La destacada artista y ensayista alemana lleva más de dos décadas trabajando con imágenes operativas, producidas por y para máquinas. En Medios calientes, su último libro, aborda tanto las polémicas en torno a la inteligencia artificial como sus lógicas de funcionamiento, ofreciendo algunas claves para orientarse en medio de la incertidumbre. “No creo que la tecnología sea mala en sí misma, pero sí que la idea dominante hoy es la de una tecnología agresiva a gran escala”, advierte.
Por Gabriel Godoi | Foto principal: Rolf Vennenbernd/DPA Picture Alliance vía AFP
Hubo tiempos con más futuro. Una persona de 60 años a mediados del siglo XX había presenciado el paso de ciudades iluminadas por gas, conectadas por caballos y comunicadas por cartas a un mundo de automóviles, ciudades electrificadas y medios como el cine, la radio y la televisión. Ante la aceleración tecnológica, los medios de la época imaginaban futuros deslumbrantes con ciudades submarinas, autos voladores y máquinas para manipular el clima. Hoy, en cambio, las visiones del futuro suelen adquirir tonos mucho más trágicos y pesimistas.
La irrupción de la inteligencia artificial es, probablemente, el punto de inflexión más radical de este nuevo ciclo tecnológico. Vivimos asediados por crisis existenciales causadas por el desconcierto frente a máquinas capaces de generar imágenes, textos y melodías indistinguibles de la autoría humana; por el temor a pérdidas masivas de empleos y por una crisis ambiental agravada por el consumo de recursos naturales necesarios para su desarrollo. A fines de 2025, la industria de la IA concentraba el 80% de las ganancias accionarias en Estados Unidos. Mientras los expertos advierten sobre una inminente explosión de esta burbuja bursátil con consecuencias globales, la carrera ya no se puede detener y la meta es clara: alcanzar la Inteligencia Artificial General (IAG), una superinteligencia capaz de superar la cognición humana e impulsar un crecimiento económico explosivo con consecuencias que aún están en debate.
Ante la incertidumbre, voces como la de Hito Steyerl (Múnich, 1966) son vitales. La artista, académica y teórica, figura central del arte contemporáneo global, estudia desde los años noventa —siguiendo el camino de su maestro, el cineasta alemán Harun Farocki— las imágenes operativas a través de documentales, ensayos influyentes como En defensa de la imagen pobre (2014) —donde descifra el capitalismo digital a partir de las imágenes de baja resolución— y exhibiciones en las principales bienales y museos del mundo, con obras en las que se pregunta por el futuro tecnológico de la humanidad.
Por lo mismo, era lógico que su interés derivara en el estudio de modelos de predicción y LLM (Large Language Models). “Sí, es un poco gracioso. En el inicio tenía que aprender a programar para ejecutar algoritmos, pero ahora puedo hacer que el algoritmo programe para mí. Ha sido un desarrollo muy rápido”, cuenta Steyerl desde Berlín a través de una videollamada.
Medios Calientes, su último libro publicado por Caja Negra, es una ventana a ese fenómeno. A través de once ensayos escritos entre 2017 y 2024, la autora explora las dimensiones culturales, políticas y epistemológicas de estas tecnologías. Cada página se lee como una revelación urgente sobre la realidad que habitamos: desde la carrera armamentista y la apropiación de las imágenes de protestas por parte de modelos de IA, hasta el criptoarte, los NFT o la extracción neocolonial de datos.



Sin embargo, la constante es la impredecibilidad del futuro de la IA. “Las cosas avanzan tan velozmente que la rápida obsolescencia de cualquier idea actual acerca de ellas es inevitable”, advierte. Desde la publicación del libro, la IA se ha integrado en prácticamente todo, las imágenes generadas artificialmente se han vuelto indistinguibles de las reales, Donald Trump volvió a la presidencia de Estados Unidos y los conflictos en Gaza e Irán se han consolidado como laboratorios de prueba para la IA. Las voces más alarmistas hablan incluso de un “riesgo existencial”, es decir, de la posibilidad de que la IA traiga consigo el fin de la humanidad.
“El riesgo existencial es real, pero no necesariamente por la IAG, sino por su implementación en sistemas policiales, de vigilancia y de guerra; por la destrucción ambiental que provoca y por el desplazamiento laboral que incrementará las tensiones sociales —explica Steyerl—. No por una máquina que tome el control del mundo y lo gobierne por su cuenta. Quién sabe realmente qué pasará en quinientos años. Quizás los humanos ya no tendrán electricidad o ni siquiera existirán”.
Hay una especie de renacer del futurismo con la búsqueda de la IAG. Quienes la están desarrollando glorifican su avance tecnológico y su velocidad, a pesar de las críticas.
—Sí, y no son tan distintos de los primeros futuristas. El futurismo surgió en el contexto de la Primera Guerra Mundial y fue un fenómeno diverso, pero también muy violento, que se alineó con las máquinas y la guerra. Filippo Marinetti, el líder del movimiento futurista italiano, fue un soldado que apoyó la invasión de Libia en 1911. Así que esta glorificación de tecnología, violencia y dominación no es nueva, y muchos capitalistas de riesgo de Silicon Valley se han vuelto verdaderos fans de este tipo de futurismo. En ese sentido, ha sido así desde principios del siglo XX. Entretanto, en los años sesenta y setenta hubo visiones más optimistas del futuro, había una idea de la humanidad como un todo, y se creía que todos podrían beneficiarse de la tecnología y del progreso científico. Pero esa visión ha sido ampliamente abandonada. Los beneficios del futuro ahora están reservados para quienes pueden pagarlos.
Se suele decir que incluso quienes diseñan y desarrollan estas tecnologías no terminan de entender sus modos de funcionamiento. Ese elemento de misterio quizás alimenta el misticismo que hay alrededor de la IA.
—Sí y no. Hay definitivamente un misticismo aumentado por el hecho de que a las corporaciones no les gusta decir cómo funcionan estos sistemas. No son máquinas lógicas: desde el output no se puede reconstruir el input en pasos lógicos. Son máquinas estadísticas, lo que implica un rango de posibles resultados y hace imposible volver por el mismo camino. Pero sí, se puede entender más o menos cómo funcionan. El misticismo es un bombo publicitario, una historia que les es muy útil a las compañías. A esto se suma también el hecho de que se desarrollan muy rápido. Hace diez años no podíamos prever su tremendo impacto actual. Así que tiene sentido que la mayoría de las personas estén desconcertadas. Pero mucho de eso es solo hype; la IA es en realidad una máquina hecha para capturar y mantener la atención.
¿Por qué el arte tiene un rol tan central en las discusiones en torno a la IA?
—Es porque si usas el arte como un pretexto, entonces tienes una máquina creativa, no solo una calculadora extraña. En los inicios de la generación de imágenes, hacia 2014, [el generador de imágenes de Google] Deep Dream creaba alucinaciones de perritos extraños saliendo de espaguetis. Esos accidentes derivaron en la primera generación de generadores de imágenes, como DALL·E. En ese punto, las corporaciones se dieron cuenta de que eran grandes iniciadoras de conversación y que podían atraer a mucha gente con estas discusiones sin fin: que si la inteligencia artificial es inteligente o creativa, que si puede crear arte; todo ese tipo de cosas pensadas para mantener la atención. Si dijeran la verdad —que te quieren vender un montón de máquinas estadísticas que no necesitas—, nadie lo encontraría interesante. Pero como daño colateral, estos sistemas se volvieron muy eficientes en generar todo tipo de imágenes, lo que ya está teniendo consecuencias para muchas profesiones creativas que se están automatizando, como las de ilustradores, fotógrafos, encargados de marketing, codificadores; incluida la mía de cineasta. No creo que pueda continuar haciendo películas porque simplemente no es viable.
Hay distintas maneras de hacer arte con IA. En el libro mencionas artistas cuya visibilidad se usa para promocionar proyectos de empresas tecnológicas, frente a otros que cuestionan sus implicancias políticas y ambientales. ¿Cómo ha procesado el mundo del arte su llegada?
—Primero, cualquiera puede usar IA, pero la IA siempre nos usa a todos. No importa si somos artistas o no. Segundo, creo que va a ser imposible hacer arte sin IA en el futuro. Siempre estará ahí de alguna manera. Tercero, si simplemente usas una especie de efecto deslumbrante para amplificar el hype corporativo que ya existe, entonces en realidad estás haciendo publicidad. Pero hasta cierto punto, también es posible pensar críticamente con el aprendizaje automático. Los artistas siempre encuentran una manera de darle sentido a las cosas.
Pienso en el slop, por ejemplo, el contenido digital de baja calidad producido en masa a través de IA, que es una especie de nueva categoría estética.
—El fenómeno del slop ha tenido varias consecuencias, entre ellas la devaluación de las imágenes. La IA es muy buena en ciertas cosas —fotografías de stock, representaciones fotorrealistas—, pero achata el rango de los estilos. Todo el mundo está harto de ese tipo de imágenes. Hace quince o veinte años, cuando aparecieron herramientas digitales como Photoshop, todo el mundo estaba asustado: “¡Oh, ¿cómo podemos confiar en una imagen?!”. Y ahora, por defecto, toda imagen se considera falsa, incluso si no lo es. Pero, por supuesto, no es el fin de la imagen, sino el fin de cierto tipo de estilo generado técnicamente.

En Medios calientes analizas los problemas en torno a la IA, pero no planteas soluciones. ¿Estamos en un momento en el que es especialmente difícil encontrar alternativas al avance tecnocrático?
—Vivimos un momento caracterizado por un marcado giro a la derecha en muchos países, un fuerte aumento de la desigualdad y una falta de alternativas políticas. La IA seguramente traerá beneficios para la medicina y otras áreas. La gente la está utilizando para todo tipo de cosas. Pero los problemas más importantes de la sociedad deben resolverse a nivel político. No existe una solución tecnológica milagrosa. Mientras no exista una alternativa social real, será difícil imaginarla para la IA.
Tu proyecto Carrier Bag, en el que trabajas junto al artista Francis Hunger, por ejemplo, busca recopilar y difundir historias no heroicas sobre la tecnología, basadas en sus dimensiones materiales, para intentar entender qué es lo que está ocurriendo de verdad.
—No creo que la tecnología sea mala en sí misma, pero sí que la idea dominante hoy es la de una tecnología agresiva a gran escala: conquistar, colonizar, avanzar hacia el espacio. Nos interesan tecnologías más humildes, preocupadas de la vida humana y su mantención. El sentido original de Carrier Bag viene de un texto de la escritora Ursula K. Le Guin [La teoría de la bolsa de la ficción, de 1986]. Solemos imaginar que las herramientas principales en la Edad de Piedra eran lanzas y flechas para cazar animales grandes. Pero ella propone que la tecnología fundamental probablemente fue una simple bolsa tejida para recolectar frutas y alimentos del bosque, la parte más recolectora de la cultura del cazador-recolector. En una época en que la tecnología está tan monopolizada por grandes corporaciones y solemos trabajar, refinar y mejorar las herramientas de otros, es importante mantener cierto control: hacer cosas pequeñas, quizás poco elegantes, pero propias.
En una entrevista señalaste que incluso si redirigiéramos el desarrollo de la IA hacia objetivos más sociales y responsables, seguiría generando impactos ambientales y pérdida de empleos. Ese tipo de problemas hacen imposible ver un buen final.
—Estos problemas podrían resolverse, pero hoy no hay interés en hacerlo. Técnicamente ya es posible crear modelos más pequeños y eficientes, pero las corporaciones están enfrascadas en una carrera por asegurar recursos, sin incentivos para reducir su impacto ambiental. Podemos imaginar otro escenario, donde Estados o grupos de personas, por fuera de las grandes corporaciones, aseguren recursos para controlar su propia producción de IA. Eso permitiría el uso de datos obtenidos de forma ética y una protección ambiental y laboral. Pero no es probable que suceda en este momento.
Me recuerda al lema punk de “no hay futuro” que trabajó Mark Fisher. Creo que la cita que más he escuchado en el último tiempo es esa que dice que es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Pero quizás sí haya futuro.
—Siempre lo hay. Ha habido muchos momentos en la historia en que el futuro parecía muy complicado, pero en las crisis se abren posibilidades inesperadas. Hay que estar atentos para identificar las condiciones que permitan crear soluciones. Es difícil pensarlo en abstracto.
