Alegría Alegría es la primera exposición que el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos dedica a la persecución de las disidencias sexuales y de género tras el golpe de Estado, incorporando archivos y testimonios a la institución largamente ausentes y que ahora son parte de su acervo. Entre la represión, la fiesta y la sobrevivencia, la muestra abre una conversación pendiente sobre las víctimas LGBTIQ+ de la dictadura y las deudas del Estado chileno.
Por Denisse Espinoza | Foto principal: Gentileza Museo de la Memoria y los Derechos Humanos
La prensa de la época los tildó de “raros”, “desviados” y “anormales”. Con un lenguaje aberrante y sin distinción de color político, los diarios titularon sobre la primera manifestación homosexual en Chile: “Colipatos piden chicha y chancho” publicó en portada El Clarin, mientras en su interior consignó: “Ostentación de sus desviaciones hicieron los maracos en la Plaza de Armas. Repugnante espectáculo: ¿y la policía?”. Otra portada igual de ofensiva fue la de revista Vea: “Los ‘raros’ quieren casarse”, tituló, y en el reportaje se los calificó de “sodomitas”, “locas” y “maricones”.
La tarde del domingo 22 de abril de 1973, un pequeño grupo de homosexuales y travestis vestidos con chalecos a rayas y pantalones pata de elefante se reunieron en la Plaza de Armas de Santiago para protestar contra las constantes detenciones, golpizas y cortes de pelo que sufrían de manera cotidiana por parte de la policía. No llevaban banderas ni consignas elaboradas. “Queremos libertad”, decían alzando la voz mientras caminaban en círculos por la plaza. Así lo relató décadas después una de las líderes y sobrevivientes conocida como “Medallita” en el documental Las locas del 73 (2023), dirigido por Víctor Hugo Robles y Carolina Espinoza, que rescató la historia de lo que se transformó en la primera protesta homosexual conocida en Chile. Cinco meses después ocurrió el golpe de Estado y la represión contra ese grupo de personas se volvió aún más brutal e invisible.

Alegría Alegría se titula la exposición que el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos inauguró el pasado 2 de junio, la primera dedicada a las disidencias sexuales y de género durante la dictadura, a partir de un archivo que reúne recortes de prensa, fotos, videos, testimonios orales y otros documentos que hace solo cuatro años comenzaron a recabar con el fin de construir una colección formal del museo. Dentro de ella, un ejemplar de esa revista Vea de 1973, donada justamente por el periodista y activista Víctor Hugo Robles —conocido como el Che de los gays—, marca el primer hito del recorrido.
“Estaba estudiando periodismo en la Arcis cuando fui a mi primera marcha con el MOVILH [Movimiento de Liberación Homosexual] el 4 de marzo de 1992. Era la conmemoración de la entrega del Informe Rettig, y yo estaba ahí porque participaba en todas las marchas por los derechos humanos. Pero estos chicos del MOVILH iban atrás, “las colas a la cola”, porque a nadie le gustaba mezclarse. Fue allí que escuché por primera vez sobre esa histórica marcha del 73 de la que nadie tenía muchos antecedentes. Era un mito”, recuerda Robles.
“Decidí ir a la Biblioteca Nacional y ponerme a investigar. Revisé todas las portadas de esa época, porque decían que varios diarios y revistas habían consignado la noticia. Pasé varias semanas hasta que pillé una nota breve en la revista Paloma, que era proizquierda. Ese fue el inicio de mis investigaciones”, cuenta el periodista, a quien años después le llegaría de regalo el original de la revista Vea. En 1993 comenzó a conducir el programa Triángulo abierto en Radio Tierra, el primer espacio radial donde se habló abiertamente de temas LGTBIQ+, y en el que conoció al escritor Pedro Lemebel, quien le aconsejó crear un personaje para llevar a cabo su activismo. Así, en 1997 —mismo año en que se encontró el cuerpo del Che Guevara en Bolivia—, Robles dio vida al Che de los gays, usando una boina negra con una estrella al centro, el pelo largo y los labios pintados.
Una de esas entrevistas de Radio Tierra con Lemebel es parte también de la muestra Alegría Alegría, compuesta por varios de los documentos y objetos donados por Robles.
Hasta hace pocos años, las memorias de las disidencias sexuales prácticamente no tenían representación dentro del Museo de la Memoria. Fue en un conversatorio impulsado por iniciativas culturales LGBTIQ+ y realizado en 2021 —en ese entonces bajo la dirección de Francisco Estévez— que se resolvió que la institución debía hacerse cargo de estas historias clausuradas. “Comenzamos a contactar a activistas, investigadores y organizaciones que nos fueron permitiendo de a poco conformar un nuevo fondo documental dedicado a la memoria de las disidencias”, cuenta Noah Salazar, integrante del equipo de Colecciones e Investigación del museo.
En la sala destaca una gigantografía con la cara de Mónica Briones Puccio, la artista lesbiana quien fue brutalmente asesinada el 9 de julio de 1984, luego de recibir una golpiza por un hombre de apariencia militar, tras salir de madruga del bar Jaque Matte a pasos de Plaza Italia. Hoy es considerada la primera víctima documentada de un crimen de odio lésbico en Chile, y su caso inspiró el establecimiento del Día de la Visibilidad Lésbica que se conmemora el 9 de julio. “Lo primero que ingresó fue el archivo vinculado a Mónica Briones. Después llegaron las donaciones de Víctor Hugo Robles, Marcela Dimonti, Marco Ruiz y Carolina Peredo, entre otras”, dice Salazar sobre los aportes que han hecho en vida estos activistas de la comunidad LGTBIQ+ a través de sus propios archivos con cartas, fotos, panfletos y testimonios que, sin embargo, siguen siendo insuficientes.
“Nos faltan muchas piezas. Por miedo muchas personas quemaron fotografías o destruyeron documentos. Hay historias que todavía no conocemos y que son muy difíciles de pesquisar hoy en día”, dice Salazar.
Soledad Aguirre, curadora de la muestra, sostiene que precisamente esas ausencias se volvieron parte del trabajo curatorial. “En especial las de las travestis y trans, que vivieron situaciones de marginalidad extrema, pobreza y violencia. Ni siquiera conocemos sus nombres legales, porque solían usar apodos. Por eso el archivo oral se vuelve tan importante”, explica.

No hay duda de que las disidencias sexuales fueron perseguidas durante la dictadura, aunque esa violencia no siempre quedó registrada ni ha sido considerada como una violación a los derechos humanos. Esto, porque la represión a las disidencias no operó necesariamente como una política de Estado mediante organismos especializados ni instrucciones escritas, pero sí a través de mecanismos morales, policiales y sociales. “No los mataban necesariamente, pero sí los golpeaban, les cortaban el pelo, les quitaban la ropa, los violaban o los humillaban como una forma de castigo por no cumplir con esa norma heterocis que imponía la dictadura”, plantea Salazar.
El activista Víctor Hugo Robles ha dedicado gran parte de su trabajo a reconstruir esas memorias. En los 2000, se tituló de periodista con una tesis llamada Historia política del movimiento homosexual chileno, que luego fue la base para el libro Bandera hueca (2008), publicado por Cuarto Propio. También publicó Sida en Chile. Historias fragmentadas (2015), junto a Amelia Donoso (editado por Fundación Savia y Siempre Viva Ediciones), que luego derivó en la webserie documental Siempre vivas. Memorias del SIDA en Chile (2018), realizada junto a Florencia Doray y Constanza Valdivia.
Luego, en 2023 —para los 50 años del golpe de Estado—, estrenó Las locas del 73, documental donde rescató testimonios como el de Eva “La Medallita”, una de las participantes de la protesta de 1973; el de Marcela Di Monti, detenida en el Estadio Nacional siendo adolescente; o el de antiguas travestis que relataron asesinatos y persecuciones ocurridas durante los primeros años de la dictadura.
“Existe una deuda del Estado con estas víctimas”, afirma Robles. “Hay testimonios de asesinatos, detenciones y torturas de personas homosexuales y travestis, pero nunca fueron incorporados a las comisiones Rettig o Valech, simplemente porque no calzaban en la descripción de víctimas, y porque no existía una CNI que directamente persiguiera a gays y lesbianas”, agrega.
Sin embargo, la exposición también busca alejarse de una mirada exclusivamente trágica. Una de las aristas es develar que, junto a la violencia y la represión, aparecían también la fiesta, el humor y la alegría. “Muchas exposiciones sobre disidencias tienen un tono muy oscuro, pero los testimonios hablaban mucho de la alegría como una forma de resistencia. Pese a la violencia, querían pasarlo bien, querían y necesitaban encontrarse y reconocerse”, dice la curadora Soledad Aguirre.
El nombre de la muestra —Alegría Alegría— proviene del título de unos pequeños folletos anónimos que circulaban en discotecas y burdeles clandestinos durante los años ochenta y que servían para comunicarse. Una especie de red social análoga donde intercambiaban información sobre sexualidad, avisos personales, poemas y casillas de correo para intercambiar correspondencia. “Era una manera de hacer comunidad. Las discotecas, las fiestas y la noche aparecen así como espacios de cuidado y supervivencia”, explica Noah Salazar.

La exposición incluye registros audiovisuales de fiestas travestis, materiales vinculados a las Yeguas del Apocalipsis —como su performance registrada en el videoarte Casa Particular (1989), de Gloria Camiruaga, que se exhibe de forma íntegra— e historias de otros lugares emblemáticos para la comunidad como la disco Divine, Fausto o Quásar.
La exposición también aborda la irrupción del VIH/Sida, la epidemia que golpeó con fuerza a las comunidades homosexuales y trans durante los años ochenta y noventa y por la cual fueron duramente estigmatizadas —muchas veces también por la prensa—, al punto de que al principio se le llamó “el cáncer gay”. “Hubo muchos mitos en torno a la enfermedad, mucho miedo y poca información. Muchas personas que habían vivido la dictadura fallecieron después y hoy quedan muy pocos testigos. Pero tenemos, por ejemplo, el testimonio actual de Julio Palma, que fue pareja de la primera persona a la que se le diagnosticó VIH/ Sida en Chile”, cuenta Salazar.
El último tramo de la muestra se centra en las organizaciones activistas homosexuales que comenzaron a surgir a fines de los ochenta y comienzos de los noventa, como el Grupo Integración, activo entre 1977 y 1983, y la Colectiva Lésbica Feminista Ayuquelén, activa entre 1984 y 2007.
“Si bien los estatutos del museo y su misión es mostrar lo que ocurrió durante la dictadura en Chile enmarcada entre 1973 y 1989, siempre está en conversación en el museo qué pasó antes y después de esas fechas, y esta exposición da cuenta de esa historia que no se termina abruptamente”, dice Soledad Aguirre. “Por ejemplo, decidimos incorporar también al MOVILH, que es una agrupación que surgió en la transición y que está estrechamente ligada a la historia de los derechos humanos. Surgió para una conmemoración del Informe Rettig y sus demandas están intrínsecamente ligadas a ese tema”, agrega la curadora.
Una de las demandas más emblemáticas del MOVILH fue la derogación del artículo 365 del Código Penal conocida como “la última ley homofóbica” vigente en Chile, ya que penalizaba la práctica consentida de sodomía entre adultos del mismo sexo. Finalmente, la normativa fue derogada en 2022.
“Mi tesis siempre ha sido que el movimiento LGTBIQ+ chileno es el movimiento social más fuerte y el que ha conquistado más frutos en el contexto de la transición democrática”, afirma Víctor Hugo Robles en alusión a varias leyes que se han promulgado en favor de los derechos de las disidencias.
Además de la mencionada derogación de la penalización de las relaciones homosexuales, en 2012 se dictó la Ley Antidiscriminación o Ley Zamudio; en 2015 se promulgó el Acuerdo de Unión Civil; en 2018 fue publicada la Ley de Identidad de Género y en 2021 la Ley de Matrimonio Igualitario, que si bien han transformado profundamente la realidad del país, “todavía falta reconocimiento y reparación a la comunidad”, dice Robles.
Entre las demandas persisten una ley de reparación histórica para víctimas LGBTIQ+ de la dictadura que reconozca los crímenes de odio, y la creación de políticas laborales para las personas trans.
Alegría Alegría no pretende resolver esas deudas. Su importancia radica en otro lugar: abrir una puerta. Por primera vez, las memorias de las disidencias sexuales y de género ingresan a la colección permanente del Museo de la Memoria. Por primera vez esas vidas aparecen dentro de una institución creada para recordar las violaciones a los derechos humanos. “Lo rescato porque es el primer gesto público político del Estado de Chile frente a décadas de silencio”, sostiene Robles.
Puede parecer un gesto tardío, pero como ocurre con muchos archivos, a veces el primer acto de justicia consiste simplemente en encontrar un lugar donde las historias puedan permanecer para nunca más desconocerlas.
