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Yenny Ariz: “La escritura de Mistral no tiene parangón en Chile”

La académica de la Universidad Católica de la Santísima Concepción lleva más de una década estudiando los manuscritos de Mistral, lo que le ha permitido tener un acceso privilegiado a la trastienda de su obra, que hace 80 años fue reconocida con el Premio Nobel de Literatura. Su trabajo se ha enfocado en mostrar a una poeta apartada de los estereotipos tradicionales y en abrir nuevas interpretaciones de su legado. En esta entrevista, comparte sus hallazgos, las claves de la originalidad mistraliana y los aspectos de su pensamiento que considera urgentes para el Chile de hoy.

Por José Núñez | Foto principal: borrador de «Los sonetos de la muerte», custodiado por el Archivo Central Andrés Bello de la U. de Chile. Crédito: Felipe PoGa

Fue en la infancia, a través de los cassettes de rondas y canciones de cuna de la artista Charo Cofré, que conoció la poesía de Gabriela Mistral. Pero a los ocho años la leyó por primera vez, en una colección antigua de la Editorial Andrés Bello que sus padres compraron. “A pesar de que no podía decirlo de esta forma, en ese tiempo yo era muy consciente de la musicalidad, de que había un ritmo y una música dentro de sus textos”, recuerda Yenny Ariz, hoy académica de la Facultad de Educación de la Universidad Católica de la Santísima Concepción. Hubiese sido difícil imaginar entonces que años más tarde conocería de cerca el proceso de escritura de esos poemas que la deslumbraron.

Fue en 2011, mientras realizaba su doctorado en Literatura Latinoamericana en la Universidad de Concepción —donde se tituló como profesora de Español—, que tuvo acceso a sus manuscritos. La Biblioteca Nacional había publicado ese mismo año los archivos digitalizados que Doris Atkinson, sobrina de Doris Dana, la albacea de Mistral, donó a la institución en 2007, y que contenían cientos de cartas, fotografías, cuadernos, libros y cintas con grabaciones de audio. En esa instancia investigó el vínculo que existía entre Mistral y poetas chilenas contemporáneas como Soledad Fariña y Cecilia Vicuña, y se enfocó sobre todo en Poema de Chile (1967), ya que, explica, el “archivo digitalizado, que tiene un montón de fojas, está mayoritariamente centrado tanto en Lagar como en Poema de Chile, porque son los últimos textos que Mistral escribió”.

Luego, en una investigación postdoctoral, la académica cotejó los manuscritos de la nobel chilena con ediciones póstumas de su obra, como Almácigo (2008) y Baila y sueña (2011), que se hicieron pasando en limpio los manuscritos donados por Doris Atkinson. También, examinó el proceso de edición de Lagar II, “que surgió de unos manuscritos previos a los de 2007, y que fueron trabajados por una comisión integrada por profesores como Ana María Cuneo, una famosa mistraliana, Gastón von dem Bussche y otros que tomaron esos primeros materiales y les fueron añadiendo notas a pie de página para darles algunas luces a los lectores sobre cómo era la materialidad de esos archivos”, explica.

A estas alturas, Ariz lleva más de una década estudiando los manuscritos de Mistral, lo que le ha permitido acceder a la trastienda de una obra que, hace 80 años, obtuvo el Premio Nobel de Literatura y convirtió a la escritora en la primera latinoamericana en recibir dicha distinción. Sobre la conmemoración de este hito, para el cual el gobierno organizó una agenda con charlas, exposiciones, talleres, publicaciones y homenajes en todo el país, la investigadora opina que “ha sido realmente un aporte. Le hace muy bien a su obra. Se han vuelto a editar poemas, prosas, con nuevos estudios. La conmemoración de los 80 años provocó una actualización editorial y de la bibliografía crítica”.

Gabriela Mistral en el Instituto de Estudios Hispánicos de París, en enero de 1946, a semanas de haber ganado el Premio Nobel de Literatura. Crédito de foto: Roger-Viollet vía AFP

Indagar en los manuscritos de la poeta, sin embargo, no es una tarea fácil. Entre las principales dificultades está descifrar su caligrafía. “Cuando ella escribía conferencias o traspasaba textos, su letra era muy segura y el lápiz se cargaba bien en la página y se imprimía bien. Pero en el caso de la escritura de poesía, el trazo tiende a ser mucho más débil, y entonces es toda una tarea entender la letra”, detalla. Además, agrega, “ella tiende mucho a tachar los manuscritos; a veces añade números para ubicar las estrofas, no una sola vez, sino a veces varias corridas de números, y otras veces hace unas líneas, que para mí indican unidades de redacción, es decir, trabaja una idea, hace una línea, y luego viene otra idea que generalmente se va a transformar en una estrofa diferente de la que está trabajando antes”.

Con los años, cuenta Ariz, se ha ido entrenando en su escritura, y gracias a ello ha podido comprender de mejor manera qué significa cada letra, símbolo y tachadura sobre el papel. Pero en un principio carecía de un marco teórico capaz de dar cuenta de esos procesos de creación, lo que la condujo a la crítica genética, una metodología que permite reconstruir los momentos de producción de una obra literaria, desde las notas, borradores y estados sucesivos hasta el libro impreso. Una disciplina que, por lo demás, peligra hoy en el mundo digital, cuya principal característica consiste en “el acto de borrar”, en palabras del historiador francés Roger Chartier. “La [crítica] genética no aspira a una edición crítica. Lo ideal es emplear los manuscritos para entender cómo creaba el autor”, dice Ariz.

En el caso de Gabriela Mistral, esta disciplina le ha permitido identificar operaciones escriturales como la escansión, la autoedición y la puntuación que aplicaba en sus textos, así como la reescritura a la que sometía sus poemas antes de dar con su forma definitiva. “Es muy difícil establecer si toda una página, por ejemplo, fue escrita en el mismo momento. A veces eso es posible por el tipo de lápiz usado, pero a veces no. Muchos de estos textos que quedaron en manuscritos están intercalados con notas que tienen que ver con estados emocionales, con sueños e impresiones que la autora tenía, con notas dedicadas a sus muertos, a su hijo, a su madre”, explica.

Otro aspecto que le ha sorprendido es la manera en que Mistral leía a otros poetas. Su dominio de la tradición literaria, que es ampliamente conocido, le permitía tomar distancia y crear algo nuevo, o redescubrir algo antiguo —como dice el ensayista Eliot Weinberger sobre los poetas de vanguardia estadounidenses—, haciendo de su obra algo extraño y familiar a la vez. “Parte de su proceso de creación también involucra copiar poemas de otros, o a veces parafrasearlos, escribiéndolos de memoria, para incentivar la propia creación”, dice Ariz.

Yenny Ariz.

Ese trabajo de apropiación se articula con un proceso minucioso de edición. “Ella escribía a partir de impulsos de escritura y luego hacía una especie de poda, iba tachando todo lo que no la convencía. En muchos manuscritos es muy explícita, por ejemplo, y luego va tachando frases, versos que son demasiado explícitos; va añadiendo un poco más de misterio, por decirlo así, o de vaguedad y de imágenes poéticas a un primer impulso de escritura. Ahora, todas esas operaciones que estoy resumiendo pueden estar a lo largo de trece manuscritos de un mismo poema. Incluso dieciséis, como es el caso de “La abandonada”, un poema de Lagar que pertenece a la sección de “Locas mujeres”. Yo recuerdo que encontré catorce o quince manuscritos solo de ese poema, en el que ella trabaja todos estos ámbitos”, agrega.

La investigadora también subraya la importancia de los aspectos prosódicos, especialmente de la puntuación. “Da la impresión de que ella leía el texto en voz alta, y de acuerdo con eso los iba puntuando. Hay manuscritos de poemas que están escritos exactamente igual, en cuanto a la letra y al desarrollo del tema, pero varían en la puntuación. A veces una coma reemplaza un punto o un punto y coma, y pienso que eso tiene que ver con la oralidad, con el momento en que leía el poema y le iba dando ciertas pausas”.

En los últimos meses, Yenny Ariz ha recorrido colegios, liceos y universidades para difundir una lectura renovada de Gabriela Mistral. Como parte de su labor en la mesa asesora ministerial que coordinó la conmemoración de los 80 años del Nobel, ha realizado talleres, capacitaciones y charlas con estudiantes, profesores y mediadores de lectura en Cañete, Hualpén, Chillán y otras localidades. Su trabajo se ha enfocado en mostrar a una Mistral más cercana, apartada de los estereotipos tradicionales, y en abrir nuevas interpretaciones de su obra, incluidos los textos de guerra de Lagar, que ha estado investigando recientemente. Además, ha estado trabajando con el Archivo Central Andrés Bello de la Universidad de Chile en la elaboración de un material pedagógico asociado a las actividades de los 80 años del Nobel y en la transcripción diplomática del manuscrito de “Los sonetos de la muerte”.

¿Qué cualidades estilísticas notas en su escritura que la hacen tan singular y que ha llevado también a que, quizás, no tenga continuadores?

—La escritura de Mistral no tiene parangón en Chile. Ella no tuvo, como dices, continuadores. Sí hay mucha gente, y aquí quiero hacer la salvedad, que la miran y la admiran. Especialmente descubrí eso en las poetas de los 80, como Soledad Fariña, por ejemplo, que busca dialogar con ella. También Elvira Hernández y Rosabetty Muñoz. Ahora, creo que Mistral es única porque tiende a usar una combinación maravillosa, que es poco habitual en Chile, entre lo popular y lo letrado. Le debe mucho a la cultura popular del norte, a la forma de habla del norte, pero a su vez fue una persona tremendamente educada. Ella leyó textos muy complejos a temprana edad. Fue parte también de una logia teosófica. Su universo es muy singular porque aglutina tanto temas como usos del lenguaje. Eso la hace muy interesante, además de su profunda creatividad. Mistral logra reconocer la tradición poética, y al mismo tiempo innovarla. Toma muchos géneros, por ejemplo, el del soneto. Prácticamente la mayoría de los poetas han escrito sonetos, y Petrarca lo inmortaliza en el siglo XIV para hablar de amor. Si piensas en “Los sonetos de la muerte” escritos por Mistral a una temprana edad, tenemos ahí a una joven que conoce esta tradición, que la emplea, pero que también la subvierte. No es el poema a la amada pasiva y bella de Petrarca, sino una ceremonia fúnebre para un hombre hermoso, joven, que el hablante lírico cela después de su muerte.

¿Qué aspectos de su obra crees que no se conocen lo suficiente?

—Hay muchas prosas de Mistral que no se conocen. En las escuelas de educación se conocen sobre todo sus pensamientos pedagógicos —pensemos también que en la época de Mistral no había tantos escritores que escribieran sobre niños, para niños—, pero es muy poco conocido su pensamiento político, que está en la prosa, y que también subyace en Poema de Chile. Por ejemplo, su reclamo a favor del campesinado, de los indígenas. También, su imaginación poética, que en muchos textos de Tala y Lagar sobresale y es inédita en la tradición chilena. Pienso en un poema como “La muerte niña”. Siempre les hablo a mis alumnos de él, porque es un texto que personifica a la muerte en una niñita, que nadie se atreve a matar y que cuando llega a los 30 años, dice el texto, nunca más se moriría, y empieza a causar estragos en la Tierra. Plantear a la muerte como niña es una cosa inédita en la tradición poética. Entonces, creo que la imaginación creadora de Mistral es algo que todavía tenemos que descubrir como lectores. En ella también hay un pensamiento muy latinoamericanista. Su admiración por Martí, por Alfonso Reyes, por ejemplo. Las relaciones con estos hombres que fueron pensadores del siglo XX y XIX, y que sentaron las bases de lo que se entiende por Latinoamérica en términos de imaginario. También su labor como gestora cultural se conoce poco, o cómo ella leía a sus contemporáneos, a ciertos amigos poetas, cómo les comentaba los textos. Hay mucho por descubrir todavía.

Es alguien que tiene muchas facetas, y que con la apertura de los archivos ha tenido una suerte de boom editorial. Hay ediciones centradas en su aspecto ecologista, religioso, feminista o indigenista. En ese sentido, ¿qué aristas de su pensamiento podrían ser necesarias para el Chile de hoy?

—Creo que todas y cada una de ellas. Tiene un discurso muy potente de amor a la tierra y al cuidado de la tierra. Me llama la atención, en Poema de Chile, esa atención a lo menor y al cuidado que deberíamos tener con respecto a lo pequeño. Por ejemplo, que ella se detuviera poéticamente en las hierbas o en animales tan chiquitos, tan pequeños, como la chinchilla. Nos habla del amor por lo que existe, por la creación, por la naturaleza. Es un aspecto muy necesario. También me parece muy importante, para este momento en que vivimos épocas muy materialistas, su búsqueda espiritual, más allá de que uno coincida o no con lo que ella creía. Pero ese gesto de buscar completar el ser con lo que no se ve, con lo espiritual, me parece muy necesario en el Chile de hoy. Creo que también se sabe, pero no se dice lo suficiente, que Mistral fue una lectora voraz y una estudiante tremenda. Eso se ve en los subrayados que había en los textos de su biblioteca personal o en los cuadernos de apuntes que están en el legado. Hoy en día la gente quiere todo fácil, copiar y pegar, o que la IA le resuma un texto de 300 páginas para no leerlo, porque ven en eso algo muy trabajoso y una tarea desagradable. Pero ese amor de Mistral por los libros, por darse esa tarea, de leer, de estudiar, de investigar, de relacionar textos, también es necesario. Ella seguía un camino quizás más lento, más dificultoso, pero que la enriqueció profundamente. Hablamos no solamente de un artista excepcional, sino de una mente brillante.