Skip to content

Nona Fernández. Escribir sin héroes ni épica

En su última novela, Marciano, la escritora y actriz Nona Fernández aborda los hitos fundamentales del exfrentista Mauricio Hernández Norambuena, tras cuatro años visitándolo en la cárcel de alta seguridad de Rancagua. El resultado es un volumen híbrido, con archivos, fotografías y diálogos entre la autora y el comandante Ramiro, y un viaje por el pasado de Chile y el presente democrático. También sobre el lugar que tienen hoy los relatos como los de Mauricio, la importancia de una red de afectos y la urgencia de un pensamiento utópico para enfrentarse al actual momento político.

Por Victoria Ramírez | Foto principal: Lorena Palavacino

¿Cómo se cuenta una vida? ¿De qué está hecha? ¿Es siquiera posible? Estas preguntas parecieran flotar todo el tiempo en Marciano (Random House, 2025), el último libro de la escritora y actriz Nona Fernández, una novela fragmentada o un archivo híbrido, donde los agujeros del relato no buscan en ningún caso la totalidad.

Durante cuatro años la autora visitó a Mauricio Hernández Norambuena (Valparaíso, 1958), conocido como comandante Ramiro, en la cárcel de alta seguridad de Rancagua. Allí conversaban durante horas sobre el Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR), sus afectos y sus inicios como guerrillero, las grandes acciones políticas, pero también sobre lo pequeño: la vida cotidiana, los partidos de fútbol, los amigos y los libros, sobre todo los libros. La literatura le había dado tanto a Mauricio que ser un personaje literario lo entusiasmó, y fue así como comenzaron un diálogo largo y honesto, sin miedo a las discordancias.

“Había que asumir la imposibilidad de contar una vida, sobre todo revisitada desde un espacio sofocado, encerrado, donde los límites se quiebran en términos temporales, de realidad y ficción, de vida y muerte”, explica Nona Fernández. En sus más de quinientas páginas se repasan los hitos de la infancia y adolescencia de Norambuena en dictadura; su inquietud por la pobreza y los problemas sociales; su ingreso al FPMR; su rol en el atentado a Pinochet de 1986; las acciones del Frente una vez llegada la democracia, como el asesinato de Jaime Guzmán en 1991 o el secuestro de Cristián Edwards; más tarde su fuga de la cárcel de alta seguridad de Santiago colgando del canasto de un helicóptero en 1996; su paso por la guerrilla colombiana; y su largo presidio de diecisiete años en Brasil, entre otros muchos eventos que sorprenden por su riesgo y su ímpetu, una convicción que hoy parece casi imposible.

El título de la novela, Marciano, alude a un antiguo apodo de Mauricio Hernández Norambuena, pero también está cruzado por la propuesta literaria, que es bastante híbrida, y por el interés del protagonista en la ufología, que queda en evidencia en la correspondencia entre él y su sobrino. “El también es bien marciano, es un personaje especial, es como si viviera en una cápsula espaciotemporal, que podría ser otro planeta o una nave espacial”, explica Nona. Desde esta nave accedemos al pasado y presente de Mauricio, y el relato nos permite la exploración de las historias no contadas: una ventana amplia a la utopía para pensar nuevos futuros.

***

Comenzaste a conversar con Mauricio en 2022, en el marco de la investigación de una serie que no se hizo por falta de financiamiento. Luego seguiste con las visitas y se convirtió en tu propio proceso escritural. ¿Cómo fue entrevistar a una persona recluida durante tanto tiempo y cómo se construyó esa intimidad?  

—Siempre tuvo una muy buena disposición, desde que llegué primero por la serie, y después con mayor razón, porque fuimos tejiendo conversaciones dos viernes al mes, en una relación bastante fluida. Como Mauricio es un gran lector fue un proyecto estimulante para él. En ese sentido, la idea de escribir un libro fue más cómoda y más apropiada al diálogo que teníamos, porque la serie tenía que ser como son en la televisión: épicas, de mucha acción, con romances, personajes buenos y malos. Mauricio y todos sus compañeros tenían que ser héroes, y la idea del héroe ya la tengo desbaratada hace mucho tiempo. No es algo que me interese, todo lo contrario. Me parece mucho más peligroso, como concepto para quien lee, la idea de que estos actos son trazados por gente como nosotras. No son gente más o menos dotada, sino común y corriente, y eso nos pone en un lugar más desafiante. El lugar literario, en ese sentido, era mucho más cómodo para explorar, contar las paradojas, miedos, terrores, mentiras, silencios, chistes, todo lo que una historia épica normalmente no va a contar y va a dejar fuera, porque protege a los héroes y también a los villanos.

Marciano, de Nona Fernández. Random House, 2025.
520 páginas

La historia del Frente Patriótico ha sido contada en libros, series, y pareciera que siempre hay detalles nuevos que se van revelando. ¿Qué sentías que podías aportar a esa historia fragmentada del Frente?

—Toda la investigación circulaba entre los grandes hechos, las grandes acciones, y lo más pequeño, que era infinitamente más interesante, sabroso, profundo y expresivo. También había toda una bibliografía que había visitado dentro de lo que se podía. Me concentraba más bien en la chimuchina, en lo chiquitito, y la verdad es que a él le parecía más interesante. Se le iba sola la historia para allá, un poco cansado de contar siempre lo mismo, sobre todo en el relato del atentado, que está escrito. Lo más interesante para mí era lo que no está tan documentado, las reflexiones que ha sostenido durante todo este tiempo, lo que ha pensado en estos veintitantos años de encierro, porque es otra persona la que piensa ahora esas historias.

¿Cómo te documentaste para el libro? Me decías que tenías una bibliografía que ya conocías.

—Sí, además otro tipo de fuentes, algunos compañeros de él, su familia y gente cercana. Siempre intentaba complementar el relato de Mauricio. Con su familia trabajé bastante, fueron súper generosos conmigo. Me abrieron todo un archivo epistolario con Mauricio. Las cartas que aparecen son una selección muy breve de la correspondencia que leí, con sus sobrinos o hermanas. Tuve la posibilidad de hablar con ellas, de entrevistarme varias veces. Trabajamos muy colaborativamente. También con Carla Pellegrin [hermana de Raúl Pellegrin, el comandante José Miguel, fundador del FPMR], que me abrió muchas miradas a él. Y hay otra cosa que me parece importante: la literatura se establece en un territorio que no es la realidad, es una construcción. Creo que este es el libro más extremo que he hecho con archivos, se basa en un caballero con el que conversé cuatro años. Pero lo que la literatura levanta es otra cosa, trabaja con el lenguaje, la plasticidad, la estética, las imágenes, la imaginación y la ficción. Esto es una novela y me interesan los mecanismos de la belleza para poder entregar historias que son crudas, difíciles, complejas, y que a ratos pensaríamos que no las queremos visitar porque están llenas de horror.

Mauricio es un personaje complejo, que encuentra en la literatura un punto de salvación para escapar de la realidad cuando está preso en Brasil. ¿Cómo fue para ti constatar esto, conversar con él sobre libros, y entender que tenía esta vía de escape en la literatura?

—Fue una de las cosas que más me sedujo de Mauricio desde el inicio. Como buen estratega, cuando lo conocí él ya me había leído. Me mencionó Los versos satánicos de Salman Rushdie, que le había impresionado, y también hablamos de la poesía de Ezra Pound, que no me lo esperaba, porque es una lectura más de culto, y además Pound es un poco facho. Siempre he pensado que los libros me han salvado la vida, me han abierto la mente, y muchas cosas buenas que viven en mí circulan de mis lecturas. Y en el caso de él eso es muchísimo más radical, es un imperativo de vida. Si no leía enloquecía y podía suicidarse. Era así de amplio y radical. Ese nexo fue siempre muy interesante para mí. También íbamos asociando, sin querer, ciertos episodios de su vida con algún libro. Esas cosas, que a todos nos pasan con los libros, me cautivó muchísimo, porque hablaba de una inteligencia lectora y de una sensibilidad que me desarmó, que no esperaba del comandante Ramiro. También teníamos conversaciones sobre lo que para él es la literatura, entrar a los libros, pasearse como un ánima. Me decía que uno va observando la historia sin ser protagonista. Uno entra a los libros necesitando algo y el libro lo completa. Esas ideas son muy poderosas. También creo que Mauricio ha ido evolucionando mucho en términos de pensamiento y apertura de mundo, a partir no solo de las lecturas políticas y de su reflexión en el encierro, sino que también con la literatura.

Justo que mencionaste la palabra ánima, es muy emocionante el momento en que Mauricio te revela que habla con sus muertos. Esto tiene un lugar particular en la novela, son los fantasmas que lo acompañan y lo ayudan a sobrevivir el encierro.

—Claro, no hay límite entre la vida y la muerte allá adentro, y él sabe muy bien que sus compañeros están muertos. Le dio bastante pudor revelarme esta estrategia psicológica, pero la necesita. Los ve, conversa en voz alta, le dicen lo que él necesita que le digan, aunque entiende muy bien que son proyecciones. Yo diría que sobre todo en el encierro brasilero era lo único que tenía, como una manera de sostenerse. Sentí que trabajar esas conversaciones era algo profundamente literario. Todos esos personajes que hablan en el libro son construidos, aunque por supuesto leí toda la bibliografía posible. Yo no contengo a la verdadera comandante Tamara, sino a la Tamara que Mauricio contiene, la que no se resigna a perder.

Pensando en tu trabajo como dramaturga y actriz, me pareció que este libro tenía mucho del teatro, en la reverberación de ciertas ideas clave, pero también en los diálogos entre N y M. ¿Sientes que este libro tiene parte de tu faceta como dramaturga? ¿Lo pensaste en algún momento como una obra de teatro? 

—Honestamente no, y fue muy loco porque en una de las primeras entrevistas que tuve me hicieron ver toda la carga dramatúrgica del libro, y no me había dado cuenta. Es evidente que sí, es un diálogo, cada cuadro podría ser una pequeña obra, pero yo creo que más bien son las estrategias de la dramaturga las que se filtraron y me ayudaron a organizar el libro. Nunca lo pensé como teatro y es un libro muy gordito para llevarlo a escena. A mí me encantaría una obra de seis horas, pero sé que los sistemas de producción no están para eso. Entonces no la veo para teatro, pero sí estoy de acuerdo en que tiene una estructura que se debe a la dramaturgia.

En el libro se tocan ciertos temas incómodos por la misma impunidad del proceso chileno para instalar una democracia. ¿Qué lugar sientes que tienen hoy los relatos como los de Mauricio, en un país que además está virando a la extrema derecha, ahora que ya sabemos los resultados de las elecciones?


—He pensado mucho en eso. Uno no maneja para nada cómo los libros se van encontrando con sus contextos. He pensado en algunas cosas que están en el libro y que a mí me encienden ahora. Pienso mucho en una generación de jóvenes que se dispusieron a la utopía. Sabemos que no resultó y fracasó, ellos mismos lo dicen, pero que las cosas no resulten o que nos equivoquemos no es el problema. Pienso en la necesidad de una disposición utópica. No es que tengamos que perder la vida por un futuro, pero sí comenzar a hacer sacrificios reales. Creo que vivimos en contextos súper atomizados, donde a lo más hacemos la revolución poniendo un like en nuestro teléfono. Lograr ceder nuestros tiempos y satisfacciones, construir algo en colectivo, creo que no es algo que nosotras estemos haciendo. Debiéramos hacerlo, y con ánimo urgente y utópico, de sueño, no de arreglar un poquito las cosas. Solamente un objetivo así nos puede movilizar. Si no funciona no pasa nada, podemos inventar otro al día siguiente. Entonces creo mucho en la idea que cierra el libro: todos los días sale el sol y tenemos una oportunidad de inventar algo nuevo, aprender en colectivo, sosteniéndonos con ímpetu, movilizarnos, porque la cosa se nos está viniendo encima. 

Mientras te escuchaba también pensaba en la red de afectos que se construye en el grupo que arma el Frente, y que queda muy bien reflejado en Marciano.

—No solamente había una organización política y estratégica, había una estructura, y  creo que una de las cosas importantes que la sostuvo era la red de afectos. Al punto de que Mauricio sigue solo en una cárcel y los sigue convocando, porque si no se vuelve loco y se mata. Así de importante es esa red de afectos, hay que construirla para soñar cualquier futuro. Fue una de las cosas más emocionantes que me empezó a pasar con la historia del Frente. Más allá de los milicos, de la estructura, el partido y los líderes, lo que funcionó y lo que no, es entender cuáles son los límites de las personas dentro de eso. Ellos tomaron un camino, podemos estar de acuerdo o no, pero se la jugaron y eso es más de lo que muchas de nosotras estamos haciendo en la actualidad. No creo y no apuesto a que la democracia se acabe, pero sí hay que encaminarla con más celeridad a causas más solidarias, más cariñosas, y entender también las herramientas con las que hay que trabajar. Hay mucha autocrítica que deben hacer los sectores más progres y de izquierda, sobre renovar discursos, conectarse de verdad con la gente, no ensimismarse, no competir por quién es más de izquierda, asociarse, comprender cuáles son los objetivos generales importantes e ir avanzando en bloque. Hay mucho trabajo que hacer.