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Bajo Palabra | Pablo Oyarzun: “La filosofía es una larga y hermosa comedia de equivocaciones”

Por Palabra Pública

A comienzos del siglo XIX, el poeta alemán Friedrich Hölderlin pasó una breve temporada en Francia, luego de abandonar su intención de obtener un cargo en la Universidad de Jena. Venía trabajando de manera ininterrumpida en su obra poética —compuesta en poco más de diez años—, hasta que el avance de la esquizofrenia y su posterior ingreso en el sanatorio de Tubinga, en 1806, pusieron fin a uno de sus periodos más creativos. En Burdeos, ciudad portuaria del suroeste de Francia, a orillas del río Garona, asumió el puesto de tutor en la casa del cónsul de Hamburgo, donde permaneció hasta mayo de 1802. Un mes más tarde murió de tuberculosis Susette Gontard —la Diotima de Hiperión—, la mujer del banquero de Frankfurt con quien Hölderlin había mantenido una relación amorosa adúltera.

A raíz de esa experiencia, y tras volver a pie desde Burdeos a Nürtingen, la ciudad de su infancia, escribió uno de sus últimos poemas, Andenken (Recuerdo), una obra que evoca los paisajes que recorrió: los jardines de Burdeos, las encinas y álamos blancos a la ribera del arroyo, los días de fiesta en la ciudad, los barcos mercantes que zarpan y atracan en la costa, la confluencia de los ríos Garona y Dordoña en el gran estuario de la Gironda. “Pero el océano / Toma y da remembranza, / Y el amor clava también los ojos diligentes. / Mas lo que permanece, lo fundan los poetas”, se lee hacia el final.

El poema ha recibido numerosas exégesis, siendo la de Martin Heidegger una de las más conocidas e importantes, de tal manera que ninguna interpretación posterior “ha podido omitir una toma de posición respecto de ella”, escribe Pablo Oyarzun en Hölderlin, el recuerdo (Ediciones Mundana, 2025), donde el filósofo, ensayista, traductor y crítico chileno ofrece un nuevo “esbozo de lectura”, que busca hacerse cargo de la “absoluta singularidad y complejidad semántica del poema hölderliniano”. 

El libro es parte de una trilogía sobre el poema moderno compuesta por Entre Celan y Heidegger (2005), Baudelaire: la modernidad y el destino del poema (2013) y un inédito primer volumen cuyo borrador data de 1999: Metafísica, modernidad y poema: Hölderlin, Hegel y Poe. En el ensayo, el académico de la Universidad de Chile analiza el complejo acto de recordar, su relación con el olvido, su aparente acontecer inmotivado, ajeno a la intención humana, al tiempo que aborda una de las cuestiones fundamentales que el poema plantea: la idea de lo propio, lo ajeno y la apropiación. Así, es capaz de leer en la conjunción “pero” incluida en su apotegmático verso final un acto cuyas repercusiones afectan a todo el proceso memorativo del poema. Frente a la “violencia hermenéutica” de Heidegger, el filósofo chileno lee la pieza como un “pensar-en” que “resguarda lo ajeno como ajeno y lo propio como aquello que en virtud de su auto-ajenidad es en última instancia inapropiable”. 

Autor de otros libros como El dedo de Diógenes (1996), La letra volada (2009) o Devaneo de la estupidez y otros textos (2018; también publicado por Ediciones Mundana) y traductor de obras de Epicuro, Pseudo-Longino, Swift, Kant, Baudelaire, Kafka y Celan, entre otras, Pablo Oyarzun revela aquí algunas de sus afinidades intelectuales, su deuda con Borges, Montaigne y Kafka, sus gustos musicales —desde Violeta Parra hasta Bruce Springsteen—, y defiende la lectura como un acto de malinterpretación creativa.

¿Qué obra literaria reciente te ha llamado la atención y por qué?

—Una tesis de pregrado (Licenciatura en Teoría e Historia del Arte) que tuve la suerte de dirigir: una estudiante con una escritura excepcional en todo sentido y con un tema, también, definitivamente original. Toda mi admiración y mi gratitud a Catalina Tobar.

Si tuvieras que escribir sobre algún artista visual (vivo o muerto), ¿a quién elegirías y por qué?

—Hace un tiempo me propusieron reunir todos los textos que he escrito sobre Gonzalo Díaz. Es una idea que siento como un deber: escribir un libro en que esos textos estén, si es posible (y quizá no lo es) hilvanados por una reflexión sobre los muchos filamentos (y filones) que convergen y a la vez se disparan desde esas obras, desde esa Obra, que es el lugar (virtual, pero no menos efectivo) del que todas ellas obtienen su posibilidad.

¿A qué ensayista te gustaría parecerte estilísticamente (o a cuál te sientes cercano)?

—Aprendí mucho de Borges en los comienzos y no lo abandono, y tengo una larga, muy larga lista, que encabeza Montaigne. En ella están Pseudo-Longino, Swift, Hume, Lichtenberg, el temprano Kant, Nietzsche, Benjamin, Barthes y, bueno, muchos más; pero, si he de hablar de maestros de escritura, son Borges y Kafka, que poblaron mi adolescencia. Y leo permanentemente a la estupenda pléyade de ensayistas feministas de los últimos, digamos, 50 años (Irigaray, Kristeva, Cixous, Wittig, Haraway, Butler, Cavarero, Copjec, Zupančič y más).

¿Qué pensador crees que se ha malinterpretado con mayor frecuencia?

—Si hablamos de pensadores malinterpretados por otros pensadores, todas y todos. No se puede pensar por propia cuenta si no hay al menos un punto en que se malentiende lo que otro u otra pensó antes sobre el asunto que te convoca. En inglés eso se llama misreading, ‘leer mal’, equivocadamente. La filosofía es una larga y hermosa comedia de equivocaciones, que se hace especialmente notoria cuando aparece un nuevo pensamiento. Uno nuevo, que en gran parte lo es por nutrirse del misreading de uno que lo precedió, a propósito de la cosa que convoca y provoca al pensamiento, y esa novedad es una nueva relación con la verdad de la cosa.

¿Qué libros de la literatura clásica incluirías en tu programa de estudio si fueras profesor escolar (y por qué)?

—He sido profesor escolar, pero no recuerdo mucho qué libros sugerí. Aparte de los de rigor, ha de haber habido una serie no menor de aquellos que están en mi repertorio de preferencias, y no son usualmente los más asiduos en la enseñanza escolar (Epicuro, Lucrecio, Pascal, Swift, etc.). Pero hace ya mucho tiempo de eso.

¿Con qué filósofo te habría gustado conversar?

—No sé, la verdad. Cada cual tiene sus mañas y todos y todas saben mucho más, son inteligentes, brillantes, ¿qué se puede hacer ahí? Tomar unos vinos, unas cervezas, un buen gin tonic, unos whiskies y,      si hay, unos mezcales (estos últimos dos son mis favoritos), si alguno de aquellos, o alguna de aquellas estuviese dispuesta a acompañarme, y hablar de cualquier cosa, y emborracharnos, eso sería una dicha.

¿Qué música escuchas para trabajar?

—Muchas veces trabajo sin más acompañamiento que el tinnitus. Y cuando recurro al sonido articulado, son diversas músicas, la así llamada clásica (el piano acompaña, el violín inquieta, el cello sería el tono y timbre del pensamiento, el fagot es imprescindible, la percusión fue mi gusto principal), pero también la contemporánea, y el rock, sin duda, de pronto los boleros, los tangos, el canto nuevo y, en general, todo lo que me distraiga de lo que estoy haciendo, todo lo que por su fuerza o su delicadeza me capture, y eso, sin más, porque no puedo ni quiero trabajar concentradamente. A Violeta, a Víctor Jara, a Sinéad O’Connor los escucho con devoción. De gringos y británicos, tantas cosas, tantas que amo y de las que he aprendido tanto; no hace mucho, en CDMX, con una amiga mexicana y un amigo mexicano, queridos ambos, escuchamos y vimos un documental de Netflix, Springsteen in Broadway: Bruce (if I may) es un gran, gran tipo.

¿Qué otros libros podrían leerse junto con Hölderlin, el recuerdo?

—Si alguna vez lo termino y alguien quiere darle salida, Memoria, metafísica y poema. Hölderlin, Hegel y Poe, el primer volumen de una trilogía sobre el poema moderno, de la que ya hace tiempo salieron Entre Celan y Heidegger (el tercero) y Baudelaire: la modernidad y el destino del poema (el segundo). Mi pequeño libro sobre Hölderlin es, con varios ajustes, el cuarto capítulo de la introducción de ese primer volumen, y está, por cierto, en vínculo esencial con la cuestión de la memoria, que atraviesa la trilogía entera.

¿Qué otros poemas dialogan con Andenken

—Sin duda que hay muchos, pero para mí (muy en la cuerda de esa trilogía) es decisivo el maravilloso poema Le cygneEl cisne, de Baudelaire. El primer verso de este poema (perteneciente a los Cuadros parisinos de las Flores del Mal) comienza con el vocativo “Andromaque, je pense à vous!”: Andrómaca (la viuda de Héctor troyano, cautiva en tierra ajena), Andrómaca, pienso en ti (en usted). Este es uno de los mayores poemas del exilio que se haya escrito (está dedicado a Víctor Hugo, cuando estaba desterrado en la isla de Guernesey), grande como El regreso, de Gabriela Mistral. Poemas son estos del exilio y del amor, de la evocación y de una nostalgia que ya no es romántica, que se acerca al duelo y a la melancolía, pero poemas también que dicen una promesa endeble y sin prenda ni garantía alguna, incierta y sostenida solo sobre sí misma. Lo que me importa en este vínculo es ese penser à de Baudelaire, pensar en, que es lo mismo que dice el verbo alemán andenkendenken an, pensar en. No hay pensar sin pensar en, porque siempre es algo, una singularidad absoluta lo que mueve a pensar. (Es un correctivo al cogito.) En ese sentido, pensar es recordar, el esfuerzo de vibrar en la cuerda de aquello que primeramente despertó al pensamiento.

¿Qué palabra o concepto crees que las nuevas generaciones están usando demasiado en estos días?

—No tengo la menor idea. En general, me interesan mucho los cambios del habla, el habla popular, el mercado informal de las palabras, si se puede decir así, en que suelen aparecer dichos y giros que expresan algo o mucho de la vida social de la que emergen; y tienen la gracia de ser de intercambio gratuito. Y eso tiene mucho que ver con la experiencia y con los modos de habérselas con ella que ensayan esas “nuevas generaciones”. A diferencia de ello, el habla política en este país y el habla de los medios de comunicación (con honrosas excepciones, sí) me resulta mayormente deprimente y en determinadas ocasiones intolerable.

¿Qué otro trabajo o profesión te hubiera gustado ejercer de no haberte dedicado a la filosofía y las clases?

—Mis primeras obsesiones fueron el dibujo, la arquitectura, la astronomía, el ajedrez y más tarde la escritura. Todo eso es configuración, se podría decir. Pero mi secreto deseo fue cantar; algo así como el flujo, no sin forma ni figura, pero flujo eminente.

¿Cuál fue la última película que te gustó?

Living, de Hermanus, con Bill Nighy como Mr. Williams, con guion de Kazuo Ishiguro (el mismo de Lo que queda del día). Una película que tuvo una bellísima primera versión, de Akira Kurosawa, Ikiru (que significa lo mismo, “vivir”), y que viene, por fin, del Iván Ilich de Tolstoi. No me pierdo película de Nighy (qué apellido hermoso, sugestivo y nada de nighylistic), que tiene el papel protagónico de un burócrata viejo, Mr. Williams, que recibe la noticia de una enfermedad terminal y cambia hermosamente sus hábitos, su relación con sus congéneres. Nighy es una maravilla, y hay que verlo columpiándose al final del film. Es una despedida que llevo en el corazón, ¡por tantas razones!