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Kathya Araujo: “Queremos que todo sea horizontal, pero a la vez creemos que lo único eficiente es ser autoritario”

En su libro El circuito del desapego (2025), la psicóloga, académica e investigadora en ciencias sociales analiza las consecuencias de las principales transformaciones que ha atravesado el país en las últimas décadas. La desmesura, el desencanto, la irritación y el desapego son los componentes de un proceso de distanciamiento de las normas que estructuran el lazo social. “No podemos vivir sin el colectivo. La conciencia de nuestras interdependencias es esencial para enfrentar lo que estamos viviendo”, dice.

Por Evelyn Erlij y Denisse Espinoza | Foto principal: Felipe PoGa

“Es mi jardín, ustedes se me van, o si no voy a venir a sacarlas yo y de manera no tan pacífica”. La frase, pronunciada por el presidente de Empresas Gasco Matías Pérez Cruz, se difundió en un video viral a principios de 2019. En él, se le veía intentando expulsar a tres mujeres de la orilla del lago Ranco, asegurando que el lugar era de su propiedad. Su conducta fue rechazada en redes sociales, al punto de que tuvo que ofrecer disculpas públicas. “Ese fue el momento en que la sociedad rechazó de manera masiva los privilegios que antes eran naturales”, dice la psicóloga y académica Kathya Araujo, quien  lleva años estudiando las tensiones y fenómenos que caracterizan la vida social en Chile.

En julio, la académica del Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Santiago y directora del Núcleo Milenio Autoridad y Asimetría de Poder (NUMAAP) publicó un consolidado de esos estudios en el libro El circuito del desapego (Pólvora Editorial, 2025). Hasta ahora, cuenta la autora, las investigaciones habían tendido a centrarse en el impacto del neoliberalismo, poniendo énfasis en la reducción de la protección social, las exigencias en el plano laboral o la promoción de ideales como la competencia y la flexibilidad. Sin embargo, Araujo comenzó a enfocarse en cómo la democratización de las relaciones sociales ha generado nuevas expectativas de horizontalidad, lo que ha modificado los rasgos estructurales de la sociedad. Ese trasfondo, dice, explica en parte el malestar ciudadano provocado por el caso del presidente de Empresas Gasco.  

Como resultado de estas transformaciones estructurales, se ha conformado lo que ella llamó el “circuito del desapego”, el que “debilita la adhesión de los individuos con la sociedad”, escribe en el libro. El circuito se compone de cuatro componentes: la desmesura, el desencanto, la irritación y el desapego, que actúan de manera tanto sucesiva como simultánea en el tiempo. La desmesura se relaciona con la experiencia de enfrentar exigencias inmoderadas, como la incertidumbre o la presión constante del entorno. Se manifiesta en el ámbito laboral —por ejemplo, con la pluriactividad— y en la gestión del tiempo, donde surge la sensación de saturación y fatiga. El desencanto está asociado al desajuste entre las promesas del neoliberalismo y la realidad cotidiana, o el contraste entre las expectativas de horizontalidad y la persistencia de jerarquías en el trato social. La irritación alude al enojo, hiperactividad y uso desregulado de la fuerza en las interacciones sociales e institucionales; y, por último, el desapego es un proceso de distancia “respecto de los principios, las racionalidades y la legitimidad que ordenan el lazo social, sin que ello implique abandonar por completo la sociedad”, escribe en El circuito del desapego, un libro “voluntariamente corto, con mucho dato, menos sociológico, que trata de explicar procesos que habían sido identificados en otras investigaciones, pero que no habían aparecido nunca en el contexto de una tesis general”, explica.

Araujo comenzó a trabajar en él durante la pandemia, poco después del estallido social, y lo publicó primero en una versión en inglés a través de Cambridge University Press en 2022, en medio del trabajo de la Convención Constitucional. A pesar de lo anterior, no es un texto de coyuntura, dice. “Lo que he tratado de hacer es una observación sistemática de los procesos de transformación de la sociedad chilena y lo que significan para el lazo social y para los individuos”, agrega. El esfuerzo no era menor: tratar de reunir en un solo volumen los estudios empíricos que ha realizado en los últimos veinte años, que la han convertido en una de las voces autorizadas para explicar los fenómenos sociales que atraviesa el país.

Un gran número de sociedades occidentales se caracterizan hoy por un cuestionamiento general hacia las jerarquías y por la desconfianza en las instituciones. ¿Qué particularidad tiene el caso chileno, donde también somos testigos de estos dos fenómenos?

—Los procesos de cuestionamiento de las jerarquías se ven a nivel global, por lo menos en Occidente. Hay varios fenómenos coincidentes en esta región del mundo. Uno de ellos es el proceso de individualización. Mientras más te individualizas, más valor le asignas a la autonomía y menos disposición tienes de someter tu voluntad a la voluntad del otro. También recibimos nuevos valores como la igualdad. La exigencia de que sean otras las formas relacionales la vemos en todos los niveles, desde las dinámicas de las personas en la calle hasta los modos que adoptan los movimientos sociales o los activismos políticos. Pero también hubo un cambio en el poder que entrega la sociedad a actores distintos, y ahí se produjo un desplazamiento de poder hacia las mujeres respecto de los hombres, lo mismo entre adultos y niños o entre actores que se construyen como identidades sexuales. Todos esos procesos ocurrieron en muchos países. El punto es que en Chile se conectan con regiones y zonas en función de coyunturas sociohistóricas que han sido producidas por procesos largos. En primer lugar, hay que recordar que Chile es un país —como muchos en América Latina— cuyo lazo social y construcción de jerarquías fueron muy verticales y rígidos, sostenidos por razones naturalizadas, como los apellidos. Por otro lado, eran jerarquías —en el ejercicio de la autoridad— que no creyeron necesario hacer demasiado esfuerzo para lograr que el Otro consintiera o comprendiera por qué debía hacer las cosas. La otra gran característica es que Chile vuelve a la democracia en los años 90, y durante casi 20 años tiene gobiernos de centroizquierda que avanzan en un discurso de igualdad, que las personas entendieron como horizontalidad. Es decir, se hicieron muchas promesas de democratización de manera ininterrumpida, sin que el lazo social se modificara. Hubo muchas promesas, pero en lo cotidiano todo seguía más o menos igual. Una investigación que hice entre 2003 y 2007 mostraba, por ejemplo, que los escolares tenían la experiencia de que los buses no les paraban. Como eran escolares, no los recogían. Para esos estudiantes, la pregunta era: ¿dónde está la promesa de igualdad?, ¿dónde soy un sujeto de derechos, si todas las mañanas tengo que pelear para que un micrero pare y me deje subir? Hay muchos otros lugares donde la relación con la jerarquía y la autoridad se mantuvo de otras maneras. Aquí ha sido interesante, porque queremos que todo sea horizontal, pero a la vez creemos que lo único eficiente es ser autoritario.

El circuito del desapego. Neoliberalismo, democratización y lazo social, de Kathya Araujo. Pólvora Editorial, 2025. 194 páginas

En el libro afirmas que el desapego no implica un retiro de la política, pero sí que la relación que establecen los individuos con la política se ha vuelto mucho menos ideológica y comprometida con las organizaciones políticas. ¿Cómo afecta este desapego al desarrollo de una democracia como la chilena?

—Han ocurrido dos cosas. Primero, ha habido mucho desencanto con la política, con las promesas políticas. No es una crítica al voto como acto ciudadano, sino al hecho de que votas, pero ¿para qué? Para que todas las cosas sigan iguales. No es un problema con el voto, sino con que no tiene consecuencias. Las personas no encuentran ofertas en el campo político que las interpreten. Lo segundo es que la política se volvió muy compleja. Uno va a terreno y propone hablar de política y te dicen: “No sé nada de política”. A los 15 minutos de estar insistiendo y conversando más profundamente, te hablan con mucho conocimiento. Saben lo que le pasó a tal senador, tienen opiniones superarmadas, pero lo primero que te dicen es “yo no quiero tener nada que ver con la política”. En parte, por el desencanto y la rabia, pero también —y sobre todo en los sectores populares, donde nosotros hemos trabajado este tema— porque tienen ese temor de que la política es tan complicada que no la entienden ni la van a entender, y eso los ha alejado de ella durante mucho tiempo. Por supuesto que eso es una amenaza para la democracia. Uno de los resultados más preocupantes en ese sentido es que, en nuestras investigaciones, hemos encontrado que muchas personas, en el fondo, se preguntan: “¿para qué sirven los partidos políticos?”. Es como si no estuviera clara su función, porque toda la visión es negativa. Luego, cuando hablan de política, hay un político que les parece mejor que otro, pero tienen una mirada muy negativa.

Votan quizás más por las personas que por los partidos.

—Sí, pero lo que se discute en esta investigación que estoy comentando —que forma parte de un texto que publiqué, Política sin identidad y adhesión al rasgo—, es que ni siquiera se vota por las personas, sino por un rasgo. Ese rasgo puede ser algo del discurso, de la personalidad o de la manera en que alguien se presenta públicamente, y eso explica por qué hay tanta variabilidad. Ni siquiera hay grandes líderes, esa figura del líder carismático al que uno le entrega su apoyo. Lo que hay es esta identificación al rasgo. Y si ese rasgo, de pronto, lo encarna mejor otro, me voy con quien lo encarne mejor. Y si cambia el ranking de las preocupaciones —por ejemplo, en las noticias, que son muy importantes porque arman el ecosistema de representaciones en el que vivimos—, emerge un nuevo rasgo, y me mudo con el nuevo rasgo. Eso explica este tipo de identificación, que ni siquiera es personal, porque antes se decía que había una identificación con la persona, con su carisma o su cercanía. Pero hoy la identificación se da con rasgos muy particulares, que se construyen en relación con el contexto, con el ecosistema de representación, de comunicación, de discursos y, sobre todo, con las experiencias personales cercanas, que son las principales.

¿Entonces no existiría realmente una identificación con partidos de izquierdas y derechas como ocurría antes?

—Hay, por supuesto, grupos politizados ideológicamente. Esos grupos que nos hacen creer que estamos superpolarizados porque hacen ruido, son pequeños. Una estimación que hicieron mis colegas del COES muestra que alrededor del 15% o 20% de la población está realmente politizada, es decir, involucrada con la política institucional, pero el resto no. Van a votar, obvio, pero muchos lo hacen de una manera más ritualística, porque es una obligación.

Una encuesta CEP de 2025 reveló que la preferencia por la democracia ha llegado a un 44 %, su nivel histórico más bajo, mientras que un 33% es indiferente a tener un sistema político democrático o autoritario y un 18% prefiere uno autoritario.  En el libro hablas sobre un rechazo a las formas tradicionales de ejercicio de la autoridad, consideradas como autoritarias. ¿Cómo se entiende esta contradicción? 

—Las personas no quieren aceptar ser tratadas de esa manera, les cuesta el reconocimiento de las jerarquías, y lo podemos ver en muchos conflictos que hay en las instituciones sociales, en las escuelas, en los trabajos. Pero al mismo tiempo, una vez que están en el lugar del ejercicio de la autoridad, están convencidos de que lo más eficiente es ser autoritario, porque las cosas no funcionan de otro modo. Escribí un libro en 2016 [El miedo a los subordinados. Una teoría de la autoridad] que defendía esa tesis; en el fondo, lo que funciona es el miedo a los subordinados. Si no eres autoritario, se te van a subir al hombro. Es decir, no vas a poder ejercer la autoridad. Desde la publicación de este libro —estamos hablando de casi diez años atrás—, estas dos cosas están ocurriendo al mismo tiempo. Cuando tienes corrientes muy distintas —porque la vida social es así, compleja, y hay que leerla en su complejidad—, siempre están a disposición de ser activadas.

Y el fenómeno del autoritarismo, ¿se ha mantenido igual durante estos años?

—En el NUMAAP hicimos una encuesta de autoridad, posterior al estallido social, que arrojaba un índice de autoritarismo moderado, en un momento en que toda la conversación giraba en torno a la horizontalidad, al rechazo de las jerarquías. También existía la opinión de que los padres no sabían ejercer la autoridad, de que la gente ya no era obediente. Esa corriente siempre estuvo ahí. Estamos en un momento en que no sabemos hacia dónde ir, lo que es propicio para grandes cambios que democraticen las formas del ejercicio de la autoridad, pero también puede resultar en una adhesión al autoritarismo. Pienso que, en los últimos tiempos, las condiciones para que esa corriente se cristalice están vinculadas al sentimiento de incertidumbre que ha crecido con el crimen organizado y los discursos de miedo a los que estamos expuestos permanentemente. No quiero decir que no exista crimen o delincuencia, pero hay ciertos discursos que hacen que eso esté presente con un sentimiento de impotencia. El discurso pone el acento más en el miedo que en las medidas concretas con las que podemos ayudarnos.

¿Cuáles son los sentimientos que provocan una necesidad de autoritarismo?

—Está la incertidumbre por la seguridad, que no es menor, porque no es un miedo a que te roben, sino a que pierdas la vida, y eso se une a cosas que ya estaban presentes. No poder salir de la casa para ciertos sectores es una experiencia de los años 2000, cuando las plazas fueron lentamente colonizadas por la droga. Eso tiene cada vez más presencia en el espacio público, pero no es de hoy, sino que ha ido aumentando y, por lo tanto, también entra en la discusión. Los sentimientos de incertidumbre y de desorden, las formas en que se escenifica la política —de una manera bastante violenta a veces— y los discursos sobre la amenaza a la integridad física por el crimen organizado producen una ansiedad por que las cosas se ordenen y el deseo de que alguien ponga orden. Y lo primero que aparece es la idea de que alguien muy autoritario lo logrará, lo cual es difícil. Solo con mano dura no lo vas a lograr. Uno tiene que pensar en la experiencia con los propios hijos. Hay una dimensión en la que uno puede ser un poco más rígido en la disciplina cuando hay dificultades dentro de la familia, pero eso nunca lo resuelve por sí solo. Es un conjunto de elementos lo que lo hace. Pero ahora parece haber una apuesta de fe —no sabría cómo llamarla de otra manera— en que la mano dura lo va a resolver. Y eso se vincula muy fuertemente con una idea histórica, en el caso de Chile, que nunca desapareció del todo, de que lo autoritario es lo único que funciona.

En tu libro también aparece la desconfianza en las instituciones, en la ciencia y el gobierno, como un rasgo social extendido y un factor relevante en el debilitamiento y transformación del concepto de verdad. ¿Hacia dónde nos puede llevar este fenómeno?

—Hay una amenaza bastante grande. La desconfianza hacia las instituciones es una cosa de largo tiempo. El miedo al otro era un nombre que recibía un diagnóstico hecho en los años 90, que explicaba esos grados de desconfianza. No es nuevo. En la vida social pocas cosas son supernuevas, pero toman formas particulares. En este caso, lo que ocurrió es que esta desconfianza se ligó con procesos sociales que hicieron a los individuos considerarse mucho más fuertes, con más poder para desenvolverse en la vida social y con un discurso de “lo hago yo solito”. En parte, eso es así porque hubo desprotección, pero también ha sido una ganancia en términos de la manera de contarnos a nosotros mismos, porque seguimos dependiendo del Estado. El crimen organizado no se vence sin un Estado fuerte. En Chile, la mayoría de la población depende de la salud pública; si debilitas al Estado y sus recursos, debilitas también la salud pública. Pero todos compramos ese discurso de “ah, lo hice yo solo”. El Estado acaba de darte algo, por ejemplo, acabas de ir a un consultorio o de recibir un apoyo para la vivienda, pero lo olvidas porque el relato es “lo he hecho yo solito”. Hay muchas cosas que hemos hecho solos porque efectivamente perdimos protecciones, pero no todo. La desconfianza se agravó por esta idea de que puedo hacerlo yo solo, y ese es un riesgo enorme porque necesitas a las instituciones, que actúan como un tercero en cuestión y evitan que gane el más fuerte.

¿Entonces el reclamo de las personas surge porque las instituciones no funcionan como deberían?

—Claro, uno puede decir que las instituciones son abusivas, pero, al mismo tiempo, es mejor eso a dejar que gane el más fuerte, sin ninguna mediación. Es una idea de autonomía que no reconoce que, en el fondo, somos profundamente dependientes de otros: de instituciones, de colectivos, de vínculos. Nuestra vida no puede sostenerse sin ellos. Y eso se borró. Ya no es algo ideológico, se borró para todo el mundo. Hay un borramiento de la interdependencia que constituye a las sociedades. Ese es un riesgo enorme, porque mientras más frágil sea el lazo social, mayor será la dificultad para enfrentar amenazas como las que vienen con el cambio climático, los posibles desplazamientos masivos de población, las migraciones. Y más abierto queda el espacio para que ganen los más fuertes. Esto representa un problema para la convivencia interna.

¿Cómo se podrían comenzar a resolver estas contradicciones?

—Creo que hay muchas cosas que hacer en la sociedad chilena, una de ellas es  convencernos de que no podemos vivir sin lo colectivo. El mundo colectivo, la conciencia de nuestras interdependencias, es absolutamente esencial para enfrentar lo que estamos viviendo. Esa es, además, una de las razones por las cuales la mano dura puede ser eficiente en un momento, pero no lo será a largo plazo. Porque, para que una sociedad logre hacer lo que se necesita, se requiere adhesión, acuerdo. No puedes tener un policía por cada habitante del país, ni un supervisor por cada trabajador, ni alguien vigilando a cada estudiante en las escuelas o liceos. Lo que hay que generar es adhesión. Y eso es, precisamente, lo que plantea el libro: que tenemos fragilizada la idea de lo común y, por tanto, las condiciones para enfrentar los desafíos que tenemos por delante. Estar “desapegado” quiere decir que no produces adhesión a la sociedad, a lo que la sociedad requiere para estar en ella, y que eso implica renuncias, sufrimientos, porque esa es también la vida social.

En su último libro Modernidad explosiva, la socióloga Eva Illouz afirma que la meritocracia está detrás de la rabia que hoy sienten muchos ciudadanos en el mundo. Dice que la meritocracia activa al menos cuatro emociones: esperanza, decepción, envidia e ira, las que, cuando se historizan, pueden traducirse en un movimiento político. ¿Está de acuerdo con ese diagnóstico?

—Hay que distinguir las formas de discutir la meritocracia. Una de ellas ha sido sobre todo en los países occidentales más ricos, donde ha sido pensada como algo negativo, en el sentido de que es un engaño para seguir favoreciendo a los más poderosos. En ese sentido, es erosiva, porque son los más poderosos los que siempre van a tener más mérito. En el caso de Chile, he encontrado en mis estudios que la promesa del mérito no ha sido vivida de esa manera. Hay desencanto, por supuesto, pero por razones distintas. El mérito es el sentimiento de justicia probablemente más importante para muchas personas, porque va contra la lógicas de un lazo social verticalista, rígido, elitista, en que había diferencias naturales que hacían a unos superiores de otros, ya sea por apellido, color de piel, posición socioeconómica, relaciones de parentesco, etcétera. Esa lógica de privilegios ha estado funcionando durante mucho tiempo. Entonces, en Chile la promesa del mérito tiene el efecto de darte herramientas legítimas para luchar contra esos privilegios. Hay desencanto, por supuesto, porque muchas veces se tiene la experiencia de hacer todo lo que se supone que hay que hacer para lograr algo, y aun así no ocurre nada, por las dinámicas del mercado y otros factores. Pero también hubo una promesa que, para muchos, sí se cumplió.


Esta entrevista fue editada y adaptada al formato escrito. Fue realizada en el programa radial Palabra Pública, transmitido el 15 de septiembre de 2025.