Tiempos de crisis: ¿Cómo afecta la in/movilidad la vida en ciudad?

“El mundo político, empresarial y académico no ha sabido entender cómo la ciudadanía habita los territorios, algo que se volvió evidente en la crisis social que comenzó en Chile a partir del 18 de octubre. Tampoco estamos entendiendo las dificultades que enfrentan, en lo cotidiano, la mayoría de los habitantes”.

Por Paola Jirón

Esta pandemia global revela lo fundamental que resulta hoy la movilidad en todos los aspectos del mundo social, en múltiples escalas, con diversas relaciones y dimensiones, y al mismo tiempo enciende la alerta sobre los efectos impredecibles que su restricción implica en términos de desigualdades. Esto no sólo se refiere a lo esencial de la movilidad con relación al uso del espacio público y el transporte –que muchos hemos tenido que abandonar–, sino que también a comprender que, pese a que nos quedemos quietos, muchas otras cosas se siguen moviendo, lo que permite que muchos nos mantengamos fijos. Esta es parte de la importancia de los territorios relacionales y móviles en el nivel macro de la vida cotidiana.

Crédito de foto: Alejandra Fuenzalida.

El territorio relacional va mas allá de entender a la ciudad meramente como contenedora, como un lugar donde sucede la vida, como un espacio visto desde arriba que podemos controlar o definir cómo se va a comportar. Entender el territorio relacional implica reconocer que este nos impacta así como nosotros lo impactamos con nuestras prácticas y que lo que sucede en un lugar tiene impactos en otro, aunque sea lejano y a veces imperceptible. También implica entender que no es igual para todos y que diversas personas lo viven de manera distinta según sus múltiples identidades. Y, sobre todo, es comprender que el territorio es dinámico. Es decir, que los territorios no son fijos, ya que quienes los habitamos, humanos y no humanos, los vivimos en constante movimiento.

En esta línea, la movilidad o, más precisamente, las movilidades, pueden ayudar a comprender la importancia del territorio en la crisis actual. La movilidad no se refiere sólo a la manera en que las personas, sus cuerpos, las cosas –incluidos los virus– y las enfermedades se mueven, sino que también a cómo se encuentran interrelacionadas y son interdependientes con la movilidad –virtual, imaginativa y comunicativa de recursos, ideas, conocimiento, dinero, trámites, pedidos– todos los otros movimientos que nos permiten desplazarnos en el mundo actual. En concreto: ¡todo se mueve! Y, al mismo tiempo, estas movilidades también se encuentran inexorablemente vinculadas a múltiples formas de inmovilidad.

Esto quiere decir que para que yo pueda funcionar desde mi casa, otros se siguen moviendo, incluidas aquellas personas que retiran la basura, realizan repartos a domicilio, manejan buses, son funcionarios públicos o profesionales de la salud y, también, los bancos que siguen circulando dinero, los medios de comunicación que siguen transmitiendo imágenes o los miles de mensajes que continúan circulando por las redes sociales para mantener la cercanía social pese al distanciamiento físico. En otros términos, aquellas personas que podemos permanecer fijas en estos momentos somos las privilegiadas, tenemos el lujo de poder mantenernos en casa.

Es precisamente este privilegio de inmovilidad el que nos ha develado la fragilidad, precariedad y desigualdad del sistema en el que vivimos hoy, ya que la salud, el comercio, los cuidados, el transporte y el empleo son demasiado frágiles, lo que hace que en menos de una semana millones de personas hayan quedado sin remuneración y a merced de sistemas que no dan abasto. La precariedad se expresa en las formas de vivir, donde los más pobres tienen que seguir funcionando, arriesgando su salud y la de los demás; muchas mujeres tienen que dedicarse al cuidado de los niños y enfermos y, además, seguir trabajando; muchos adultos mayores, que ya se encontraban solos, tienen que aislarse aún más para no morir; incluso algunas mujeres deben permanecer encerradas con sus posibles victimarios. 

«Para que yo pueda funcionar desde mi casa, otros se siguen moviendo. En otros términos, aquellas personas que podemos permanecer fijas en estos momentos somos las privilegiadas, tenemos el lujo de poder mantenernos en casa»

Se habla de aislamiento, pero la reclusión no es posible para todos. Dejar en cuarentena a algunos para que no continúe el esparcimiento del virus se presenta como la única solución. Sin embargo, esta mirada fija del territorio no concuerda con la dinámica móvil del virus y de las personas que lo portan. En otras palabras, es difícil pensar que dejando a algunos pocos inmóviles en sus casas vamos a controlar el contagio, ya que el resto de la población se sigue moviendo. Esta es precisamente una forma en que los fijos pueden permanecer en sus privilegios. Sin embargo, este privilegio de la inmovilidad durará muy poco porque el territorio se mueve, porque todo se mueve.

Al ser interdependientes, cada vez que solicitamos un delivery, que pasan a retirarnos la basura, que los conserjes de edificios llegan a trabajar o que alguien cruza la zona de cuarentena, las probabilidades de que el virus circule aumentan. La preocupación en estos momentos es que aquellos que están en estas zonas no salgan, pero quienes están guardados también pueden contagiar a los que están fuera sólo por la interdependencia de la movilidad. 

Esta crisis devela grandes desigualdades territoriales no únicamente por la falta de atención a los campamentos sin agua, la mala dotación de servicios de salud y otras infraestructuras en áreas más pobres de la ciudad, sino que, principalmente, por no contemplar que el territorio se mueve a medida que las personas se mueven y que, entonces, muchas personas están obligadas a moverse para subsistir. Esto significa que muchos tienen que salir a trabajar en auto, bici, caminando o en transporte público, y que muchos también tienen que hacer trámites, ir al médico, sacar licencias, permisos, cobrar cheques o seguir tratamientos. 

Se habla de formas de controlar el territorio desde la inteligencia territorial, es decir, a partir de sistemas tecnológicos inteligentes. Y sería muy útil contar con dicha información, sin embargo, por mucho que existan los softwares y capacidad técnica de manejar grandes bases de datos inteligentes –que permitan hacer proyecciones, modelar el futuro y controlar a la población–, nuestros datos y formas de enfrentar la crisis son precarias, particularmente cuando no existe claridad respecto a cómo manejar dicha crisis. Hemos visto que no sabemos cómo pararnos en una fila para comprar en el supermercado manteniendo la distancia; cómo los lugares donde es necesario hacer trámites no cuentan con los implementos de seguridad para sus empleados y menos para los clientes; y cómo los centros médicos que debieran hacerlo, no cumplen los protocolos. No se trata de que los datos no sean fidedignos, sino que son incompletos. Existe mucha información difícil de obtener de los sistemas de grandes datos que resultan cruciales al momento de tomar decisiones, más allá de controlar y saber dónde están las personas a cada momento. 

La académica e investigadora, Paola Jirón.

Esto significa que los habitantes de la ciudad llevamos en nuestros cuerpos un tipo de inteligencia que nos permite enfrentar esta crisis de otra manera o de formas complementarias. Pero el mundo político, empresarial y académico no ha sabido aprovechar dichos saberes ni entender cómo la ciudadanía habita los territorios, algo que se volvió evidente en la crisis social que comenzó en Chile a partir del 18 de octubre. Tampoco estamos entendiendo las dificultades que enfrentan, en lo cotidiano, la mayoría de los habitantes. Débilmente comprendemos la diversidad de experiencias de este habitar, pues no todos habitamos de manera similar. Las decisiones de la vida cotidiana se toman considerando muchas dimensiones con las que vivimos todos los días, y aún no comprendemos cómo las materialidades, los objetos, el espacio generan e inhiben posibilidades para las personas. 

La forma en que expertos de distintas disciplinas descomponen su especialidad, fragmentan el territorio como forma de comprender la ciudad y la intervienen con sistemas e infraestructuras aisladas entre sí da cuenta de la exigua comprensión que existe respecto a cómo vivimos desde esta forma parcial y sectorial de pensar e intervenir, la que fragmenta aún más la vida de las personas y, por ende, las precariza. 

Que Chile se sorprendiera con una crisis que no veía venir nos develó la poca conexión que existe entre las disciplinas que mantienen fragmentados su análisis y aplicación a políticas públicas. La inteligencia territorial debiese ir más allá de contar con datos macro sobre cómo se comportan de manera agregada los individuos. Es fundamental contar con la inteligencia situada, proveniente de lo/as mismos habitantes para enfrentar esta crisis. No es que el conocimiento de los expertos no sirva, sino que es incompleto y requiere complementarse y mediar con muchos otros conocimientos. Y eso es urgente hoy: reconocer el habitar y en particular el conocimiento habitado.

Este conocimiento nos muestra fragilidad y precariedad en nuestro habitar y, a la vez, nos devela otras formas de vivir entre nosotros y nos demuestra altos niveles de colaboración, solidaridad, preocupación por el prójimo; ingenio y astucia para enfrentar la crisis; formas alternativas y creativas de movimiento que nos permitirán salir mejor de esto. De estos saberes podemos aprender tanto en tiempos de crisis como en los momentos en que tengamos que retomar la vida, que definitivamente será distinta. Y la manera de pensar las ciudades debe empezar a comprender estas formas móviles en que se habitan los territorios, no sólo para algunos privilegiados, sino que para todos.

Las desigualdades sociales que el Covid-19 evidenció

El Estado de Emergencia decretado el 19 de marzo pasado, sumado a las medidas de cuarentena o aislamiento social que ha tomado el Gobierno, han obligado a la mayoría a adoptar nuevas rutinas de vida y replegarse al interior de sus hogares, en estado de alerta constante. Sin embargo, la crisis sanitaria ha evidenciado aún más las desigualdades sociales que se reproducen en nuestra sociedad. En esta entrevista, la psicóloga social y académica de la U. de Chile, María José Reyes, se detiene en aquellos que han convertido la precariedad y la sobrevivencia diaria en su propia cotidianeidad: “El Gobierno debe dejar de operar a través de valores que sostienen una forma privilegiada de vivir y asumir que hay vidas cotidianas heterogéneas”, plantea.

Por Florencia La Mura

Para nadie ha sido fácil afrontar la crisis del Covid-19, adoptar las medidas de confinamiento social, reordenar las labores diarias y muchas veces enfrentarse a evaluar cómo se ha estado viviendo hasta hoy. Las diferentes realidades de clase y género saltan a la vista y se han agudizado problemáticas como la precariedad laboral, la violencia intrafamiliar o la simple carencia de un techo seguro donde cobijarse. María José Reyes, Doctora en Psicología Social por la Universidad Autónoma de Barcelona, lleva un tiempo investigando estos temas en su proyecto Vidas cotidianas en emergencia: territorio, habitantes y prácticas, que le ha permitido qué sucede en observar barrios críticos o territorios que el Estado califica de «vulnerables». Allí, la presencia de fuerzas de orden es habitual; se vive en una especie de Estado de Emergencia constante y por lo mismo sus habitantes han debido construir otros sentidos de realidad. En estos días, la psicóloga invita a abordar la crisis del Coronavirus tomando en cuenta otras formas de vida que están lejos de ser excepcionales. 

“Hay personas que han vivido años en emergencia y es necesario escucharlas”, plantea la psicóloga social María José Reyes.

Desde el estallido social, muchos vivimos en estado de alerta constante, lo que se agudizó con la alerta sanitaria: situaciones de incertidumbre, miedo, estrés. ¿Cómo podemos entender las similitudes en ambos casos y desentrañar lo que todo esto nos hace sentir?

Lo evidente, en términos de similitud, tanto en el estallido social como en la emergencia sanitaria, es la ruptura de la vida cotidiana. Una de las características de la cotidianidad es justamente su rutina, una rutina que suele ser cíclica y cuya constitución depende de las condiciones sociales, políticas, económicas y culturales en las cuales nos encontramos. La rutina involucra saberes que operan como certezas y que tienen como fin accionar sin mayores interrogantes y cuestionamientos. Justamente, cuando se produce alguna ruptura en nuestra cotidianidad, surgen interrogantes, cuestionamientos sobre qué hacer y cómo hacerlo, generando un estado de alerta constante para lograr accionar y lograr vivir el día. Y cuando la ruptura de la cotidianidad no involucra sólo la propia rutina (por ejemplo, el nacimiento de un hijo, la partida de alguien cercano, etc.), sino una escala nacional y global, lo más probable es que dichas sensaciones y emociones se vean aún más intensificadas. 

Ahora bien, en nuestro caso me parece que esas rupturas de la cotidianidad tienen una particularidad: el estallido social es propiamente político, donde movimientos sociales, la ciudadanía, e incluso las personas de a pie rompen con una cotidianidad para interrogar las certezas con las que todos vivíamos día a día. En pocas palabras, se instalaron interrogantes respecto al modelo neoliberal al que con nuestras particulares formas de vida damos energía. Y en medio de estas preguntas estalla una emergencia sanitaria que nos tiene confinados a cada una/o en nuestros hogares, instalando nuevas preguntas, muchas de las cuales, en lo sustantivo, potencian las anteriores: ¿es posible que ante una pandemia la salud dependa de las condiciones económicas de cada cual? ¿Hasta cuándo la salud es un privilegio de quienes tienen recursos económicos? ¿Cómo dar razonabilidad a estrategias de Gobierno que evidencian una y otra vez la importancia de ganar beneficios económicos o, al menos, de perder lo menos posible, en vez de priorizar las vidas? De este modo, el estallido social y la crisis sanitaria han instalado la emergencia como parte de nuestro día a día y se ha vuelto algo común preguntarse, incluso con quienes uno no conoce, cómo seguir viviendo en un modelo económico que produce profundas desigualdades e inequidades.

«Es crucial que el Gobierno no sólo conozca las diversas realidades, sino que las considere a la hora de tomar decisiones»

—¿De qué manera se puede encontrar algo de sentido en la situación actual, que involucra no sólo una pandemia global sino situaciones de confinamiento y Estado de Emergencia en el caso chileno? 

Las cotidianidades en Chile son muy disímiles, justamente por las desigualdades que se han generado a propósito del modelo económico-político que nos gobierna. Comento ello pues “dar un sentido” en medio de la emergencia tendrá distintos significados. Para algunas/os, posibilita la detención y el refugio en el hogar, lo que permite interrogarse sobre la forma en que se vive, vivenciar un tiempo que posibilita reconocerse con quienes se convive día a día e incluso reconocerse a una/o mismo. Para otras/os, puede ser una forma de vivenciar, en un mismo espacio/tiempo, los diversos roles que deben enfrentarse –por ejemplo, trabajadora, madre, dueña de casa, profesora de las/os niñas/os– y comenzar a aprender otras formas de hacer. Pero también están quienes (la gran mayoría, por cierto) han vivido constantemente en la “emergencia” de sostenerse y sostener a los suyos, donde el trabajo realizado alcanza para el día, donde la gran pregunta que surge es cómo seguir, pues la emergencia sanitaria lo que hace es, básicamente, precarizar más sus condiciones. Puesto así, me parece que “el sentido” habría que trabajarlo colectiva y cotidianamente, y no sólo desde el ámbito personal. Desde la mirada y el saludo al vecino/a hasta acciones que nos permitan reconocernos con otras/os e inventar formas que nos posibiliten una vida vivible.

Considerando que vivimos dentro de un modelo social-económico que fomenta el individualismo, ¿de qué manera se puede entender el rol que tiene cada uno desde un enfoque colectivo?

No es sencillo que de la noche a la mañana se generen cambios radicales en nuestras formas de vivir. Que se haya producido el estallido social no implica aún una transformación en las dinámicas y formas de relación entre nosotras/os y el mundo. Menos aún que el Gobierno actual actúe asumiendo las interrogantes que se hacen al modelo que encarna. Me parece que una forma de ir tendiendo a lo colectivo es estar atentas/os a acciones que descoloquen, pues su punto no es el propio beneficio –económico y/o social–, sino más bien la búsqueda de formas que potencien la vida de todas/os. Acciones como, por ejemplo, la que realizaron mujeres de La Legua en la primera semana del estallido social, cuando se instalaron cerca de Plaza de la Dignidad para repartir comida a las/os manifestantes. Más que tocar las ollas, eran ollas con comida, pues saben de la importancia de alimentarse para resistir. 

El confinamiento social debe ir acompañado de la idea de cuidado, no sólo a nosotros mismos, sino para proteger al otro.

A diferencia del estallido social, que volcó a la gente fuera de sus casas, esta crisis nos tiene replegados al interior. ¿Qué tipo de aproximación podemos tener ante una amenaza que no vemos, pero con la que nos relacionamos a través de fenómenos como toque de queda, cierre de locales, filas en los servicios básicos o potencial colapso del sistema de salud?

Lo intangible se ha hecho tangible en la cifra que apunta cada día a contagios y en aquella que nos señala cuántos han fallecido debido al Covid-19. Y creo que cada vez se hará más tangible en la medida en que las/os contagiadas/os sean parte de nuestro mundo más próximo. La aproximación que podría potenciarse es, más que “cuidarse”, “cuidarnos”, lo que implica no sólo a uno mismo, sino también a otras y otros. No salir a la calle, para quienes pueden, no es únicamente para no contagiarse, sino que para no contagiar a otras/os. Protegerse en la calle o en el trabajo en estos tiempos de alerta sanitaria no es sólo por una/o, sino también por nuestras/os cercanas/os y aquellas/os a quienes no conocemos ni conoceremos. 

En el contexto actual, ¿cuáles son los pros y contras de mantenerse pensando sólo en lo cotidiano, viviendo el día a día?

En una sociedad como la nuestra, enmarcada en un modelo político-económico neoliberal, se suele potenciar la idea de que toda acción que se realiza en el presente debe considerar el futuro. A tal punto ha llegado esa concepción, que también suele plantearse que estar enfocado continuamente en acciones hacia el futuro –en aquello que podemos llegar a ser y/o tener– implica perder vivencias del presente en la medida en que “no tenemos tiempo” para ello. En este sentido, pero en función de la posición social en la que se está, para alguno/as la situación de emergencia ha posibilitado detenerse en el propio presente y vivir experiencias poco posibles en el ajetreo diario, aunque esto, a su vez, genera cierta ansiedad e incertidumbre por aquello que está por venir. En otro extremo, hay quienes hace años viven sin el futuro como referencia o, para ser más precisa, viven con un futuro más inmediato: mañana, una semana, un mes, y en este contexto para ellos todo se hace más arduo, precario e incierto. Sin embargo, y aquí hay algo que hay que considerar, estas personas que han vivido por años “en emergencia”, sin un futuro como lo solemos entender, han logrado sostener sus vidas. De ahí que sea necesario escucharlas/os antes de llegar con políticas públicas que buscan la intervención de estos habitantes y territorios, pues algunas de sus prácticas nos muestran formas concretas de ir generando un cambio desde lo cotidiano. Formas y dinámicas relacionales de estas vidas en emergencia que podríamos detenernos a escuchar antes que a juzgar e intervenir. Por ejemplo, hoy en día, dichas vidas nos muestran cómo nuestro desarrollo no sólo es posible al proyectar futuro, sino también cuando el objetivo es sortear el día a día.

¿Cómo evalúas hasta ahora el mensaje oficial del Gobierno, que apela a quedarse en casa para protegernos del Covid-19? ¿Puede el grueso de la población acatar de manera efectiva esta medida? 

Una cuestión que es fundamental, y que me parece que no ha hecho el actual Gobierno, es asumir la heterogeneidad de formas de vida que coexisten en nuestro territorio. En este sentido, opera una distinción gruesa donde se califica a una “población vulnerable”, la cual requiere “protección” a través de “intervenciones” en distintas dimensiones. El punto es que, en muchas ocasiones, esas intervenciones vienen diseñadas considerando particulares valores que pueden no hacer sentido a la cotidianidad de las personas. Es crucial que el Gobierno no sólo conozca las diversas realidades, sino que las considere a la hora de tomar decisiones. Y, por otro lado, que sea consistente en sus planteamientos. En esta crisis sanitaria, el Gobierno es un actor relevante, que puede facilitar o bien desestabilizar la emergente cotidianidad en emergencia.

En este contexto, ¿cuáles son los desafíos puntuales de problemas concretos como la violencia intrafamiliar o la enorme cantidad de personas en situación de calle?
Por una parte, en una lógica como la actual, donde lo importante es la “propia” vida o la de los próximos, es difícil y casi un proyecto titánico enfrentar las violencias como colectivo. Es de suma relevancia que los discursos sobre lo “neoliberal” y lo “patriarcal” puedan encarnarse en nuestros gestos cotidianos de modo que asumamos que la responsabilidad de esas violencias son sociales y no sólo de quienes las actúan. Por otro lado, si se considerase la heterogeneidad y diversidad de cómo viven las personas, quizás se habría planteado una consigna que posibilite aquello, como, por ejemplo, “quédate en un lugar seguro”, pues justamente la casa, tal como se ha mostrado en nuestro país, no necesariamente es un lugar de cobijo y protección. En la medida en que el Gobierno deje de operar a través de valores que sostienen una forma privilegiada de vivir y asuma que hay vidas cotidianas heterogéneas y diversas, sus intervenciones podrían facilitar el camino a la igualdad, la equidad y la democracia.

Pandemia y violencia contra las mujeres

“Resulta fundamental reflexionar sobre cómo todas las formas de violencia que sufrimos las mujeres se trasladan al espacio doméstico, en tanto la cuarentena determina la reunión en un solo lugar de todos los roles que ejercemos las mujeres en una sociedad patriarcal, capitalista y colonial como la nuestra”

Por Silvana Del Valle Bustos

Durante los últimos días hemos asistido a una creciente preocupación por el potencial aumento de la violencia doméstica ante la necesidad de implementar medidas de distanciamiento social para reducir el contagio por el Covid-19. Entre ellas, la cuarentena, que implica el encierro en el espacio doméstico por tiempos que mujeres y niñas no experimentábamos de manera masiva por décadas, enciende las alertas en tanto se identifica el hogar como el lugar en que más se produce violencia contra nosotras. Sin embargo, estar en cuarentena y con toque de queda no sólo nos pone en mayor riesgo de violencia doméstica, sino que implica vivir una síntesis de la violencia estructural que el actual modelo capitalista, patriarcal y colonial ejerce sobre las mujeres. 

En Chile, el rol subsidiario del Estado neoliberal, que deja incluso la satisfacción de las necesidades más básicas a los dueños del mercado, desató una profunda crisis sociopolítica, la que se ha manifestado durante los ya cinco meses de revuelta popular. Las desigualdades e injusticias del modelo, que se hicieron ineludibles desde el 18 de octubre de 2019, hoy se evidencian de forma extrema, siendo la crisis sanitaria una amenaza mayor para los sectores más explotados: quienes deben sobrevivir su vejez con pensiones de miseria, quienes subsisten con trabajos precarios e informales o quienes asumen las tareas de cuidado y reproducción de la vida a diario, entre otros. En todos estos casos se trata, nuevamente, en mayor medida de mujeres.

Crédito: Red Chilena contra la Violencia hacia las Mujeres

La crisis social que estalló en octubre y la crisis sanitaria que nos afecta actualmente han dejado claro que el problema no radica únicamente en la incapacidad del gobierno de Sebastián Piñera ni en su desidia para establecer las medidas mínimas que nos permitan avanzar hacia una mayor equidad y justicia social, sino también en un amplio sector político-económico, parte y sustento del sistema imperante que produce y reproduce la desigualdad. Hoy, el modelo históricamente impuesto con sangre por quienes gobiernan ha mostrado descarnadamente los intereses que defiende, priorizando las ganancias de las empresas por sobre la salud de todas y todos. 

Así, no resulta casual la negativa inicial a cerrar centros comerciales y grandes empresas; la implementación de cuarentenas parciales que exigen a trabajadores y trabajadoras seguir trasladándose y motivan al hacinamiento para el pago de cuentas o provisión de alimentos; la falta de control de precios sobre insumos médicos básicos; el silencio ante el reclamo de comunidades privadas de acceso al agua en tiempos donde la higiene es esencial; la desprotección a trabajadoras/es, quienes deben negociar individualmente su aislamiento con las grandes empresas, respaldadas además por la Dirección del Trabajo al permitir despidos masivos sin indemnización; la falta de alternativas para trabajadores/as informales, independientes y con contratos a honorarios, mientras se ofrecen subsidios y contrataciones a los grandes conglomerados; la falta de un plan de contingencia que pueda suplir la necesidad de cuidados de niñas, niños y niñes ante el necesario cierre de las escuelas; la ausencia de medidas económicas que permitan disminuir el endeudamiento o acceder a servicios básicos como agua, techo y alimentación. En suma, medidas tardías en que el Estado subsidia al empresariado y que incluso nos exponen aún más al contagio del Covid-19, y que nos demuestran, nuevamente, cómo el neoliberalismo se contrapone a los intereses de la gran mayoría de las personas.

Es más, ante estos cuestionamientos, que son parte de las demandas que explotaron el 18 de octubre, el gobierno de Piñera, tal como viene haciendo durante todos estos meses de revuelta social, declara Estado de Catástrofe e impone la militarización del territorio, ofreciendo más represión, sanciones y cárcel a quienes no acaten las escasas y tardías medidas propuestas por sus ministros.  

Consecuentemente, ninguna de tales medidas considera, pese a que ya se venía advirtiendo por el movimiento feminista a raíz de la experiencia asiática y europea, el particular impacto que el confinamiento doméstico tiene en la vida de las mujeres. Los mayores niveles de violencia física y psicológica reportados en varios países trajeron consigo como única reacción del gobierno el incremento de la actividad del número telefónico del Ministerio de la Mujer y Equidad de Género, el que continúa identificando el problema de la violencia contra las mujeres únicamente con la violencia intrafamiliar y, específicamente, la violencia íntima de pareja. Pero esta medida no sólo mantiene el estilo tecnócrata del ministerio, el que se ha denunciado por años a raíz de la precariedad laboral en que se encuentran sumidas sus trabajadoras y trabajadores, o los escasos recursos destinados a casas de acogida y planes educacionales efectivos, entre otros, sino que además demuestra el desconocimiento de otras formas de violencia que se ven incrementadas con la cuarentena.

«Ya que, mientras dure la cuarentena, mujeres y niñas se ven obligadas a ocupar el mismo espacio durante todo el día no sólo con esposos o parejas maltratadoras, sino también con padres, padrastros, hermanos, hijos, sobrinos, tíos y abuelos agresores sexuales, preguntarse sobre nuestra sobrevivencia resulta indispensable»

En este sentido, resulta fundamental reflexionar sobre cómo todas las formas de violencia que sufrimos las mujeres se trasladan al espacio doméstico, en tanto la cuarentena determina la reunión en un solo lugar de todos los roles que ejercemos las mujeres en una sociedad patriarcal, capitalista y colonial como la nuestra. Al menor salario en el trabajo remunerado y al mayor acoso que vivimos las mujeres en dicho espacio, se suma el hecho de que históricamente se nos ha impuesto hacernos cargo de las labores domésticas y el cuidado de niños, niñas, enfermas/os y ancianas/os. ¿Cómo llevarán el estrés y hacinamiento las mujeres que retornan a sus hogares desde los trabajos para seguir trabajando en los cuidados de otros y otras? ¿Cómo podrán sobrevivir las migrantes que no están hoy ejerciendo el trabajo informal con que alimentaban a sus familias, las profesionales jóvenes que no pueden hoy prestar servicios a honorarios, las mujeres que no tienen un hogar, las privadas de libertad, las trabajadoras de casa particular obligadas a trasladarse hacinadas en la locomoción colectiva a los barrios donde se inició el contagio, las feriantes o almaceneras cuyos puestos han debido cerrar? 

Crédito: Amanda Aravena

Si a esto sumamos que, mientras dure la cuarentena, mujeres y niñas se ven obligadas a ocupar el mismo espacio durante todo el día no sólo con esposos o parejas maltratadoras, sino también con padres, padrastros, hermanos, hijos, sobrinos, tíos y abuelos agresores sexuales, preguntarse sobre nuestra sobrevivencia resulta indispensable. Sobre todo con un Estado que, como hemos denunciado por décadas, además de no cumplir su obligación de prevenir, investigar y sancionar la violencia contra las mujeres, también nos persigue y agrede mediante las fuerzas policiales y militares, tal como se ha constatado en todas las movilizaciones sociales y estados de excepción.

En definitiva, el necesario confinamiento para prevenir la pandemia se transforma en un catalizador de todas las formas de violencia que vivimos las mujeres, debido a que la estructura social neoliberal, patriarcal y colonial no genera paliativo alguno para la situación, sino que más bien se apoya en la responsabilidad de las mujeres en el cumplimiento de sus roles asignados. En este juego, la posición del Estado es la de guardián de la mantención de tales roles, por lo que no debemos confundir la reacción de gobernantes neoliberales ampliando la posibilidad de intervención estatal con la renuncia al control neoliberal de nuestras vidas. Es más, Donald Trump ya expresamente ha dicho que el propósito de la intervención gubernamental “no es debilitar al libre mercado, sino preservarlo”. La actual crisis, entonces, devela en la vida de las mujeres una cuestión que el estallido social ya venía expresando: el fracaso de este modelo, cuyo centro es el beneficio de unos pocos a costa de la vida de la mayoría. En este contexto, no obstante, ante la negligencia e inoperancia de quienes nos gobiernan, un aprendizaje histórico de otros tiempos de crisis es que la construcción de organización territorial y comunitaria es una herramienta basada en la solidaridad y expresiva de la dignidad de las personas en situaciones críticas a través de la generación de redes de apoyo, estrategias de cuidado colectivo y alternativas de economía comunitaria, entre muchas otras.

Quedarse en casa es una de las medidas necesarias y efectivas para paliar los riesgos de la Pandemia, y aunque implica aumentar el riesgo de violencia para las mujeres y niñas, nos otorga la oportunidad de reafirmar que el retorno al hogar no puede significar relegar nuevamente este espacio a lo privado y personal, sino que es imprescindible su politización. Y es esta politización, en que la participación activa de las mujeres resulta un requisito intransable, la que permitirá la construcción de una nueva forma de vida, ya no basada en la explotación de las personas y depredación de la naturaleza, sino en la justicia y la dignidad.

“Tenemos que intentar aprovechar esta crisis para refundar las democracias”

Madrid es hoy una de las ciudades más golpeadas por el Covid-19, que no es otra cosa que la plaga, el miedo, la muerte, el dolor. Madrid es hoy, también, una ciudad que se saluda entre balcones, que llora acompañada y vuelve a soñar día por medio. Desde ahí, Rosa Montero, editora, periodista, psicóloga, progresista, celosa de la soledad que antes buscaba para pensar y escribir, habla desde aquel lugar al que no queremos llegar. “Necesito tus noticias desde el futuro”, le digo cuando la llamo desde Chile, al fin del mundo, que ella conoce bien.

Por Ximena Póo Figueroa

Desde Madrid, asolada por el virus, la muerte, el desasosiego, pero también con la esperanza colgada desde los balcones, la escritora Rosa Montero (1951) vive su encierro en un estado de alerta cotidiano y estatal en días en que colapsa uno de los sistemas de salud más destacados del mundo en materia de seguridad social; en días en que se sienten los cantos de ventana a ventana que ratifican que no hay metáfora posible cuando se precisa relevar el sentido de comunidad que recorre Europa y que es especialmente visible en la capital española, en la Comunidad Autónoma de Cataluña, en Francia o en Alemania. “Es una situación única que nos ha cogido a todos por sorpresa, y absolutamente devastadora en todos los sentidos. Queda todavía mucho sufrimiento en el mundo”, reflexiona mientras afuera, en las calles madrileñas, ya no hay tráfico, bocinazos, estudiantes, oficinistas ni terracitas para un café. Sólo se escucha ese golpeteo infame de los minutos, sabiendo que al final del día el conteo de muertes no parará, que el Palacio de Hielo recibirá cuerpos para resguardar las memorias que en ellos habitaron. Afuera, en las puertas enfrentadas de los edificios, en la ropa tendida en los patios interiores, sólo sobrevivirá el miedo al descuido y el anhelo de un abrazo diario por recobrar.

La escritora y periodista Rosa Montero. Su última novela editada en 2018 es Los tiempos del odio. Crédito de foto: Patricia A. Llaneza.

Rosa Montero, galardonada en 2017 con el Premio Nacional de las Letras, es una mujer “bien plantada”, como se suele decir en España; una mujer cuya trinchera ha sido el periodismo, la democracia, la humanidad puesta a prueba en sus crónicas, entrevistas, ficciones. Nació en Madrid y estudió periodismo y psicología. Su biografía se escribe en su propia página de Internet y se saluda con respeto y cariño entre quienes la conocen. Desde finales de 1976 trabaja de manera exclusiva para el diario El País, en el que fue redactora jefa del suplemento dominical durante 1980-1981. En 1978 ganó el Premio Mundo de Entrevistas, en 1980 el Premio Nacional de Periodismo para reportajes y artículos literarios y en 2005 el Premio de la Asociación de la Prensa de Madrid por una vida dedicada al periodismo, a liderar equipos con la generosidad de una maestra rigurosa y centrada en el humanismo y la responsabilidad que conlleva cada palabra para quien la dice, la escribe, la edita y la publica.

Rosa, vivir esta pandemia en Madrid justo ahora, en medio de un mundo hiperconectado pero en el que a la vez conviven desde el primer al quinto mundo, parece irreal, pero no lo es. Tú estás en Madrid, donde ha pegado fuerte, donde se dice que las «ventanas rotas» del sistema social, político y económico han hecho que todo sea más precario para soportar este golpe. ¿Cómo lo has vivido desde este encierro tuyo que es el encierro de millones?

Cómo lo estoy viviendo, dirás. Estamos todavía todos al comienzo de una crisis muy larga. Pues verás, a mí me encanta aislarme, precisamente. Lo que intento hacer en mi vida normal es liberar una serie de semanas y me voy con mis perras a un refugio secreto que tengo y me paso allí sola muchos días, sólo saliendo a pasear a las perras, haciendo gimnasia, escribiendo y leyendo. Y soy feliz. Pero en este confinamiento ha sido muy difícil concentrarse, porque irrumpía el ruido del mundo, el dolor, la tristeza y la preocupación. Esta falta de concentración, por lo que he podido hablar con la gente, es algo muy común. Ya me he ido centrando, en fin. He terminado una novela (la terminé ayer) y empiezo a estar más con los pies en la tierra. Pero es una situación única que nos ha cogido a todos por sorpresa, y absolutamente devastadora en todos los sentidos. Queda todavía mucho sufrimiento en el mundo. Pero lo superaremos, porque en breve, digamos año y poco, habrá vacunas y tratamientos terapéuticos eficaces. 

Tú misma has recordado hace poco que Stephen Hawking decía que «la humanidad no va a desaparecer por el impacto de un asteroide, sino por un virus». Pues bien, los virus y las bacterias nos han atacado a lo largo de la historia y seguimos avanzando. ¿Piensas que hoy sería distinto por el alcance de esta pandemia o bien por la expansión del miedo, la lucha por el poder de las farmacéuticas? 

No es distinto para nada a las pandemias anteriores, ahora simplemente estamos más comunicados, lo que hace que el contagio sea global, pero también tenemos muchas más armas para luchar contra la pandemia. La Gran Peste de 1348 mató en un solo año entre la mitad y las dos terceras partes de los habitantes de Europa. Eso fue muchísimo peor. Europa tardó más de un siglo en recuperarse.

Crédito de foto: Patricia A. Llaneza.

Desde la ficción, pero desde los datos también y desde cómo se mueve el juego geopolítico que bien conoces has entrevistado a líderes como Arafat, Jomeini, Indira Gandhi, Malala, Nixon, sólo por nombrar a algunos, ¿piensas que estamos en el umbral de nuevo orden mundial o bien frente al mismo occidental, capitalista, individualista que se reinventa para hacer mejoras al interior de sus engranajes?

La crisis es tan brutal que creo que el sistema saldrá, de alguna manera, modificado, pero no tengo muy claro si será a mejor o a peor. Tenemos que intentar aprovechar esta crisis para refundar las democracias. 

Has luchado contra la violencia hacia las mujeres y sabes bien que en Chile los movimientos sociales y feministas han sido muy fuertes y decisivos en el último tiempo, propiciando incluso la revuelta social. ¿Cómo has visto este movimiento? 

El antisexismo ha avanzado en todo el mundo en estos dos o tres últimos años. Entre otras cosas, muchísimos hombres se han incorporado al movimiento, como es lógico, porque el feminismo no es un tema de mujeres; estamos cambiando el mundo y nuestra manera de relacionarnos, y eso nos interesa a todos. Ahora bien, espero que la pandemia no suponga una involución. 

Hoy las campañas en el mundo y no sólo en Chile apuntan a cómo escapar de abusos y violencia estando las mujeres encerradas con el enemigo, en cuarentena obligada. Se apela a la sororidad, a la comunidad y al apañe de organizaciones más que a las instituciones estatales…

Efectivamente. Es un panorama aterrador, ¿no? Estar encerrada todo el día con tu verdugo. Aquí el Gobierno está intentando tener en cuenta esas situaciones y hay llamadas de socorro con una palabra clave, por ejemplo. Pero es muy difícil defenderlas a todas. 

Rosa, por último, da pudor hablar de «aprendizajes» en medio de tanto dolor. Cuando te he contactado, hace días, me has dicho que escribir ahora te «cuesta sangre». Tú bien sabes de dolor, de caminos de vida complejos dadas tus experiencias y de años de entrevistas, literatura, ediciones largas. ¿Es momento de pensar en qué nos dejará, de luz y de brumas, este tiempo? ¿Lo logras imaginar?

No tengo nada claro cuál va a ser el balance. Individualmente, creo que todos debemos aprovechar este tiempo para intentar crecer, madurar, hacernos dueños de nuestro tiempo, nuestra vida, nuestro pensamiento. En la vida llamada normal vamos demasiado acelerados y el ruido exterior nos ayuda a no reflexionar, a aturdirnos. Pues bien, ahora tenemos una oportunidad de oro para intentar profundizar en nosotros mismos y repensarnos. Pero en el terreno colectivo, como antes he dicho, veo signos preocupantes. Un fomento del odio más irracional por parte de algunas personas y algunos políticos, por ejemplo. Tenemos que intentar movilizar toda esta pena y este miedo y esta inseguridad hacia la grandeza, y no hacia la parte más miserable de lo que somos.

María Emilia Tijoux: “Hoy la frontera está en el cuerpo”

La actual crisis sanitaria y social ocasionada por el avance del Coronavirus sin duda afecta a todas las personas, independientemente de su procedencia. Sin embargo, las características de la migración en nuestro país obligan a pensar en las necesidades particulares de estas comunidades, que en muchos casos no pueden seguir las recomendaciones de salud propuestas desde la autoridad. Sólo el 20% de las y los inmigrantes tienen empleos calificados, lo que redunda en pobreza, hacinamiento y dificultades en el acceso a servicios tan básicos como el agua. Otros, además, no dominan el idioma español. En esta entrevista, la profesora, socióloga y coordinadora académica de la Cátedra de Racismos y Migraciones Contemporáneas de la Vicerrectoría de Extensión y Comunicaciones de la Universidad de Chile reflexiona sobre la situación de las y los migrantes más precarizados y plantea sus principales preocupaciones.

Por Jennifer Abate

La pandemia nos recuerda el miedo al otro que, al menos conceptualmente, es uno de los factores detrás del racismo. Desde tu campo de experticia y considerando elementos como este, ¿cuáles son tus reflexiones sobre lo que ocurre en nuestro país en el contexto de la pandemia?

Creo que es interesante volver al concepto de frontera, porque la frontera siempre ha marcado la línea de separación entre un país y otro, entre un continente y otro, es una línea real y una línea geográfica que nos separa, y es en ese lugar terrible, de la frontera, donde siempre ha estado el inmigrante cuando no se le deja ingresar a un país. Es un miedo que tiene que ver con que la nación sea contaminada con infecciones, enfermedades, con todo aquello que puede penetrar la piel y podría echar a perder una “raza”. Pero hoy la frontera está en el cuerpo. Entonces el miedo al otro cambia de registro, ¿no? El miedo al otro no es simplemente eso, es xenofobia, que es el miedo al inmigrante por su color de piel, condición, rasgos, origen, nacionalidad, pero ahora el otro puede ser cualquiera. Y otro u otra, que puede ser cualquiera, que hace peligrar la vida. Diría que hoy, en un primer momento, el inmigrante desaparece, no está siendo condenado públicamente de buenas a primeras. Porque este inmigrante al que tanto se le ha temido se transforma en el trabajador que hoy está en los servicios básicos, los recolectores, por ejemplo. Si miramos a quienes limpian las plazas, desinfectan, a quienes están en los servicios públicos, en las labores de limpieza más general o a quienes están en la agricultura, siguen siendo los migrantes.

Considerando eso, ¿tienes una mirada optimista respecto a una potencial mayor valoración de los trabajadores inmigrantes en Chile tras esta crisis?

No, para nada, yo pienso que aquí la cuestión de la explotación, esa figura de que si le pasa algo a alguien, a nadie le importa mucho porque puede ser reemplazado, es la que está dando vueltas en esto que señalo. Pero después está el otro lado, el lado de la gran precarización, cuya razón principal es la falta de papeles, no tener documentos.

¿Cuáles son los principales espacios donde se ve la precarización de las vidas de las personas migrantes?

Quisiera hablar de tres lugares. En primer lugar, la gente de la calle. ¿Quién está hoy protagonizando el mundo de la calle? Hay chilenos, chilenas, inmigrantes de distintas nacionalidades, que están en el centro de la ciudad, a unas cuadras de mi casa, están repartidos en distintos lugares con sus familias, hijos, bebés, expuestos en primer lugar a toda infección y contaminación. ¿Quién se va a preocupar de ellos? Obviamente, están las fundaciones, que hacen un trabajo espectacular, pero no van a dar abasto. Por otra parte, piensa en los campamentos. ¿Quién está en los campamentos? De nuevo, gente no documentada, tanto los inmigrantes sin documentos como chilenos y chilenas que no tienen acceso a la vivienda, que no tienen acceso a derecho. Un tercer lugar, muy complicado, está al interior de las propias casas o de las propias piezas, en condiciones de hacinamiento que sufren particularmente las mujeres, las mujeres que ya han sufrido maltrato, que pueden sufrir maltrato de parte de los hombres, de los padres, maridos, parejas, hermanos, distintos abusos, y en este contexto las mujeres migrantes están viviendo en condiciones de tremendo hacinamiento.

«Está la posibilidad de que ese profundo sentimiento, gigante, que atraviesa todos los sectores sociales, nos lleve a reflexionar sobre la humanidad, el lugar que tenemos en ella. Pero también temo que las fronteras vuelvan a jugar este rol de cierre para impedir el paso de una suerte de figura terrible que vendría a asolar nuestra salud pública»

¿Cuáles son tus principales preocupaciones respecto a las personas migrantes en el contexto de esta pandemia?

Por ejemplo, algo que llegó en Twitter sobre un chico africano que está muriendo en Italia y que filma con su teléfono lo que una enfermera italiana le dice: “negro, muérete, eres un negro inmundo”, etc. Esa escena terrible, que no es de ninguna película, sino que de la realidad, yo la temo. Creo que es imprescindible hacer algo para situar a los seres humanos frente a sus derechos. Pienso en esa pregunta que se hacían en un canal de televisión respecto a si las personas detenidas tenían derechos. Dentro de las cárceles hay migrantes que probablemente no están en el primer lugar de las preocupaciones, y estamos ante un escenario terrible, de una figura, de una persona, que está sufriendo lo peor que puede sufrir un ser humano en las condiciones actuales.

Otra cosa que está pasando, que es muy dura también, tiene que ver con chilenos, chilenas, personas que viven en Chile, que están varadas en distintas partes del mundo y en muchas de ellas son rechazadas; eso es lo mismo que vive un migrante cuando es rechazado. En eso me hace pensar la pregunta que me haces, con la esperanza de que no ocurra nada terrible con una persona migrante en Chile, pero recordemos que a Joan Florvil le pasó una cosa similar en una situación normal de la sociedad chilena, y después a varias mujeres más y a varios migrantes más, que fueron rechazados, maltratados, que murieron por falta de humanidad. Entonces, en estos momentos, la cuestión de la humanidad está en tensión.

¿Tienes conocimiento de si el gobierno central o los gobiernos locales han tomado medidas puntuales para prevenir el contagio entre las personas migrantes, que en muchos casos viven en situaciones de hacinamiento o falta de acceso a servicios como el agua corriente?

Desde el Gobierno, no lo sé. Creo que desde las oficinas de migrantes, en ciertos municipios, es probable que sí, no las conozco todas, por lo tanto me podría equivocar, pero conocí lo que estaban haciendo en Recoleta, en Arica, en La Pintana. Pocos días antes de las medidas de confinamiento estuve en Arica, donde se habían tomado medidas y creo que ha habido voluntades de organizaciones de migrantes y promigrantes, también desde grupos de médicos de distintas nacionalidades, para hacer difusión. Pero no ha habido una decisión del Gobierno de mirar esto y de darlo a conocer. Por ejemplo, en los matinales, hasta ahora no he visto que alguien haya hablado de esto y que plantee lo que implican los riesgos, no para la sociedad chilena, sino que para todos; es un problema de salud pública y hay que preocuparse de los sectores más desfavorecidos, más abandonados.

Y ante esa ausencia de medidas particulares, ¿cuáles crees que deberían ser las medidas en el corto, mediano y largo plazo? En el corto plazo, imagino que lo más urgente es prevenir el contagio, pero más adelante aparecerán problemas asociados a la pérdida de muchos empleos informales, una situación que sin duda afectará a las y los migrantes más precarizados.

Las de mediano o largo plazo deberían ser recogidas en una Ley de Migraciones que todavía no está y que todavía permanece en un lugar muy extraño. Luego está el tema de la salud pública: no debería ser una salud pública atravesada por decisiones económicas que dejan a una buena parte del país en la indefensión. Las medidas a corto plazo deberían ser dadas por especialistas o bien por gente preocupada desde el Gobierno. La gente no está regularizada y, por lo tanto, son muy pocos quienes tienen trabajos estables. Comienzo diciendo que de los que tienen trabajos estables, muchos ya han sido despedidos, y quienes no están regularizados han sido trabajadores ambulantes y se las arreglan como pueden en distintos lugares. Organizaciones como el Servicio Jesuita a Migrantes, la Coordinadora Nacional de Inmigrantes o la Red Nacional de Organizaciones Migrantes, las juntas de vecinos, que son tremendamente solidarias, no van a dar abasto.

Crédito: Alejandra Fuenzalida

Pensando en potenciales escenarios, podría ocurrir que esta pandemia, que no reconoce fronteras, nos permita repensarnos como humanidad más allá de los límites nacionales, pero también podría ser que el miedo a que quienes provienen de otros países traigan enfermedades como esta haga más férrea la defensa de las fronteras. ¿Hacia dónde te inclinas?

Uno sueña con que el futuro sea positivo. Está la posibilidad de que entre tanto sufrimiento y tantas cosas terribles que han pasado en otros países, ese profundo sentimiento, gigante, que atraviesa todos los sectores sociales, nos lleve a reflexionar sobre la humanidad, el lugar que tenemos en ella, que seamos todos seres humanos y humanas en igualdad. Ese es el sueño, lo que a uno le gustaría. Pero también temo que las fronteras vuelvan a jugar este rol de cierre para impedir el paso de una suerte de figura terrible que vendría a asolar nuestra salud pública. A lo mejor el problema no se da por ahí, sino que se va a pensar que el que viene, lo hace extremadamente empobrecido, lo que va a hacer peligrar nuestra situación, la situación de precariedad en la que todos y todas vamos a estar de cierto modo, unos más que otros. Podría ser que esa figura del enemigo externo venga a poner en cuestión nuestra pequeña estabilidad luego de que esto pase.

Respecto a la figura de los trabajadores y trabajadoras migrantes, ¿crees que sigan llegando a nuestro país tal como lo han hecho hasta ahora?

La mano de obra barata siempre es bienvenida –ironiza–, no creo que el cierre sea completo porque hace falta, no es que me haga falta a mí, sino que le hace falta a una economía como la nuestra, a un modelo neoliberal como el nuestro, donde hay trata de inmigrantes actualmente en distintos valles y en distintos lugares del mundo agrícola. Pienso que después de esta crisis sanitaria esa mano de obra va a estar más disponible que nunca, pero me da la impresión de que también se va a sumar mano de obra chilena disponible, porque la gente va a tener que salir adelante como sea y ahí también se va a producir algo… no puedo ser pitonisa para saber lo que va a ocurrir, pero temo que seguiremos estando frente a una figura maltratada, racializada.  

—Tú mencionabas iniciativas municipales que desde las oficinas de migrantes han abordado esta amenaza para las y los más pobres. En estas semanas ha existido una tensión entre el gobierno central y los gobiernos locales. ¿Crees que estos últimos han mostrado una sintonía con las necesidades de las personas que el Estado ha perdido?

Se está dando un fenómeno interesante que tiene que ver con los gobiernos locales y las decisiones que un alcalde o alcaldesa toma respecto de la vida de los habitantes de su comuna. Hay que seguirle la pista a esto y ver cómo se condensan esos poderes locales, es muy interesante desde el punto de vista político, humano, y también para enfrentar la crisis sanitaria. Sobre lo que atañe a los migrantes, no sé si eso se ha planteado ahora, pero sí sé que antes de la crisis sanitaria se le ha reclamado muchas veces a ciertos municipios considerar más a los migrantes que a las personas chilenas, cuestión que nunca ha ocurrido; se trata de derechos humanos, si tienes un hijo o hija que tiene que ir al colegio o que está enfermo, debe poder acceder a esos servicios igual que los demás. Lo que diferencia a esas personas tiene que ver con el racismo. Vuelvo a la escena de esa persona muriendo y de alguien diciéndole que se muera, porque es negro, en Italia. Espero que nunca jamás lleguemos a una cosa así, imaginando que vamos a tener escasez de camas, respiradores, aparatos, material, sobre todo en un país como el nuestro, donde se han privilegiado los bolsillos de los más acomodados. Confío en el buen criterio, humanidad, de alcaldes y alcaldesas que van a considerar a los habitantes de su comuna sin diferenciación de género, clase o color para darles un tratamiento humano en condiciones de enfermedad, pero, sobre todo, de prevención.

En nuestro caso particular, enfrentamos la pandemia a cinco meses del estallido social. ¿Te parece que las críticas que hace el pueblo al manejo del Gobierno de esta crisis tienen un correlato con las demandas levantadas por ese mismo pueblo en las distintas movilizaciones durante el estallido social?

Pienso que hay muchos lazos. Lo que ocurrió de octubre hasta hoy habla de un malestar que implica desconfianza. Creo que hay una desconfianza hacia los gobernantes. ¿Qué es lo que están pensando? ¿Qué están haciendo frente a una crisis tan grave como esta? Tampoco les puedes poner encima toda la responsabilidad de esta crisis, pero, sin embargo, ya se construyó una suerte de lejanía muy grande, una distancia social gigante con quienes nos gobiernan, con figuras que uno quisiera no ver nunca más, no escuchar nunca más. Se acude, por ejemplo, a lo que señala el Colegio Médico, se confía mucho en la palabra de un médico que nos dice que hay que hacer esto y no lo otro, se acude a la gente que defiende la niñez porque qué va a pasar con los niños y las niñas en el caso de que a sus padres les pase algo o queden abandonados. Me parece que esto está haciendo surgir a figuras que no vienen del mundo político y eso coincide con lo que pasó después del 18 de octubre, cuando los protagonismos no eran políticos. Esa desconfianza es independiente del Gobierno, porque uno podría decir que los gobiernos van a ser siempre los más criticados en una crisis como esta, en todas partes, pero no se ve del otro lado una salida que permita un acercamiento comprensivo a lo que está viviendo la sociedad. Entonces hay mucha búsqueda de rendimiento político, mucha búsqueda de instalación para próximas elecciones, mucho lenguaje vacío, y eso la gente ya lo aprendió.

Flavio Salazar: “Esta pandemia desnuda la incapacidad de los Estados liberales para articular soluciones inclusivas”

Sin olvidar la labor esencial de las ciencias biomédicas para enfrentar la actual pandemia por Coronavirus, el vicerrector de Investigación y Desarrollo de la U. de Chile y director alterno del Instituto Milenio de Inmunología e Inmunoterapia pone énfasis en el trabajo transdisciplinario que debería caracterizar el abordaje de una crisis que no sólo es sanitaria, sino también estructural. El Covid-19, dice, “es el mejor ejemplo de una enfermedad social”.

Por Jennifer Abate

—Las y los especialistas han puesto el acento en la relevancia de aplanar la curva, es decir, más que evitar el contagio a toda costa, evitar que nos enfermemos todos al mismo tiempo pues el sistema de salud podría colapsar. ¿Cree que las medidas que han tomado el Gobierno y las autoridades hasta ahora aseguran que estemos aplanando la curva?

Creo que es la pregunta de toda la gente, desde el ciudadano común y corriente hasta los expertos. Sería contrario a lo que yo pienso ser tajante y decir “sí, lo está haciendo completamente bien” o decir “completamente mal”, porque para tener certezas hay que manejar todos los datos. Esa complejidad de datos tiene que ver no sólo con el número de casos detectados y la cantidad de muertos en un día determinado, sino que también con el nivel de detección que tenemos, la cantidad de pruebas que se hacen en las personas, la distribución geográfica, la distribución etaria, o sea, una serie de elementos con los que no cuento como para poder ser tajante y decir qué es lo que se nos viene. Ahora, lo que ha pasado, a nivel mundial, es que en una primera etapa muchos gobiernos han mirado este problema con un nivel de interés insuficiente, y poco a poco la voz de los científicos, expertos, clínicos, ha ido dando la razón: esto es un problema grave que afecta a una gran cantidad de personas y que tiene efectos catastróficos como los que ha tenido en países como Italia, España y Estados Unidos.

En este contexto, uno de los temas que ha emergido con fuerza es el peso que debería tener la voz de científicos y científicas asesorando a la autoridad política. ¿Cuál es su evaluación de la interacción que ha tenido el mundo científico con el mundo de la política a la hora de tomar decisiones?

Esta crisis nos toma en una situación de precariedad en esta área. Durante mucho tiempo hemos estado discutiendo sobre la importancia de generar inversiones en ciencia y tecnología, con un presupuesto que fuera más allá del 0,38% del PIB actual y que nos pusiera en el nivel de los países de la OECD y que esto repercutiera en la masa crítica, en los proyectos de investigación, en las capacidades humanas y tecnológicas. Eso no se hizo y, lamentablemente, hoy, si bien contamos con una masa crítica de investigadores muy comprometidos (ha habido una gran respuesta de parte de muchos científicos a lo largo de todo el país, de todas las universidades y centros de investigación), tenemos una precariedad enorme porque no contamos con una institucionalidad suficientemente robusta como para afrontar un problema de esta envergadura.

«Ante la menor amenaza (económica, de la naturaleza o, en este caso, de las enfermedades) quedamos absolutamente expuestos, o sea, se manifiesta de forma extrema la precariedad y la enorme desigualdad de las personas»

Afortunadamente, ya se había creado el Ministerio de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación.

El Ministerio, como todos sabemos, es un paso necesario que tiene que ver con un posicionamiento político, pero también hay un tema de posicionamiento del mundo científico en un nivel de prioridad de distribución de recursos que sea adecuado a las características del país. Tenemos que hablar de cómo levantar capacidades científicas, de humanidades, de ciencias sociales, para poder abordar desafíos que hoy parecieran coyunturales. Claro, hoy es el Coronavirus, pero hace unos meses era el calentamiento global, la sequía, el tema del agua, el tema de las contaminaciones a raíz de la industrialización y las zonas de sacrificio, todos esos elementos requieren una visión científica, no solamente una visión de mercado o una visión económica. Esa parte es la que requiere un financiamiento adecuado, una decisión política, de Estado, que permita proyectar un tema que no va a ser de un año para otro, sino que un proyecto a diez años que implique que Chile, en una década más, va a tener cinco veces o diez veces más capacidad científica y tecnológica de la que tiene hoy.

O sea, afrontar esta pandemia es un tema estructural que involucra mucho más que la creación de una determinada institucionalidad.

Este es un tema que no solamente implica a los virólogos, infectólogos, epidemiólogos, directores de los hospitales, sino que tiene que ver con una cantidad de aristas enorme que tiene que hacerse cargo de los problemas sociales, por ejemplo, del impacto que tiene la cuarentena en las personas, la violencia de género, la situación de teletrabajo, cómo este incide en forma distinta en distintos niveles, cómo afecta a los trabajadores el hecho de tener esta pandemia. Por supuesto, está el punto de vista de la salud, del acceso a la medicina, pero también de todos los aspectos que tienen que ver con los derechos laborales, por mencionar algunos.

¿Podría profundizar en la relevancia del trabajo entre diversas disciplinas, tanto biomédicas como sociales, para enfrentar la pandemia y, sobre todo, para hacerse cargo de las consecuencias de mediano y largo plazo que esto puede traer?

La transdisciplina genera un nivel de discusión de una complejidad mayor y que está más acorde a la envergadura de los problemas que uno quiere abordar. Tú no puedes abordar los impactos, por ejemplo, del cambio climático, desde una sola disciplina, ni desde la geología o la ecología, si no incorporas las visiones de la antropología, de la sociología, de la biología, porque cuando tienes esa visión completa puedes empezar a abordar de una manera inteligente una realidad que de otra manera no vas a poder superar y va a quedar en declaraciones. “Hay que hacer esto”, eso es lo que siempre decimos, pero las soluciones sólo se pueden encontrar a través de la discusión transdisciplinaria. Yo, como biólogo, puedo decir que el Coronavirus va a generar inmunidad después de que las personas enfermen, pero es distinto si discutimos en una mesa transdisciplinaria respecto al impacto que va a tener la respuesta inmunológica a nivel social para permitir que las poblaciones vayan generando esas capacidades de “efecto rebaño” y que eso permita una normalidad de la ciudad. También vamos a tener que tomar en cuenta qué normalidad significa esto, qué pasa con el transporte, cómo se relaciona esto con la urbanización, la vivienda.

Por otra parte, la transdisciplina tiene otro elemento, que es la conversación con el sujeto al cual se le van a aplicar las políticas. En la transdisciplina tú no puedes hacer una investigación, por ejemplo, en envejecimiento, excluyendo a las organizaciones de los adultos mayores, no puedes hacerlo sin participación de la comunidad, no puedes estudiar el tema de las zonas de sacrificio sin tomar en cuenta a las organizaciones de pobladores que están sufriendo ese problema.


La U. de Chile comenzó a trabajar hace un par de semanas en la Mesa Social Covid-19 convocada por el Gobierno. En lo específico, ¿cuáles pueden ser los aportes desde la Universidad para el control y abordaje de la pandemia?

En la crisis, obviamente el papel que puede jugar y está jugando el Hospital Clínico de la Universidad de Chile es fundamental. Allí constantemente se están articulando las capacidades de atención a los pacientes, de acomodar ciertas estructuras y funciones para hacerlas más asequibles y más pertinentes a la emergencia que estamos viviendo. Por otra parte, está todo el tema que tiene que ver con los modelamientos matemáticos y cómo, de alguna forma, se van generando modelos predictivos que permitan tomar decisiones políticas. Después están los temas de mediano y largo plazo, y entre ellos están los que ya mencionaba, los que tienen que ver con los impactos sociales que esta pandemia va a tener, por ejemplo, en relación a los temas de género, cómo pega una situación como esta en la vida de las personas, de las trabajadoras, de las funcionarias, ellas no viven lo mismo que los hombres. Están los temas de salud mental relacionados con el hacinamiento: no es lo mismo hacer una cuarentena en La Reina, en Las Condes, Ñuñoa, que hacerla en un cité en Renca o Cerro Navia, con familias más grandes y hacinadas. Las complejidades que tiene esto son enormes y en eso hay que hacer un aporte. Tenemos grupos que están trabajando en temas como envejecimiento y enfermedades crónicas, y hoy los adultos mayores son una población súper susceptible en la emergencia, y conocer su situación desde todo punto de vista es muy importante.

—Su área de especialización es el desarrollo de inmunoterapias. Lamentablemente, en los últimos años hemos visto crecer el número de personas que creen que las vacunas no son necesarias o que son dañinas. ¿Cree que habrá un retroceso de esa perspectiva ahora que el mundo científico trata desesperadamente de encontrar una vacuna contra el Coronavirus para evitar los contagios futuros?

Evidentemente, va a tener un retroceso porque la epidemia misma les está demostrando la importancia que tienen las vacunas. La única herramienta que pudiese garantizar un control es una vacuna y no existe, y ahí queda demostrado que la no existencia de la vacuna tiene un impacto muchísimo mayor que cualquier otro que, de forma equivocada, hayan propuesto los antivacunas como impacto colateral de las vacunas. Creo que lo que ha ganado el mundo con esta crisis es una mayor credibilidad del mundo científico, el planeta ha avanzado y hoy somos cada vez más dependientes de las capacidades de entenderlo y menos de las creencias y de la metafísica. Estas crisis profundizan la sensación de que tenemos que estar más preparados, ser realistas, científicos, discutir el mundo en base a las evidencias que existen y no solamente a las creencias de cada uno, que es lo que se había impuesto, o sea, que una opinión ignorante puede valer lo mismo que una opinión de un experto en esos temas.

—¿Piensa que este es el mayor desafío de la epidemiologia y de la ciencia, tal como la concebimos hoy, en las últimas décadas?

Se habla del último siglo y claro, no ha habido otra pandemia tan agresiva y global desde el punto de vista de los desafíos que genera por los volúmenes. Hay que ser bien claros con esto: el Coronavirus es una amenaza a la sociedad y no al individuo, y ha sido difícil que la gente entienda eso. Se dice que el 80% va a cursar una infección sin ningún síntoma o con síntomas muy menores, pero hay un porcentaje que va a requerir un mayor cuidado desde los hospitales y lo más intensivo. Ahora, si fueran cien personas y habláramos de un 10%, serían diez personas, pero si son millones significa que hay millones de personas que van a requerir un soporte de salud para el que la infraestructura del Estado no da. El Coronavirus es el mejor ejemplo de una enfermedad social y, desde ese punto de vista, ha sido la más grande porque la cantidad de gente amenazada es toda la humanidad.

—Varios de los aspectos que ha mencionado tienen que ver con desafíos que no sólo son sanitarios o médicos, sino con condiciones estructurales como la desigualdad territorial en el acceso a servicios, la redistribución, la matriz productiva de un país que no ha apostado fuertemente por la innovación. ¿Cree que las características de nuestra sociedad cambien a partir del impacto de esta pandemia?

De una u otra forma, las sociedades modernas han estado transitando por una crisis que es innegable, el Coronavirus es como la guinda de la torta, pero aparece en un mundo convulsionado por elementos como los que mencionas. O sea, hay una forma de ver la sociedad de manera individualista que privilegia constantemente el interés de algunos y posterga los intereses sociales de la mayoría, y eso ha sido puesto en cuestión por las sociedades, porque de pronto se han dado cuenta de que ante la menor amenaza (económica, de la naturaleza o, en este caso, de las enfermedades) quedamos absolutamente expuestos, o sea, se manifiesta de forma extrema la precariedad y la enorme desigualdad de las personas. Esta pandemia desnuda la incapacidad de los Estados liberales para articular soluciones inclusivas. Durante y después de esta crisis va a venir una discusión respecto del reordenamiento que tiene que ver con la democracia, equidad y el modelo de desarrollo. Nuestro rol como Universidad no es azuzar las contradicciones, sino que tratar de aportar desde el conocimiento a entregar evidencia y generar propuestas que permitan que avancemos a un Estado más democrático, igualitario y con un modelo de desarrollo más inclusivo y que tome a las personas como centro de interés y no sólo como un recurso.

Miguel Urrutia: “La colectividad no ha podido ser extinguida ni siquiera por el modelo neoliberal”

La llegada de la pandemia por COVID-19 a Chile no sólo atacó a los individuos sino también al cuerpo social. En un Chile post estallido y aparentemente más unido, pero precario en su sistema de salud, distintas formas de abordar la crisis sanitaria se transparentan en medio de la incertidumbre. Sobre aislamiento, soledad y neoliberalismo conversa el Doctor en Sociología Miguel Urrutia, quien destaca la sobrevivencia de lo colectivo, que se había recuperado durante la crisis social, y plantea otra mirada acerca del actual aislamiento por la pandemia: “Se suspende la relación funcional productiva de ir a prestar servicios a un lugar, pero por otro lado, se abre la relación social, por ejemplo, en el hogar”, apunta.

Por Florencia La Mura

El 31 de diciembre del año pasado se confirmaron los primeros casos de Coronavirus en China y para el 11 de marzo, la Organización Mundial de la Salud ya había catalogado la enfermedad como pandemia, con casos diagnosticados en más de 170 países. Desde ese fecha, equipos de médicos, epidemiólogos y distintos profesionales de la salud han dado respuesta a la contingencia. Pero tal como ha destacado el sociólogo español Pablo Santoro, las humanidades no están siendo consideradas en la discusión, lo mismo que ocurrió con la pandemia más reciente de gripe H1N1 en 2010, a pesar de que un informe de la Unión Europea ponía acento en su gran alcance.

El colapso del área de salud en varios países, explica la urgencia de darle voz a expertos de esas especialidades, pero también a otras áreas afectadas en una situación económica y social también quebrada que merecen un análisis más global. No se trata únicamente de un virus que afecta a nivel clínico, sino también del sistema político económico que se ve afectado y que debe hacerle frente. Miguel Urrutia, académico de la Facultad de Ciencias Sociales (FACSO) de la U. de Chile, comenta en esta entrevista el panorama social chileno sobre el que se plasma la emergencia sanitaria.

Esta crisis sanitaria no sólo nos ha enfrentado a lo precario de la salud en Chile y en el mundo, sino también a una crisis cultural sobre cómo entendemos nuestro lugar en la sociedad, obviamente permeado por el sistema neoliberal bajo el que vivimos, donde aparece la libertad y protección individual por sobre la grupal. ¿Qué debilidades del cuerpo político transparenta esta pandemia y qué podemos aprender para modificar estas formas sociales?

El problema es, como han dicho algunos teóricos, que al igual que ocurre en el campo de la biología y de la salud, hay también enfermedades autoinmunes. Hay un momento en que la sociedad de ese sistema de autoprotección de las relaciones se vuelve en contra de las mismas relaciones. También hay una definición del neoliberalismo que surgió hace unos veinte años como una enfermedad autoinmune de la sociedad, donde el aparato inmunitario pensado y desplegado evolutivamente para poder protegerla de ciertas amenazas, se vuelve contra sí mismo. Eso es el neoliberalismo, es una manera de suprimir las relaciones sociales en defensa de una entidad abstracta, como es la del individuo. Liberales dirán que es una locura, que soy yo primero, segundo y tercero, pero hay que ser valiente para sostener eso, porque yo solo no tengo ninguna sobrevivencia en la sociedad. Ni siquiera esta entidad subjetiva, este cinismo que habla este tipo de canalladas es sustentable, ese enfoque no resulta en la constitución de una sociedad. Lo que sí resulta, en lo concreto, es la relación como modo práctico en el que vivimos, no este ensimismamiento que se promueve desde los enfoques liberales y neoliberales.

Se escucha un discurso que apela a lo individual, tanto del Gobierno como de mucha gente preocupada por el COVID-19. Muy distinto es el caso, por ejemplo, del discurso de Angela Merkel a los alemanes, que habla de solidaridad y participación colectiva para enfrentar la pandemia. ¿Qué puede aprender tanto el gobierno, el Estado, como la gente sobre la importancia de un enfoque colectivo frente a esta situación?

Podemos, justamente, cambiar el enfoque. Nuestras colectividades se han reconstituido lentamente, pero con una aceleración importante en los últimos diez años. Nuestro sentido de lo colectivo ha logrado ir más allá de la definición neoliberal, eso también es importante que lo aprendan el Estado y las fuerzas políticas. La colectividad no ha podido ser extinguida ni siquiera por el modelo más drástico de funcionamiento social que es el neoliberal y, en ese sentido, hoy día estaríamos asistiendo a una especie de empate entre las fuerzas de la sociedad y las fuerzas del mercado, por llamarlo de alguna forma. Ese empate, más que aprenderlo, como si el Estado y las políticas públicas fuesen algo neutral, es algo que tiene que hablar de las fuerzas que tienen que constituirse y tomar partido en este juego.

En tiempos de catástrofe -como el actual- podemos ver aumentados el racismo, clasismo, machismo y distintas violencias a las que diversos grupos vulnerables están expuestos. ¿Cómo podemos entender estas violencias desde del aislamiento y la cuarentena, cuando nuestra cotidianidad se vuelve restringida?

En tiempos de catástrofe no diría que predominen estos comportamientos violentos. No digo que no sea necesario mantener vigilancia sobre ellos, es importantísimo mantenerse alerta, pero incluso ese estado de conciencia que aparece más en contexto de crisis quiere decir que estamos parados sobre un mejor piso subjetivo y colectivo. Hay una potencia capaz de hacerle frente a estas situaciones. No es mero optimismo, lo que hay que ver es dónde está el verdadero problema: en la rigurosidad del modelo con el cual esta subjetividad choca. Que es potente, transgresora, capaz de hacer crítica de algunos de sus componentes, pero choca contra una estructura, no contra sí misma. La culpa no la tienen los sujetos y sus subjetividades, la culpa la tiene una estructura concreta mucho más dura y autoclausurada.

El neoliberalismo es un mandato estructural y sistémico de clausurar la sociedad en torno a las relaciones individuales, pero no funciona solamente en el plano ideológico, donde le va mal y las catástrofes lo demuestran, porque obligan a hacer vida colectiva. La fortaleza es su carácter estructural, operar en la dimensión del dinero, del intercambio, es constituirse como un sistema que más allá de lo que podamos sentir, pensar algunos sujetos y sujetas, el neoliberalismo es capaz de absorberlos. Una pregunta de fondo sería ¿por qué si estamos más alerta no logramos traspasar las fronteras que un modelo político económico neoliberal nos impone? Y eso también tiene como consecuencias captar que no es sólo una lucha subjetiva sino que material, política y de poder contra las estructuras neoliberales.

Ya comentó que el sistema neoliberal promueve al individuo como un ente supuestamente aislado. ¿Cómo el concepto de ‘comunidad’ toma especial relevancia en medio de una crisis que no sólo necesita de médicos y hospitales, sino de la colaboración de todos?

El problema es cómo se entienda la comunidad. Es una palabra opuesta a la de inmunidad. La comunidad tiene un componente de autoprotección, lo vemos en estas circunstancias, muchos movimientos que se desarrollan y se consideran agresivos. Para hacer este puente con la situación del «estallido social», el estallido es un movimiento de autoprotección de las relaciones sociales. Ante una invasión de los conceptos neoliberales que pretendían reducirnos a la condición de individuos, hay un movimiento que protege al individuo no sólo como abstracción. Nuestra vida concreta no es nuestra vida individual, es de relación, está puesta en esa red con los demás y esa red es la que se protege a través de un sistema inmunitario, por llamarlo de alguna manera.

En el caso del aislamiento, parece muy difícil respetar las recomendaciones de quedarse en casa evitando salir. Considerando que la soledad ya es un tema tratado como pandemia según la OMS, ¿cómo se nutre esta pandemia de COVID-19 de una sociedad donde la soledad se hace cada vez más común.

Estamos enfrentando una condición contraria. Tiene que ver mucho todavía con sectores a los que ha alcanzado el llamado a un repliegue, sobre el teletrabajo, la vida en los hogares y el encierro, que son sectores abocados a tareas profesionales que se pueden desplegar desde los hogares. Para los sectores que se mantienen aislados, hasta la palabra se relativiza porque lo que se suspende es la relación funcional productiva de ir a prestar servicios a un lugar. Por otro lado, se abre la relación social, por ejemplo en el hogar, que nadie ha negado que sea fundamental. En circunstancias de aislamiento, más que la soledad predominante, lo que tenemos son problemas que surgen desde un desacostumbramiento a la relación social no funcional, a la relación social gratuita que se da en el hogar. También por eso surgen, con atención de parte de la sociedad, los casos donde esa relación no es posible: donde el individuo está solo, comparte una unidad de la ciudad donde sólo habita él o ella y esas soledades son las que se transforman en un objeto de atención en estas circunstancias. Es interesante, porque no es el enclaustrarse en una casa lo que te pone en soledad, sino que te hace ver quiénes son los sujetos que efectivamente esta sociedad ha desplazado al punto de hacerlos vivir en soledad por una especie de fondo del funcionamiento del sistema. Los deja ahí como un rescoldo, como un excedente.

Joseph Ramos: “Las medidas económicas sólo aminoran, pero no compensan el daño del Coronavirus”

El economista y académico de la U. de Chile, comenta los efectos que ya está teniendo la pandemia a nivel económico y los anuncios que hizo el presidente Piñera para combatir los embates de esta crisis. “Habrá que contemplar mayores medidas para los grupos específicos que resultarán más golpeados, como las pymes y los trabajadores independientes”, advierte.

Por Denisse Espinoza

Hasta enero pasado, los esfuerzos de Joseph Ramos estaban concentrados en impulsar la productividad dentro de la salud pública. Un informe de la Comisión Nacional de Productividad, donde el economista es vicepresidente, reveló que uno de los mayores problemas en esta área estaba en la optimización de los recursos. Allí se advertía sobre el problema que suponía, por ejemplo, que los quirófanos se utilizarán solo a la mitad del tiempo, y que un uso eficiente podría liberar alrededor de 350 millones de dólares, si se realizaran adecuadas atenciones ambulatorias como  extender el uso a 9 horas en vez de las 4,45 que se utilizan normalmente.

Hoy, sin embargo, la urgencia de detener la pandemia del Covid-19 en Chile pone el foco de la salud pública en otros temas. “La falta de productividad de la que veníamos hablando no tiene nada que ver con la crisis sanitaria que podemos vivir hoy. Ningún sistema está preparado para un incremento enorme en el uso de ventiladores y de personas internadas en la UTI”, dice el economista y académico de la U. de Chile.

La crisis sanitaria mundial en que se ha convertido el Coronavirus, nos ratifica como nunca antes se había visto, los efectos brutales que puede tener la globalización. Por estos días, la urgencia está centrada en evitar que el virus se propague a la velocidad avasalladora como lo vivió Italia, que hoy lamenta miles de muertos, superando en cifras a China, país donde se originó la pandemia y que sólo con un estricto control en la movilidad y contacto de las personas, ha podido dominarla. Pero ¿qué sucede en materia económica? Chile que ya estaba pasando por su propia crisis social a raíz del estallido del 18 de octubre, debe sumar ahora la recesión que se generará debido a la semi-cuarentena instruida: el cierre del comercio, la baja en la producción y en las ventas.

El economista Joseph Ramos es vicepresidente de la Comisión Nacional de Productividad.

Mientras gobiernos como el Francia, Italia y España ya emprendieron medidas para ir en rescate de la población más afectada como el congelamiento en el pago de cuentas básicas de luz, gas y agua, el aplazamiento en el pago de hipotecas o garantías para el préstamo bancario a empresas, en Chile el presidente Sebastián Piñera también hizo sus anunció que suponen una inyección de nada menos que US$ 12 mil millones, lo que dobla los recursos que se habían supuesto en el llamado Plan de Protección del Empleo y Recuperación Económica, tras el estallido social.

Entre las medidas concretas está un nuevo plan de capitalización de Banco Estado por 500 millones de dólares para que otorgará más créditos y ampliará garantías estatales para préstamos; un Fondo Solidario de 100 millones de dólares  emergencias económicas y sociales de las Pymes, que se otorgará a través de los municipios y los ingresos familiares y anunció el proyecto de “Ley Covid-19”, por medio del cual se garantizará el pago de salarios de aquellas personas que deban permanecer en su hogar sin posibilidad de realizar las labores a distancia. Para esto, debe haber mutuo acuerdo con el empleador, y que haya un mandato de la autoridad sanitaria. También habrá alivio tributario con suspensión de los pagos provisionales mensuales del segundo trimestre y postergación del pago de IVA para empresas con ventas menores a UF 350.000, así como devolución anticipada del impuesto a la renta, postergación impuesto a la renta a julio y suspensión del impuesto a créditos.

Sin embargo, ya han habido voces críticas hacia las medidas y otras mociones presentadas como la de la diputada PC Camila Vallejo, quien aboga por una ley que impida los despidos mientras dure la crisis, así como la aplicación de descuentos por ausencias o retrasos laborales.

¿Qué le parecen a usted las medidas económicas anunciadas por el presidente Piñera?

Las medidas que vi me parecen que son razonables y con una cifra bien cuantiosa, que significan varios puntos del PIB, sin embargo tenemos que tener claro que esto a lo más aminora el efecto económico del Coronavirus pero de ningún modo puede compensar el daño que ya está generando y que probablemente va a generar. Cada semana en Chile y en otros países se produce un 2% del PIB, pero si un país se paraliza por un mes, serían entonces 8% menos del PIB y eso se suma a que la gente no está gastando.

¿Existe en ese sentido un efecto psicológico en épocas de crisis que afecta a la economía?

Claro, está la gente que no está trabajando porque asumió la cuarentena o en el caso concreto que no pueden ir a comprar, porque el comercio está paralizado, pero aunque pudieran, tampoco irían por efectos del pánico por el virus. La gente está restringiendo sus gastos, aunque no se les hubiese prohibido ir a restaurantes o a viajar, la gran mayoría está evitando el turismo y el consumo.Entonces hay algunos sectores más gravemente afectados por esta crisis sanitaria, eso es lo que pienso que se pretende aminorar con medidas de esta naturaleza. Todo el mundo está golpeado, pero por supuesto algunos mucho más que otros, creo que deben haber medidas que vayan hacia esos grupos específicos y otras medidas dirigidas a la población en general. El gobierno norteamericano por ejemplo está contemplando devolverle mil dólares de impuesto a la gran mayoría de la gente, no solo para que la gente tenga plata sino para que gaste esa plata. Entonces debería haber una combinación entre medidas generales y específicas dirigidas a la población.  Las pymes, por ejemplo, no tienen mucho capital de trabajo, entonces un mes parados significa hundirse. Un restaurante chico paralizado un mes se va a la quiebra. Entonces las medidas que se han tomado han tratado de ser más focalizados para ciertos grupos.


¿Qué sucede cuando empresas afectadas pero que son grandes empresas como LATAM piden ayuda directa del gobierno?

Ahí cabe preguntarse si uno quiere o no salvar a Lan Chile y cuánto le va a costar a Lan Chile, si lo salva, porque cuando uno dirige medidas para salvar a Lan Chile no solo salva el empleo de los pilotos, azafatas y todo el personal, sino que está salvándole la plata al accionista ¿Quiere hacer uno eso? Entonces ahí tal vez se pueden tomar medidas más hacia los trabajadores. En el caso de Lan Chile, los trabajadores aceptaron reducir sus suelos porque saben que la crisis no es mentira y prefieren ganar un poco menos a quedar cesantes. En ese sentido quizás las medidas económicas deban ir hacia personas naturales. Entre las medidas que anunció el gobierno está que la gente bajo ciertas condiciones puede acudir al seguro de cesantía cuando las empresas dicen ‘quédate en la empresa pero te pagamos 30% menos’, porque las ventas han caído y puede que las personas acepten eso y se tenga que compensar esa caída con parte del seguro de cesantía. También se puede hacer que la jornada laboral se reduzca sin necesidad de pagar, que todo el mundo apriete el cinturón 10% para evitar el despido. Hay medidas de esa naturaleza que se pueden tomar.

¿Qué le parece la moción de la diputada Camila Vallejo para impedir los despidos en este periodo?

La pregunta que nace en torno a mociones de ese tipo es quién lo va a pagar, ¿el fisco lo va a pagar o es la empresa que va a pagar? Entonces,  el caso es que quizás uno no puede salvar al accionista de la gran empresa, pero tampoco se puede obligar a esa empresa a pagar sueldos si es no se está produciendo. Lo único que hacemos es acelerar la quiebra. Ahora si hablamos a largo plazo y en que vamos a tener que financiar esos UDS$ 12 mil millones, que se tendrá que financiar como deuda, déficit fiscal y eventualmente se podría financiar con una mayor tributación que debería recaer sobre el 10 o 20% más adinerado del país, pero eso no será este año, porque este no es el momento de subir los impuestos. Lo que uno quisiera es que lo grandes empresarios siguieran invirtiendo, que siguieran pagándole a sus empleados aunque no se esté produciendo. 

La crisis sanitaria que vivimos ha obligado al Estado a intervenir en un rol que no tiene normalmente en nuestro sistema económico, donde el Estado funciona como subsidiario y no como garante ¿Considera que esto sea una evidencia más de la crisis del modelo económico?

No creo que evidencie nada de eso, no hay país en el mundo que se haya salvado de la pandemia. Todos los sistemas se han visto afectados. Obviamente el estallido social evidencia cambios que se necesitan hacer, pero lo del Coronavirus es otra cosa. El tema del estallido social ha debido ser postergado, porque aunque se permitieran las marchas, por ejemplo, nadie en su sano juicio quisiera estar hoy participando en aglomeraciones grandes de personas. Incluso Chile que ha tenido un Estado menos intervencionista que en otros lados, ha intervenido en el pasado como en la crisis económica de 2008, donde tuvo una gran intervención, entonces no hagamos un mito de esto. Chile tiene legislación hace años, donde por ejemplo se puede usar 2% del presupuesto sin solicitarlo y sin pasar por el congreso precisamente porque suceden catástrofes como esta. En Chile históricamente han sido los terremotos y ahora es esta pandemia.

Aún aquí no hay un análisis catastrofista, aunque el Ministro de Hacienda de EEUU dijo que si no se hacía el plan que él estaba proponiendo el desempleo podría llegar a 20%, lo cual sería inaudito, una calamidad. ¿Cuánto puede un país aguantar en condiciones de cuarentena o semi-cuarentena? Bueno, nosotros en Chile hemos aguantado una caída de producción del 2% que sucedió en 2008, y actualmente se está hablando de que no vamos a crecer el 1%, sino el 0% o quizás caemos en 1 o 2%, pero nadie está hablando de caer 10%. Ya el país sobrevivió a duras penas el año 83, a un desempleo del 25% y una caída de producción de 13%, entonces tenemos ese ejemplo, pero ojala no nos acerquemos a esa cifra.


“Escribir una Nueva Constitución es un acto poético y las artes ayudan a tener la altura de miras para hacerlo”

Es una de las protagonistas del enero cultural en nuestro país. Desde 1994, Carmen Romero es directora del festival de Teatro Santiago a Mil y desde 2004 preside la Fundación Teatro a Mil que realiza actividades durante el resto del año. La edición 2019 del evento estuvo, sin duda, marcada por la revuelta social y las obras presentadas estuvieron acordes a los temas que hoy preocupan a la ciudadanía. Entre ellas estuvo Ka kiñe Ka kiñe, teatro realizado por una compañía Mapuche, la reposición, tras 16 años, de Mano de obra, escrita por Diamela Eltit; Dragón de Guillermo Calderón, sobre el rol del arte en la política; La ciudad de la fruta que retrata las consecuencias sociales y psicológicas del abuso y un ciclo dedicado a La Patogallina, una de las compañías de teatro callejero fundamentales de nuestro país. En esta entrevista la gestora cultural habla sobre el rol del teatro y la cultura en el actual clima social y de cara al proceso constituyente.

Por Jennifer Abate

– ¿Cómo afectó el estallido social la organización y visión del festival de este año?

Hubo que hacer muchos cambios de horarios, y algunas compañías internacionales que tuvimos que bajar, por ejemplo algunas que se presentaban en el GAM, al lado de la zona centro. También hicimos un cambio poniendo más funciones en comunas donde vamos de forma gratuita, entonces como que dimos un poco esa vuelta. No dejamos las calles, porque las calles fueron nuestras desde hace 27 años, cuando las tomamos en democracia para hacer teatro y eso no se tocó pero sí los horarios, los horarios cambiaron.

-Santiago a Mil es una experiencia consolidada en nuestro país y no necesita tanta promoción como otros espacios e iniciativas culturales. ¿Cómo has visto a los distintos gestores culturales, artistas en términos de visibilidad?

Nosotros hacemos un trabajo de comunicaciones importantes, no es cierto que tengamos una visibilidad porque en el reino de los ciegos el tuerto es el rey. Si tú miras en el concierto de lo que hay en los medios de comunicación, lo que se dedica a las artes es ínfimo e inmerecido. La cantidad de teatro que se hace en Chile no tiene relación con la cantidad de periodistas especializados, programas especializados en radio, TV que no existe y en medios, entonces es un panorama  muy desolador. Es un desafío para los medios de comunicación, no es nuestra responsabilidad, sino de los medios de comunicación el transmitir más cultura.

La gestora cultural y directora ejecutiva de Santiago a Mil, Carmen Romero. Crédito de foto: Fitam.

-Considerando que se suspendieron iniciativas internacionales gigantescas ¿nunca fue una opción no hacer el festival?

Al contrario fue más potente todavía porque teníamos un proyecto de desarrollo regional, entonces comenzamos a llamar a las comunas para ver cómo estaban y estaban mal de nuevo, entonces fuimos con teatro la primera semana y después cuando se levantó el Estado de Emergencia nos fuimos a la PAC, Puente Alto, Til Til y no paramos nunca lo vimos como un preámbulo del Santiago a Mil. Entonces estuvimos siempre trabajando y pudimos palpar como siempre esa necesidad de la gente de sentarse a conversar, todas las funciones terminaban con conversaciones que ya ni siquiera eran producidas sino que naturales, la gente quería estar en diálogo con los artistas e hicimos una conversaciones como cabildos abiertos con artistas. Fue súper importante nuestro corazón de estar en los lugares donde se necesitaba, no solo en Plaza Dignidad o Plaza Ñuñoa, si no que en los lugares de la gente para escuchar qué pasaba, para estar y trabajar con ellos. Yo creo que el teatro es un canalizador tremendo en estos momentos de provocar nuevos diálogos, las artes en general te ponen en una sintonía distinta.

-El estallido social del 18 de octubre se cruzó además con la discusión del presupuesto de cultura para el 2020 que el gobierno intentó rebajar por segundo año consecutivo, y que finalmente se logró que no se rebajara el 20% que estaba anunciado ¿Qué reflexión te genera este proceso?

Creo que la unión hace la fuerza y lo que nos pasó es que éramos instituciones muy distintas trabajando por las artes, requerimos apoyo del estado porque somos instituciones sin fines de lucro, somos instituciones colaboradoras de lo que el Estado no puede hacer solo. O sea Santiago a Mil lo hace una organización de la sociedad civil y sería maravilloso que este gobierno hiciera uno, pero no se hizo en 27 años. Esperemos que no exista un tercer rebaje, creo que es importante que se escuche lo que estamos planteando: que no podemos disminuir los fondos y que ninguna de las instituciones puede estar sometida a fondos concursables aunque sean por tres años.

-¿Cuál es el principal problema de los fondos concursables?

Que son inestables, es dejar a las artes y la cultura a merced del mercado neoliberal y eso no es posible porque ninguno de nosotros tiene fines de lucro. Entonces la pregunta que hace un empresario si no tiene fines de lucro para ¿Qué lo hacen? Hay muchas iniciativas que llevan años desarrollándose y que requerirían estar en una glosa presupuestaria. El Ministerio de las Artes, la Cultura y el Patrimonio tiene un presupuesto que es un 0.34% del presupuesto de la nación, lo que es ínfimo. Eso te dice que efectivamente no es prioritario, que es accesorio, pero lo cierto es que cuando un país que está invirtiendo en el desarrollo humano estamos en un problema futuro muy grande.

– Y según tu experiencia internacional ¿Puedes hacer una comparación entre Chile y lo que has visto en otros lugares, respecto a políticas culturales estatales, presupuestos, etc? ¿En qué posición estamos?

Nosotros estamos recién empezando con el ministerio y el presupuesto todavía es ínfimo, estamos al lado de Uruguay y Argentina, pero al mismo tiempo estamos lejos. Por otra lado en todas partes del mundo hay crisis y se descuenta el presupuesto de Cultura y en algunos lugares como Brasil cerraron el ministerio. El tema es que en esos países igual hay estructuras que están históricamente trabajando por las artes y la cultura. Sao Paulo no se piensa sin museos y teatro ni tampoco Buenos Aires o Montevideo, en ese sentido nosotros estamos muy por debajo de lo que se ha realizado en todas partes del mundo en cuanto a la infraestructura cultural. 

Los fondos concursables dejan a las artes y la cultura a merced del mercado neoliberal y eso no es posible porque ninguno de nosotros tiene fines de lucro. Hay muchas iniciativas que llevan años desarrollándose y que requerirían estar en una glosa presupuestaria»-

-¿Por qué crees que estos países tienen más inversión en infraestructura cultural siendo que tenemos una historia parecida?

No quiero parecer injusta porque lo que se creó hace algunos años cuando se pensó que cada 50 mil habitantes debería haber un centro cultural, es una política de Estado, el tema es que se dejan esos espacios a gestores culturales para que ellos solos consigan levantarlos y no hay una responsabilidad más allá de la gubernamental para el sostenimiento de esos lugares. Es un modelo pésimo que no funciona. Es una especie de neoliberalismo de las artes y la cultura, te entregan la casa vacía y tú, arréglatelas. Esto no funciona sobre todo en las comunas donde no hay capacidad muchas veces para pagar una entrada y los costos que significa una obra de excelencia. Hay que pensar cómo crecemos para que cada uno de esos centros culturales, cada uno de esos espacios tenga una subvención que les permita funcionar y de ahí buscar recursos para mejorar su gestión.

-Quizás el logro más visible del estallido social ha sido la apertura de un proceso constituyente ¿Cuáles son tus expectativas frente una Nueva Constitución y qué rol debería tener el mundo de la cultura para asegurar derechos culturales para nuestro país?

Vamos a seguir hablando de arte, de pueblos originarios e impulsando estos temas en la Constitución. Es un acto poético ponernos a escribir una Nueva Constitución desde una hoja en blanco, es alucinante e inspirador. Creo que las artes nos ayudan a tener la altura de miras que se requiere para escribirla, pensarla y desde las artes uno no podría pensar que una Constitución no incluya a los pueblos originarios, que no sea paritaria, son las cosas que la mayoría de la gente incluida el mundo del arte está pidiendo. Nuestra visión como fundación es que las artes sean fundamentales en la vida del país, de los y las ciudadanas y ahora es cuando y claro que nos interesa participar en todas las mesas, debates y  hacer todos las alianzas para poner que las artes en la discusión pública.

El jardín de los ángeles, de Bélgica, una de las obras callejeras gratuitas del Festival Santiago a Mil 2020.

Haber sido una de las fundadoras de Santiago a Mil y estar al mando hasta ahora te ha permitido ver la evolución de la cultura en Chile desde los años 90 ¿Cómo has visto estos 30 años  en el mundo del arte y la cultura? 

Cuando la democracia llega, nosotros pensábamos que de alguna manera se recuperaba la calle, la celebración, la fiesta, emergería todo lo que subterráneamente existía, había teatro, música, arte. Pero se nos dijo desde el día uno que primero había que reconstruir el país, ponerse de acuerdo y siempre había algo más urgente, hasta que se decidió crear el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes luego de muchos años y recién ahora tenemos un ministerio, ha sido como lento y aún falta demasiado. Que aún no se construya la sala grande del Centro Cultural Gabriela Mistral que ya lleva siete y ocho paralizada habla del lugar en el que estamos. Santiago no tiene espacio teatrales y culturales para acoger la gran demanda ciudadana. Se han creado teatros regionales buenísimos pero en el resto de Latinoamérica están mucho más avanzados. Creo que hemos esperado pacientemente, hemos colaborado, porque la Cultura siempre tiene que esperar porque hay otras cosas que urgen, la salud, la jubilación, pero esto que pedimos no es para los artistas, es para la gente, la ciudadanía. Claro que han habido avances, en dictadura no existía nada en comparación de lo que hay ahora.

Además de la infraestructura ¿Qué otras medidas crees son indispensable para avanzar hacia el desarrollo de la cultura y el arte en el país?

La descentralización es algo que se requiere, necesitamos aumentar los recursos urgentemente a un 1% y también darle voz a esos talentos, que están creciendo y naciendo, no dejar que los y las niñas pierdan la oportunidad de crecer con las artes al lado.

Este es un extracto de la entrevista realizada el 17 de enero de 2019 en el programa radial Palabra Pública, de Radio Universidad de Chile, 102.5.

“La desaparición de Laura Rodig de la historiografía es sin duda un tema político”

La pintora y escultora que abogó por los derechos de la mujer y creó el área de mediación y educación en los museos chilenos es rescatada ahora en una gran muestra en la pinacoteca nacional. Lo que el alma hace al cuerpo, el artista hace al pueblo reúne varias de sus obras pertenecientes a colecciones públicas y es parte de la investigación que realiza la historiadora del arte sobre mujeres artistas chilenas, muchas de ellas invisibilizadas por el canon local.

Por Florencia La Mura

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El Movimiento pro Emancipación de la Mujer Chilena (MEMCH) nació en 1935 como una organización que buscaba la protección de las trabajadoras. En años donde la mortalidad infantil llegaba al 35%, el MEMCH peleó causas que hasta hoy no nos parecen tan lejanas, como el derecho al aborto y a la lactancia de madres trabajadoras. Dentro de sus integrantes se encontraba Laura Rodig, artista y militante que fue la encargada de crear el logo de la agrupación, el mismo que hoy se plasma en los pañuelos verdes que están llevando miles de mujeres atados a sus cuellos en las marchas de los últimos años, donde se vuelve a alzar la voz por el aborto libre.

A cinco décadas de su muerte, el Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA) inaugura Lo que el alma hace al cuerpo, el artista hace al pueblo, exhibición que reúne pinturas, esculturas y dibujos, además de documentación, archivos de prensa y cartas. Estas últimas ponen el acento en la estrecha relación que tuvo la artista con la poeta Gabriela Mistral.

El cuerpo femenino, con sus distintas luchas y formas, es el principal eje de trabajo de Rodig, de acuerdo a la investigación del museo. Si bien Laura Rodig accedió a estudiar en la Academia de Bellas Artes y a rodearse de cierta élite artística de la época, siempre vio su trabajo como artista desde una vereda política y de clase, abogando por derechos de mujeres e infancias, retratando cuerpos no hegemónicos y utilizando materiales precarios, mismas razones -dice Gloria Cortés- que pueden haber hecho que su legado sólo fuera puesto en valor hoy.

La curadora de la muestra, Gloria Cortés. Crédito: MNBA.

«Gabriela Mistral conoce a Laura como su secretaria y viajan juntas a diversas escuelas en Punta Arenas, Temuco y Concepción. Fueron pareja, pero no se sabe exactamente desde qué fecha. Sí hay cartas, especialmente una que le escribe Laura Rodig a Doris Dana cuando muere Gabriela Mistral donde habla de su amor por ella»

-Una de las luchas que ha tenido el movimiento feminista ha sido la de releer a artistas ya conocidas desde ese lugar político, además de hacer presentes a aquellas que fueron invisibilizadas. ¿Cómo aparece la figura de Laura Rodig dentro de tu búsqueda personal?

La vengo estudiando hace diez años en el marco de mi investigación de magíster, que resultó en mi libro Modernas, historias de mujeres en el arte chileno (2013). Si bien es mencionada en libros de historia del arte, nunca se había trabajado en profundidad la pertinencia y valor de su obra. Hemos sumado investigaciones y mostrado en distintas exposiciones y cobra mucho más relevancia cuando se determina que es la creadora del área de mediación y educación de los museos de Chile. En esa búsqueda se ha ido redondeando su importancia, su lucha política, su quehacer artístico y educativo hasta culminar en esta exposición, que se viene pensando hace tres años, donde la situamos en el museo en su justo lugar.

-Laura Rodig fue reconocida por su trabajo en su época pero desapareció de la historiografía chilena. ¿Por qué?

La desaparición de Laura Rodig es un tema político, sin duda. Se cruza clase, género y disidencias. Su obra no es lo canónico que se podría pensar de las colecciones del museo, porque son muy precarias en materiales y elaboración. Muchas están catalogadas como bocetos siendo que son obras terminadas. Era una artista muy reconocida por sus pares en su momento, y la historiografía no la deja fuera porque la menciona, lo que ya es un reconocimiento, pero no se ahonda en su valor.

A la izquierda, la escultura India mexicana; a la derecha, el óleo Desnudo de mujer.
Ambas obras de la muestra del Museo de Bellas Artes. Crédito: MNBA

-¿Qué puedes contar sobre la relación de Laura Rodig con Gabriela Mistral? Hay diversas esculturas, cartas y retratos de la poeta dentro de la muestra.

Gabriela Mistral conoce a Laura como su secretaria y viajan juntas a diversas escuelas en Punta Arenas, Temuco y Concepción. Fueron pareja, pero no se sabe exactamente desde qué fecha. Sí hay cartas, especialmente una que le escribe Laura Rodig a Doris Dana cuando muere Gabriela Mistral, donde ella se presenta y dice «usted no me conoce, yo soy pintora y maestra rural y amamos a la misma criatura durante siete años», y habla de su amor por ella. Hay mucha más documentación que no ha sido investigada en profundidad, sobre todo la relación en México entre las dos y el cruce amoroso con la escritora Palma Guillén. Ahí hay un enredo entre las tres que termina en una pelea entre ellas y Laura se termina yendo a Madrid. 

-Al igual que Mistral, Laura Rodig trabajó en paralelo como artista y educadora. ¿Esto era algo usual entre las mujeres artistas de la época?

Se repite mucho en las mujeres y tiene que ver con los procesos de instalación y circulación: ellas no pueden exhibir sus obras, hacer carrera artística de lleno y muchas de ellas terminan siendo profesoras de dibujo en los liceos y escuelas. Muchos nombres de artistas aparecen en los catálogos y luego desaparecen de la escena, las encontramos haciendo clases sobre todo en liceos normalistas, que incorporaron el dibujo en la educación primaria.

-Con respecto a la colección del MNBA, ¿cómo se evidencia esa invisibilización que han sufrido las mujeres en el arte chileno? 

Hace dos años establecimos que la presencia de mujeres en la colección del museo es de un 11%, entre 10% y 15% es el estándar mundial. Llegar a una paridad de género es muy difícil, no porque no existan mujeres, sino porque requiere adquirir sólo obras de mujeres y eso es una voluntad económica y política. Aunque hemos establecido una línea de incorporación de mujeres a la colección, se siguen comprando obras de hombres, entonces ese 11% se ha mantenido en los últimos tres años. Además, si bien tenemos investigadas a las artistas, es muy difícil encontrar sus obras porque nadie las guardó. Otras se perdieron, sobre todo las esculturas, al no ocupar materiales nobles. La obra de Laura Rodig se preservó porque estuvo involucrada en la formación de la educación de museos y donó muchas piezas. Si uno revisa este 11%, la mayoría fueron donadas por las propias artistas, porque nadie compraba ni exhibía a mujeres. De hecho, optamos por hacer esta muestra con colecciones públicas porque no tenemos información de colecciones privadas y espero que a partir de la muestra empiecen a salir.

-Dentro de muchas resignificaciones está el qué se entiende por “arte de mujeres”, muy distante de un “arte femenino”. Según tu investigación de artistas mujeres, ¿compartían elementos, visiones, deseos en común?

Las mujeres sin duda aplicamos una subjetividad que nos hace mirar el mundo desde otros lugares y eso está cruzado por la cultura y la sociedad, que nos ha relegado a ciertos espacios y omitido en otros. En el período de Laura lo que más cruza es el tema de las corporalidades femeninas, involucrando la maternidad y la ausencia de ella, el cruce con los cuerpos indígenas y obreros. Hay temáticas que están cruzadas y desde donde se podría hablar de un arte temático llevado a cabo por mujeres y que se diferencia de aquel llevado a cabo por hombres. Hay un reconocimiento y una reivindicación que está incluida en todas sus luchas sociales: querían voto femenino, querían estar en el espacio público y tener derecho al aborto en 1935. Por otro lado, hay una ausencia de iconografías maternas, quieren ser reconocidas como mucho más que madres. En el caso de las mujeres lesbianas aparece mucho la maternidad y cómo se les niega ese derecho. En el caso de Laura se suma la lucha por el derecho de la infancia y las mujeres trabajadoras. Y en el contexto  de la mortalidad infantil se lucha por el aborto como un tema de salud pública, como debiera serlo hoy.

Paisaje invernal, pintura perteneciente al Museo de Arte y Artesanía de Linares.

-La muestra Yo soy mi propia musa, realizada el año pasado en el museo, es otra de las muestras que van en la línea de rescate de mujeres artistas ¿De qué manera abordas la resignificación del espacio de la mujer en el arte?

Lo que hago es poner en escena a mujeres artistas, intelectuales y políticas que están en un escenario en un momento determinado y que fueron sujetas con opinión y significación que en algún minuto quedaron anuladas de la historia. Lo que me importa es poder mostrar que estas mujeres existen y que tienen un discurso político importante. En 2017 hicimos la muestra Desacato, donde reunimos obras de mujeres artistas entre 1835 – 1938 de la colección del museo. Luego ampliamos esa discusión y quisimos ver qué ocurría a nivel latinoamericano: ¿se cruzan las mismas temáticas? ¿están las mujeres preguntándose lo mismo? Luego vino Yo soy mi propia musa dos años después, donde entendimos que sí tocaban los mismos temas. Queríamos saber cómo se legitimaban entre ellas, si estaban trabajando en comunidad o sólo estaban insertas a nivel de estos linajes masculinos y patriarcales. Aparecieron muchas informaciones donde están involucradas en distintas organizaciones feministas, como la Sociedad Artística Femenina en Chile. Nos dimos cuenta de que esta red de mujeres latinoamericanas se encontraba en los mismos talleres en Europa, algo que no habíamos podido ver antes. Luego ahondamos en Laura Rodig como un caso específico y queremos hacer lo mismo con otras artistas de la colección del museo.  Es el caso de Clara Filleul, que ha sido consignada como la discípula, mujer amante de Monvoisin, pero investigando ha surgido una mujer mucho más interesante, que viajó sola de Francia a Chile en 1840, con 20 años, recorrió muchas partes, era pintora, cronista de viajes y publicó libros de infancia. Muchos documentos la sitúan como la financista de Monvoisin, era una mujer más emancipada de lo que se ilustraba.

-¿Se puede hablar entonces de otra historia del arte, una compuesta por mujeres?

No sé si se puede hablar de otra historia del arte, creo que es más bien incorporar y complementar esa historia, con mujeres y artistas que fueron marginados por su condición de clase, por ser hijos de obrero o de origen indígena. Estas otredades pueden generar una historia complementaria a la que conocemos, que da luces de otra genealogía, de otras formas de pensamiento no canónico, mucho más conectados con pensamientos culturales más amplios. Creo que eso permite que museos como este puedan involucrarse más afectivamente con la comunidad, porque no son sólo artistas que vienen de una élite europea, sino que hijos e hijas del pueblo que pudieron ingresar a estos sistemas y que generaron otra cultura visual que hoy día va teniendo cada vez más sentido en las luchas sociales. El reclamo invita y obliga a que la historia del arte empiece a mirar desde otros lugares.