En el contexto de su visita a la Universidad de Chile, el decano de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (UBA) conversó sobre el actual contexto político y cultural de su país. Manetti, actor, productor teatral y gestor cultural, reconocido por sus investigaciones sobre la historia de los medios y el cine argentinos, presentó Puan, una película escrita y dirigida por María Alché y Benjamín Naishtat, que ficcionaliza la asediada cotidianeidad de la comunidad universitaria de su facultad.
Por Alejandra Bottinelli | Fotos: Cristian Vergara
En mayo pasado, Ricardo Manetti, decano de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, visitó Chile para dictar la conferencia inaugural del año académico 2025 de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile. En su charla magistral, titulada “Defender la educación pública y la cultura hoy. Experiencias y desafíos desde el sur del mundo”, el docente e investigador argentino abordó el asedio que vive actualmente la universidad pública en Argentina bajo el gobierno de Javier Milei, quien ha realizado diversos recortes presupuestarios a los establecimientos de educación superior, y destacó la importancia de generar redes de apoyo entre las universidades del Cono Sur. Durante su visita, Manetti sostuvo un diálogo con Alejandra Bottinelli, académica del Departamento de Literatura de la U. de Chile, en el que analiza las estrategias comunicacionales del mandatario argentino, su política de la crueldad y la importancia de comenzar a trabajar en colectivo desde y por el Sur global.
Como estudioso del cine, la imagen y las culturas populares, ha planteado que la conducción política actual de Argentina no quiere construir una imagen del presente. Sin embargo, vemos que esa misma política usa, de manera casi paroxística, los recursos del espectáculo, a tal punto que uno —como espectador, como espectadora— no logra discernir qué es real y qué es ficción, qué es una noticia falsa o y qué una estrategia para posicionar una marca o un producto de mercado. Se trata de una política que juega a la saturación espectacular. La figura de Milei encarna precisamente eso: un sujeto que satura nuestro régimen escópico.
—Absolutamente. Hoy a la mañana estábamos hablando con Martín González, el secretario de Relaciones Internacionales de nuestra Facultad, sobre algunas imágenes del cierre de campaña de La Libertad Avanza en la ciudad de Buenos Aires. Y son imágenes que están trabajadas con inteligencia artificial, donde se ve a una especie de César, de Nerón, es decir, algún emperador, que tiene la figura de Milei, junto con la figura de un senador, representado por el candidato de La Libertad Avanza de la ciudad de Buenos Aires. Todo eso tiene que ver con este tipo de imágenes violentas y exacerbadas de Milei, que terminan saturando. Incluso la misma imagen de él como un león corresponde a este régimen. Esta idea del león que viene a devorar un Estado y a domar o ser el rey de un territorio.
Son imágenes muy estereotipadas, que la cultura masiva ha explotado repetidamente con las mismas coordenadas, es decir, no contienen ninguna “revelación” o novedad.
—Exacto, no por nada él también ha trabajado mucho con la imagen de los superhéroes. Estas figuras fuertemente tipificadas, donde se ve de forma clara qué tipo de rasgos tienen, y, a partir de esos rasgos, qué es lo que vienen a instrumentar o a implementar en la sociedad y, sobre todo, a decir: un nuevo hombre que tiene los poderes para transformar el Estado en una realidad absolutamente diferente. Esta es la estrategia comunicativa que utilizan las imágenes de Milei. No responden a un tratamiento documental o testimonial de la realidad, sino que son imágenes fabricadas. Bueno, toda imagen finalmente tiene que ver con una idea de recorte, con una construcción, pero en este caso es esa misma imagen exacerbada, manierista, que irrumpe desde un lugar que se vuelve muy atractivo para las generaciones más jóvenes, que están muy acostumbradas a este tipo de imágenes. Y también a estos rasgos de epicidad, porque básicamente lo que se busca es construir una imagen épica. Pero además es esto: la idea de aquel que viene a imponer un orden, que viene a transformar la realidad, a colonizar un territorio. Pensemos en la idea del personaje épico como alguien que viene a instalar un nuevo orden, y ese nuevo orden tiene que ver con una colonia. Siempre es aquel que avanza. Me gusta explicarlo en relación con los géneros en el cine norteamericano: uno habla del western cuando se trata de la conquista del oeste —iba a decir del desierto, porque es lo que más nos atraviesa a nosotros—, donde lo que nos encontramos es la eliminación de cualquier tipo de sujeto. Se trata, básicamente, de un territorio o un lugar geográfico, pero no se señala que esté habitado, y es llamativo que cuando se llega al Pacífico, en el caso del cine de Estados Unidos, esa forma del western deviene en el cine bélico, pero siempre hay un territorio a ser conquistado. Y no importa quiénes habitan ese territorio, lo importante es la eliminación. Lo que predomina es el territorio ganado y la figura triunfal, única, del héroe sobre el territorio. Me parece que eso está en la construcción de la imagen de Milei.
Y eso se vincula a lo que tú has llamado “política de la crueldad”.
—Absolutamente, la política de la crueldad tiene que ver con la negación del Otro. Tiene que ver con que el Otro no existe como tal y, si existe, hay que reducirlo a la condición de objeto para que pierda también ese lugar en el cual podemos generar cierta empatía, cierta identificación. Y, además, está muy ligado al lugar del mal que hay que destruir. Porque es el Otro el que ha ocasionado el mal de este Estado que tenemos. Y como en él está impregnado el mal, hay que destruirlo, y por eso hay que destruir al Estado. Lo llamativo es que ese lugar del mal puede estar en todos: en los más débiles, en aquellos que asisten al hospital público porque no tienen otra posibilidad. El mal está en ese hospital público que le da asistencia a aquellos que no pueden acceder a la salud, pero, además, se busca destruir a aquellos que tampoco pueden formar parte del mercado económico. Pensemos en los viejos y en las viejas: el primer ataque fue a los jubilados y jubiladas, porque no desarrollan una capacidad de generar dinero en el mercado, sino que generan gastos.

Y resulta que justamente son quienes no tienen la posibilidad de generar nuevas imágenes que circulen como mercancías, ¿no? Porque las personas mayores ya no tienen la posibilidad de vincularse hoy en igualdad de condiciones a las redes sociales. Sin embargo, ustedes sí lo produjeron, en las calles. Para nosotros, la movilización de las y los jubilados, a la que se vincularon otros grupos como los jóvenes, fue muy relevante. Se leyó con mucho interés, nos pareció muy singular. Se sumaron incluso las barras bravas, los hinchas de equipos populares. ¿Cómo han vivido ustedes esos encuentros o reencuentros, que son tan inusitados?
—Me parece que “inusitado” es una palabra que va muy bien, porque era un encuentro no esperado. Creo que es la propia sociedad la que va al frente. La situación que se está atravesando es tan crítica que provoca que estos encuentros se produzcan. Los jubilados y las jubiladas fueron apaleados, fue realmente un ataque feroz del sistema policial —sostenido por quien hoy es la ministra de seguridad, Patricia Bullrich—, y eso hizo que inmediatamente respondieran los hinchas de los diferentes equipos de fútbol. Inicialmente aparecía el concepto de las barras bravas para generar cierta tensión, cierta preocupación. Pero en realidad fue más allá de las barras bravas, porque sentimos que esos hinchas, que manifestaban su deseo de acompañar a las y los jubilados, nos convocaban a todos a participar. Por parte de nuestra Facultad, hubo una gran cantidad de compañeros y compañeras que asistieron. Por ejemplo, nuestra vicedecana y el secretario general fueron ese día. También las agrupaciones estudiantiles, el centro de estudiantes, muchos profesores y profesoras. Esa unión entre jubilados y jubiladas, hinchas de los diferentes partidos de fútbol y representantes es un hecho importante, es finalmente una comunidad organizada. Me parece que es interesante tenerlo en cuenta. Se sumaron también otros trabajadores y trabajadoras de la Universidad de Buenos Aires. Y cuando digo los trabajadores, somos todos: aquellos que tienen un lugar en la gestión, docentes, investigadores, trabajadores no docentes, funcionarios; todos y todas juntas marchando. También hubo golpes, hubo que correr, pero es parte de esta lucha.
Te planteaba la cuestión de la imagen porque en tus estudios, vinculados al cine y a la imagen del presente, también aparece la reflexión sobre la memoria. Esas imágenes de los hinchas, con sus cuerpos vigorosos, jóvenes, protegiendo y actuando prácticamente en una política del cuidado hacia los más vulnerables, a las y los ancianos, nosotros las recibimos casi como contraimágenes. Esa acción se leyó de una manera muy potente, muy esperanzadora. Porque nos hemos ido acostumbrando en el último tiempo a escuchar desde Argentina este discurso extremadamente individualista que tú planteabas como parte de una política de la crueldad, donde vemos un espectáculo de la humillación del Otro, del más débil.
—La idea de transformar la humillación en un espectáculo tiene que ver con el lugar de la crueldad. Ahora mismo pensaba en esas imágenes que señalábamos al comienzo, en la idea de este emperador: hay algo de circo romano de manera muy clara. Porque finalmente a esa arena del circo iba el pueblo a vitorear la figura de aquel que destruía a los otros en actos crueles, sangrientos. Básicamente, también es eso. Entonces es esa crueldad, ese poder sobre los más débiles lo que se está espectacularizando, y ahí está el león. Pensemos en el león comiéndose a las víctimas en la arena del circo.
Son imágenes que tenemos incorporadas, a veces no de manera consciente, pero forman parte, incluso, de la propia historia visual y cultural de Occidente. Entonces me parece que lo que el equipo creativo de Milei, empezando por el propio Javier Milei, hace al espectacularizar esa crueldad, es darle una presencia a imágenes que están colocadas en algún lugar dentro de nuestra memoria cultural. Las trae y funcionan. Funciona también al trabajar con los cuerpos vulnerables. Porque qué pasa con esos jubilados y esas jubiladas que son personas mayores; son nuestros queridos viejos y viejas, pero por otro lado son también esos cuerpos vulnerables que tienen las marcas de la historia. Me parece que pensar en eliminar esos cuerpos que tienen la marca de la historia implica una cierta política de la crueldad; es una necropolítica.
Lo mismo uno puede pensar sobre los planes que se han levantado en función de otras comunidades fuertemente vulnerables, como las poblaciones indígenas y los colectivos LGBTIQ. Nosotros mismos lo atravesamos dentro de nuestra propia Facultad: teníamos una diplomatura que estaba sostenida por lo que fue el Ministerio de Cultura y hoy no tenemos Ministerio de Cultura. Era para compañeras y compañeros que no habían tenido una formación en un colegio secundario y que permitía cursar una diplomatura de pregrado para poder trabajar en el campo de la gestión cultural. Todo eso estaba organizado de manera gratuita por el Ministerio de Cultura y la Facultad de Filosofía de Letras; era de carácter federal y participaban personas de todo el país. Pero esos planes fueron eliminados y se perdió una posibilidad de acceso a la profesionalización y a insertarse de otra manera en los espacios laborales. Doy este ejemplo muy chiquito: hoy nada de esto existe.
Entonces, esos cuerpos vulnerables, esos cuerpos otros —que es cómo el gobierno de Milei nos ve, y me incluyo en esos cuerpos—, son también la comunidad universitaria. Es la comunidad que representa a la salud pública, a la educación pública. Uno de los ataques más feroces que se dio en el espacio de la salud fue en el ámbito de la salud mental. Hay, sin duda, una intención muy clara de atacar a estas poblaciones vulnerables.
Funciona en la imagen que tú usabas, en esa bestia que devora sin ninguna piedad a los otros y que atrae inmediatamente la imagen del capitalismo caníbal. La autora argentina Agustina Bazterrica imaginó esa ficción impresionante de humanos que devoran a otros humanos sin ninguna piedad. ¿Cómo conjuramos esta política?, ¿con qué imágenes otras?
—Yo creo que unas de las primeras imágenes que no tenemos que olvidar son aquellas —y lo señalaba ayer cuando decía que en nuestra Aula 108 de Puan tenemos las fotos de nuestros desaparecidos y desaparecidas— de quienes pensaban en otra idea de territorio, de país, de nación. Y me parece que esas imágenes de aquellos que nos precedieron en la lucha, en un momento distinto también, deben ayudarnos a pensarnos a nosotros mismos ahora, en esta tercera década del siglo XXI. Me parece que esas son las imágenes necesarias: las de quienes nos precedieron y de quienes también tenemos que hacer cierta genealogía, conociendo quiénes fueron. Esas siguen siendo imágenes presentes. Son imágenes vigorosas que están cargadas de valor. En el caso de las imágenes de nuestros desaparecidos y desaparecidas, eran las fotografías que figuran en el expediente de inscripción de la Facultad. Son retratos que, más allá de las edades que tienen sus protagonistas —la mayoría de ellos eran muy jóvenes—, permiten leer en ellos el deseo, la presencia. Uno siempre señala que una fotografía congela un momento en el tiempo, y en esa cristalización en el tiempo, en esa misma idea de cristal, adquieren una dimensión en el hoy, en el tiempo presente y con una perspectiva también hacia un futuro.
Por eso creo que es tan importante la memoria y la historia. A veces creemos que hay situaciones que ya están resueltas. Nos pasa a nosotros como docentes. Hay muchos momentos en que yo digo: “bueno, ya no tenemos que enseñar esto, empecemos a dar esto otro porque es una instancia superada”. Y varios años después te das cuenta de que esas instancias no están superadas porque lo que hiciste fue dejar de lado esos elementos con los que vos debatías en la clase, y al dejar de debatirlos, se perdieron esos lugares que remitían a una memoria.
Entonces hay que tener mucho cuidado en las transformaciones. Muchas veces esos saberes que uno quiere incorporar en un presente se imponen a costa de olvidar elementos que fueron fundamentales para entender a dónde llegamos. Y, luego, el tiempo corre muy rápido, y hechos que nosotros creíamos que estaban resueltos no lo están, porque ni siquiera se los hemos planteado a los jóvenes. No hay que dar nada por sentado.
Recibí ayer, por parte de ustedes, un regalo que me pareció realmente muy valioso, un libro que ha hecho la Universidad de Chile donde están los retratos de compañeras y compañeros asesinados y desaparecidos por la dictadura militar en Chile [Distinciones póstumas y simbólicas a estudiantes víctimas de desaparición forzada y ejecución política (1973-1990)] y donde también se les reconoce por haber sido estudiantes de esta universidad. Los títulos póstumos que han otorgado, y gracias a los cuales puedes ver nuevamente a esos jóvenes y esas jóvenes, se contraponen a las imágenes de la inteligencia artificial y del espectáculo.
Y no estoy negando el valor que tiene la inteligencia artificial, sino los usos que se le da en cierta política. Nosotros tenemos una responsabilidad en el campo de las facultades de Filosofía, que es el lugar ético que tiene la imagen y desde dónde tiene que pensarse la imagen artificial. Me parece que tenemos que pensar cuál es el sentido que le vamos a dar a la utilización de este de este nuevo tipo de herramienta.

Y en esa batalla cultural de la que tú has hablado, ¿qué lugar tienen estas otras producciones que también funcionan en los circuitos del mercado? Hoy hemos conversado sobre el fenómeno de la serie El eternauta (2025), dirigida por Bruno Stagnaro, que, según entiendo, fue además tu estudiante.
—Bruno fue estudiante mío cuando se creó en Buenos Aires una universidad privada muy importante, como es la Universidad del Cine. En ese momento era todavía una fundación. Bruno Stagnaro fue parte de la primera camada, de la que le guardo muchos buenos recuerdos. Uno recuerda siempre a sus primeros alumnos. Además, gran parte de ellos ha hecho una carrera brillante.
Pensaba en el trabajo de Bruno Stagnaro y su vocación de rescatar esas vivencias de sujetos marginales, y, también, esta ficción tan relevante para la cultura argentina…
—Bruno me había señalado su preocupación antes de la presentación de la serie sobre cómo iba a ser recibida su versión, porque hizo cambios importantes a la obra original, pero creo que son cambios valiosos, son de este tiempo. Por otro lado, sigue estando el peso del valor histórico que tiene El eternauta. Tenemos que recordar que El eternauta se escribió en la segunda mitad de la década del 50. De alguna manera estaba muy cercano el golpe que había ocurrido en el segundo periodo presidencial de Juan Domingo Perón. Todavía estaba presente también la idea de las ilusiones, que iban en contra de un sistema de Estado. Oesterheld es un desaparecido, igual que sus hijas, sus yernos. Y hay que encontrar, tal vez, alguno de los motivos de esa desaparición, sin ninguna duda, en lo que fue la escritura de El eternauta. Hay que considerarla como una obra de ciencia ficción, como un cómic absolutamente innovador para la cultura argentina, pero, por otro lado, también estaba cargado con los elementos y lecturas políticas que se hicieron en los diferentes tiempos, incluso debido a la propia desaparición de Oesterheld. Todo esto es lo que tiene en cuenta también Bruno Stagnaro. Es como cuando uno dice: una obra ya no es solamente lo que ocurrió en el momento en que se hizo, sino todas las lecturas posteriores que vinieron. Yo creo que Stagnaro toma la obra con todo aquello que ocurrió después, haciendo él su propia lectura en esta coyuntura.
Entiendo que el propio Oesterheld reconocía que uno de los valores de su obra es que construye, inusualmente, un héroe colectivo. Esto es bien impresionante hoy porque contrasta radicalmente con la idea dominante del individualismo. ¿Cómo funcionan, en la batalla cultural, estos trabajos?
—Claro, aparece también esta idea de que finalmente la salvación es colectiva. Es decir, que no podemos hacer nada sin contar con la presencia del Otro. Lo hacemos entre todos y, además, con un lugar que Bruno Stagnaro le otorga muy fuertemente a las mujeres y que el texto original no tenía. Si en el texto original de El eternauta está muy presente la importancia del sistema familiar, Stagnaro además les da una presencia a las mujeres, un tema que también incomoda bastante a Milei: todo lo que tiene que ver con los nuevos feminismos, con los transfeminismos. Y Stagnaro le da ese matiz, le da esa vuelta de tuerca. Además, también hay un invasor, están esas figuras monstruosas que han venido a devorarnos y a comernos. Está esta idea de comerse al hijo, Saturno devorando a su hijo, una imagen muy potente.
Esa imagen también fue usada en el siglo XIX por un chileno, Francisco Bilbao, para hablar del imperialismo estadounidense.
—Justamente, de lo que habla una obra como El eternauta es del imperialismo. Es una lucha contra determinados imperios.
Y la salvación es colectiva y es del sur: nos salvamos todes juntes, en el sur y desde el sur.
—No tengo duda de que la palabra “sur” tiene mucho peso para nuestras amigas y amigos chilenos. Y “sur” es una palabra que está cargada de sentido para la cultura argentina. Nosotros tenemos muchos sures: si estamos en Buenos Aires, es la Patagonia, es Tierra del Fuego. También hay un tango maravilloso de Homero Manzi que se llama “Sur”. Y el sur es el sur de la ciudad, San Juan y Boedo. Pero también hay películas argentinas muy importantes que hablaban de la explotación de los trabajadores en el litoral, como Prisioneros de la tierra o Las aguas bajan turbias; la primera, de Mario Soffici, la segunda, de Hugo del Carril, hechas en diferentes momentos, una en la década del 30, en plena década conservadora, la otra realizada en 1962, durante el peronismo. Y esos trabajadores plantean que la salvación está en el sur, y para ellos, ese sur es Buenos Aires.
Somos la acumulación de unos sures. Por otro lado, uno piensa en Borges, en la literatura borgiana, y en cuentos llamados “Sur”. Y Sur es también una publicación, una revista que fue clave para pensar el campo de la crítica. Desde un sistema de clases, pero marcado por una presencia de género, con la figura de Victoria Ocampo. Entonces, en el sur están condensados gran parte de los valores de la Argentina. Desde el tango a Victoria Ocampo. Sur (1988) también es una película de [Fernando] Solanas que habla del exilio interior, que es la contrapartida de otra película que había realizado inmediatamente con la vuelta de la democracia, que se llamó Tangos, el exilio de Gardel (1985).
Tenemos que pensar también en que todos nosotros somos sur. Sudamérica, Chile, Uruguay, Paraguay, Bolivia, Perú; somos el sur y somos desde el Sur Global. Y creo que más que nunca tenemos que trabajar de manera conjunta, tenemos que unir lo que estamos produciendo en nuestras universidades, porque tenemos un enemigo muy grande y El eternauta,tal vez hoy, nos da esa pista y nos dice que tenemos que hacerlo juntos, porque allí están esas criaturas terribles, devoradoras. Lo bueno es que están con un fondo musical que es la voz de Mercedes Sosa, representando a muchas de las cantautoras del sur, tal como Violeta Parra, que nos ayudan a pensar y resignificar ese sentido. Esa voz da cuenta de una batalla que tenemos que dar entre todos y todas en este Sur Global.
En este marco, ¿cuáles son los desafíos de la universidad hoy? El gobierno de Milei y su discurso han dañado de manera importante a la universidad como institución, la han demonizado esperando, pareciera, disponerla para ser fagocitada por el mercado e intentando copiar políticas neoliberales que se han realizado en nuestro país y que han afectado muchísimo a la universidad pública. A nosotros nos ha costado muchos años volver a levantarnos, es una lucha permanente. ¿Cuál es el desafío, entonces, para la universidad?
—Me parece que el primer gran desafío es ser conscientes del tiempo que estamos atravesando. Y desde ahí ser absolutamente críticos también de la propia responsabilidad que tenemos como universidad. ¿Por qué llegamos a este momento? Me parece que lo tenemos que revisar. Tenemos que revisarlo desde cada una de nuestras facultades, pero hay que hacerlo de manera conjunta. Y también tenemos que aprender nuevas estrategias comunicacionales. Hoy hablamos de la inteligencia artificial. Tenemos que incorporarla a nuestra lógica de enseñanza, a nuestro currículo, pero desde otro lugar, desde otros modos de pensar estas tecnologías. También porque en esta batalla cultural e ideológica la inteligencia artificial tiene un lugar importantísimo. Tenemos que incorporarla, pero también investigarla, trabajarla y colocarla en un lugar transformador, nuestro. O si no, pasa que muchas veces estamos llegando tarde. Si hay algo que no tiene que permitirse la universidad es llegar tarde. Me parece que ese sería uno de los puntos claves para pensar estrategias. Y lo que nunca tenemos que hacer es bajar banderas. Las banderas debemos tenerlas muy en alto, y esto es parte de la batalla. Si queremos —y no tengo duda de esto—, esta lucha la ganamos.
