La investigadora, traductora y filóloga —una de las mayores expertas españolas en cultura medieval— ha publicado libros fundamentales sobre la novela artúrica, la cultura caballeresca, el mito del Grial y las escritoras místicas. Ahora, en Marginalia, se desplaza hacia otros territorios para crear un volumen misceláneo y personal que expande, desde los bordes, el mapa de sus intereses.
Por Felipe Cussen | Crédito de foto: Manuel Outumuro
Tras una larga serie de libros monográficos dedicados principalmente a la mística medieval y el Grial —entre los que están Hildegard von Bingen y la tradición visionaria de Occidente, (Herder, 2005) yLa visión abierta. El mito del Grial y el surrealismo (Siruela, 2010)—, Victoria Cirlot (Barcelona, 1955), profesora emérita de la Facultad de Humanidades de la Universitat Pompeu Fabra, sorprende con un libro misceláneo y muy personal: Marginalia (Vaso Roto, 2025), conjunto de ensayos que reúne un trabajo de doce años. En términos discográficos, podríamos considerarlo como aquellas recopilaciones de “lados B”, grabaciones no utilizadas y rarezas que, desde nuevas perspectivas, profundizan en su intención por vincular fenómenos de épocas y culturas muy diversas para comprenderlos desde el presente. De ese modo, junto a Hildegard von Bingen o el Maestro de Taüll y los serafines, se cruzan las lecturas de Roberto Calasso, María Negroni, Emanuele Coccia, la obra visual de Antoni Tàpies y Perejaume y la presencia constante de su padre, el poeta, mitólogo y crítico de arte Juan Eduardo Cirlot.
Como bien explicitas al inicio de Marginalia, este libro está constituido por materiales muy diversos en cuanto a temáticas (algunos coincidentes con los libros que ya has publicado, otros no) y, especialmente, en cuanto a su forma y su tono (algunos muy breves, íntimos e incluso cercanos a la prosa poética). ¿De qué modo te diste cuenta de que todos estos textos merecían salir de ese espacio marginal y ser reunidos como conjunto en un libro?
—Marginales siguen siéndolo y por eso el libro se llama Marginalia. Cuando los reuní, pude darme cuenta de que había un hilo conductor que creaba unidad. Por eso lo publiqué. Fue, en realidad, una sorpresa, porque no imaginaba que pudiera encontrar esa unidad. Doce años es un tiempo largo. Sin embargo, yo la he encontrado, y espero que el lector también la encuentre. Sobre la razón de su reunión, no sabría qué decirte. Es una práctica que ya conozco porque la he empleado en algunos de mis libros: reunir artículos diversos sobre un tema común. La diferencia con respecto a este es que nunca antes había dejado espacio para la intimidad.
El orden de los textos seleccionados no es temático, sino cronológico, lo que permite observar el flujo y las variaciones de tus lecturas e intereses y cómo se entremezclan con tus propias experiencias, remembranzas, encuentros y viajes. En ese sentido, creo que refleja muy bien que para ti la literatura, el arte, el cine o la filosofía no son instancias de evasión de la vida, como algunos suelen acusar, sino momentos de particular intensidad y profundidad. ¿Lo consideras así?
—Sí, claro. Quizás ahí se encuentre la razón del libro. Hasta el momento solo había escrito sobre temas de estudio concretos: novela artúrica, mística, etcétera. La posibilidad de lo variado a partir de actividades habituales como ir a una exposición o al cine, me fascinó. Esos textos no habían sido nunca publicados y de algún modo tenían que añadirse a otros, como conferencias o publicaciones dispersas, para formar esa unidad de la que te hablo.



A través de estas páginas podemos acceder a reflexiones sobre temas o autores que, quienes te conocemos, sabemos que forman parte de tu vida hace mucho tiempo, pero que no suelen aparecer directamente en tus investigaciones. En ese sentido, ¿cómo crees que la narrativa de Isak Dinesen o el cine de Chantal Akerman y Wim Wenders, por ejemplo, contribuyen también a conformar tu perspectiva a la hora de estudiar fenómenos tan distantes como la mística medieval o la novela artúrica?
—Todo aquello que me enseña es importante. Tanto como los estudios especializados sobre temas concretos. Quizás por eso me pareció significativo este libro. También porque en mis procesos de comprensión (algo sobre lo que tú, Felipe, has escrito) tiendo siempre a los desplazamientos: para comprender algo voy a otro lugar, a otra cosa, y es eso “otro” lo que finalmente me explica aquello que necesitaba comprender. Inicialmente hay un “gusto”, “me gusta”, pero eso era solo una intuición que luego tiene que confirmarse en su aplicación.
Quizás es por mi propia deformación profesional, pero tuve la impresión de que este es probablemente el libro en el que más presencia tiene la música. No solo mediante las referencias a Wagner y su tratamiento de la materia artúrica, sino también a través de la descripción de una instalación sonora o la reflexión sobre la sinestesia, en la que citas un precioso pasaje del filósofo Emanuele Coccia sobre la inmersión, que finaliza así: “La vida en tanto que inmersión es aquella donde los ojos son oídos”. Quisiera saber un poco más del rol que juega la dimensión sonora dentro de tu pensamiento y tus experiencias vitales.
—La música siempre ha sido algo constantemente presente en mi vida: en casa de mis padres, en el cine (porque adoro los musicales, como los de Jacques Demy), en mi vida de estudio (trabajo por lo general con música), en mi vida cotidiana (necesito cantar o escuchar a Kurt Weill). Pero en la actualidad ha cambiado mi forma de oír música: en el trabajo cada vez necesito música más neutra, más minimal, con menos argumento, y aquellos que siempre me han acompañado (los Gurrelieder de Schönberg, el Tristan de Wagner, El Canto de la Tierra de Mahler y otros) ya no “me acompañan”, sino que me dedico a oírlos sin hacer nada más que eso: oír. Para las mañanas nadie como Mozart, y para los descansos prefiero el jazz.
Algunos de los relatos corresponden a coincidencias sorprendentes, como aquella respecto de la muerte del antropólogo Lluís Duch, o experiencias difíciles de definir, que calificas como “huellas fantasmales”. Ese concepto me hizo pensar en las llamadas “notas resultantes”, que corresponden a un fenómeno psicoacústico: al sonar dos tonos puros, nuestro cerebro escucha un tercer sonido que no existe en la realidad, como una especie de espejismo sonoro.
—Muy interesantes esas “notas resultantes”. Pero lo de las “huellas fantasmales” fue todo un hallazgo, porque sentía una gran inquietud por haber vivido una situación que no entendía en absoluto y fue la lectura de [W. G.] Sebald la que me lo resolvió. La comprensión, además de ser un “acontecimiento” como dice [el filósofo Hans-Georg] Gadamer, es liberadora: al comprender, se deshace la inquietud. Como no me abandona tu primera pregunta y sigo pensando en ella, te diré que la lectura es fundamental, pero también la escritura, porque te hace comprender. Hay que dar forma, y en ese dar forma, sucede la comprensión. Y cuando esto ocurre, me parece necesario compartirlo (siento ese verbo tan usado, pero es correcto).
En una conversación con el poeta Gonzalo Escarpa señalabas que en este libro “he escrito lo que he querido, cosa que no me suele ocurrir nunca”. Si bien tu escritura siempre ha estado lejos de la rigidez de los artículos académicos, aquí se percibe una libertad aún mayor, en textos a veces muy breves o más rápidos y ligeros, en los que, como hemos comentado, se escucha con nitidez una voz muy personal. Incluso a nivel editorial se percibe una preocupación por no obstaculizar la lectura con notas al pie, y la bibliografía ocupa un lugar más pequeño, como si se invitara a un tipo de lectura mucho más directa.
—Existe una diferencia importante entre estos textos publicados en Marginalia y mis anteriores trabajos publicados en revistas académicas y reunidos posteriormente en libros. Los de Marginalia se refieren a cuestiones que ya he trabajado y argumentado, pero que quizás pueden contener alguna idea; por ello, no necesitan ni notas ni bibliografía. En alguna ocasión, he remitido al final a esa bibliografía, pero es solo para que el lector pueda ampliar el asunto si lo desea. En cualquier caso, trato siempre de citar cuando la idea deriva de otro autor. Me parece una cuestión de honestidad, simplemente. Pero es cierto que he pretendido transmitir un contenido de la forma más directa posible.
En otro diálogo reciente, con Ramón Andrés y Pablo d’Ors, comentabas que el interés actual por la mística, incluso a nivel de la cultura popular con fenómenos como el nuevo disco de Rosalía, es muy distinto al de los 90, en el que iniciaste la colección El árbol del paraíso en la editorial Siruela. Si bien has dicho que corresponde a tu escritura en soledad desde 2012, ¿cómo crees que Marginalia puede actuar en este nuevo contexto más híbrido, y qué tipo de sentidos y proyecciones pueden sugerir a nuestra comprensión de la mística?
—No puedo responderte a esta pregunta porque no lo sé. Para mí Marginalia es un experimento que radica en esa mezcla entre los temas que me interesan y mi vida interior, privada, íntima. Yo creo que todo está unido, o al menos yo lo siento muy unido en mí. No entiendo de disociaciones. Finalmente, me parece que lo único importante es la construcción de uno mismo y esa construcción se realiza con todas las piezas, es decir, unas y otras. Pero no sé hasta qué punto eso puede servir a alguien. Solo sé que a mí me ha servido.
