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Bajo Palabra | Roberto Merino: “Veo un Santiago con más perspectiva y amplitud que antes”

Por Palabra Pública | Crédito de foto: Universidad Diego Portales

No hay otro escritor chileno contemporáneo que haya cartografiado con tanto detalle y cariño la ciudad de Santiago como Roberto Merino (1961). Asomarse a sus páginas es ingresar al ajetreo diario, al flujo incesante de autos y peatones, a la profusión de elementos que pueblan el paisaje urbano: calles, barrios, parques, cafés, edificios, estaciones de metro, restaurantes, rincones desaparecidos y espacios que sobreviven apenas en la memoria. En los cientos de columnas que constituyen el grueso de su obra —muchas de ellas publicadas en diarios y revistas, en el estrecho margen de un tercio de página, bajo la presión del cierre editorial y concebidas para la breve vida útil de un matutino—, la capital de Chile es un personaje antes que un telón de fondo, como lo son, en la literatura modernista, el Dublín de Joyce, el Berlín de Alfred Döblin o la Nueva York de John Dos Passos.

Pero quizá sea más preciso inscribir a Merino en esa larga tradición de cronistas chilenos que incluye a Joaquín Edwards Bello, Daniel de la Vega, Jenaro Prieto, Rafael Maluenda y Luis Sánchez Latorre (Filebo), por nombrar algunos. O, incluso, aventurando un poco, situarlo dentro de esa otra tradición de memorialistas como Vicente Pérez Rosales, Benjamín Subercaseaux, Augusto Orrego Luco, Samuel Lillo y Fernando Santiván, quienes, en opinión del autor, “han dejado obras que superan en vigor y en belleza a las de muchos novelistas locales”. En cualquier caso, una cosa es segura: acercarse a sus libros es entregarse al ocio feliz del lector, libre de compromisos sociales e ideológicos.

Para fortuna de quienes cultivan esa forma de lectura hedónica, este año Merino llegó por partida doble. El Fondo de Cultura Económica acaba de publicar, en una edición ampliada, el ya clásico Todo Santiago (editado originalmente por Hueders en 2012), colección de crónicas escritas entre mediados de la década del noventa y 2023, año en que cerró la sección cultural de Las Últimas Noticias (LUN), de donde proviene la mayoría de los textos. A lo largo de sus páginas, Merino traza el bosquejo —siempre parcial, siempre inestable— de una ciudad cambiante, cuya vida cotidiana, sin embargo, parece permanecer fiel a sí misma, con su tendencia a la tabula rasa, con sus fugas periódicas de santiaguinos durante los fines de semana largos, con sus taxistas parlanchines y sus sempiternos perros callejeros (en el Mundial del 62, recuerda el autor, los brasileños incluso adoptaron a uno). En algunas crónicas, Merino describe la ciudad “como un extenso plano de uniformidad polvorienta, una resolana de fealdad general”, para luego destacar el encanto de “las noches azules del verano, por ejemplo, o las mañanas de invierno cuando recién ha parado la lluvia”. El conjunto es una buena puerta de entrada a ese estilo inconfundible de Merino, que tiene la rara cualidad de trasladar al papel lo mejor de la conversación: su soltura, su digresión, su ritmo. Una prosa que avanza entre asociaciones, desvíos y hallazgos inesperados con una fluidez que disimula la erudición literaria de su autor.

En paralelo, Random House publica Ciudad del olvido, una serie de ensayos que amplían la mirada de Merino sobre la capital. Si en Todo Santiago predomina el registro del paseante atento que captura escenas fugaces de la vida urbana, en este nuevo volumen aparece con más fuerza el memorialista: el escritor que registra los hechos, anécdotas y costumbres del pasado; la historia secreta de los barrios, parques y avenidas. Desde el Club Hípico de Santiago hasta el barrio Lastarria, Yungay, República o San Isidro, Merino reconstruye una geografía afectiva donde conviven casas solariegas desaparecidas, palacetes de la belle époque, sitios eriazos, conventillos y barrios que han resistido los embates inmobiliarios. Le interesan especialmente los lugares auricos donde literatura y experiencia se cruzan, como el cerro Santa Lucía —con sus esculturas mitológicas, su presencia tutelar en la narrativa chilena, su conexión atávica con el ausentismo escolar— convertido en un refugio de cimarreros: fue el mismo Benjamín Vicuña Mackenna quien, años antes de transformar ese peñón agreste en un paseo público, “usaba los escondrijos del cerro para hacer la cimarra”, recuerda el autor. De ahí ese juego de palabras: “Cimarra viene de cimarrón: fugado, asilvestrado. Precisamente, tiene que ver con cima. Un cimarrero es, técnicamente, un cerrero”, escribe.

Merino no busca registrar la ciudad en su totalidad, sino capturar el tono de una época, compuesta por “sonidos, olores, declinaciones de la luz, estados de ánimo”. La cantidad de detalles geográficos tampoco responde a un afán meramente descriptivo, sino a una forma de composición basada en la enumeración, ese recurso tan caro a Borges, cuya influencia se vislumbra en su interés por los datos menores de la experiencia, aquellos hechos insignificantes que se pierden “en el cambio de folio de los días y de las décadas”. O, más aún, en la mirada de quien interpreta el mundo en clave literaria y encuentra, en un fragmento cualquiera —una calle, una esquina—, la inminencia de una vida anterior donde “el pasado siempre está solapado, en estado de inmanencia, como una cifra susceptible de ser develada”.

Cronista, ensayista, poeta y editor, Roberto Merino es autor de libros de crónicas (En busca del loro atrofiado, Pista resbaladiza, Por las ramas), ensayos (Puentes levadizos, Luces de reconocimiento, Combustión interna), libros de poesía (Transmigración y Melancolía artificial) y de prosa autobiográfica (Mundos habitados y Diarios de hospital). Además, es profesor en la Escuela de Literatura de la Universidad Diego Portales. En este cuestionario, revela algunas de sus afinidades literarias.

¿Qué obra literaria chilena reciente te ha llamado la atención y por qué?

—Los últimos libros de Juan Cristóbal Romero. Demuestran cuánto se puede ausentar el yo del fenómeno poético. 

¿Cuál es el libro que más has releído o el que más veces has regalado?

—Sobresaltos, de Samuel Beckett.

¿Qué ensayista ha influido más en tu escritura o con cuál sientes una mayor cercanía estética?

—No lo tengo claro. No he pensado específicamente en eso. Puedo mencionar algunos escritores cuyos ensayos he admirado en distintos momentos: Mario Praz, Martín Cerda, Natalia Ginzburg, Charles Lamb, Paul Valéry.

¿Qué transformación urbana de Santiago te ha sorprendido más en los últimos años?

—No sé por qué veo más perspectiva que antes, más amplitud. Eso me impresiona. Yo conocí un Santiago más encajonado.

¿Qué libro le recomendarías a alguien que quisiera entender Santiago sin necesariamente recorrer sus calles?

—Confesiones imperdonables, de Daniel de la Vega. Se trata de un Santiago que ya casi no existe, barrial y nocturno, pero una ciudad está hecha también de formas y atmósferas desaparecidas.

¿Qué libro de poesía chilena incluirías en tu programa de estudio si fueras profesor escolar (y por qué)?

—Antología de la poesía chilena, de Alfonso Calderón.

¿Cuál fue la última serie o película que te gustó?

—Una película que me había perdido: La conversación, de Ford Coppola.

Si pudieras viajar al pasado, ¿qué lugar de Santiago te gustaría visitar?

—La calle Santa Lucía en 1900.

En estos momentos, ¿cuál es tu lugar favorito de la ciudad y por qué?

—Mi pieza. Porque duermo —cada vez más— en ella.

¿Qué canción o disco te produce más nostalgia?

—“Last Night I Dreamt That Somebody Loved Me”, de los Smiths.

¿A qué escritor te habría gustado conocer y qué le preguntarías si tuvieras la oportunidad de conversar con él?

—Edwards Bello quizás. Lo interrogaría no sin ansiedad sobre hechos, personas y lugares.

Si pudieras reparar una deuda, ¿a qué escritor o escritora le habrías otorgado el Premio Nacional de Literatura?

—Enrique Lihn.