«La poeta anduvo México con sus pies cansados y sus ojos vivos. Y nos dejó, en sus prosas y poemas, una lección que no se agota: que andar es aprender, que leer es demorarse y que escribir es compartir lo que la tierra nos dice a cada paso», dice Ezra Alcázar, escritor y periodista mexicano, sobre el volumen Andar la tierra, una colección de textos sobre viajes escritos por la premio nobel.
Por Ezra Alcázar
En el prólogo de Andar la tierra (Fondo de Cultura Económica, 2025), Lina Meruane nos recuerda que Gabriela Mistral llevaba “un mapa vivo bajo sus pies”. No era un mapa de turista ni de hoteles de lujo: era un itinerario hecho de cansancio y de maravilla, de huesos que dolían y ojos que brillaban. Ese mapa no estaba dibujado en papel, sino en el andar mismo, en el roce de sus pasos con la tierra.
México ocupa un lugar decisivo en ese recorrido. Aquí la poeta no solo conoció paisajes y ciudades, sino que se encontró con un país que la transformó. En sus cartas privadas se confiesa agotada, vencida por la rutina de discursos, visitas, viajes incesantes. Pero en sus textos públicos, en los recados y crónicas que compartió, aparece otra voz: la que se maravilla del cielo mexicano, de las grutas de Cacahuamilpa, de la generosidad de las casas que la recibieron. Esa tensión —entre la fatiga íntima y la celebración pública— es, quizá, la clave de su viaje: no viajó por placer, sino por deber. No viajó para coleccionar estampas, sino para enseñar, para aprender, para dar testimonio.
En esos testimonios, México se le vuelve una tierra doble: la tierra de la abundancia y la tierra de la carencia. Inevitable, después de leerlos, es ir a dos poemas que concentran esa dualidad y que me gustan particularmente: “El maíz” y “En tierras blancas de sed”.
En el primero, Mistral se sumerge en el símbolo más profundo de esta geografía. El maíz del Anáhuac no es solo alimento, es cuerpo y mito. Lo llama Quetzalcóatl verde, lo compara con oleadas que cubren y bañan, lo siente como risa india que consiente y que hiere. En esos versos, bracea dentro de un mar vegetal, se deja envolver por la eternidad de las milpas, y escribe: “México se acaba donde el maíz se muere”. Y podríamos agregar, con una ironía necesaria: México también se pondría en riesgo si ese maíz se contamina con semillas ajenas, si cede a las exigencias del vecino del norte. Porque Mistral entendió lo que hoy sabemos muy bien: que la soberanía de un pueblo también se defiende en su maíz limpio, en el grano que no ha sido torcido por otros intereses.
Pero a esa visión de abundancia se suma otra, no menos intensa: la de la sequedad. En “En tierras blancas de sed”, Mistral canta no a la plenitud de la milpa, sino a la aridez que parte la tierra y las gargantas. Los cactus aparecen como Cristos crucificados en el paisaje, los caseríos se encogen bajo el viento, y hombres, niños y animales claman por agua. El poema es un largo grito de sed: “¡agua!”, repiten, despiertos o dormidos. Y cuando por fin aparece un ojo de agua, ese pequeño manantial se vuelve milagro: vale más que el oro, más que la plata, más que el amor. Y lo más profundo: al beber, no hay jerarquía posible. El niño y el ciervo, el que tiene belfo y el que no, todos se igualan en ese acto esencial de saciar la sed.
Así se va completando el mapa mexicano de Gabriela Mistral: entre el maíz y la sequedad, entre la abundancia y la carencia, entre la alegría de la comunión y el grito de la necesidad. Y en ambas imágenes, la poeta insiste en lo mismo: caminar despacio, mirar hondo, escuchar lo que la tierra dice.

Ese andar pausado de Mistral puede compararse también con la lectura. Porque hoy leemos como cuando viajamos mal: con prisa, buscando lo que está de moda, lo recién premiado, lo que llena escaparates y listas de novedades. Se leen los libros como quien acumula postales, uno tras otro, apenas rozando la superficie. Mistral nos recuerda que el viaje verdadero es otro: el de detenerse, el de demorarse en un paisaje hasta que se vuelve nuestro. Así también debería ser la lectura: reposada, sin la ansiedad del marketing, sin la urgencia de lo famoso, leyendo no para sumar títulos o likes, sino para dejarnos transformar por las palabras.
En Andar la tierra, ella rechaza el turismo veloz, la mirada superficial, la prisa que arruina el paisaje. Prefiere el hospedarse en casas humildes, el detenerse para escribir, el mirar con calma. Su manera de viajar es también una enseñanza de cómo leer: lentamente, sin obedecer a las modas, dejando que cada página se quede en nosotros como se queda el polvo en los pies del caminante.
Por eso, leer hoy estos textos y estos poemas es volver a escuchar una voz que nos recuerda que viajar no es acumular postales, como leer no es acumular likes. Que el maíz no es solo alimento, es identidad y resistencia. Que el agua no es solo un recurso, es un milagro. Que la maravilla y la sed conviven en la misma tierra, y que nuestra tarea es mirarlas sin prisa, con respeto, con la humildad de quien anda la tierra, de quien lee de verdad, y sabe escuchar.
Gabriela Mistral anduvo México con sus pies cansados y sus ojos vivos. Y nos dejó, en sus prosas y poemas, una lección que no se agota: que andar es aprender, que leer es demorarse y que escribir es compartir lo que la tierra nos dice a cada paso.
Este texto es una versión adaptada de la presentación que hizo Ezra Alcázar del libro Andar la tierra, realizada en la Feria del Libro de los Universitarios y las Universitarias de la UNAM (Filuni) el sábado 30 de agosto de 2025.
