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Manifiestos abandónicos: literatura, humor y ruptura 

Con humor y vocación crítica, las autoras y autores pertenecientes al colectivo Pueblos Abandonados cuestionan las estructuras centralizadas del campo cultural chileno y reivindican la periferia como lugar de enunciación y resistencia. No por nada declaran que “si bien vivimos en pueblos abandonados, abandonados no es nuestro gentilicio”, con lo que hacen una distinción entre una condición impuesta y una posición política asumida.

Por Amparo Ojeda | Imagen principal: Parte de los integrantes del colectivo Pueblos Abandonados: Poli Roa, Rodrigo Ramos Bañados, Óscar Petrel, Óscar Barrientos, Rosabetty Muñoz, Antonia Torres y Marcelo Mellado.

El 20 de agosto de 2025, Rosabetty Muñoz, Antonia Torres y Marcelo Mellado, por nombrar solo algunos de los escritores que integran el colectivo Pueblos Abandonados, se reunieron en el Centro Cultural de España, en la capital del “reino”, como dirá irónicamente el autor magallánico Óscar Barrientos en su discurso de apertura al séptimo Congreso que reúne al colectivo. La mención al “reino”, en tanto sistema obsoleto y arcaico, es un primer anticipo a las denuncias que el colectivo hará sobre la perspectiva totalizadora y homogeneizante que supone una “idea de país” propuesta desde y para el centro. Con humor, se hará mención a lo paradójico que resulta que este grupo de autores, que desarrollan su escritura desde lugares no metropolitanos, realicen su encuentro precisamente en la ciudad de Santiago. No menos paradójico es, agregaría yo, que sean acogidos en el Centro Cultural de España (CCE), sede cultural de la gran metrópolis originaria, otro “centro” que nos hace periféricos desde una mirada colonial. La alusión al reino hace por ello también referencia a las estructuras coloniales de poder que parecieran seguir vigentes en el campo cultural chileno aun después de la Independencia y de los más de 200 años de sistema republicano.

Casi 20 años antes del recién citado encuentro, en 2006, Marcelo Mellado y Óscar Barrientos se reunían en la ciudad de Valdivia, donde comenzaron a pensar las bases de este proyecto. Desde sus inicios, el colectivo ha realizado una gran cantidad de reuniones, ponencias y publicaciones, pero sin duda sus producciones más llamativas y reveladoras son los dos manifiestos publicados hasta la fecha. No existe un órgano oficial que los reúna, ya que funcionan como declaraciones públicas, sin embargo, se pueden encontrar aleatoriamente en páginas como Letras.s5 o el sitio oficial del CCE.  Estas “declaraciones públicas” constituyen la concentración del pensamiento abandónico. Son interesantes por su carácter denunciatorio, que recoge las dimensiones políticas y artísticas del género del manifiesto, pero también su humor y acidez. A ratos suena a solemnidad, a una humorada o a un resentido pataleo, lo que nos hace dudar de la seriedad de sus demandas.

El escritor magallánico Óscar Barrientos en el encuentro realizado en Centro Cultural de España.

El manifiesto como género está fuertemente ligado a las vanguardias del siglo XX. Estas aparecerán, como señala Peter Bürger en Teoría de la vanguardia (1987), entre otras cosas, como una crítica a la estructura social en que se da el arte. Esta crítica permea gran parte del discurso abandónico, además de un cierto tono rimbombante también muy propio de los manifiestos vanguardistas. Sus pretensiones son emancipadoras: autonomía local y autonomía de la literatura frente a mecanismos centralizados. El uso del género manifiesto rescata una cierta retórica vanguardista, así como también sus ambiciones. Se trata de un gesto anacrónico que nos lleva a preguntarnos por su pertinencia hoy. ¿Es mera nostalgia? Creo que antes que reivindicar una época de utopías literarias, el grupo de los abandónicos propicia una parodia de este género y sus pretensiones. Esto no significa que sus contenidos no sean demandas reales; la pregunta es más bien si acaso este gesto crítico y paródico busca realmente cambiar algo en la estructura centralista del campo cultural chileno, o si actúa como una crítica válida aunque escéptica de sus propios alcances. 

El Primer manifiesto de los Pueblos Abandonados parte nada más ni nada menos que parafraseando a uno de los más famosos en la historia del género: el citadísimo Manifiesto comunista, primer indicio de su carácter paródico. Luego está ese lenguaje rimbombante, que quiere subrayar la gravedad del asunto que expone. El fantasma que recorre la república es, en este caso, “una poética territorial o las voces exegéticas de una certidumbre tópica”. Dicho de forma menos enigmática, son las voces de autoras y autores que interpretan y enuncian una verdad sobre sus respectivos territorios. 

Apuntarán en contra de los “críticos academicoides” y de su discurso “patético y compensatorio”, haciendo irrisión de un tipo de crítica y lenguaje impostado, no solo muy propio de la academia, sino también de los discursos de municipios, ministerios y todas aquellas instituciones que manejan el poder cultural. Denunciarán la “perversa lógica municipal”, la que es, en alguna medida, herencia de la dictadura: la municipalización de la educación, la corrupción, el modo de obrar de una institucionalidad que permite demasiados vicios para administrar pocos recursos. El pensamiento abandónico surge de la experiencia de la precariedad de la periferia y las algo patéticas disputas por los resabios de poder que gotean del centro.

Se dirá que la poética territorial se distancia de la “metafísica autoral narcisista” y de la obsesión editorial que predomina en un campo literario “metropolitanizado”. En el fondo, al escritor abandónico no le interesan los asuntos valorados por este tipo de campo literario (la vanidad autoral, la validación que otorgan las editoriales “importantes” o la academia). Ojo aquí, porque “metropolitanizado” no es lo mismo que metropolitano: “metropolitanizados” son también aquellos que se encuentran al margen del centro pero quieren pertenecer a ese lugar. Esta crítica a un cierto carácter aspiracional aparece también cuando se declaran en contra de lo que llaman “martinrivismo”. La alusión a la novela de Alberto Blest Gana es aquí expresiva de un sujeto provinciano —en el fondo “metropolitanizado”— que migra a la capital para tener éxito y ascender en la escala social. Un sujeto colonizado ideológicamente por la ilusión de que la metrópolis le va a dar legitimidad. Para el abandónico, el valor contrario al “martinrivismo” radicaría en quedarse en su territorio, participar de las luchas de su pueblo y disponer “su capacidad letrada al servicio de un proyecto emancipador”. 

Reunión de lectura del colectivo. En la imagen se ven: Verónica Zondek, Rosabetty Muñoz, Poli Roa y Antonia Torres.

Los neologismos que trae a la mesa el colectivo nos hablan del humor que caracteriza sus textos: “martinrivismo”, “academicoide”, “campo culturoso chilensis” y el mismo concepto de “abandónico”, cuyo uso reemplaza el sustantivo y adjetivo “abandonado” por una palabra inexistente. Es un gesto político en tanto borronea la condición pasiva de “abandonado”. En algunos casos, se trata de neologismos basados en conceptos empleados mayormente por las instituciones académicas, municipales, ministeriales, etcétera, pero alterados irónicamente, haciendo un remedo irrisorio del lenguaje “serio” del poder cultural.

El segundo manifiesto adopta la forma de un listado de principios que por su estructura reiterativa adquiere un tono poético. Cada enunciado comienza del mismo modo: el colectivo habla de sí en tercera persona, abriendo cada párrafo con la fórmula “Pueblos abandonados…”. Pueblos Abandonados está aquí y no allá; Pueblos Abandonados es esto y no lo otro; Pueblos Abandonados cree tal o cual cosa. Es un gesto de insistencia sobre la propia identidad. El texto comienza, de hecho, respondiendo a la pregunta sobre el porqué de su nombre: “si bien vivimos en pueblos abandonados, abandonados no es nuestro gentilicio”. No es un gentilicio, tal vez, pues no denota una posición geográfica particular. Denota, sin embargo, su “posición estratégica en la periferia”. Para el colectivo, vivir en pueblos abandonados es una decisión política y de resistencia. Como afirma Rosabetty Muñoz en Abandónicos (2023) —libro publicado por Cinosargo Ediciones que reúne ensayos de los escritores abandónicos y que cuenta con prólogo de Selva Almada—, quedarse en la periferia es hacerse cargo de un deber que entiende la escritura como parte de un proceso que construye el territorio. 

Tras declarar que no hay centro, que este podría estar en cualquier parte y que, en última instancia, no debe estar en lugar alguno, el manifiesto arremete contra el “criollismo ramplón”, aludiendo a una literatura reduccionista que construye una idea de lo criollo sin matices ni complejidades, desprovista de conflictos (el patrón, la china, las clases sociales, etcétera). Al contrario, los pueblos abandonados serían materia de algo que hay que pensar y reconstruir. No caricaturizar, no obliterar, no romantizar; sino convertir en tema. Muy cerca de eso está el problema del extractivismo en sus dimensiones de conocimiento y comunicación, también denunciados en el manifiesto. Las consecuencias del extractivismo simbólico, dice Mario Verdugo en Abandónicos, son los estereotipos y los tópicos impuestos a los locales. Una imagen ajena de sí mismos, incontaminada, turística o pintoresca, que nada tiene que ver con sus realidades particulares. Los pueblos abandonados cumplen así la función de vertedero, zona de sacrificio y de extracción. Realidad concreta pero también metáfora del lugar al que se destina todo aquello que “el centro” considera desechable. Un lugar donde se puede hacer cualquier cosa. 

Si el abandono es material para la escritura, ¿hay un cierto privilegio en la posición periférica? Pueblos Abandonados dirá que conoce la ventaja de la desventaja, pero que no sabe aprovecharla ya que “no tiene plan de negocios”. Para hacerlo tendría que venderse al romanticismo regionalista y a las lógicas del turismo. Convertirse en un producto atractivo para el mercado cultural establecido siempre desde y para el centro. Por ello proclaman el fracaso como un valor. Dirán que no les interesa el éxito, que temen triunfar y que deben fracasar cada vez mejor: “Generaciones y generaciones de fracaso nos sostienen”, una especie de eslogan empresarial, pero en sentido inverso. Lo que significa fracasar para el centro y para la hegemonía es reivindicado. 

Aquí reside una posible contradicción en el discurso que construye el manifiesto: denuncia el abandono y a la vez lo reivindica. ¿Quiere Pueblos Abandonados ser reconocido por quienes lo abandonaron? No es esa su finalidad. Entre otras cosas, lo que se persigue es despojar al centro de cualquier potestad autoasignada para dictar el éxito o el fracaso del resto. 

¿Cuánta fe emancipadora hay en los manifiestos? Es posible que el colectivo comprenda estos textos como un dispositivo de enunciación que sirve tanto como cualquier otro objeto literario: en el mejor de los casos, construye una visión crítica del mundo que da cuenta de un fragmento de realidad, pero que difícilmente logra transformaciones profundas. Al menos a corto plazo. Pero pareciera que en el fondo de la parodia subyace una extraña fe en que la potencia escritural es real. La confianza en que, tras bambalinas y alejados del poder oficial, la escritura tiene una extraña agencia política. Una curiosa forma de batallar. El escritor abandónico Cristian Geisse dirá en Lecturas aberrantes y hermenéutica esquizo (2025) que la cosa es en serio, aunque tenga “su buena dosis de chacota”. Si bien se parodia una cierta retórica revolucionaria, hay un esfuerzo real por trabajar autónomamente desde los territorios y para las comunidades. Ejemplo de ello son Rosabetty Muñoz y sus talleres en liceos de Chiloé, los de mediación lectora y el antiguo “Taller Mistral” en el liceo donde siempre hizo clases; Marcelo Mellado y sus talleres en juntas de vecinos de la Región de Valparaíso; Óscar Petrel y Poli Roa y sus talleres itinerantes en las islas del Seno de Reloncaví, en escuelas rurales a las que se llega solo en lancha y en donde hay apenas un puñado de alumnos. Los manifiestos son el resultado de un pensamiento que deviene de las respectivas prácticas “territoriales” ejercidas por el colectivo. Su componente político se ve precisamente reforzado por la dosis de humor que poseen, en tanto la parodia da cuenta del absurdo y de la tragedia propia de los mecanismos en que opera el campo cultural chileno. 

“Hemos surgido del odio y el desprecio crítico, de la solemnidad provincial que mima una capital supuesta del reino de las letras, mudas a estas alturas”, dice Mellado. Tal vez ese resentimiento productivo sea el motor de un pensamiento que permita situarse críticamente frente a esta supuesta capital del reino de las letras.