Tantas voces. Era imposible replicarlo en vivo. Después, a los 14, me obsesioné con los tres primeros discos de Metallica, eso quiere decir que solo veía entrevistas y conciertos de esos discos y no quería aceptar los nuevos (entiéndase que en esa época noventera el valor de “lo verdadero” era mucho más importante que cualquier narrativa del disfraz. Era todo lo contrario a Queen.) A los 17 me volví loco con Dostoievski. Lamentablemente para un lector susceptible como yo, esas lecturas no ayudaban mucho a la calma. En la escuela de teatro me empeciné con Antonin Artaud (que tampoco me calmaba, pero quién busca la calma a los 19 años). Creo que Artaud llegó por mi obsesión con el surrealismo también en la adolescencia. Quizás era inevitable que encontrara con el más surrealista de los surrealistas. El mayor exponente del “automatismo psíquico puro sin uso de la razón”. Después con Chéjov, que es una obsesión que tengo hasta hoy. En ese tiempo en la música estaba muy ligado a Schöenberg y el dodecafonismo. Alban Berg y Stravinsky (algo así como el mundo del inconsciente en la música). Más viejo volví a los rusos Músorgski y Tchaikovsky, que ocupan imágenes mucho más claras. También me volví loco en algún momento, entremedio de todo esto, con Charles Mingus y Eric Dolphy… Podría decir que todo se centra entre el realismo y la huida de él.

¿Con qué figura pública, viva o muerta, te habría interesado conversar?
—Me hubiera encantado ir a un bar a tomar y conversar con Alfredo Gómez Morel.


¿Qué película consideras que se ha sobrevalorado y por qué?
—Todas las películas que tienen ideas fijas. Esas películas cerradas de sentido que no te dan nada para seguir masticando en la casa y que parecen más un manual de ética y conducta. Me molesta la moralización en el arte. Y no me refiero solo a las películas gringas de gran presupuesto, también ocurre en el mundo independiente. 

¿Cuál es tu banda sonora favorita?
—Imposible decir solo una… Me encantó la música de Perfect Days de Wim Wenders, porque ocupa puros clásicos. También algunos momentos de Fallen Leaves de Kaurismäki, porque ocupó una de mis obras favoritas de Tchaikovsky, la sexta sinfonía o patética. Encuentro que es muy difícil, cuando una composición te gusta demasiado, verla coexistiendo con una imagen impuesta, pero Kaurismäki lo logra e incluso le abre otro sentido para mí. También la música de El resplandor de Kubrick encuentro que es genial. Ocupa mucho Bartók y creo que Ligeti también. En general las bandas sonoras de terror deberían tener un reconocimiento aparte… En la pandemia me pegué mucho con películas argentinas antiguas. La mayoría estaban escritas por escritores de tango y obviamente ponían su música. Debo confesar que me encantan. De esas rescato Los muchahos de antes no usaban gomina, la versión del 37, e Isabelita que tiene uno de mis tangos favoritos y un vals argentino hermoso que me recuerda a mi abuelo, creo que ambas están escritas y dirigidas por Manuel Romero. Y la banda sonora de La guerra de las galaxias de John Williams. Siendo sincero nunca logré verla entera, pero la música me la conozco de memoria porque a mi hijo le encanta y por consecuencia a mí también. Por último, una que es un arte en sí misma, la música que improvisó Miles Davis en una sola sesión junto a sus músicos, la banda sonora de Ascensor para el cadalso de Louis Malle.

¿Qué cineastas y/o dramaturgos nuevos/as destacarías?
—Diré nuevos, en tanto la historia del teatro es bien larga (o sea, hablaré de mis contemporáneos.) Voy a nombrar a puras chilenas y chilenos porque creo que es increíble lo que se hace en este país, aunque no tengamos ni un peso. 
Admiro la escritura de Pablo Manzi, Trinidad González, Nona Fernández, Marcelo Leonart, Emilia Noguera, Felipe Zambrano, Carla Zúñiga e Ignacio Peralta. Y el cine de Leonardo Medel, Juan Pablo Sallato, Jorge Riquelme, Sebastián Muñoz, Ignacio Pavez, José Luis Sepulveda, Andrés Nazarala, Katherine Harder, Felipe Carmona, Jorge Olguín (el menos nuevo o con más películas hechas, pero con el mismo afán que tuvo desde siempre por el terror y eso me parece admirable) 

¿Qué consejo te hubiese gustado darte a ti mismo al comienzo de tu carrera?
—Permite el error, permite equivocarte, que eso te abre las puertas del sentido a otros lugares que no conoces. Deja de poner puntos finales a lo que piensas, que la actuación y la vida se vuelven unívocas, concluyentes y moralistas.


Si hicieras clases de teatro en un colegio, ¿qué obras incluirías en tu programa de estudio (y por qué)?
—Ni idea, pero quizás obras necesarias serían:  Espectros de Ibsen, Hamlet de Shakespeare, Platonov de Chéjov. Para que los estudiantes entiendan quizás la relación con el padre y la madre desde otro lugar. También para ayudar a desacralizar los clásicos y que puedan ver el humor en el horror y el patetismo. 

De no haberte dedicado a tu profesión, ¿qué te habría gustado hacer?
—Cocinero, cantante, panadero, carpintero y zapatero (no sé absolutamente nada de eso, pero me hubiese encantado saber); tabernero, orfebre, carnicero (me crié hasta los 4 años en la casa de mis abuelos que tenían carnicería), pintor, director de orquesta; haber estudiado filosofía y literatura (no para hacer clases, solo para saber cosas que a este gobierno no le interesan); nadador e historiador. Geólogo, biólogo, matemático (era pésimo en matemáticas y en ciencias). Y cuando veo El PadrinoBuenos muchachos y Los Sopranos me dan ganas de haber sido un gángster. Supongo que soy actor por lo susceptible a querer ser otra cosa cuando estoy consumiendo referentes. 

¿Qué serie o película reciente recomendarías y por qué?
—Midnight Gospel. No sé qué tan reciente es, pero la empecé hace pocos días y la verdad, es una locura bien genial.