¿Qué forma se necesita para comunicar la experiencia traumática?, se pregunta la escritora chilena Valentina Marchant a propósito de Oh vía láctea, con un beso me embolinas la perdiz, de Luna Jadue, un libro sobre el abuso sexual escrito desde una estética experimental que busca “comunicar una experiencia que trascienda lo individual y se abra a lo colectivo, pero sin renunciar necesariamente a la poesía, es decir, a esa mirada particular sobre las cosas que posibilita que la literatura sea literatura y no solo testimonio o panfleto político”.
Por Valentina Marchant
Con la esperanza que se abre una carta
así clavé el cuchillo en tu costado.
—Luna Jadue
Oh vía láctea, con un beso me embolinas la perdiz (Editorial Aparte, 2025), primer poemario de Luna Jadue (Santiago de Chile, 1994), bien podría remontarnos a la vieja pregunta de qué es la poesía, o, desde un ángulo más juicioso, qué esperamos de ella hoy. La poesía, en tanto género líquido en sí mismo, posee un carácter exploratorio al menos desde la modernidad en adelante. En el caso de Chile, y sin ir demasiado lejos, desde la publicación de Poemas y antipoemas (1954), de Nicanor Parra, se impuso una especie de dicotomía entre la poesía lírica y aquella de corte más prosaico. Parra nos demostró que un poema bien podría ser una botella de Coca-Cola con un cartel que diga “mensaje en una botella”. Pero incluso antes, con Vicente Huidobro, aprendimos que caer bien podría representarse a partir de la palabra c a e r en línea vertical hacia abajo. Algo como esto:

El uso del espacio en la hoja —la disposición gráfica de las palabras— es una cuestión que, en todo caso, trasciende a la poesía de corte más “vanguardista”. Y es que la poesía se juega la vida en el corto e infinito espacio del verso. Por eso no es baladí el cómo se dispongan las palabras, cuán apretado sea un verso, cuán holgada o constreñida sea la respiración del poema. Y cuando el verso es libre, la cuestión del espacio y del ritmo se vuelven cruciales, pues es el único camino por el cual emergerá el tono con el que más tarde, lectoras y lectores, deglutiremos ese objeto escurridizo que llamamos “poema”.
¿Pero qué forma se necesita para comunicar el dolor, la experiencia traumática?
Jadue poetiza la violencia del Padre —entiéndase en sentido figurado, con mayúscula, tal y como está expuesto gráficamente en el libro, y cuyas connotaciones psicoanalíticas, pero también políticas (estoy pensando desde los feminismos), no podría discutir en este breve espacio—, del Lobo que quiere comerse a la Caperucita, la Perdiz que al avanzar quiebra la rama del árbol y huye en estampida para volver y vengarse. No es un tema nuevo; sin embargo, ningún tema es nuevo: repetimos y repetimos lo mismo siempre —el amor, los viajes, la muerte, etc.—, pero la dignidad de cada libro se encuentra, pienso, en la respuesta que dé (o no) a la pregunta fundamental por la forma: Jadue ha encontrado en esa vieja tradición de vanguardia una vía (láctea) para clavarle la estocada final al Padre y, en ese gesto, funda su propia poética, inicia el camino que todo primer libro de poesía debería realizar en tanto gesto inaugural de posicionamiento en un determinado campo cultural. Siendo Chile el “país de los poetas”, dicho posicionamiento no es menor: Jadue tiende la mano a esa tradición poética de corte más experimental donde caben voces tan dispares como Rodrigo Lira o Soledad Fariña, por mencionar a dos poetas que han explorado una respiración particular a partir de la disposición no-lineal del verso en la hoja. Por otra parte, y considerando la temática central del poemario —el abuso sexual—, Jadue se vincula, también, con ciertas escrituras producidas por mujeres que encuentran en la literatura un espacio para la denuncia y la reflexión política. Pienso en libros como En nombre de ninguna (2005) de Rosabetty Muñoz, pero también en movimientos sociales como Lastesis, que con la performance Un violador en tu camino (2019) sentaron un precedente fundamental para los feminismos del siglo XXI.
De este modo, y desde un doble posicionamiento autorial —una voz poética de mujer que se viste del ropaje vanguardista para comunicar—, Jadue construye su particular territorio poético, el cual se despliega, por un lado, como un paso de la infancia a la adultez y, por otro, desde el “caminar amordazado” —el silencio de la niña que hurga debajo de la mesa de los adultos— hacia la guerra abierta —y palabrística— contra el Padre. Esta se produce gracias a la poesía: “la guerra es canción”, dice Jadue, es decir, ritmo, sonido de ramas rotas, nombres o palabras que se enarbolan entre sí emulando un enfrentamiento mortal en el que el sentido lineal del lenguaje se pierde precisamente porque lo que se comunica es el enfrentamiento. Más adelante asistimos al despliegue de versos que se superponen entre sí en diferentes direcciones y sentidos, una especie de collage de guerra donde encontramos frases como estas: “voy a la guerra porque quiero”, “todo huele a mierda”, “aunque la mano sea certera / me reconocerás esta vez”, etc. El uso constante del apelativo confirma que el mensaje de guerra no es para todos, sino para una sola persona, aunque no sepamos a ciencia cierta quién realmente es esa persona, más allá del genérico Padre con mayúscula: “Avanzo con tu nombre entre los dientes”, dice la hablante, y luego expone el verso “y son unos sobre otros” en diagonal hacia abajo hasta traspasar directamente la hoja 48 hacia la 49, la cual inicia con el verso “voy a la guerra porque quiero matar”. Dicha muerte, en todo caso, no se produce en el poemario, probablemente porque para matar, plantea la hablante, hay que aprender a gritar, es decir, salir completamente del silencio —romper la impunidad— y eso todavía no ocurre: “Aprenderé a Gritar cuando tenga una Casa”, dice, anticipando el futuro; “aún dentro escuchamos: el árbol ha caído. / olemos cómo avanzan sobre él nuevos reinos / pero no somos la madera”, añade luego, constatando la imposibilidad del presente.

Editorial Aparte, 2025
80 páginas
Resulta interesante destacar que la voz enunciativa pasa del singular al plural en varias ocasiones, cuestión que ratifica la intención del poemario de comunicar una experiencia que trascienda lo individual y se abra a lo colectivo, pero sin renunciar necesariamente a la poesía, es decir, a esa mirada particular sobre las cosas que posibilita que la literatura sea literatura y no solo testimonio o panfleto político. Y es que, en efecto, somos muchas a quienes nos dijeron, cuando éramos niñas, que “cerráramos las piernas”, pero no a todas nos dijeron exactamente lo mismo: “cierra las / piernas al / sentarte y bailar” , “mientras callas / tomando / desayuno”, “durante la once / familiar” , “cierra las piernas me dices / porque así te aprietas más”. La incorporación de un ritmo que parece casi canción es lo que permite que estas frases pierdan la gravedad de su contenido y se abran al movimiento lúdico —acuático, líquido— de la poesía, es decir, de la literatura en tanto representación de la realidad. Y aunque el peligro de disolución de lo literario está ahí mismo —la tentación de leer el poemario como el desahogo confesional de la persona real que es Luna Jadue aparece desde la primera página—, la autora, en tanto tal, decide tomar igualmente el riesgo y por eso necesita echar mano a una serie de recursos que posibiliten que su libro no renuncie del todo a la ficción, si por ficción entendemos aquella disposición retórica del lenguaje, así como el resguardo de cierta autonomía de la obra respecto a la realidad contingente. El contrapunto entre el título, altamente retórico —Oh vía láctea, con un beso me embolinas la perdiz—, y la concreta y situada dedicatoria —a mi Padre, pero en mayúscula, reforzando la ambigüedad del destinatario— representa bien esta tensión entre lo literario y lo no literario, lo lírico y lo prosaico, lo poético y lo testimonial que atraviesa todo el libro. Se trata, además, de las características de ciertas literaturas actuales que, por lo mismo, han sido clasificadas como “híbridas” o “expandidas” y que yo, siguiendo los planteamientos de Josefina Ludmer en Lo que vendrá (Eterna Cadencia, 2021), prefiero denominar directamente como “postautónomas”, en tanto son textos atravesados por una realidadficción. “Nos permitimos imaginar”, dice la hablante, relevando el ámbito de la ficción; pero “viene la brutalidad empaquetada / con lo mismo todos los días: / Rozar la nalga / insinuar el miembro”, reconduciendo la ficción hacia un ámbito cotidiano y, por ende, también “real”, de algún modo. Con esto no quiero decir que el libro apunte de manera explícita hacia un “culpable”; de hecho no lo hace, pues Padre podría ser cualquiera. Sin embargo, tampoco se renuncia a hablar sobre lo real, es decir, sobre la experiencia particular de una subjetividad que se despliega gracias al ejercicio poético aquí trazado: es esa subjetividad la que percibe la realidad de todos los días como una “brutalidad empaquetada”; es esa, insisto, y no otra, y allí radica, precisamente, la valentía y el arrojo de este libro.
Frente a la brutalidad de los hechos reales, pareciera que, tal y como anunciara Cristina Rivera Garza en Los muertos indóciles, no quedara otra opción —para la literatura que busca un diálogo entre ética y estética— que la mezcla entre lo real y lo ficticio. “¿Qué significa escribir hoy en ese contexto? ¿Qué tipo de retos enfrenta el ejercicio de la escritura en un medio donde la precariedad del trabajo y la muerte horrísona constituyen la materia de todos los días? ¿Cuáles son los diálogos estéticos y éticos a los que nos avienta el hecho de escribir, literalmente, rodeados de muertos?”, se pregunta Rivera Garza. La salida se encontraría, según la mexicana, en las escrituras que “lejos de proponer una fusión estable, una especie de bicéfalo monstruo al que le corresponde la unidad […] mantiene y muestra la tensión […]. Confundiendo, más que fundiendo, el borde entre la autoficción y lo propiamente ficticio, estas escrituras se conforman con (¿o aspiran a?) producir presente”. Es lo que Rivera Garza hizo en su famoso y laureado libro El invencible verano de Liliana (2021), donde aborda el femicidio del cual fue víctima su hermana menor, Liliana Rivera Garza, a partir de una serie de procedimientos que desbordan los parámetros tradicionales de lo literario. En el caso de Oh vía láctea, con un beso me embolinas la perdiz, Luna Jadue vuelve a poner el dedo en la llaga, obligándonos a recordar que, aunque todas íbamos a ser reinas, muchas no lo fuimos, o dejamos de serlo. Y es que, si la infancia es la patria del poeta, ¿qué tipo de infancia es la de las poetas, y más aún, de aquellas que, sin renunciar al dolor (ética), buscan mantenerse en la batalla (estética) y desbaratar a su enemigo? La poesía como “punto de fuga”, en palabras de Jadue, como espacio de guerra y tránsito, pero también como uno de los pocos lugares para “encontrar otro horizonte” y así exorcizar el pasado, rearticular el presente y terminar de forjar el futuro.
