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Teoría y praxis: constituir las lecturas. Entrevista a Kemy Oyarzún (Parte II)

En esta segunda entrega dedicada a la trayectoria crítica e intelectual de Kemy Oyarzún, Romina Pistacchio y Gabriela Alburquenque dialogan con la académica para conocer más acerca de aquellos aspectos de su experiencia que le permitieron construir un programa intelectual. Uno que entrecruza el trabajo crítico, académico y político, que incluso la llevaría en 2022 a aspirar a la rectoría de la Universidad de Chile, de la que hoy es profesora jubilada del Departamento de Literatura y del CEGECAL. Esta entrevista forma parte del proyecto Voces críticas, que Palabra Pública ha publicado desde 2021 y en el que ambas autoras conversan con las críticas literarias y académicas Soledad Bianchi, Raquel Olea y Kemy Oyarzún, un trabajo que esta semana lanza su web “Cartografía Digital Voces Críticas” y un dossier en papel con fragmentos de estas entrevistas. 

Por Romina Pistacchio y Gabriela Alburquenque. Imagen principal: Alejandra Fuenzalida

No soy el muro que se yergue en la frontera, soy la fisura en el muro.

—Kamla Basin

El 8 de noviembre de 2023 Romina Pistacchio conversa con Kemy Oyarzún en su casa. En esta ocasión profundizan sobre su trayectoria intelectual tras su regreso a Chile, ya como feminista y académica reconocida.

R. P. En la primera sesión de nuestra entrevista nos contaste que tu estancia en Estados Unidos significó para ti un exilio y cómo iniciaste allá tu trayectoria. Ahora, nos gustaría que recordaras y revisáramos ese momento posterior en el que comienzas a construir tu proyecto intelectual teórico-literario, tu programa. En esta línea, una de las preguntas que le hemos hecho a nuestras intelectuales y críticas es: ¿qué elementos teóricos reconoces en esa construcción discursiva y política que puedes identificar como la melodía permanente o constante de tu trabajo, lo que nosotras llamamos un “bajo continuo” en tu reflexión? ¿Cuáles son esas herencias teóricas que guardas en tu caja de herramientas y a las que siempre vuelves para pensar, leer y escribir?

K. O.: Interesante esto del “bajo continuo” porque es un concepto que se me expresa no solo como herramienta interpretativa sino en sus dimensiones “compositivas”. Creo que en mi papel de crítica ambas dimensiones se potencian mutuamente. Mi continuo es más bien metodológico, actitudinal y tiene que ver con el concepto de articulación, mediaciones, dialogismo: ir superando binarismos dicotómicos. Me interpelan estrategias que incitan a la reflexión en la acción, sea esta última creativa, teórica, docente o movimientista. Mi primer libro, Poética del desengaño. Deseo, poder y escritura (1989), expresa el bajo continuo de mi intento por integrar saberes y experiencias recurriendo no solo a respuestas, sino principalmente abriéndome a las diferencias de género, al potencial de confluencia teórica, artística y política en procesos complejos, como la lectura, la sala de clase, las identidades, el feminismo, los movimientos sociales. Creo que la articulación teórica allí me resultaba potencialmente dinamizadora, y propiciaba dinámicas transformadoras sobre todo en contextos de conflictividad epocal como los que vivimos. Teoría y acción. En el caso concreto de ese primer libro, se trataba de una tríada (deseo, poder, escritura). Pero allí como en música barroca, invoco una continuidad deseante y disonante que siempre me ha causado desasosiego porque no tiene respuestas perecederas. Por eso “deseo” es la primera palabra, porque entendía, sobre todo a fines de los 60 y 70, que lo que me movía era una energía mucho mayor a los textos por separado, fuesen estos de creación o de teoría crítica, míos o de otras, otros, otres. Creo que estábamos creando nuevas situaciones como subjetividades en rebeldía. El inconsciente, esa energía plurivalente y movilizadora, hoy lo asocio con la articulación de las diferencias a nivel psicosocial y de la subjetividad, en pugna con las formas concretas de dominio. No estudié solo mujeres allí. Desde el feminismo sí me interesaba poner en el mismo plano a autoras y autores, sabiendo precisamente que la crítica institucionalizada y el canon no lo hacían. Que habían “ninguneado” no solo a las autoras, sino a sus disonantes género de acción y creación. Veníamos trabajando un concepto postestructuralista de patriarcado, el Edipo, y quería ver si este emergía diferenciado en las narrativas de varones y mujeres. 

Entiendo, entonces, que tu “bajo continuo”, más que un conjunto de textos que te abren a la reflexión y un conjunto de categorías que ellos te ofrecen para leer, está constituido por preguntas, y por preguntas que intentaban o intentan desmontar lo que habías leído y aprendido.  

Me inquietaba y me inquietan las diferencias de sexo/género en el arte, el trabajo, la política. Yo venía de una típica lectura “masculina” de género que estaba tratando de romper a como diera lugar. Muchas nos creíamos “lector” y eso me perturba. Me había tragado el cuento. ¡Me creía más Quijote que Dulcinea! Había que parodiar y parodiarse. En un ánimo rupturista, empecé con la escritura de autoras de la primera mitad del siglo, sobre todo con el obsesivo entrampamiento de la mujer en la histeria y en los recursos neorrománticos del “amor”: Agustini, Storni, cierta Gabriela Mistral y sobre todo María Luisa Bombal. Algo me perturbaba. Y mucho. Parecía que las propias mujeres rebeldes de la escritura habían internalizado el estigma de la mujer-madre como signo fallido, “hueco del deseo”, desde la perspectiva hegemónica de la ciencia sexual patriarcal y de la patología liberal, tan bien trabajadas en Michel Foucault. La histeria había venido emergiendo como resorte dramático, clave interpretativa en el caso de una narrativa tensionada por el continuum deseo-represión-patriarcado/Edipo.

Estábamos viendo emerger un propio “generolecto”, un “idioma” de mujer, orientado a las transformaciones radicales y sistémicas; uno que emerge en terreno ajeno; que es heterogéneo, más circular que vertical. 

Puedo ver en lo que nos cuentas que no solo, entonces, la caja de herramientas se vacía de lecturas, sino también de los vocabularios vigentes. Ese encuentro con un nuevo set terminológico, ¿es la causa, por ejemplo, de que en la Poética del desengaño hayas incluido un glosario?

Creo que eso tiene que ver con mi ingreso a la inter y transdisciplinariedad: teoría literaria, teoría crítica, psicoanálisis, Escuela de Frankfurt, feminismo, estudios queer. Son momentos en los que empieza la eclosión de los marcos disciplinares estrechos. Se reconoce la importancia de estar abriendo espacios insospechados, y, al mismo tiempo, aspirar a horizontes comunicacionales más allá de las “especialidades” y otras disciplinas.

El libro se publicó en una editorial importantísima para poesía, pero no para teoría feminista (LAR). Se agotó y nunca más circuló. De réditos académicos del libro nada sé. 

Lamentablemente, yo no había regresado definitivamente a Chile cuando salió ese primer libro y tuve que volver a enseñar a la U. de California en 1985, de modo que no pude intervenir en ese histórico Congreso Internacional de Literatura Femenina Latinoamericana de 1987, organizado por Carmen Berenguer. Ese Congreso se había convertido en un hito crítico para el feminismo en Chile con las intervenciones de Diamela Eltit, Lucía Guerra, Eliana Ortega, Nelly Richard, Raquel Olea, Soledad Bianchi. El propio feminismo de los años 80 en Chile era de una densidad crítica que atravesaba como nunca antes lo privado y lo público en plena dictadura. El deseo antiedípico, antipatriarcal, abría el potencial de una erótica crítica del texto, del amor, de las instituciones. Creo que buscábamos identificar las diferencias de género en las novelas y en el propio proceso de autorreconocimiento, que, a partir de ese libro, fui delimitando como subjetividad psicosocial. La palabra “deseo” en teoría y escritura resonaba y resuena para mí a creatividad, a la sinergia de diferencias que no solo se expresan en los textos, sino que llaman a aproximarnos al fondo de preguntas e inquietudes concretas, un “fondo” que es siempre “asintótico” y turbulento, porque no somos las mismas cada vez que leemos, interpretamos, creamos, actuamos. 

Otro concepto que me ocupaba, el de “poder”, también ha sido parte del continuum perturbador. En 1981 viajé a Madrid. Conocí a Pilar Errázuriz y leí por primera vez a Enrique Pichon-Rivière. La continuidad entre deseo y poder se me abrió de un modo insospechado, ya que para Pichon la otredad psíquica es fundamentalmente social. En adelante, dos aristas que se presentaban en cierto modo antagónicas, es decir, lo psíquico y lo social, venían a convertirse en una dialéctica procesual, dinámica y sobre todo grupal. Mientras tanto, avanzaba el posmodernismo, a veces mal entendido como la “muerte del sujeto” (como sujetos morimos más de una vez). Claro, decíamos las feministas, nos matan el sujeto justo cuando para allá íbamos con nuestra crítica, para afirmarnos y afiatarnos deconstructivamente. Deconstruir no era para muchas de nosotras destruir. Empecé a repensar mucho más rigurosamente, con Pichon y Pilar Errázuriz, las dimensiones subjetivas a nivel psicosocial, histórico y sistémico. Hoy, dirían que estábamos forjando esas “políticas identitarias” que tanto perturban. Para Pichon-Rivière, el sujeto es tanto relacional como producido en interacciones singulares, individuales. Eso era clave para el feminismo, e iba muy bien con mi formación marcusiana, sobre todo si sumábamos género y clase. 

¿Y cómo es que tu experiencia universitaria y vital en Estados Unidos aporta a gatillar esas preguntas que acechan tu reflexión y te permiten elaborar respuestas a partir de ese “potencial de confluencia teórica”?

La academia norteamericana de estudios literarios latinoamericanos de los años 70 era todavía muy peninsular, tímidamente latinoamericana, hasta la llegada del impulso de las y los chicanos y movimientos tercermundistas. Faltaban más lazos entre los feminismos críticos, teóricos y movimientistas allá. Yo misma era bilingüe y todos esos años fuera de Chile me hacían pensar que “aquí”, en el Sur/Sur y en plena dictadura, mi discurso, mis inquietudes, mis imaginarios de frontera no se iban a entender. Tenía total desconocimiento de la academia chilena. Conocer sus riquísimos “contornos” —Diamela Eltit, Pedro Lemebel, Nelly Richard, Guadalupe Santa Cruz, poetas chilenas, tantas (de Eugenia Brito y Carmen Berenguer a Verónica Zondek y Malú Urriola)— convirtieron el retorno en algo real, estético, crítico, teórico y político. 

Al principio creía que, si el deseo me movía a interrogar y cuestionarme, la noción de “poder” me delimitaba y al mismo tiempo me desbordaba socialmente. Se expresaba en fuerzas antagónicas, desde el hogar a la calle y al liceo, desde la universidad a las leyes o el Estado, pero sobre todo desde las, les y los otres (“el infierno son los otros”, dirá Sartre). Primero había pensado que los límites eran fundamentalmente externos, y me había volcado a delimitar relaciones de poder que suponía “allí afuera” (la imagen del poder palaciego). Pero esos otros y otras habitaban sobre todo en mí, afectiva y políticamente. Lo fui sabiendo en mis relaciones amorosas, en los procesos de lectura y sobre todo en mis experiencias grupales de aula y en mi accionar político. Las perspectivas históricas y la riqueza de la cotidianidad se planteaban en muchas de las escuelas teóricas y en las formas artísticas, frecuentemente, a partir de oposiciones dualistas, binarias y difícilmente articulables. Mi propia vida me iría revelando las incomodidades de las aproximaciones teóricas cosificadas sobre las formas artísticas, sobre todo en las categorías políticas y sociales.

Muy tempranamente el existencialismo había sido un hito clave para mí con Sartre y Simone de Beauvoir. La novela, La Náusea, de Sartre marcó en mí desde muy temprano los relación entre existencia, subjetividades, formas y cuerpos. A su vez, la dupla entre ser filósofa y/o ser escritora, se daba con fuerza en Simone de Beauvoir, en forma dicotómica primero, pero articulable después. Ella misma no solo reconoce las tensas oposiciones, sino que intenta articular entre otros, lo subjetivo y lo objetivo, lo existencial y lo trascendente, con un horizonte político. La novela de Sartre, hacía sentir la inautenticidad ética y valórica como algo físico, una náusea corporal que clama por incidir en la actitud y el accionar, en los cuerpos mismos. Esto será clave en todo mi desarrollo feminista de izquierdas. 

A su vez, en Chile, la literatura iba adelante de la teoría de las aulas. Pienso en el impacto que tuvo para nosotras al comienzo de los años 60, Locas mujeres de Gabriela Mistral, Amasijo, de Marta Brunet, las Décimas de Violeta Parra y, en general, la extraordinaria escritura de José Donoso. Había ya un proceso de articulación de clase y género, sin duda, aunque por esos años no hablábamos en Chile de género, sino de mujeres. Pero se apreciaba la lucha por la subjetivación de las mujeres y las disidencias en situaciones de poder micro y macrofísico.

Después, al leer en los años 80 y 90 a Judith Butler, y un poco antes a chicanas fronterizas como Gloria Anzaldúa o afroamericanas como Angela Davis y Kimberlé Williams Crenshaw, repensé aún más esos límites como mandatos psicosociales de género, clase, territorio, raza, nación. El exilio y la dictadura en Chile precipitaron ese bajo continuo. Para mí, el concepto de poder en los estudios literarios se venía trabajando con énfasis casi exclusivo en el concepto de contexto histórico-social, con una perspectiva que abarcaba todo menos las subjetividades en tensión y mucho menos los mandatos de género. Ante todo, se aplicaba la noción de “contexto” social a los textos literarios, pero sin discernir que había subjetividades dinámicas y, por qué no, subjetividades en pugna en el propio proceso de autoría, así como en la obra misma y en sus indeterminadas recepciones y lecturas. Recién El regreso del sujeto, de Jesús Ibáñez y los trabajos de Manuel Canales fueron cambiando eso en la posdictadura.

¿Y cómo es ese “aterrizaje” personal, académico y teórico en ese Chile de fines de los ochenta y principios de los noventa?

Cuando llegué a Chile percibía en la academia un formalismo literario y cultural mal entendido; se planteaba mucho el texto desde perspectivas tecnicistas que llevaban al estudio “independiente” y hasta inarticulable entre forma y contenido. Volver a los rusos, sobre todo a Jakobson, permitió apreciar la especificidad del lenguaje poético sin considerar la función estética como un “lenguaje meramente autónomo”. En este sentido, la semiótica de Yuri Lotman y el estructuralismo genético de Lucien Goldman complejizaban el fenómeno cultural, escritural, sin despreciar aspectos postestructuralistas de feministas como Kristeva, Cixous o el grupo Tel Quel. ¿Se podía ser estudiosa de tantas y tantos “europeos” sin ceder al colonialismo? Esa interrogante no me ha abandonado. Soy sin duda parte del “viaje imaginario” a Europa, del que hablaba David Viñas. Pero no es un “viaje inocente”. Mi despegue y aterrizaje vienen del Sur/Sur. Tempranamente, incluimos en Nomadías y otras revistas nacionales poesía mapuche. Me impactaba que, a diferencia de México, Perú o Bolivia, la interculturalidad no parecía interpelar a las y los chilenos. 

La otra inquietud que me impactó era la tajante división entre feministas autónomas y feministas institucionales cuando ya estaba en la U. de Chile. Yo era académica y venía de varias instituciones (del hogar a lo público), pero no dejaba de tejer vínculos movimientistas y venía planteando la descolonialidad desde los movimientos afroamericanos y chicanos a partir del 68. No negaba que debíamos instalar ese debate en el propio seno de la academia, no solo en los encuentros feministas; y así lo hicimos. En literatura, Lukács, Bajtín, Goldmann y Julia Kristeva me expresaban por qué la novela como género literario ocupó tempranamente mi mayor preocupación teórica: en ella se cruzaban álgidos debates antidogmáticos sobre estética, cultura y sociedad. Sexo, género, clase, raza eran y han venido siendo los grandes desafíos para la interseccionalidad. El continuo de la “articulación” se fue expresando en lo que algunas llamamos las tensiones de los “entres”: entre esto o aquello, entre esto aquello, diría Julia Kristeva, oposiciones articulables o no. Ya cuando enseñaba en Chile, los movimientos queer y LGBTIQ+ planteaban el “ni esto ni aquello” como deconstrucción radical de los binarismos estáticos. Nos abríamos a las diferencias, a las alteridades, a la heterogeneidad radical. El arte tiene el valor potencial de abrirse a lo Otro, sin romper enteramente con el imaginario inconsciente. 

Entonces, en medio del duelo del exilio y la dictadura, fenómeno clave cuando escribí ese primer libro, yo ya venía pensando el deseo, la escritura, el poder en relación a la escritura, al arte, a las grandes transformaciones, y en eso sigo hasta hoy. El erotismo es político y sin deseo no hay escritura. Hablamos y hablábamos de ironía, sátira, parodia y autoparodia. Todo lo que implicara distancia estética en el arte y autorreflexión como subjetividades poético-políticas; sobre todo hablábamos de reírnos de nosotres mismas/os/es. Tener la capacidad de la distancia y del espíritu crítico. ¿Cómo puedes vivir, reír, gozar eróticamente y luchar en consecuencia? Siendo multidimensionales, diría Marcuse. Eso todavía me expresa. Reír sin perder el pathos, la empatía dialógica, la autocrítica.

En el libro Exilios del Cono Sur: géneros, generaciones y militancias (2021), Dora Barrancos, que es una exiliada argentina, dice: “Las que nos fuimos de acá no éramos feministas y volvimos feministas”. ¿Cómo te interpela a ti esa aseveración? ¿Cuáles son los textos que tú lees y que traes hasta aquí, que acarreas contigo, en tu discurso, en tus palabras, en tu quehacer? En ese mismo sentido, ¿te sientes mediadora entre el centro Estados Unidos y la periferia que es Chile, por ejemplo?

Más que mediadora, me siento en tozudo proceso de articulación, tejiendo, porque no creo tener tanto poder como para mediar en términos ideológicos, a nivel del canon institucional. El peso de las relaciones de poder es muchísimo mayor que en los 60 y 70. Siento necesidad de reflexionar sobre nuevas articulaciones, nuevas contradicciones vividas afuera y revividas adentro de otra manera, pero estoy totalmente de acuerdo con Dora, a quien quiero mucho y a quien conocí afuera. Yo no era feminista en el 70. Ya te contaba que me identificaba más con don Quijote que con Dulcinea…. Trabajaba en Women’s Studies con teóricas de la India, claves para profundizar en feminismo interseccional a nivel del Sur/Sur. Los debates eran intensos. Había que instalarse en terrenos otros. Entramos a repensar los feminismos en el “Tercer Mundo”, hoy denominado Sur Global.

¿Qué articularías entonces?

Bueno, en mi experiencia temprana afuera estuve en un pequeño grupo de estudios críticos; éramos dos feministas y el resto eran ocho hombres. Estábamos en la fundación de la revista Latin American Perspectives. Al final los más sectarios se fueron y quedamos las feministas en discusión con distintos pensamientos críticos de la dependencia neocolonial. Nos abocamos a leer y lo que nos convocó en ese momento fue El tráfico de mujeres (1975), de Gayle Rubin. Para mí fue fundamental, porque ella toma El origen de la familia… de Engels y lo articula críticamente con Levi-Strauss y el estructuralismo. En ese contexto tuvo un enorme sentido que se mirara de otra manera la subordinación de las mujeres. Los debates se centraron primero en críticas a Engels, pero luego derivaron en críticas al propio estructuralismo, con la idea de volver a incorporar la historia y los ordenamientos sistémicos. Eso fue clave. Hasta aquí sigo hablándote del activismo intelectual, no del activismo movimientista. En California participaba en ese grupo de estudio y desde ahí articulábamos trabajo comunitario y feminista. Por supuesto, había una amplia militancia de izquierdas y chicanas, de mexicanos y mexicanas, de migrantes que vivían en la frontera. Yo ya tenía prohibición de volver a Chile, y me autoproclamaba “chilicana” en un intento identitario por tejer y poner en diálogo las diferencias. Las feministas latinoamericanas, chicanas y afroamericanas en algún momento interpelamos eso: qué esfuerzos hacíamos por leer a feministas latinoamericanas y del Tercer Mundo. Julieta Kirkwood no llegaba, pero sí la revista Fem, de México, en donde escribían latinoamericanas de los distintos exilios de los años 70. Ahí es donde yo me “apapaché” con México y con las feministas mexicanas; eran extraordinarias. 

Mientras estábamos en dictadura, yo apoyaba a las feministas de ambos lados de la frontera californiana; sobre todo la revista Fem, que al principio era un órgano feminista que abarcaba desde el Partido Revolucionario Institucional (PRI) a las izquierdas. Entre 1983 y 1989 organizamos tres grandes congresos sobre feminismo y culturas críticas en Ensenada, Baja California, México, con Aralia López, Elena Urrutia y Marta Lamas. Más tarde, Marta fundaría y dirigiría la revista Debate Feminista, que tenía un gran espesor crítico y que existe hasta el día de hoy. Fem era la revista feminista más antigua de México y participaban exiliadas de múltiples países. Hay que recordar, y esto no lo decimos mucho, que Argentina tuvo un gran exilio lacaniano. Ahí se armaron fuertes sororidades y debates entre Fem y Debate Feminista, que estaba empezando. Muchas feministas de Fem eran del PRI, en cambio Debate Feminista era más crítica. Fem abarcaba un feminismo que algunas llamaban “mujeril”, de ahí las diferencias: “las feministas somos mujeres; todas las mujeres que luchan son feministas”.  Pero algunas decíamos, “No, no todas las mujeres” sin distinción; había que empezar por desnaturalizar el cuerpo, el sexo, las identidades, el erotismo, el trabajo y la clase, el arte.

¿Cómo interpelan al campo cultural chileno esos debates feministas de la época? ¿Hay lecturas que traen las mujeres que llegan, por ejemplo? ¿Cómo fue en tu caso?

Te diría que yo traía varios equipajes. Uno tenía que ver con debates del Sur/Sur y Latinoamérica: feministas chicanas, mexicanas, argentinas exiliadas en México, porque las fronteras no nos restringían. El otro tiene que ver con las violencias y los derechos humanos, derechos sociales, reproductivos. Hoy, esa línea se vierte en reflexiones sobre violencias de género, que sigo publicando. Otro equipaje surge de mi situación de discurso en los años del Chile Democrático y el centro ecuménico, ambos en San Francisco, en mi exilio. Llegaban detalles de torturadores en Chile, nombres que desfilaban día a día en mi memoria, que corrían por mi sangre. Esa particular experiencia culminó en mi poemario Tinta Sangre (2014). Este segundo equipaje trae mi activismo, que se tomó la palabra y el deseo en mí: duras luchas cotidianas por la democracia y el feminismo en Chile, Nicaragua, El Salvador, Sudáfrica; el terror de una Tercera Guerra Mundial de carácter nuclear. ¿Cómo se traduce eso en mi retorno a Chile? Primero en los testimonios, en mis reflexiones y en mi acción política. Esos años incidieron en mi salida de las burbujas académicas. Fui hilando un lenguaje bilingüe más afectivo, espontáneo, conversacional, de fuertes símbolos e imágenes, en las que la clave era comunicarme con otros y otras y, sobre todo, escuchar a personas diferentes a quienes circulaban en la universidad. 

Cuando llegaron las 140 familias de exiliados chilenos, me dediqué a entrevistar sobre todo a las mujeres. Una de las jóvenes socialistas exiliadas se suicidó a los pocos meses de llegar. Había sido violada y torturada. Hasta hoy me pesa su dolor y no haber rescatado su testimonio. Nos dedicamos a leer textos testimoniales: Tejas Verdes, Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la concienciaOperación masacre, La noche de Tlatelolco y Hasta no verte Jesús mío, por ejemplo. La memoria repensada también fue parte de este equipaje. Y el cine latinoamericano, la teoría del cine. Fundamos La Peña en Berkeley, centro cultural que todavía existe, con intenso trabajo cultural bilingüe e intercultural, con visitas regulares de Soledad Bravo, Inti-Illimani, Quilapayún, Silvio Rodríguez y Joan Manuel Serrat. Se llenaba La Peña con conciertos y visionados como Lucía o Memorias del subdesarrollo, Llueve sobre SantiagoActas de MarusiaArdiente paciencia, La batalla de Chile. Fueron años de trabajo cultural y solidario día y noche; años muy significativos para la subjetividad colectiva y comunitaria. Vivía con la “L” en el pasaporte (L de “lista”, era amenaza de muerte si pisaba el Cono Sur). La prohibición de ingreso duró doce años para mí y significó vivir con amenazas de muerte y allanamientos en casa (cuesta creerlo, allá en California), entre otros. 

Otro equipaje es constante: nuestra inquietud con el acelerado vuelco hiperdisciplinar de las ciencias físicas en el neoliberalismo dictatorial. En Chile la dictadura había desintegrado Ciencias Sociales, había expurgado las pedagogías de la Facultad de Filosofía y Humanidades, había mutilado la Facultad de Economía. Así sentía la fuerza de otro de mis proyectos del retorno: contribuir a tejer en las memorias y en teoría crítica, las diferencias inter y transdisciplinares entre las luchas democráticas y las luchas feministas interrumpidas en los 70. Ello se volcó en el Prólogo a una de las ediciones de Ser Política en Chile, de Julieta Kirkwood.

Pero taSiento que volví a América Latina con ese equipaje de la patria grande. México me acogió en el exilio. Carlos Monsiváis, Elena Poniatowska, Margo Glantz, colegas, amigas, amigos de verdad. Monsi (Carlos Monsiváis), activista gay y crítico, sumaba identidades, rebeldías, parodias y autoparodias. Era burlón, valiente, desafiante; bueno para la risa honda, de esas risas que revuelven las tripas y los sesos. Prefería un “buen bolero» a cualquier otra música, con lo cual seguíamos repensando las relaciones entre cultura popular latinoamericana, folletín y género desde allá. 

Gané y perdí, fíjate. Hubo maletas que quedaron afuera. Dejé a mi hijo allá. También dejé a mi familia directa, amigas y compañeras de exilio. Con esos costos volví a Chile en 1985 cuando me sacaron la “L” del pasaporte, lo que representó una ruptura con esa patria grande y fronteriza que habíamos venido armando con latinoamericanas/os afuera. Extrañaría esa matria mistraliana, cultural y política (sin temor a llamarnos revolucionarios o revolucionarias), tejida con mexicanos, mexicanas y chicanas, puertorriqueñas, chilenas y chilenos, argentinos y argentinas, para quienes ser feminista de izquierdas no era tan raro, aunque discutiéramos acaloradamente y sin odiosidades. Al menos no era tan raro como ha sido muchas veces en estos últimos 20 y 30 años en Chile. A excepción de la revuelta feminista de 2018 y la revuelta de 2019, no hay escucha. Por eso me importa tanto tejer, articular, entrelazar, relacionar, vincular términos opuestos. Cuando nos acaloramos mucho en nuestras diferencias, repetimos ese verso nerudiano que dice “el odio perdió. Se le cayeron las escamas en el mercado del veneno. Lo desarma la transparencia”. 

Crédito: Alejandra Fuenzalida

¿Y en términos de lo que encontraste acá en Chile? ¿Con qué escenografía te encuentras?

Mi regreso en el 85 fue impactante. Entré por Mendoza. En Buenos Aires había pasado, ávida, de librería en librería (tampoco me dejaron ir a Argentina en esos 12 años). Ahí había encontrado El Anti Edipo de Deleuze y Guattari en español, todavía escondido arriba de unas estanterías, después de haber sido prohibido en Argentina por la dictadura desde 1973. Al llegar, me encontré de sopetón con Lumpérica, de Diamela Eltit, a quien nunca he dejado de leer. Quedé simplemente deslumbrada con el lenguaje poético-político, liminar, denso y fracturado. No solo desde una perspectiva posvanguardista, sino sobre todo a nivel de los procesos significantes que se abrían en mí, una persona bilingüe con un español todavía libresco. Pude encontrarme además con las Yeguas de la Apocalipsis, conocer a Pedro Lemebel, escuchar diariamente Radio Tierra, dirigir talleres de escritura y feminismo, acudir a diversos encuentros en La Morada, lugar insustituible para el feminismo chileno. Participar en debates de la Universidad ARCIS, lugar en el que enseñaban Tomás Moulian y Nelly Richard. Me iba llenando de experiencias inéditas. Volví y me encontré con una invitación extraordinaria: asistir a la marcha Somos más, de las mujeres contra la dictadura, que venían reorganizándose desde 1983. Me llamó Olga Poblete. En una reunión preparativa conocí a muchas feministas del Movimiento Pro-Emancipación de las Mujeres de Chile (MEMCH): Elena Caffarena, Fanny Pollarolo, Margarita Pisano, Raquel Olea, Olga Grau; jóvenes universitarias y pobladoras. Era en la casa de Elena Caffarena y había una emoción muy especial, una franca fuerza histórica, una afectividad creadora, valiente y decidida. Sentíamos que un nudo ciego se abría no solo para las mujeres sino para el país. Otras síntesis se venían armando y me llenaba de sentido: “Somos feministas por vocación democrática” y “La revolución no va si la mujer no está”, de algunos carteles. 

¿En esa preparación para la manifestación, había discusiones acaloradas, posiciones encontradas, discusión o estaban todas de acuerdo? ¿Cómo era el diálogo en esa coyuntura que necesitaba de unificaciones estratégicas?

Las mujeres de izquierdas estábamos muy de acuerdo. Hablo de Olga Poblete, Elena Caffarena o Julieta Kirkwood, quien acababa de morir. Ella era socialista y muy crítica del modo en que ni el Partido Socialista ni la Unidad Popular habían planteado los temas de las mujeres a fondo. En la marcha Somos más, íbamos de dos en dos, en tres enormes columnas que venían de distintas partes de Santiago, apoyadas por las jóvenes que se encargaban de la seguridad. Ahí sentí que había retorno. Encontré una relación intergeneracional horizontal que me encantó, y que a veces no existía en Estados Unidos. Había mujeres democratacristianas que no coincidían en despenalizar el aborto. Muchas independientes. No solo de izquierdas. Fue increíble juntarnos todas, porque sin perder la identidad democrática, de izquierda —las había de identidad radical, revolucionaria, por grandes cambios estructurales— estábamos abiertas a juntarnos con mujeres y feministas de otros grupos. El movimiento Mujeres por la vida por esos años nos reunía con todas las diferencias, con debates sobre la libertad de decidir, pero con más capacidad de escucha. Nos unía la gran lucha antifascista. Y la autocrítica era clave. 

En ese momento, en la Facultad de Filosofía y Humanidades la decana era Lucía Invernizzi. Ella había articulado talleres de estudios de mujeres con estudiantes y otras académicas. Lucía se enfrentaba directamente a carabineros en medio de las protestas estudiantiles. Una vez tuvo un encontrón con la policía, que entró varias veces a la Facultad y le tiraron polvo de lacrimógena en la cara. A mí también me pasó cuando ingresé como académica, incluso después de la dictadura. Fue la primera vez que tuve pleuritis; fui a la médica y me dijo: “Usted tiene los pulmones como un árbol de Pascua, ¿trabaja en una fábrica química?”. “No”, le dije, “trabajo en la Facultad de Filosofía” [risas].

La riqueza de haber pasado por allá y por acá, ese ser fronteriza, me hacía pensar las diferencias en un trayecto que era personal, transpersonal, comunitario y, por qué no decirlo, histórico. A Chile lo notaba mucho menos antiacadémico que a EE. UU. Por ejemplo, en el paro de Federici [una movilización estudiantil contra José Luis Federici, designado como rector de la Universidad de Chile por Pinochet], la academia se jugaba por la autonomía universitaria y por ser parte de la vida universitaria concreta, más cercana al mundo social fuera y dentro de las paredes universitarias: luchas contra la dictadura, por la memoria, por las libertades de cátedra; por los derechos humanos y sociales. Con todo, a nivel académico el estructuralismo en el estudio literario seguía muy fuerte en Chile, y la crítica al estructuralismo venía para mí con todas sus fuerzas desde el feminismo. 

En ese sentido, ¿piensas que el feminismo teórico abre las puertas en Chile a la crítica de la modernidad y, en consecuencia, también las abre a la deconstrucción y a los cambios de las perspectivas hasta ese minuto hegemónicas en los estudios literarios? 

Creo que sí. Muchas fuimos primero freudianas. Pero como feministas, Lacan nos interpeló más. Claro, cuando llegamos a Deleuze y Guattari, qué decir. ¡Con Deleuze y Guattari hubo tantas oposiciones binarias que empezaron a crujir! Todo cuajó y el feminismo entró claramente con el psicoanálisis en la crítica a Lacan, también con esas mexicanas y argentinas del exilio. Al principio me interpeló mucho el trabajo de Juliet Mitchell; era lacaniana y tenía algo muy similar a Enrique Dussel: esa reflexión que abarcaba la estructura sexual, erótica como parte de la estructura de poder. Pero todo lo veía desde el Edipo castrante. La castración como metáfora. Entonces, ¿dónde aparecía la mujer, la dimensión liberadora de la sexualidad, el inconsciente político?, ¿dónde las rebeldías de varones y mujeres queer? Para mí entonces, ahí venían Deleuze y Guattari, pero, sin exclusiones, como las argentinas lacanianas y postlacanianas, las feministas peruanas y brasileras. 

Lo que le faltaba a Freud y Lacan era toda la dimensión histórica, estructuralista genética, y posestructuralista. La crítica al estructuralismo coincidía con el ansia de desarmar y desarticular la autonomía autocrática y la modernidad liberal colonial en literatura. Creo que cierto formalismo tecnócrata con el estructuralismo a ultranza se convirtió en una alianza que funcionó muy bien durante la dictadura. Eso de “una cosa es la literatura, otra cosa la vida”. El deseo, la sexualidad, las represiones múltiples, los debates sobre la “muerte” o no del sujeto, la subjetivación como proceso duro, violento, complejo y mandatado a nivel sexo-genérico… ¿Quiénes planteábamos esas temáticas? Fundamentalmente las feministas. Yo te diría que todavía falta socializar más a Donna Haraway y Judith Butler. Falta socializar más el conocimiento situado en los estudios literarios, teóricos y culturales de nuestro país.

Es lamentable que se haya armado esa falsa dicotomía entre arte y vida; la idea de estudiar el arte y lo literario con herramientas artísticas, sí, claro, pero, el deseo, el erotismo, la sexualidad, las libertades, la escritura de mujeres, ¿dónde planteamos la subjetividad en persistente proceso entre autonomía y sujeción? La subjetividad tiene que volver a entrar, ¿no? Pues el sujeto había muerto, por un lado, y la autonomía de la literatura no reconocía al sujeto; planteaba un sujeto exclusivamente dentro del enunciado. Claro, las feministas abrimos el proceso discursivo; uno que no solo abarca la subjetividad del enunciado, sino también la subjetividad relacional de quien enuncia y de quienes participan de la recepción. Eso aún nos convoca.

Y que se despliega bajtinianamente en todos los rincones del texto.

Absolutamente. Entonces para mí es el feminismo el que pone en práctica esa verdadera revolución bajtiniana, pero a su vez incorporando la larga trayectoria del psicoanálisis. Yo fui contratada con media jornada en Estudios de Género y media en literatura. Hasta la Escuela de Frankfurt, no se leía a Freud porque “era burgués y para burgueses”. Hacía rato que yo había empezado a sentir que la sujeción estaba habitando (me) y no solo en el sueño, en el inconsciente, sino sobre todo en la cotidianidad, en el juego y, por supuesto en el arte, en los temores, en la represión. Al poder no lo concebimos como padre palaciego: las estelas de la dominación tienen toda clase de resortes y mandatos que te interpelan y con los cuales tienes que luchar tú dentro de ti misma, entre comillas, pero no solo como individua singular, sino sobre todo como subjetividad sexuada, de género, clase y por supuesto de pueblo-nación, En ese sentido, el feminismo ha sido el que ha venido forjando con fuerza histórica la entrada de las subjetividades problemáticas y problematizadoras. 

¿Y cómo es ese aterrizaje en Chile en términos laborales? ¿Cómo es ese ingreso a una realidad profesional, académica, investigativa, extranjera para ti?

Te diría que lo más perturbador para mí al aterrizar aquí, era que, a pesar de las luchas por democratizar la universidad, la sociedad y la vida, todo era mucho más formal: las evaluaciones, la actitud de las y los académicos, como también la del estudiantado en el aula. Sentía que te metían en una parcela, y yo, la verdad, venía a hablar de erotismo político, represión, teoría y arte. 

En ese espacio, ¿cómo empezaste a hacerte un lugar y a construir un núcleo?

Dicté el Primer Curso de la U. Chile en Teoría Feminista en Verano de 1989. Asistieron como 200 personas: Nelly Richard, Carmen Berenguer, Olga Grau, Pedro Lemebel, Raquel Olea entre otras. Ahí empecé un proyecto de un año con el Servicio Universitario Mundial (SUM) que apoyaba a las y los retornados del exilio. Plantee la idea de crear un programa de género en la Universidad de Chile y me quedé aquí para ir armándolo con todo el apoyo de la Decana Lucía Invernizzi y la Directora del Departamento de Literatura, María Eugenia Góngora. Al principio, me quedé mitad del año en la Universidad de Chile y la otra en la Universidad de California, donde enseñaba literatura, Estudios Latinoamericanos y Estudios de la Mujer (Women Studies). A esas alturas también había dictado un Seminario de Estudios de La Mujer invitada por Ivette Malverde en la Universidad de Concepción; creo que lo de Concepción era lo primero que se había armado en las universidades chilenas. Decidí quedarme definitivamente cuando en 1990-91 se abrió el Primer Concurso Público en Literatura en Democracia. Leonidas Morales y yo nos adjudicamos el Concurso y fuimos nombrados a media jornada hasta que se nos contrató por Jornada Completa. Yo quedé con media jornada en Literatura y media jornada en Género para ir creando el Centro de Estudios de Género y Cultura en América Latina (CEGECAL), que fue primero un programa. Y en adelante fuimos las dos con Olga Grau, que había sido exonerada de la U de Chile durante la Dictadura y entró luego con unas horas a Filosofía, apoyando enteramente el Centro. Formamos un amplio grupo de apoyo con Nelly Richard, Raquel Olea, Soledad Bianchi y estudiantes de posgrado. Ese grupo era de una gran riqueza teórica y casi todas estábamos vinculadas al movimiento feminista. Una de nuestras más complejas conversaciones tuvo que ver con la decisión de si armar un programa feminista o de género. Muchas enseñaban en la Universidad ARCIS, cuyo lema era “Nuestra formación es la diferencia”. Luego de numerosas y muy profundas discusiones, optamos por el género. Nos parecía que sería potencialmente un concepto más amplio, donde cabíamos todas, todos y todes. A su vez, colaboramos para armar la revista Nomadías, que dirigí y cuyo comité editorial agrupaba gran parte de ese amplio espectro de apoyo. Trabajamos arduamente para organizar y promover los estudios feministas y de género en todo el país. Tuvimos 5 exitosos encuentros nacionales. 

Un poco después en la Facultad de Filosofía y Humanidades organizamos un grupo de estudios denominado “Comunidades críticas” con académicas/os, estudiantes y funcionarias/os de todas las facultades del Campus Juan Gómez Millas. La idea era avanzar en conocimiento crítico inter y transdiciplinario, del cual el feminismo es clave. Muy muy importante en estos 30 y tantos años fue nuestro trabajo con Sonia Montecino para armar entre ambas facultades un solo Programa de Magíster en Estudios de Género y Cultura con dos menciones, una en Filosofía y Humanidades y otra en Ciencias Sociales. Nuevamente, el apoyo de Lucía Invernizzi fue clave. Colaboramos como 5 años con Sonia en ese esfuerzo y trabajamos en varios proyectos juntos los dos Centros. Últimamente, gestionamos con colegas de muchas facultades, en la Facultad de Filosofía y Humanidades, un Doctorado en Estudios Interdisciplinarios de Género que fue aprobado en la Facultad. Lamentablemente, la crítica situación financiera de las universidades estatales no nos ha permitido instalarlo. 

He sentido siempre una fuerte complicidad con la idea de forjar comunidades triestamentales con académicas/os, estudiantes y funcionarias/os en toda la universidad. Venimos levantando muchas redes universitarias para la democratización institucional de la U de Chile. Fui elegida al primer Encuentro Universitario de 1997 desde mi Facultad, junto a Lucía Invernizzi, María Eugenia Horwitz y Grínor Rojo. Ahí partió un proceso de años de discusión interna hasta 2006, lo cual permitió inaugurar el primer Senado Universitario después de la dictadura. Postulé y ejercí por casi dos períodos como Senadora Universitaria a favor de cambios legislativos que reformaran estatutos impuestos por la dictadura y que permitieran el avance de la igualdad de género en los 3 estamentos, en la “U” y en el país. Realizamos importantes proyectos de investigación/acción sobre género en la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas, a fin de promover políticas de ingreso para mujeres e identidades de género en una facultad que se caracterizaba por enormes desigualdades, partiendo por las matrículas. Uno de los más importantes proyectos internacionales en este sentido fue haber encabezado EQUALITY, un programa de tres años por igualdad y equidad universitaria en América Latina, promovido por la Union Europea con 18 universidades. Allí nos comprometimos a crear Direcciones de Género por toda las universidades, con la misión de generar condiciones materiales de igualdad de género y terminar con el acoso y el abuso sexual en el trabajo y en el estudio. Durante las revueltas (la feminista de 2018 y la popular de 2019) fui elegida Presidenta de la Asociación de Académicas y Académicos de la Universidad de Chile (ACAUCH). Y hasta hace un año y medio, me presenté como primera candidata feminista a la Rectoría de la Universidad de Chile, con un programa que, entre otros, planteaba la necesidad de ir profundizando la democracia en la Universidad y en el país, con una nueva cultura participativa, de género, igualitaria. Nos inquietaba e inquieta ver universidades estatales cada vez más mercantilizadas, precarias, segmentadas, carentes de proyectos estratégicos de país.

Muy pronto después de habernos convertido en Centro, armamos el primer convenio con la CUT (Central Unitaria de Trabajadores) para la formación de mujeres y trabajo con Pilar Errázuriz, Vanessa East y Carolina Duque. Ahí armamos “Generam”, un centro de investigación/acción sobre trabajo y género que existe hasta nuestros días. Realizamos investigación e incontables talleres y seminarios. 

Yo te diría que, con las comunidades críticas, artísticas, sociales y políticas, hemos ido armando puentes, todavía frágiles, todavía “colgantes” entre la universidad y el mundo social, entre la universidad y el mundo de la producción cultural. Algunos puentes son tan enclenques, que dan vértigo. Pero ha habido mucho apoyo comunitario. Yo quiero que eso siga: mesas triestamentales, pluriestamentales, con vocación de país dentro y fuera de la universidad. Si te hablo como feminista literaria, creo que he ido por un camino teórico que se ha venido haciendo al andar con otras, otros y otres. Leo a varones cis y a mujeres cis desde perspectivas críticas de género. ¿Cómo leemos las feministas latinoamericanas las distintas representaciones de género, de relaciones sociales y razas?  He tratado de ir desmontando la simbólica patriarcal neocolonial e instalar la sospecha sobre la construcción simbólica de la mujer en toda una era de la República, con mujeres críticas que se vienen abriendo camino desde muy atrás. Hay quienes me han dicho que esta lucha es concreta y que requiere modelos. Reconociendo la importancia de poner en tela de juicio las categorías de los moldes institucionales de género y feminismo en el país, creo que hemos tenido que crear tanto las críticas sistémicas a esos moldes, como fomentar y generar nuevos rumbos institucionales de género e igualdad en la U de Chile, en miras al país. Académicamente, me dediqué a estudiar en los últimos 45 años los orígenes de la novela como narrativa disciplinaria. Como me considero bilingüe y bicultural, hay todo un corpus mexicano, peruano, guatemalteco y ecuatoriano de mi trabajo que es menos conocido en Chile. Está disperso en textos en inglés y en español que no he tenido tiempo de convertir en libros. Me mueve seguir contribuyendo a las comunidades críticas para hacer parte de la construcción estratégica, cultural, científica y política del país. Se trata de un llamado sobre todo a poner en tela de juicio colectivamente las hegemonías científico-culturales y estéticas, las prácticas y modalidades pedagógicas. Imagino una educación pública, estatal y gratuita en todo el país. Una universidad capaz de cohabitar y repensar en concreto nuestros derechos académicos, sociales, laborales, de género y pueblos originarios. Nos queda mucho por escuchar, crear, colaborar y deliberar en común, más allá de las rivalidades y los proyectos directamente funcionales a los actuales paradigmas de sentido y valor.