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Jon Lee Anderson: “Estados Unidos se ha metido en un callejón sin salida en Irán”

El periodista —columnista estable de The New Yorker— analiza el endurecimiento del bloqueo estadounidense a Cuba, la crisis energética en la isla y lo que llama un “giro imperialista” de la política del presidente Donald Trump, que han tenido consecuencias globales tras las recientes intervenciones en Venezuela e Irán.

Por Denisse Espinoza | Crédito de foto: Atta Kenare / AFP

Hay momentos en que la historia parece avanzar con la violencia de un golpe seco. Para el periodista Jon Lee Anderson (California, 1957), ese momento es ahora y mucho tiene que ver con la forma actual de gobernar y de intervenir en el mundo del presidente Donald Trump, que ya no busca disimulo. Su diagnóstico es tan directo como inquietante: Estados Unidos ha entrado en una fase marcada por un “nuevo imperialismo”, dice.

Jon Lee Anderson, corresponsal histórico de The New Yorker y autor de crónicas emblemáticas sobre América Latina y conflictos internacionales, ha cubierto guerras, revoluciones y crisis políticas durante décadas. Su mirada, formada en escenarios como Afganistán, Irak o Cuba, hoy se posa sobre un fenómeno que —según advierte— combina “improvisación, autoritarismo y ambición geopolítica”.

La conversación con el reportero se da en un momento especialmente crítico. En enero, Estados Unidos ejecutó una operación militar en Venezuela que culminó con la captura del presidente Nicolás Maduro, trasladado posteriormente a territorio estadounidense para enfrentar cargos judiciales. La acción, ampliamente cuestionada por varios gobiernos y juristas internacionales, fue calificada como un “secuestro” y una violación de la soberanía por algunos líderes latinoamericanos, como el presidente brasilero Lula da Silva y el exmandatario mexicano Andrés Manuel López Obrador. Ese movimiento —junto con la presión directa de Washington— ha dejado a Cuba, que dependía del petróleo venezolano, con menos del 40% del combustible que necesita para funcionar.

Pocos meses después, la administración del presidente estadounidense abrió un nuevo frente en Medio Oriente al atacar Irán, en una escalada que —según Anderson— carece de salida clara y amenaza con desestabilizar aún más la región. Por el momento, la consecuencia económica más clara es el aumento del precio del petróleo a nivel mundial.

¿Cómo describirías las diferencias entre el primero y segundo mandato de Donald Trump y a qué se debe este giro de una política internacional más agresiva?

—Creo que el primer mandato fue de aprendizaje. Ahí vimos a un hombre que salía de la élite, un rico neoyorquino, empresarial, de la farándula, que se metió por sorpresa —de emboscada casi— en la política norteamericana. Y vimos a alguien que ante la inseguridad del cargo se rodeó de gente más conservadora que él, ya que pensaba que lo harían lucir bien. Pero luego despidió creo que a más gente de su gabinete que cualquier otro presidente jamás. Fue una presidencia bastante novata, con instintos autoritarios, pero sin la capacidad real de llegar a término ningún plan. Ahí ya vimos a un hombre profundamente antidemocrático, capaz de minar la imagen y la solvencia de la democracia norteamericana en aras de exaltar su propia figura. Ahora en su segundo mandato viene preparado con su equipo MAGA (Make America Great Again), gente capaz de hacer lo que él quiera como si fuese un monarca y por eso lo hemos visto más empoderado. Ya no tiene frenos internos, y ese giro más agresivo se debe justamente a que aprendió cómo funciona el aparato del Estado y a que llega con una agenda más ideológica, más radical. Y no es solamente Estados Unidos el que está con la boca abierta frente a esto, sino el mundo entero por su política de aranceles ofensiva, su actitud bélica, incluso con países aliados; y su forma cambiante, por no decir contradictoria, de proceder. Trump no quiere solo ser el presidente de Estados Unidos, quiere ser el presidente del mundo. Lo dijo todo en su discurso de inauguración. Habló del destino manifiesto de los norteamericanos, de la expansión territorial de Estados Unidos, de que Panamá, Groenlandia y Canadá eran nuestros o debían ser nuestros. O sea, ahí inauguró retóricamente un nuevo imperialismo.

¿Cómo interpretas el intervencionismo de Estados Unidos en Venezuela?

—Es un punto de inflexión. Se trata de volver a formas del siglo XIX, de imponerse con buques de guerra, con acciones directas como secuestrar a un presidente. Antes eso era impensable en esos términos. Muestra también un desprecio por América Latina, de la que siempre ha tenido una visión muy caricaturesca y racista. Pero también hay un cálculo geoestratégico: evitar que la región quede bajo influencia de China. Muestra, por supuesto, que el objetivo no era necesariamente la democracia, sino el control estratégico, particularmente del petróleo. Es una demostración de poder, pero también un precedente muy peligroso para la región.

¿Qué está pasando con Irán desde tu perspectiva?

—Irán no es Venezuela. Es un país con capacidad de resistir y con influencia regional. Estados Unidos se ha metido en un callejón sin salida. Trump dijo que esto iba a ser cosa de días, pero no es así. O escala y manda más tropas, con una guerra mucho más sangrienta, o se repliega y queda claro que perdió. Y en ese escenario, Irán gana solo con sobrevivir. Es lo básico de cualquier manual de guerra. Entonces se ha metido en un tremendo lío del que no se ve salida clara. Mucha gente siente la frustración de la dejadez o debilidad del Partido Demócrata, que no es capaz de hacerle frente. Ahora veremos qué pasará en las elecciones legislativas de noviembre y en eso será crucial en qué termina el pantano en el que se ha metido en Medio Oriente con el ataque a Irán. Por primera vez, uno siente que esto le va a costar seriamente, porque divide a su propia base y esto ya está costando vidas y puede ahora costar vidas norteamericanas en batalla, lo que es muy problemático. Aunque él empiece a negociar con los iraníes, Israel no va a dejar de atacar, porque para ellos esta es una guerra existencial. Esta es la guerra de Israel, no de Estados Unidos, pero desde los años ochenta que son aliados inseparables y eso ha escalado hasta la élite política norteamericana. En los años de Guerra Fría, le pregunté a un agente de la CIA por qué Estados Unidos le daba cuatro mil millones de dólares al año a Israel. El agente me contestó que Israel le servía de aliado a Estados Unidos en un área inestable, volátil; era su portaviones en el Medio Oriente. Hoy en día es otra cosa, y esa alianza se está cuestionando dentro de la izquierda extrema, pero también dentro de un sector ultraconservador.

La isla en penumbra

Hijo de una autora de libros infantiles y de un diplomático, Jon Lee Anderson pasó su infancia entre Corea del Sur, Colombia, Taiwán, Indonesia, Liberia, Inglaterra y Estados Unidos. Comenzó a trabajar como reportero en 1979 para el Lima Times y durante los años ochenta cubrió la contingencia en Centroamérica. A inicios de los noventa se trasladó a Cuba para escribir un perfil de Ernesto “Che” Guevara, se quedó cinco años y publicó en 1997 la biografíaChe Guevara: una vida revolucionaria, que ha tenido múltiples reimpresiones y que fue elegido libro del año por The New York Times. Al año siguiente, comenzó a colaborar con The New Yorker, donde hace poco más de una semana publicó su última historia titulada“Is Cuba next?”. Allí hace una radiografía devastadora de la isla, donde estuvo hace algunas semanas, describiendo lo que ya se intuye: que la crisis económica, social y política es total; que Cuba ha quedado aislada y vulnerable, y que la falta de una oposición organizada y el control del poder por parte de la élite hacen que cualquier transición sea limitada, manteniendo ese sistema de crisis latente. Mientras se escribía esta entrevista, circulaban las noticias sobre el segundo envío petrolero que Rusia hacía a la isla y se especulaba cuánto aliviaría esa ayuda la crisis energética.

¿Qué crees que va a pasar con Cuba ahora que está tan desamparada, cuando siempre ha dependido de ayuda externa, en un momento de la Unión Soviética y luego de Venezuela?
—Desde la implosión de la economía y las protestas de 2021 en pandemia, la isla ha ido vaciándose cada vez más. El turismo está casi extinto y la mayoría de los jóvenes quiere irse. Entonces los que quedan son gente mayor; el 40% de los cubanos vive de las remesas que les mandan sus parientes. El problema es también interno, hay todo un monopolio económico en la isla donde casi 60 empresas son controladas por los militares, que van desde la pesca, al turismo, la construcción y el transporte, y se han negado a que el gobierno del [presidente Miguel] Díaz-Canel se abra a la empresa privada.

¿Qué crees que busca Estados Unidos con Cuba hoy?
—Están jugando al póker. Estados Unidos quiere asfixiarla, pero no matarla, porque si Cuba estalla y pierde el control de la gente se va a provocar un éxodo en masa, una crisis humanitaria, y Estados Unidos tendría que albergar inmigrantes justo en un momento en que su política es deportar a los hispanos. Este tira y afloja es una zona peligrosa.

Este año se cumplen 100 años del nacimiento de Fidel Castro. ¿Cómo crees que sobrevive su figura en la isla?
—Creo que hay sentimientos encontrados, pero entre los jóvenes queda poco de esa figura. Los treintañeros le tenían respeto, pero también lo odiaban, era como un padre estricto. Y para los jóvenes de la generación Z, de internet y las redes sociales, que son muy descreídos con todo, saben muy bien que hay un mundo afuera. Hace 15 años, los cubanos no tenían acceso a internet, pero ahora sí saben lo que hay en el mundo. Entonces, así como su revolución es una nave que hace agua, también lo hace Estados Unidos. Estados Unidos ya no es el sueño americano, tampoco es el destino máximo para ellos.

Has tenido la oportunidad de ver distintos cambios en tu trayectoria periodística, como la caída de la Unión Soviética. ¿Cuál es la sensación que te da este momento particular de la historia?
—Mira, creo que en el mundo siempre ha habido villanos, pero lo que nunca ha habido, al menos en lo que antiguamente llamábamos la democracia occidental, es un Donald Trump. ¿Quién hace 20 años atrás habría imaginado que la democracia sería minada desde dentro? Creo que si se removiera a Trump del escenario, automáticamente el mundo comenzaría a sentirse más normal.