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Norton Maza. Arte, geopolítica y crisis en Venecia

El artista representa a Chile en la 61ª Bienal de Arte de Venecia con Inter-Reality, una instalación multisensorial sobre las tensiones sociales, políticas y ecológicas que aquejan al mundo contemporáneo. La propuesta, que podrá visitarse hasta el 22 de noviembre, resuena también con una de las ediciones más polémicas y agitadas que haya tenido el encuentro en sus 131 años de historia.

Por Constanza Yévenes Biénzobas desde Venecia | Crédito de foto: Norton Maza

Koyo Kouoh, comisaria de la 61 ª Bienal de Arte de Venecia y primera mujer africana en asumir ese rol, trazó su apuesta curatorial como una invitación “a bajar el ritmo y sintonizar con las frecuencias de las tonalidades menores”. Su fallecimiento repentino en 2025 no impidió a su equipo seguir adelante con la propuesta que, bajo el lema In Minor Keys (En notas menores), apela a la idea de volver a la contemplación y activar la escucha frente a la grandilocuencia del presente.

La Bienal de Arte de Venecia, fundada en 1895, acaba de inaugurar una de sus ediciones más controvertidas. En un mundo marcado por tensiones internacionales y guerras, cualquier intento por mantener la voz baja resulta imposible, más aún cuando la propia institución ha sido remecida por una serie de acontecimientos desde hace meses. Junto a la conmoción por el fallecimiento de su comisaria, se suma el malestar por el regreso del pabellón de Rusia —ausente en 2022 y 2024— y la reubicación de Israel en el Arsenale, una de las sedes principales de la Bienal. Durante la edición anterior, su pabellón permanente en los Giardini no pudo abrir por la indignación de artistas y profesionales de la cultura organizados a través de la naciente Art Not Genocide Alliance (ANGA).

Este año, esa misma asociación volvió a escena con más fuerza para liderar las principales protestas contra el pabellón de Israel en el contexto del genocidio en Gaza. Su primera acción fue publicar una carta firmada por más de 236 artistas de la Bienal, entre los que estaban los chilenos Norton Maza y Alfredo Jaar. Si bien no hubo una respuesta institucional, la presión tuvo ecos en el jurado, que a pocos días de la inauguración renunció en bloque tras negarse a premiar a artistas de países cuyos líderes enfrentan órdenes de detención de la Corte Penal Internacional. Ante eso, se crearon dos galardones de votación popular que rápidamente fueron cuestionados, mientras que más de la mitad de los artistas han renunciado a ser considerados en la premiación.

El artista Norton Maza.

Con todo, las movilizaciones más visibles se concentraron durante las jornadas de preinauguración destinadas a profesionales del sector. El 6 de mayo, en las primeras horas de apertura, una protesta irrumpió en el Arsenale con lienzos y consignas; mientras los colectivos feministas Pussy Riots y FEMEN bloqueaban la entrada del pabellón de Rusia con una protesta cargada de punk y bombas de humo con los colores de la bandera de Ucrania. El punto alto llegó el 8 de mayo cuando se realizó la primera huelga en la historia de la Bienal, provocando el cierre —total y parcial— de 27 pabellones nacionales y la adhesión de artistas que intervinieron sus obras con banderas de Palestina. Por la tarde, una masiva marcha por las calles de Venecia cerró la jornada.

En este contexto de tensiones y agitación política, la instalación chilena Inter-Reality emerge como una caja de resonancia y síntoma de una época. Concebida por el artista Norton Maza, la obra es una reflexión aguda y sugerente sobre las problemáticas de las sociedades contemporáneas: la migración, el cambio climático, la desinformación y, sobre todo, el poder y la violencia subyacentes que configuran el escenario geopolítico actual.

Con la cocuraduría de la argentina Marisa Caichiolo y la cubana Dermis León, la gestión de la chilena Claudia Pertuzé y la participación de un equipo artístico multidisciplinar, Inter-Reality se emplaza en el pabellón de Chile, que regresa a la Sala dell’Isolotto, en pleno corazón del Arsenale. Concebida como una instalación a gran escala, inmersiva y multisensorial, la propuesta invita al público a ser parte de una experiencia perceptiva, donde hay que sacarse los zapatos, explorar el espacio, palpar la materialidad suave, blanca y brillante; descubrir sus fisuras y observar desde ahí una realidad fragmentada.

Tanto la producción artística como la trayectoria vital de Norton Maza están permeadas por historias, culturas y visiones de mundo diversas. Nacido en 1971 en Lautaro, en la Región de La Araucanía, a los cuatro años debió exiliarse junto a su familia en Francia y luego en Cuba, donde fue parte del Proyecto Hogares del MIR. Con una destacada carrera tanto en Chile como el extranjero, su obra se caracteriza por un lenguaje creativo propio que, con ironía y sensibilidad, reflexiona sobre las paradojas del poder y la condición humana, poniendo al espectador como testigo de los acontecimientos más inesperados.

En 2013, por ejemplo, realizó en el Museo de Arte Contemporáneo (MAC) de Quinta Normal uno de sus proyectos más ambiciosos hasta esa fecha. En Del paisaje y sus reinos construyó un diorama a escala real que mostraba la escena congelada de un Cristo con corona de espinas, en calzoncillos y con la virgen tatuada en la espalda, que, con una pistola en una mano y un reloj lujoso en la otra, reptaba por el suelo mientras un misil de guerra cruzaba uno de los muros. Su comentario iba dirigido al poder eclesiástico mundial, la pomposidad del Vaticano y la guerra económica.

Imagen de «Inter-Reality». Crédito: Norton Maza

Luego se aventuró con trabajos más locales. En 2017 instaló en el Museo Nacional de Bellas Artes su obra El rapto,donde hizo que el público asistiera al momento exacto en el que una joven encapuchada y con una bomba molotov en la mano está siendo abducida por una nave espacial; y en 2022, en el MAC de Parque Forestal, realizó la instalación Analogías de la realidad, donde suspendió en el aire un vehículo policial antidisturbios de tamaño real sobre el que se posaban unos guacamayos jacintos, ave en peligro de extinción. Si bien en ese momento la obra fue leída como un comentario al estallido social, Maza aseguró que su reflexión era más bien ecológica: una crítica a la incidencia brutal que tiene la violencia humana sobre el medioambiente.

Su trabajo actual continúa en esa línea y se profundiza con su propuesta para el pabellón de Chile en Venecia. “Vivimos una ‘interrealidad’ donde hay muchas visiones, perspectivas y miradas distintas. Uno no sabe cuál de todas ellas tiene parte de verdad o parte de ficción; cuál de todas es manipulada; cuál de todas tiene que ver con algo concreto. La realidad es inventada, construida; es una ficción. Y, entre todo eso, está la violencia”, explica Maza sobre el concepto que atraviesa su instalación.

Para desarrollar en esta idea, el artista comenta: “yo mismo viví una experiencia donde me vi envuelto en una especie de fake news sobre mi postura pública respecto a Palestina, ya que no aparecía apoyando a ANGA. Me funan y se convierte en ‘una realidad’, porque nadie lo comprueba ni se hace cargo”, dice, en referencia a la carta divulgada por este colectivo. Si bien su nombre no aparecía en la primera versión publicada, sí aparece en la web oficial. “Lo encontré de una violencia brutal. De eso también habla la obra, de la violencia instaurada”, puntualiza.

Encallada sobre una roca, la estructura está atravesada por un poste eléctrico con revestimientos dorados y un halcón Harris que vigila desde uno de sus extremos. Un casco de piloto de combate y una escalera de embarque complementan la instalación, invitando al público a subir y ampliar su mirada. “Desde ahí puedes percibir que, sobre este objeto mayor, hay una serie de libros —sobre religiones o pensamientos filosóficos— que darían cuenta de cómo nos han construido ‘una verdad’”, explica. Además, una escultura hiperrealista se confunde entre la multitud como si fuera un espectador más, salvo por un detalle: tiene los ojos cerrados y, como afirma Maza, alude a ese estado de placer y autodestrucción que provocan drogas como el fentanilo.

En contraste con esa imagen, frente a la instalación el público activa sus sentidos, observa y descubre a través de cuatro agujeros minúsculos los pequeños mundos que habitan en el interior de esta especie de nave o monolito espacial. A partir de una fusión de elementos visuales, sonoros y movimientos mecánicos, cada diorama construye un paisaje de claroscuros que remite a la pintura del Barroco holandés, aunque trasladado al presente mediante escenas de guerra, devastación ambiental, desplazamientos migratorios y figuras como Trump, que aparece jugando al golf mientras el mundo arde.

De gran fuerza dramática y belleza inquietante, Inter-Reality es también el resultado de una creación colectiva hecha por un equipo artístico multidisciplinar que colaboró en cada detalle, desde la monumentalidad arquitectónica hasta la artesanía de las piezas en miniatura o la música. Con todos estos elementos, la obra propone un viaje sensorial de múltiples capas para reflexionar sobre las estructuras de poder y las tensiones del presente. “Por ejemplo —dice Maza—, estamos acá en una realidad creada con dioramas y al lado tenemos un pabellón [de Israel] que está rodeado de fuerzas especiales. De alguna manera, la realidad supera la ficción”.

¿Cómo ha sido para ti participar en una Bienal tan agitada?

—Me sorprende mucho que se cuestione a Israel y a Rusia, pero ¿dónde está Estados Unidos? Esa es la gran pregunta, y ahí, creo, hay un problema serio. El jurado dimite, pero no menciona a este país, porque obviamente nadie quiere perder la visa para ir a hacer unas charlitas a Nueva York, Los Ángeles o Boston. Si tenemos una postura, si hablamos de temas graves, para mí este país tampoco debería estar. Y esto lo digo a título personal, no como pabellón. Muchas de las piezas de Inter-Reality se hicieron antes, pero coincidieron con lo que está sucediendo hoy a nivel mundial. La geopolítica está presente de una u otra forma; sería muy extraño hacer una obra que esté ajena a eso.                                                                                                                                 

¿Qué tan distópicas y pesimistas son las realidades que habitan tu obra?

—No, no soy pesimista; yo veo la realidad. Y la realidad es superdura. Por ejemplo, salir a caminar por Venecia ahora es ver a millones de turistas sacando fotos de edificios, porque es una ciudad muy linda, pero al mismo tiempo hay otras realidades, otras tragedias en el mundo que, en lugares como este, parecen ausentes. Eso es lo que me impacta.


La Bienal de Venecia: ¿Un modelo anacrónico?

No es la primera vez que ocurren movilizaciones como las de ANGA, pero ante una neutralidad que hoy resulta incómoda es inevitable recordar las veces en que el certamen sí tomó posición. A las protestas de estudiantes y trabajadores culturales que sacudieron la Bienal de 1968, se suma la exclusión oficial de Sudáfrica hasta 1993 en condena a su régimen de apartheid. También fue emblemática la edición de 1974 que, bajo el lema Libertà per il Cile, se convirtió en un gesto de solidaridad y protesta contra la dictadura de Pinochet y clausuró todos los pabellones nacionales. Asimismo, en 1976, la llamada “Bienal roja”, sobrenombre recibido por su fuerte compromiso político y de izquierdas, estuvo dedicada a España y a su transición democrática tras la muerte de Franco.

Este año, la acumulación de tropiezos y contradicciones por parte de la organización lleva el debate más allá de la geopolítica y abre la pregunta sobre la legitimidad de las lógicas estructurales de la Bienal. Nos hace preguntarnos qué sentido tienen los pabellones nacionales en un mundo globalizado e hiperconectado como el actual y cómo evitar la instrumentalización del arte por parte de los Estados.

Pese a todo, la edición 2026 de la Bienal de Venecia ha demostrado que aún pueden abrirse espacios para el disenso y la crítica. Un punto de inflexión para, al menos, poner en crisis un modelo anacrónico y agotado en sus propios límites, creado hace más de un siglo.

Imagen de la protesta de ANGA durante los primeros días de la Bienal de Venecia. Crédito: Constanza Yévenes