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Naomi Oreskes: “Sembrar dudas sobre la ciencia favorece el statu quo” 

La historiadora de la ciencia ha dedicado su carrera a estudiar cómo se construye —y se ataca— el consenso científico. En libros como Mercaderes de la duda y El gran mito ha reconstruido las estrategias que durante décadas buscaron desacreditar la evidencia sobre el calentamiento global. En esta entrevista, la investigadora estadounidense habla sobre la crisis de confianza en la ciencia y explica los motivos detrás del negacionismo climático.

Por José Núñez | Crédito: The Harvard Gazette

En febrero de 2026, a poco más de un año de haber asumido su segundo mandato, el presidente Donald Trump dio uno de los golpes más duros a los esfuerzos por frenar el avance del cambio climático. Durante un acto en la Casa Blanca, el mandatario anunció la derogación del llamado “dictamen de peligro”, la determinación científica que durante 17 años permitió a la Agencia de Protección Ambiental regular las emisiones de gases de efecto invernadero. Junto a él estaba Lee Zeldin, administrador de la agencia, quien respaldó la decisión y la calificó como “el mayor acto de desregulación en la historia de Estados Unidos”, al tiempo que aseguró que reduciría los costos para los fabricantes de vehículos y los consumidores.  

La medida forma parte de una agenda más amplia que ha incluido el desmantelamiento de normas medioambientales, la promoción de la industria de los combustibles fósiles y la salida de Estados Unidos de tratados internacionales como el Acuerdo de París. Los argumentos han sido que la regulación ambiental obstaculiza el crecimiento económico y limita la competitividad de las empresas, un discurso que, si bien el presidente republicano ha llevado a un extremo, no nació con él. Para entender sus raíces hay que remontarse a fines de la década del setenta, cuando un grupo de científicos, intelectuales y empresarios convirtieron la defensa irrestricta del libre mercado en una cruzada contra toda evidencia científica que pusiera en peligro sus intereses.  

Nadie ha reconstruido esa historia con mayor rigor que Naomi Oreskes (Nueva York, 1958). Geóloga de formación y académica de la Universidad de Harvard, Oreskes ha dedicado más de dos décadas a rastrear los orígenes del actual negacionismo climático. Junto al historiador Erik M. Conway publicó Mercaderes de la duda (2010), un libro donde expuso cómo algunos científicos con conexiones en la industria tabacalera lideraron campañas para desacreditar la evidencia sobre los efectos nocivos del tabaco y, más tarde, sobre el cambio climático. Su estrategia era simple: sembrar dudas sobre las pruebas científicas y presentar ante la opinión pública la falsa impresión de que existía un debate donde, en realidad, había un consenso amplio.  

Bañistas en el suroeste de Francia, mientras columnas de humo se elevan por el incendio forestal que afectó en julio al departamento de Gironda y que ha arrasado con más de 3.400 hectáreas. Crédito: Maximilien Lamy/AFP 

Sin embargo, la investigación dejó una pregunta abierta: ¿por qué científicos prestigiosos se dedicaron a tergiversar el trabajo de sus colegas? La explicación más obvia —es decir, la motivación económica— resultó insuficiente. La verdadera razón, concluyeron Oreskes y Conway, era ideológica. Muchos de esos científicos habían desarrollado su carrera durante la Guerra Fría y creían que cualquier regulación pública del mercado era un paso hacia el socialismo. Más tarde, trasladaron esa misma lógica al movimiento ecologista. Pero esa respuesta abrió una nueva interrogante: si Estados Unidos y otras democracias habían convivido con regulaciones ambientales, laborales y sanitarias sin dejar de ser sociedades libres, ¿de dónde provenía esa ideología?  

Así nació el libro El gran mito (2023), donde los autores reconstruyen cómo grandes empresas estadounidenses, intelectuales conservadores y centros de pensamiento impulsaron a través de una propaganda agresiva la idea de que las libertades económicas y políticas son inseparables. En pocas palabras: cualquier regulación del mercado supone una amenaza para la libertad individual. Según Oreskes y Conway, ese relato fue clave para debilitar la confianza en las instituciones públicas y frenar sus esfuerzos frente a desafíos como el cambio climático.  

—Esos argumentos funcionan porque coinciden con valores que muchos comparten, especialmente en Estados Unidos, donde siempre ha habido un fuerte énfasis cultural en la autonomía individual y la libertad personal. La ideología se usa, en estos casos, para camuflar la codicia y ocultar la motivación financiera —explica Oreskes vía Zoom desde Massachusetts—. También funcionan, en parte, gracias a la repetición. Si escuchamos un mensaje una y otra vez, de maneras y personas diferentes, podemos empezar a creer que es cierto. Por eso en El gran mito hablamos del cine, la televisión y los libros infantiles. Si solo escucho al director ejecutivo de una gran corporación, tal vez me muestre escéptico. Pero si esas ideas están integradas en una historia, y sobre todo si soy niña cuando la leo, quizás no las reconozca. Me pasó con los libros de La pequeña casa en la pradera: los leí a los diez años y me encantaron. A esa edad nunca noté los valores libertarios que tenían.  

¿Cómo explicas el éxito de la estrategia utilizada por la industria tabacalera, que luego fue aplicada a asuntos ambientales y sanitarios? 

—La industria tabacalera entendió que no tenía que demostrar que fumar era seguro, sino sembrar dudas sobre la ciencia que demostraba que no lo era. Luego comprendió —e incluso hizo investigaciones para demostrarlo— que la duda favorece el statu quo. Si la gente no está segura de la información, su tendencia es seguir haciendo lo que hace. Si me gusta fumar y alguien como el jefe de salud pública de mi país dice que fumar podría matarme, pero escucho de otra fuente que “en realidad no lo sabemos”, lo más probable es que mi inclinación sea seguir fumando. Es una estrategia increíblemente efectiva que, como mostramos en el libro, fue aplicada luego a otros temas. Ese patrón delata que no se da un debate científico legítimo, es decir, uno donde se esperaría ver argumentos distintos. Aquí vemos los mismos argumentos repetidos una y otra vez.  

¿Cómo ha evolucionado esa estrategia en la era de las redes sociales?  

—Nuestro trabajo prueba que este problema no fue inventado por las redes sociales. De hecho, en El gran mito mostramos ejemplos que se remontan a la década de 1920 y a los debates sobre la electricidad en Estados Unidos. La desinformación tiene una larga historia: parte de ella tiene sus raíces en la propaganda de tiempos de guerra. Lo que han hecho las redes sociales es amplificarla y difundirla de forma más barata y rápida. En el pasado, la industria del tabaco tenía que trabajar con un centro de estudios para elaborar un informe. Luego tenía que enviar comunicados de prensa a los medios. Incluso podía pedir una reunión con el editor de un diario para presentar su versión de los hechos. Todo eso llevaba tiempo. Ahora puedes publicar desinformación en un chat y llegar a millones de personas en media hora. Esa rapidez es bastante aterradora.

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En 2022, Naomi Oreskes participó de manera virtual en el Festival Puerto de Ideas. Allí contó que, tras la publicación de Mercaderes de la duda, recibió invitaciones en distintas partes del mundo para hablar sobre cómo los científicos llegaron a la conclusión de que la acción humana era la principal causa del calentamiento global. En esas conferencias, siempre alguien del público le preguntaba lo mismo: ¿por qué debemos confiar en la ciencia? Para Oreskes, ya no bastaba con apelar a la autoridad de los expertos. El negacionismo por parte de figuras políticas y el rechazo a la evidencia científica durante la pandemia mostraron que la confianza en la ciencia no era solo un asunto académico, sino una cuestión de vida o muerte.  

Así nació ¿Por qué confiar en la ciencia? (2019), un libro que cuestiona la respuesta más habitual a esa pregunta —aquella que atribuye la validez del conocimiento al llamado método científico— para proponer una explicación distinta: la confianza no debería depositarse en un método particular ni en la autoridad individual de los científicos, sino en el carácter colectivo de su producción. Es decir, la ciencia debe ser entendida como un proceso social. Basándose en la epistemología de Ludwik Fleck y en el trabajo de filósofas feministas como Helen Longino, Oreskes sostiene que el conocimiento científico se vuelve confiable a través de un proceso de escrutinio crítico entre pares —lo que Longino llama “interrogación transformativa”—, que funciona mejor cuanto más diversa es la comunidad que participa en él.  

¿Crees que una defensa simplificada de la ciencia, aunque tenga buenas intenciones, puede contribuir a la desconfianza que intenta combatir? 

—A veces los esfuerzos de los científicos son ineficaces, pero no diría que eso contribuya a la desconfianza. Lo principal que han hecho y ha resultado ineficaz es su adhesión a lo que se conoce como el “modelo del déficit”, es decir, creen que la razón por la que la gente está confundida sobre el cambio climático o las vacunas es porque carece de buena información o de alfabetización científica suficiente para comprenderla. En otras palabras, si se usa un lenguaje más sencillo, mejores gráficos y tablas más claras, se resolverá el déficit. Pero eso es un diagnóstico erróneo del problema. Hay algunos casos en los que la gente de verdad carece de acceso a buena información. Pero si nos fijamos, por ejemplo, en las personas que rechazan el cambio climático en Estados Unidos, muchas de ellas tienen un alto nivel educativo. Tienen acceso a la información, pero buscan de manera selectiva la que respalda sus perspectivas políticas.  

¿Cuál es el principal argumento intelectual para justificar la confianza en las conclusiones científicas?  

—El argumento histórico es el historial de éxitos de la ciencia. La ciencia es una de las instituciones más antiguas. Se podría decir que se remonta a la antigua Grecia, aunque, tal como la entendemos, se remonta al Renacimiento. Eso significa que contamos con 500 años de datos; medio milenio de experiencia. Y lo que hemos visto es que lo que llamamos ciencia ha sido sumamente efectivo para profundizar la comprensión humana, tanto del mundo natural como del social. Ese conocimiento ha enriquecido nuestras vidas. El otro argumento es epistemológico. La ciencia cuenta con mecanismos para identificar, detectar y corregir errores. ¿Cuál es el propósito de todas las prácticas que llevan a cabo los científicos, como asistir a conferencias, difundir preimpresiones, someter su trabajo a revisión de pares? Recibir críticas constructivas, obtener retroalimentación. La historia demuestra que ese proceso marca la diferencia. Cuanto más envejezco, más convencida estoy de la importancia de las ciencias para la sociedad, no porque nos dé antibióticos, sino porque nos ofrece un modelo para admitir cuándo nos equivocamos. 

El ataque a la ciencia implica la pérdida de una instancia de validación neutral y de un marco de comprensión común. ¿Cuáles son las consecuencias? 

—Son muy graves, y este es uno de los aspectos más negativos de lo que la administración de Trump le está haciendo a la ciencia en Estados Unidos. Durante la mayor parte de mi vida, cuando la gente me preguntaba: “¿Dónde puedo obtener información precisa y objetiva?”, una de las respuestas que solía dar era: “En las agencias del gobierno federal”. Estas agencias existen para ayudar a la gente a tener información científica, a entenderla y utilizarla. Organismos como el Servicio Geológico de los Estados Unidos, los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades o la NASA eran fuentes importantes de información objetiva y de alta calidad. La administración actual las está destruyendo y está tratando de politizar y cooptar para sus propios fines tanto estos organismos como la investigación en las universidades. Es el tipo de cosas que sucedieron en la Rusia soviética y en la Alemania nazi. Cuando eso ocurre, la gente no sabe a quién acudir.  

¿Qué mecanismos psicológicos están detrás de las posturas anticientíficas?  

—Tengo reparos en enfocarme en los factores psicológicos, porque eso exime de culpa a los responsables. Creo que la industria de los combustibles fósiles tiene una enorme responsabilidad moral, ética y legal en esto. Hay incendios horribles arrasando en Francia y España. Este año se han batido récords de olas de calor en Europa. En China, casi dos millones de personas quedaron desplazadas por inundaciones extremas. No es una coincidencia que estas cosas estén pasando. Es el rostro humano del cambio climático. Todo lo que la ciencia ha predicho se está haciendo realidad. Por eso prefiero centrarme en los que considero responsables:  quienes han erosionado la evidencia científica y han socavado la comprensión del público y la base para la acción política. No vamos a cambiar la psicología humana, pero podemos recurrir a la política, la cultura y la ley para exigir responsabilidades a los principales responsables del daño que se está causando.