Aquellos que vivimos la destrucción de nuestro primer sueño y el desvanecimiento de nuestra última utopía.
El único salvavidas de aquel naufragio era el fin de una dictadura, bajo las condiciones del vencedor, y en la sombra de aquella nefasta cláusula de “la justicia en la medida de lo posible”.
Y de tantas otras que fueron construyendo la ficción que se instauraba, consolidándose a través de los espectros de un materialismo feliz en los envoltorios brillantes de un exitoso marketing mediático, esparciendo logros ínfimos que nublaban la inequidad que se construía.
El no ser parte del oasis era tan solo por nuestra incapacidad de emprender, perteneciendo a la lista de los losers, de los perdedores.
Las alternativas a las que entregamos tantas ilusiones no se desviaban de una senda que, cual Muro de Berlín, se erguía incólume.
Estábamos tan atomizados, que nuestras resistencias sociales-artísticas parecían tan sólo ser destellos inocuos, a los cuales sin embargo le entregábamos una convicción esquizofrénica, frente al aplastante progreso de la “única realidad”.
El clamor de “¡A la Bastilla! o el “Venceremos” eran épicas de un ayer.
Pero, la bruta esperanza siempre alojaba un lugar, como último resguardo a un sentido de vida.
Y una mañana emergió, desde quienes vislumbraban un destino al cual no deseaban pertenecer. Fue a través del salto de un torniquete, una barrera que era tan solo un pedazo de fierro, que se desplazaron los muros de lo posible.
Un grito, un verbo, que pertenecía al pecado de esta ficción. “Evadir”.
La consigna «evadir es luchar» remeció nuestros sentimientos. “Evade el neoliberalismo”. “Evade a dios”. “Evade el miedo”. “Evade las AFP”. “Evade el abuso”. “Evade esta ficción”.
Un “evade”, para plasmar un comenzar que estaba en el dormir de tantos, en las noches en las cuales no nos reconocíamos en la pantalla de este televisor.
Y se despertó descubriendo que no estábamos solos, que todos añorábamos otro vivir.
«La ficción se parapeta, hiriendo, encegueciendo y asesinando en pos de recuperar su verdad. Y nos hiere, al descubrir que el “nunca más” fue sólo un deseo frustrado. Honor a ellas y ellos que perdieron su vida y su vista para que todos podamos ver».
Y cantamos, marchamos hacia un escenario que somos nosotros, y nos dimos cuenta de que compartíamos un mismo sentir sobre un territorio plural y diverso. Surge una tribu con memoria de su historia, de sus canciones, de sus luchas pasadas.
Y se construyen las frases, ya no en plotters sobre lienzos de PVC, sino escritas a mano en cartones y cartulinas, donde se imprime lo que serán los escritos de la memoria del futuro.
Y en estos largos, tristes y bellos días se desvanece el consumismo y aflora el ágora en nuestras calles y plazas.
Sucedió que cuando la clase política comenzó a llamarse clase, no percibió que instauraba una nueva lucha de clases, entre la clase de los ciudadanos y ellos, llevando a poner en jaque la representatividad.
Recuperando los ciudadanos la urgencia de consolidar esta democracia y de ser constructores de su destino. Uno que emerge en cabildos y asambleas, donde el debate se plasma con plumones y lápices pasta, y volvemos a escuchar las voces sumergidas, que comienzan a dibujar los planos del mañana.
Estas vivencias son los cimientos de este despertar.
Y esta desigualdad normalizada como inherente a nuestro existir —frente a la cual la caridad social era el gesto noble— ya no es consecuencia natural de gente perdedora, sino de una ficción social que pierde su verdad escénica, empujando a las actrices y actores a restablecer una nueva convención.
La ficción se parapeta, hiriendo, encegueciendo y asesinando en pos de recuperar su verdad. Y nos hiere, al descubrir que el “nunca más” fue sólo un deseo frustrado. Honor a ellas y ellos que perdieron su vida y su vista para que todos podamos ver.
Las paredes de nuestras ciudades se vuelven pergaminos, jeroglíficos de la ira y el devenir.
«No es la conciencia de clase, como se preconizaba, la que nos mueve. Es la conciencia de la vida, que emerge de un universo y un planeta que demanda un buen vivir para todas y todos».
El devenir estará marcado por las formas que nuestras demandas adquirirán en los diferentes planos de los poderes en juego; será dentro del abanico de la radicalidad o de lo posible. Serán las elecciones del mañana, en todas sus versiones, las que definirán la senda a seguir.
No es la conciencia de clase, como se preconizaba, la que nos mueve. Es la conciencia de la vida, que emerge de un universo y un planeta que demanda un buen vivir para todas y todos.
No volveremos a la normalidad porque la normalidad era el problema
—Grafiti, Santiago de Chile, octubre 2019.
Por Claudia Zapata | Fotografías: Felipe Poga
“¿Por qué aguantaron tanto?”, me preguntaba hace unos días un periodista ecuatoriano a propósito del estallido social que vivimos desde la quincena de octubre. Sólo logré balbucear la idea de que en Chile el neoliberalismo se nos impuso con la metralleta al pecho por una dictadura sangrienta que, campos de concentración mediante, nos tuvo 17 años escapando de la muerte y buscando desaparecidos. Ningún otro país pasó por esa forma de instalación del modelo y ello explicaría en parte su profundidad y alcance.
La continuidad democrática de la fórmula neoliberal nos hizo pensar más de una vez que la lógica de la subsidiariedad había calado de manera definitiva en la sociedad chilena, hasta que comenzaron a surgir movimientos que, desde su especificidad, empezaron a cuestionarla. Son movimientos que han ido ganando en radicalidad, como el movimiento mapuche, y en envergadura, en el caso del movimiento por la educación o por las pensiones dignas. Pese a ello, el estallido nos ha dejado estupefactos frente a una capacidad de indignación y movilización nacional que no se avizoraba en el corto plazo. Su resultado más inmediato es que desde ahora se habla, aquí y en el mundo, de algo que parecía imposible: la crisis del neoliberalismo chileno. Una crisis profunda de legitimidad, producida por el sufrimiento social que genera el alto costo que pagamos cada día para asegurar la ganancia estratosférica del empresariado local y extranjero.
Las jornadas de protesta que comenzaron el 18 de octubre en Santiago y que a las pocas horas se expandieron al resto del país, han significado el despliegue de una insurgencia pocas veces vista en Chile, donde una heterogeneidad de acciones han estado dirigidas por un sentimiento compartido de que es urgente interrumpir esa normalidad que, como señalan los numerosos grafitis que hoy reescriben nuestras ciudades, constituye el problema.
Entre las cuestiones que más han sorprendido, o al menos eso me ha pasado a mí, está la rápida vinculación de todos los problemas puntuales con un orden social sustentado en la desigualdad. Allí radica la condición política de este movimiento, también su racionalidad. Como parte de ese diagnóstico colectivo surge con fuerza una dimensión temporal que se resume en las consignas “No son 30 pesos, son 30 años”, que alude al período de la posdictadura; “No son 30 pesos, son 46 años”, en referencia al hecho fundante de este tipo de capitalismo que fue el golpe cívico-militar de 1973; y la aún más profunda “No son 30 pesos, son 500 años”, para incluir la usurpación como lógica de un funcionamiento social que se reformula a través de la historia y cuyas primeras víctimas fueron los pueblos indígenas.
«El derribamiento de estatuas merece una atención especial, pues se trata de una de las acciones más potentes e impensadas (…). Esa potencia radica en su capacidad para perturbar el guión autoritario de la construcción nacional, embistiendo su despliegue urbano donde calles, plazas y monumentos reivindican de manera ostentosa una genealogía invasora y patriarcal».
Esta densidad histórica concede sentido a las distintas acciones que han interferido el orden público. En ellas se asume la propiedad colectiva de lo que ha sido arrebatado, partiendo por las calles de ciudades cuya forma reproduce la exclusión aberrante que ese orden público resguarda. Evasiones masivas del pago del metro, apropiación de sus estaciones, marchas, barricadas, grafitis, destrucción de símbolos del poder económico y derribamiento de estatuas, son intervenciones que, en conjunto, permiten al observador y observadora acceder a un relato heterogéneo, pero relato al fin, de este malestar y sus expectativas.
El derribamiento de estatuas merece una atención especial, pues se trata de una de las acciones más potentes e impensadas en este oasis del neoliberalismo (ocupando la metáfora del Presidente). Esa potencia radica en su capacidad para perturbar el guión autoritario de la construcción nacional, embistiendo su despliegue urbano donde calles, plazas y monumentos reivindican de manera ostentosa una genealogía invasora y patriarcal. La historia de nuestros monumentos es la historia de un Estado nacional que se ha construido de espaldas a sus habitantes, respaldado por un autoritarismo que ha sido eficiente en ahogar las tentativas de apertura. Son también el símbolo de una estabilidad institucional excluyente y represiva, de allí su obsesión con los conquistadores europeos así como con el ejército y la policía del período republicano. No deja de ser poético entonces el gesto de hacer caer en cuestión de horas a Cristóbal Colón (Arica), Francisco de Aguirre (La Serena), Pedro de Valdivia (Temuco, Valdivia), García Hurtado de Mendoza (Cañete), Cornelio Saavedra (Temuco), Diego Portales (Temuco), así como monumentos a carabineros y militares (Santiago). Un ajuste de cuentas no sólo con el pasado sino con el presente que admite la conmemoración del saqueo y la violencia, eso que los movimientos indígenas no se han cansado de nombrar y denunciar como continuidad colonial.
A la caída de estas estatuas se contrapone el levantamiento de símbolos impensables desde los códigos solemnes de las historias patrias, como la bandera de un pueblo oprimido en igual línea de tiempo —la Wenufoye o bandera mapuche—, o un perro mestizo, fallecido hace dos años y que era conocido por acompañar las manifestaciones estudiantiles y atacar a la policía —el Negro Matapacos—, erigido por estos días en símbolo nacional contra la represión (y tal vez global, como parecen indicar las pegatinas que acompañaron la evasión masiva en el metro de Nueva York como protesta frente al actuar racista y violento de la policía local). En estas poéticas de la insurgencia, Matapacos se multiplica en cientos de perros callejeros que emergen como protagonistas poco convencionales del estallido popular, depositarios de una autoridad política inusitada que nos recuerda a cada tanto que detrás del abrazo hipócrita del policía o del militar, está la represión que te puede quitar los ojos o la vida.
«¿Tan esquiva es la historia o prefieren no enterarse de que no existe revuelta social sin el ataque a los símbolos del sistema que la produce? ¿Quién puede decir que desconoce esta característica de las asonadas populares?»
La fuerza de estas acciones ha sido suficiente para correr el velo de la normalidad y mostrar la injusticia que omite o minimiza la invocación del orden. La estrategia de los sectores responsables de la continuidad neoliberal (partidos políticos, empresariado, grandes medios de comunicación, etc.) ha sido reconocer la legitimidad del reclamo al mismo tiempo que condenan sus formas, indicándolas como violencia inconducente, delictual, carente de razón y perspectiva, mezclándola de manera oportunista con la violencia común incubada por el mismo sistema del cual profitan.
Cuando ese discurso tiene eco en espacios cercanos, algunos supuestamente progresistas, una se pregunta: ¿tan esquiva es la historia o prefieren no enterarse de que no existe revuelta social sin el ataque a los símbolos del sistema que la produce? ¿Quién puede decir que desconoce esta característica de las asonadas populares? Porque si no eres asiduo a los libros basta con ver alguna película de época que tenga como telón de fondo un estallido social para saber que así han caído molinos, instrumentos de labranza, maquinaria, cárceles, palacios y estatuas. Concentrar la discusión en las buenas formas no sólo es impertinente en estos contextos sino también reaccionario, pues oculta el tema de fondo que es el origen de la violencia y sus responsables. Eso es lo que desnudan las mareas humanas que protagonizan la insurgencia y que en nuestro caso ponen en tela de juicio la supuesta paz que habría existido antes del 18 de octubre.
La moralina que existe en torno al tema impide un debate serio cuando se impone la consigna de que todas las violencias son homologables y merecen la misma condena. Como historiadora, pero sobre todo como ciudadana, no puedo suscribir esa premisa que es tan antigua como tramposa y sobre la cual ha corrido demasiada tinta, aunque siendo honesta, queda poco ánimo para las referencias bibliográficas y menos aún para participar en discusiones donde se deben responder discursos malintencionados sobre la paz social, esos que esconden el hecho terrible de que la paz es un privilegio de algunos y que los “conductos regulares” no nos han llevado a ninguna parte, no al menos en este país gobernado por las balas. La paz es otro de los derechos que debemos conquistar.
La pregunta por el desenlace es inevitable, pero en algún punto inútil, porque el estallido de rebeldía que se está desarrollando actualmente en Chile, con toda su heterogeneidad y ausencia de conducción (por el momento), cumple tal vez con una única misión: mostrar un horizonte de posibilidades que ni el más heroico de los triunfos podrá concretar en su totalidad, porque allí radica la potencialidad política y la energía creadora de las rebeliones, donde quiera que estas se produzcan. De todas formas, la necesidad de participar en la construcción de ese desenlace obliga a situarse en un terreno más pragmático, asumiendo el hecho de que todas las opciones son viables, desde la radicalización del reclamo social hasta la derechización de la esfera pública, pasando por la muy probable fórmula gatopardista del “todo cambia para que nada cambie”, por la que esta sociedad chilena ha pasado ya tantas veces. Y, sin embargo, de momento no ha sido poco visibilizar la violencia estructural y la represión como uno de los pilares del neoliberalismo chileno, ni la crítica masiva a un orden social que tiene como base la injusticia distributiva y el mal desarrollo. Un orden sostenido por una casta político-empresarial que, como pocas veces en nuestra historia, tropieza y nos teme.
En los primeros días, el foco de la atención periodística no estaba en las causas que originaban la inédita revuelta ciudadana que como bola de nieve se iba expandiendo y aumentando en masividad, sino en aquellos hechos que espectacularizaban la noticia y, de paso, deslegitimaba la movilización social asociándola con los actos vandálicos.
Por Faride Zerán | Fotografías: Felipe Poga
1.- Detrás del mea culpa de La Tercera
No bastó el mea culpa de uno de los dos medios del duopolio de la prensa escrita, el diario La Tercera, excusándose al día siguiente de que publicara una nota sin fuentes donde se acusaba como instigadores de los actos vandálicos a grupos cubanos y a venezolanos vinculados a Maduro.
Y es que también en materia informativa, el periodismo, al igual que el gobierno, los partidos políticos y gran parte de las instituciones —muchas de ellas desacreditas desde hace tiempo— no han estado a la altura de la magnitud y gravedad de los acontecimientos.
Como la imagen que circula en las redes mostrando un iceberg en cuya punta se ubica el alza del metro, y en la faz sumergida las desigualdades de un modelo neoliberal que arrasó con todo —incluyendo el derecho a una vida digna y segura, es decir a la salud, a la educación, a salarios éticos, a una vejez con pensiones decentes, a circular por la calles con tranquilidad; en definitiva, a vivir con futuro—, lo que está detrás de la fake news de La Tercera aludiendo a una conspiración externa, o del WhatsApp de audio de la esposa del Presidente de la República, advirtiendo de atentados a hospitales, de desabastecimiento y otros horrores provenientes de alienígenas, es una construcción del «enemigo externo» elaborada en alguna oscura oficina de aprendices y conspiradores.
«Esa construcción conspirativa merece no una, sino varias explicaciones. ¿Quiénes están detrás de ella? (…) ¿Por qué La Tercera, diario que suponíamos con estándares éticos mínimos, se hizo eco de una información tan compleja, publicándola sin firma, sin fuentes, sin chequeos elementales?»
La escena de un desencajado presidente diciéndole al país que estábamos en guerra contra un enemigo poderoso y agazapado, justificando con ello no sólo su incapacidad de ver y escuchar, sino el estado de emergencia, toque de queda, militares en las calles y abusos y atropellos a los derechos humanos, es otro ejemplo de que el «desliz” de La Tercera era la punta de otro iceberg. Uno sumergido en este caso en los intrincados laberintos de una inteligencia cuyas maniobras fueron abortadas no por obra de periodistas y partidos políticos atentos y comprometidos con la democracia, sino por los millones de hombres y mujeres que en los días siguientes se tomaron el país en multitudinarias movilizaciones ciudadanas sin precedentes en nuestra historia.
Esa construcción conspirativa merece no una, sino varias explicaciones. ¿Quiénes están detrás de ella? ¿Cómo se informa o desinforma al presidente y a su círculo cercano? ¿Por qué La Tercera, diario que suponíamos con estándares éticos mínimos, se hizo eco de una información tan compleja, publicándola sin firma, sin fuentes, sin chequeos elementales?
Estas interrogantes merecen respuestas. Como también aquellas que apuntan a una frase que, en materia de derechos humanos, creímos que en Chile estaba tallada en piedra: Nunca más.
2.- Las tardías preguntas por los DDHH
Desde el inicio del estallido social que partió en Santiago como protesta contra el alza de las tarifas del metro, los canales de televisión iniciaron transmisiones casi ininterrumpidas cubriendo paso a paso los desórdenes, saqueos e incendios que se sucedieron en distintos puntos de la capital y de otras ciudades del país.
En los primeros días, el foco de la atención periodística no estaba en las causas que originaban la inédita revuelta ciudadana que como bola de nieve se iba expandiendo y aumentando en masividad, sino en aquellos hechos que espectacularizaban la noticia y, de paso, deslegitimaban la movilización social asociándola con los actos vandálicos.
Pese a la declaración del estado de emergencia y toque de queda, los medios, salvo excepciones, no llamaron a reflexionar acerca de qué originaba tanta furia, desencanto, hastío en la población; no se preguntaron qué ocurría con los detenidos, por qué tantos muertos en los incendios o qué estaba sucediendo con los manifestantes que se volcaban a las calles para hacer sonar sus cacerolas y para exhibir su malestar. No interrogaron sobre la cantidad de balines disparados al cuerpo, al rostro, a los ojos de hombres, mujeres, jóvenes y niños, y menos por la violencia sexual ejercida contra mujeres e integrantes de las disidencias sexuales.
Y es que gran parte de la prensa durante los primeros días de iniciada la masiva protesta omitió y eludió el tema de los derechos humanos, y sólo más tarde, cuando las voces de alerta llegaron desde fuera de nuestras fronteras, escucharon el eco, y algunos recién lo empezaron a incorporar a sus pautas.
Mientras escribo estas líneas reviso el reporte de la Fiscalía del Ministerio Público: 23 muertos. El informe del INDH del 29 de octubre, sobre «Monitoreo a manifestaciones», señala que “se observa el incumplimiento de los protocolos para mantenimiento del orden público y de la circular número 1832 sobre uso de la fuerza”, y enumera a continuación: “detenciones arbitrarias; uso excesivo de la fuerza; uso indiscriminado de lacrimógenas; disparos al cuerpo; lanza aguas en dirección al cuerpo, uso de perdigones y balines; carabineros y militares sin identificación”.
«Hay un nuevo Chile que se está moviendo entre la desazón y la esperanza, entre la incertidumbre y las ganas de futuro. En esos intersticios se escurre el buen periodismo (…), capaz de tomarle el pulso a su tiempo, y también de sintonizar con él, pero sin dejar de lado su talante disidente e interpelador».
3.- Reportear en tiempos de crisis
Reportear en tiempos de crisis y convulsiones sociales no es fácil. Exige rigor, coraje y compromiso con la verdad. Exige también no sólo interpelar a las fuentes, sino a sí mismo. Preguntarse, por ejemplo, lo que Claudio Nash, Coordinador Académico de la Cátedra de DDHH de la U. de Chile, señaló en una entrevista a propósito de la violación de derechos humanos hoy en el país: “En Hong Kong llevan dos meses con protestas, muchas de ellas muy violentas, y no hay ningún muerto, y estamos hablando de la dictadura de China que se supone es una de las más atroces del mundo”.
Claramente, la vulneración de los derechos humanos no es un tema del pasado, sino del presente. Y si bien reaparece hoy con fuerza producto de la crisis que estamos viviendo, se arrastra desde hace tiempo. Mientras termino estas líneas, tengo en mi retina la imagen de hace un par de meses de las Fuerzas Especiales de Carabineros ingresando a las salas de clases del Instituto Nacional, subiéndose a los techos, orinando en ellos. ¿Cómo hemos permitido estos niveles de abuso y represión contra niños y adolescentes? ¿En qué minuto se rompió el pacto del Nunca más?
Mientras, la crisis institucional sigue su curso. El debate en torno al plebiscito, asamblea constituyente y nuevo pacto social está en los cabildos que se replican en todo el país. Hay un nuevo Chile que se está moviendo entre la desazón y la esperanza, entre la incertidumbre y las ganas de futuro.
En esos intersticios, en esas grietas se escurre el buen periodismo con sus preguntas a veces sin respuestas. Ese periodismo, agudo, inteligente, bien formado que por un lado es capaz de tomarle el pulso a su tiempo, y también de sintonizar con él, pero sin dejar de lado su talante disidente e interpelador.
(*) Esta columna fue publicada originalmente en El Desconcierto
Si la memoria no me falla, es en Filosofía del presente que Alain Badiou da el ejemplo del matemático Arquímedes, un griego de Sicilia que, tras la invasión de los romanos, dibujaba tranquilamente una figura geométrica sobre la arena cuando un soldado se le apareció de la nada para decirle que el general Marcellus quería verlo. Arquímedes no le respondió, siguió concentrado en su tarea y el soldado volvió a repetirle el mensaje dos o tres veces. Finalmente, Arquímedes levantó la mirada, le dijo al soldado que le permitiera seguir con su demostración y recibió a cambio un sablazo en la cabeza que hizo que se desplomara muerto sobre la arena y borrara con su cuerpo la figura geométrica en la que trabajaba. Sabemos hacia dónde apunta Badiou con este ejemplo: entre el poder de los invasores y el acto creativo de un matemático no hay una medida en común, entre otras cosas, porque lo segundo permanece enfrascado en la inmanencia de sus propias reglas. En una situación como ésta, uno debe tomar una decisión: o está con Arquímedes, o está con el soldado invasor.
La situación sirve para ilustrar un poco lo que está sucediendo en Chile: hay quienes a derecha e izquierda están del lado del orden explicador —justifican con timidez la militarización de las calles, le ponen un paño frío al fervor de la gente o se alimentan parasitariamente de la impotencia que siguen atribuyéndole al pueblo—, y hay quienes están con Arquímedes, del lado de ese fugaz acto creativo con que escriben las multitudes un libro sin prólogos ni desenlaces, cerrado sobre sus reglas misteriosas y esbozado en el corazón de la nada. Si en defensa de esto último hay poco que decir, se debe a que las sublevaciones son revoluciones indocumentadas, gestas sombrías sin papeles ni agendas que trazan con el tímido rigor de un Arquímedes un texto que se ramifica a orillas de las lamidas de la historia.
Entonces hay que pensar este tiempo, porque no es que las sublevaciones no hayan existido antes y que, de repente, el ahogo elocuente de la razón moderna o la desaparición de las grandes filosofías de la historia las hayan puesto de moda; existieron siempre, sólo que en calidad de hermanastras pobres de la revolución. Por eso no es fácil comprenderlas del todo ni arriesgar diagnósticos precipitados, pues en realidad habitan en otro tiempo, no en uno que está por llegar o que se marchó dejando en el aire una estela perdurable, sino en un tiempo que se es suficiente a sí mismo y se muestra por esta razón demasiado arisco o sensible a los dictámenes de los académicos o los periplos del profeta que se anticipa trayendo una buena nueva de algún futuro.
Es sin pasado y sin futuro, como el instante del despertar. De ahí quizá la consigna: Chile despertó. Es una consigna bastante rara, que declara para sí misma lo que acaba de suceder haciéndola suceder por el solo hecho de que la declara. Se puede despertar así también, autodeclarándose en un sueño sin afuera que se acaban de abrir los ojos. En efecto, si el despertar del sueño al interior de otro sueño es una mónada sin ventanas, a quien puede importarle que sea verdad. La parte faltante, en caso de que alguien la imagine, no puede esgrimirse porque el universo de conceptos con los que se lo haría está fuera de la realidad o, si se prefiere, destituido de antemano. Se podría decir entonces que no hay nada que decir, pero tampoco esto es posible, pues no tener nada que decir y hacerlo a la vez es la punta de ovillo de toda escritura.
«El despertar es una bocanada que traspasa las orlas de humo, las bocacalles militarizadas, el edicto neoliberal de la vida como capital humano y la administración del estado como una empresa que pasa los números en azul ante la auditoría del FMI o el Banco Mundial».
Una forma que piensa: es el principio del cine, pero es también el principio del pueblo, puesto que el pueblo configura una forma colectiva del pensamiento cuyas vigas no están en el porvenir ni en el pasado. Esto significa a la vez que, sin ser parte del poder instituido por el invasor, no comulgan con las variantes de la práctica instituyente esbozada como un fármaco prometido por el vanguardista sabelotodo. ¿Y entonces qué? Entonces estamos en el terreno anómalo de una potencia inoperante que esquiva el cemento de las ideas para servirse su sensibilidad a sí misma, digamos que en el caldo común en el que se calienta un guiso con despuntes, contagios y roces, en una marmita heterónoma al arsenal de los nombres y las categorías. Un disparo bien rumiado del profesor Carlos Peña, con sus frases pulidas y sus aciertos de picarón atinado, no difiere del que suelta la boca de una metralla. Son balas endemoniadas de las que basta su redondez para que se las deseche. Lo que las deshecha es el instante creativo de la política, formado por una puntuación pensativa que hace que cada quién se extrañe a sí mismo en la hoguera que reanuda una nueva comunidad entre los cuerpos, los textos, las imágenes y las voces.
El instante en cuestión, acentuado en ese desperezado que se declara súbitamente despierto, forma parte de un tiempo nuevo. Aunque valdría la pena insistir: no es nuevo porque esté a punto de suceder o porque se ha escabullido de una cripta rasgada, es nuevo en su duración plena, o acaso en su modo de destituir en la instantaneidad las formas mismas del pensamiento del tiempo. ¿Existirá otra soberanía que no sea ésta? El despertar es una bocanada que traspasa las orlas de humo, las bocacalles militarizadas, el edicto neoliberal de la vida como capital humano y la administración del estado como una empresa que pasa los números en azul ante la auditoría del FMI o el Banco Mundial.
Es lo que no comprendió Piñera cuando dejó escapar la palabra guerra. Pensó que si lo hacía, señalando a un enemigo que tuvo la precaución a la vez de no identificar del todo, daría un mensaje preciso al sistema financiero internacional, pero el interlocutor no existía y lo único que consiguió fue encender la misma mecha con la que los cosacos, un siglo atrás, habían hecho arder las escalinatas de Odesa, después de que en un legendario acorazado los marinos protestaran por la carne podrida. A pesar de que se le dio a aquel pathos inmemorial de “bocas abiertas, ojos desorbitados y cuerpos extáticos”, la forma de un emblema de pensamiento en imágenes que puso a correr la revolución tratando la fenomenología del espíritu por medio del mundo encantado de las figuras en movimiento, lo que recordamos no es la carne podrida sino su aventón, el punto de partida de una sublevación que, como la que está teniendo lugar en Chile, enhebró el aumento de una tarifa en el metro con la palabra guerra para recortar un cuadro social que hace de los medios de transporte un enemigo episódico.
¿Y las cacerolas? ¿Qué hacen esos objetos domésticos parlantes monologando con el metal de su voz en medio de las alamedas que se siguen abriendo? También hay aquí un cuadro histórico resumido, una cita del allendismo por medio de la reunión de materiales que esperaban una última articulación. ¿No habrá una sobrecarga musical y coreográfica tal vez muy literal con la última voz que resonó dignamente en aquel Palacio? Proponerlo es de por sí rebuscado, pero, así y todo, las cacerolas puntúan rítmicamente la invención instantánea de una soberanía. No es una “soberanía en suspenso”, sino al revés: es el suspenso mismo el que, no respondiendo a la impotencia de las teorías biopolíticas ni a la musculosa prometeica de las vanguardias utópicas, cobra la forma etérea de la soberanía.
«Es el instante de la política. No se puede saber cómo sigue la historia —jamás un pueblo lo sabe—, pero se puede ser feliz teniendo por ahora la sensación de que de esta historia formamos parte, la vivimos y la estamos protagonizando».
El suspenso como soberanía es el guion incompleto de un mito que no se inscribe en la historia como curso, sino que se ensancha en el espacio. Ondulaciones, relieves, chispazos que emergen borrando sus motivos, soles momentáneos y refulgentes en el cielo anónimo de lo humano que desfiguran la historia imponiéndole un ralentí barroco o una velocidad retardada. Es más lenta que la televisión, que muestra las hogueras donde se queman las grandes ideas y se incendia el patrimonio letrado de la república con demasiada celeridad, en circunstancias en las que esta misma celeridad es desdeñada por un pensamiento instantáneo y colectivo que se toma el tiempo para sí mismo. No es que los medios censuren; sobrevuelan con una densidad técnica que ha dejado fuera de la política las causas de un momento tensado entre el festín y la desolación.
Aparece entonces esta excepción, acompañada de su imprevisible instantaneidad creativa, y mientras el gobierno exhibe su caudal voraz y fascista, apresurándose a tacharlo todo de vandalismo para ocupar un arsenal en desuso y volver a poner las metrallas sobre cabezas arrebatadas a la multitud, la gente sigue creciendo en las calles. A la mañana siguiente se dirá que hubo desmanes en el segundo o el tercer círculo de un distrito definido verticalmente, pero la multitud no es una unidad: sale a la calle desde diferentes rincones para dejar atrás la ideología del infortunio como una responsabilidad personal y llega a las plazas a elaborar un libro en proceso, escrito en un registro que arruina la repetida puntuación del poder. Chile no está muerto. Y esto lo sabemos más hoy que ayer, gracias a un pueblo que lo recrea y lo elabora, con las estrofas de un cántico que conmueve y al que aporta su consabido sinfín de variaciones. Es el instante de la política. No se puede saber cómo sigue la historia —jamás un pueblo lo sabe—, pero se puede ser feliz teniendo por ahora la sensación de que de esta historia formamos parte, la vivimos y la estamos protagonizando.
(*) Este texto fue publicado originalmente en el dossier «Los estados generales de emergencia», del sitio Ficción de la razón.
“Habitamos territorios tan, pero tan distintos, que nuestras experiencias de vida se diluyen en reconocer como nuestros a los que están cotidianamente a nuestro lado. Los demás siempre serán otros sospechosos, otros que en su diferencia está precisamente la sospecha y por ello, nuestra negación. ¿Qué proyecto colectivo se puede construir así? Ese es uno de nuestros primeros retos: mirarnos, reconocernos, sentirnos parte de lo mismo. No es fácil, pero tenemos la responsabilidad de iniciar el camino”, escribe en esta columna Enrique Aliste, académico especializado en geografía social y cultural.
Por Enrique Aliste | Fotografía: Felipe Poga
Dimensionar lo ocurrido este octubre de 2019 en Chile nos lleva a los cientos de textos, gráficos, mapas, discusiones, eventos, congresos, seminarios, cursos, lecturas, autores y un largo etcétera que podría llevarse varias líneas que hoy parecen escasas.
No se trata sólo de hacernos los que ya sabíamos o que era previsible lo sucedido. No es eso. Tampoco se trata de sentirse bajo la lupa atenta de quienes ven en ti a uno más de los que ahora vienen con que sabían. Pero a pesar de ello, sí podemos decir que ya sabíamos de esto, y también podemos decir que el titular de antología que publicó el diario La Tercera el domingo 20 de octubre y que decía bien grande “La crisis que nadie vio venir”, es una evidencia más del grado de encierro en que viven las elites chilenas.
No puede ser sencillo el balance siniestro de las atrocidades de las que comenzamos a enterarnos y difundir desde el mismo viernes 18, en tiempos donde la fortuna de tener redes sociales nunca fue tan valiosa. Muchas de estas atrocidades incomprensibles, especialmente pensando que nos encontramos ad portas de la tercera década del siglo XXI, han logrado saberse gracias, precisamente, a esta nueva plataforma que se transforma también en una manera efectiva e interesante de hacer y ejercer ciudadanía a través de los dispositivos móviles.
Pero entre tantas cosas, otra que ha quedado en evidencia durante esta semana es que hay una herida que no sabemos bien cómo se sana, pues si apostamos a que sólo con medidas económicas esto puede revertirse, creo que nos equivocamos profundamente. Es verdad que aquello ayudaría bastante y, en caso de acceder, sería avanzar mucho en disminuir aquellas brechas que nos hablan del mismo país donde un alto ejecutivo de la plaza puede tener un sueldo mensual de más de trescientas veces el sueldo mínimo, o más de ciento ochenta veces el sueldo promedio que gana la mayoría de los chilenos. Y que como si tanto fuera aún poco, proporcionalmente este ejecutivo paga menos impuestos que aquel que gana el mínimo o el sueldo promedio. Y se trataría, por lo demás, del mismo ejecutivo que quería recibir ahora una reintegración de los impuestos pagados, es decir, que el dinero recaudado para las arcas fiscales, esas que se supone ayudan al bien común de un país, se les devolviera a ellos.
«No se trata sólo del modo en que se accede a los bienes y servicio que hoy nos dictan las pautas del desarrollo (…). Se trata, además, del modo en que comenzaremos a reconstruir nuestra convivencia, más allá de las posiciones y el lugar en la sociedad. ¿Se puede hacer aquello si la mayor parte de la élite sigue enclaustrada en sus barrios desarrollados, del país desarrollado en donde todo habla de desarrollo?»
Entiendo que eso ya no va, pero tuvieron que morir personas, destruir varias estaciones de metro, saquear supermercados, decretar estado de excepción, sufrir detenciones ilegales, tortura, vejaciones sexuales; todo eso, por lo menos, para que “cedieran” en sus aspiraciones de lo que probablemente ellos entienden como “justo”.
El gran desafío, entonces, parece ser más bien ético. Sí, precisamente aquel tema sobre el que versan las clases que, por condena judicial, han tenido que recibir dos importantes miembros de la élite económica chilena que financiaron ilegalmente la política por años. ¡Vaya condena!
Y es que no se trata sólo del modo en que se accede a los bienes y servicio que hoy nos dictan las pautas del desarrollo, y que difícilmente van a cambiar de un modo muy rápido. Se trata, además, del modo en que comenzaremos a reconstruir nuestra convivencia, más allá de las posiciones y el lugar en la sociedad. ¿Se puede hacer aquello si la mayor parte de la élite sigue enclaustrada en sus barrios desarrollados del país desarrollado en donde todo habla de desarrollo? Mientras, al mismo tiempo, en muchísimos de los barrios que fueron el resultado de las “exitosas” políticas de vivienda durante una treintena de años, la realidad dista mucho de los códigos propios que hablan de aquella difusa y extraña idea de desarrollo. Peor aún: el desarrollo se ha articulado como aquella noción que permite movilizar el mundo basado en un imaginario.
Hubo en el Santiago de este octubre encendido una ciudad que efectivamente era el oasis al que aludía el presidente en su desafortunada y reciente alocución; un Santiago tranquilo, bien abastecido, con comercio abierto y normal, si no fuera por el toque de queda que —suponemos los que estamos lejos de allí— habrá operado como para el resto de la ciudad. Cabe hacer notar la excepción de lo ocurrido en las cercanías del metro Manquehue, donde las pacíficas muestras de las y los vecinos del entorno —no precisamente populares o identificados con el chavismo o el socialismo internacional— recibieron durísimas respuestas de parte de las fuerzas militares y policiales a tiro de fusiles y avance de tanquetas, en un hecho inédito en la memoria colectiva de Chile.
Pero, al mismo tiempo, en las antípodas de la misma ciudad, había un Santiago sitiado no sólo por la represión policial reinante en los principales ejes de la zona céntrica con epicentro en la Plaza Italia, sino también extendiéndose hacia las periferias, cuyos relatos más crudos estuvieron en las abandonadas comunas de los márgenes como Puente Alto, Maipú, Quilicura, La Florida, La Pintana, entre otras; en las que el pillaje y la barbarie se hicieron parte del mismo estado de ánimo de reclamo, pero donde la fiesta y el carnaval estaban muy lejos de sentirse. Mientras militares y policías se esmeraban en disuadir y reprimir con violencia las protestas pacíficas en las zonas centrales o más acomodadas, las periferias debían lidiar con los saqueos y el desamparo producto de un brutal abandono de la idea del orden público.
Precisamente por esto será difícil que este mapa se articule con claridad si sigue mostrando la imagen de tantos Chile que deben ser capaces de coexistir. Porque esto que sucedía en Santiago también ocurría, más o menos con la misma lógica, en Concepción, Temuco, Puerto Montt, Punta Arenas, Copiapó, Antofagasta, Valparaíso, Viña del Mar y otras ciudades. ¿Cómo se logrará entonces aquel diálogo en donde un territorio no es capaz de reflejarse, al menos mínimamente, en el Otro que se define a partir de la diferencia? ¿Qué pasa allí donde no hay un espejo capaz de reflejar que en el otro lado hay un símil a nosotros que se construye en una diferencia que no nos dice nada? Y probablemente no nos dice nada pues no conocemos, no sabemos ni comprendemos sus códigos, lenguajes ni señales propias de una diferencia tan ignorada por tantos años. ¿Qué hay en ese habitar que ha quedado marginado de las miradas de quienes deciden y de los cuáles efectivamente sabemos poco o nada que no sea, en general, cifras y datos que se centran en la idea de una evidencia que suele carecer de lectura, significado y una debida interpretación? Un “legítimo Otro” como señala Humberto Maturana o un Otro que se pierde en la infinitud, como dice Emmanuel Levinas.
«No hay ciudad posible cuando el territorio está así de fragmentado (…). La perplejidad de las élites también es eso: lo vivido no siempre calza con lo que habitamos, porque habitamos territorios tan, pero tan distintos, que nuestras experiencias de vida se diluyen en reconocer como nuestros a los que están cotidianamente a nuestro lado».
Una situación dolorosa que tiene que servir para pensar, pero para pensar en serio y de manera más desapasionada y que, por lo mismo, nos lleve al plano ético que nos exige el momento que vivimos. Sé que es difícil por estos días y todos lo sabemos; y con esto quiero ser claro: el ejemplo que quiero poner en nada justifica o quiere justificar la barbarie a la que hemos asistido estos días. Por ello aprovecho de, antes de desarrollar este punto, expresar mi más enérgico rechazo y condena a las situaciones de violencia, atropello a los derechos humanos y, más aún, me sumo de manera categórica al repudio público ante la acción policial y militar represiva, respaldando todas las acciones que apunten al debido castigo y a que esto no quede, una vez más, cubierto con el manto de la impunidad; pero quiero especialmente llamar a que, a diferencia de lo ocurrido en dictadura, esta vez SÍ veamos y no dejemos de tener presente en todo momento que la responsabilidad fundamental es de los civiles que no sólo lo han permitido, sino que son los que han llamado a que esto ocurra.
Pues bien, el ejemplo en torno al que quiero que reflexionemos es el siguiente: metro estación Salvador. En las afueras, resguardo militar. Los militares que la custodian son jóvenes que difícilmente alcanzan los 30 años. O tal vez los alcanzan apenas. Los muchachos bajo aquel uniforme no son de la élite; muy probablemente, tanto ellos como sus familias, son parte de los que reclaman con más fuerza ante esta crisis, pues a todas luces vienen de los estratos populares. Todos sabemos que en Chile eso salta a primera vista (en Chile se usa con frecuencia la expresión tener cara de o bien, dependiendo de lo que se hable o donde se esté, NO tener cara de). Pero el trabajo de estos muchachos consiste básicamente en cumplir órdenes. Sus superiores, que han recibido órdenes de civiles que están a cargo de la seguridad pública, los han sacado a la calle y les han encargado el resguardo de una estación de metro. De noche deben cumplir la orden de impedir el libre tránsito de las personas, porque hay un estado de excepción que ellos no han decretado, pues han sido, nuevamente, órdenes de los civiles a cargo. Pero durante el día, por la calle, muchos de los que pasan y se manifiestan —probablemente varios de ellos hijos de las élites medias, quizás estudiantes universitarios, quizás estudiantes conscientes y comprometidos que luchan genuinamente por un Chile más justo y en paz—, les gritan insistente y majaderamente: asesinos, ladrones, vendidos, traidores. Uno de los gritos que también se repite en más de una ocasión es “no te alcanzó más que para ser milico”. ¿Cómo leer esta escena que se repite con el paso de las horas y los días? ¿Qué germen alimenta esta escena que insistentemente vemos mientras hay militares en la calle por orden de la autoridad civil?
Para mí, aunque quizás sea poco popular decirlo, la escena me resulta espantosa. Es más, creo que ES espantosa. Lo es en el sentido más profundo de lo que está en juego y de lo que no hemos logrado ver y que aquí tenemos el deber de analizar en profundidad: ¿a quién le hacemos el juego con este ritual? ¿Cuántas contradicciones nos deja esta escena? ¿Qué esconde cuando emerge desde lo más profundo de nuestras convicciones y sentimientos?
Jóvenes pobres de los barrios bajos, que visten uniforme militar probablemente porque en su mundo es una efectiva (a veces única) alternativa laboral, deben venir a proteger los barrios de las élites que los desprecian. Mientras tanto, en sus barrios, impera la ley del más fuerte al desamparo absoluto del Estado y del gobierno a cargo. ¿Cómo interpretamos esta escena? Como ella hay muchas más: las de las asesoras del hogar, los trabajadores de la construcción, los conserjes de edificios, las y los vendedores en ciertas tiendas de mall, etc. Cada una y cada uno de ellos, cotidianamente, debe cruzar la ciudad de extremo a extremo, madrugando como le gusta al ahora exministro de Economía, Juan Andrés Fontaine, dejando así la vida en la calle y compartiendo el mundo entre universos tan disímiles como los que se fraguan bajo el sol implacable de un Santiago que es capaz de contener tantas ciudades como situaciones existen en él. Estudiantes, profesoras y profesores, técnicas y técnicos, entre tantas y tantos otros, repiten la escena, a la que se suman las y los miles de trabajadores a honorarios (el nuevo “boletariado”), las y los trabajadores por cuenta propia y tantos otros que visten el uniforme de la precarización laboral, que también son parte del mismo ramillete de situaciones que al modelo chileno le encanta adornar con el concepto del emprendimiento.
«La Asamblea Constituyente debe ser el camino en donde las diferencias se puedan hacer visibles a partir de la debida comprensión de que es esa diferencia la que nos hace ser lo que somos. Luego de lo vivido, tenemos todo el derecho de sentir que lo que iniciamos es el primer paso de un largo viaje. Un viaje largo y agotador, pero que promete una vida mejor».
Por lo pronto, la mía es apenas sólo una primera lectura: no hay ciudad posible cuando el territorio está así de fragmentado. La fractura de la sociedad se acompaña de un espacio que se ha cercenado para que lo que vivamos sea casi una reacción natural. La perplejidad de las élites también es eso: lo vivido no siempre calza con lo que habitamos, porque habitamos territorios tan, pero tan distintos, que nuestras experiencias de vida se diluyen en reconocer como nuestros a los que están cotidianamente a nuestro lado. Los demás siempre serán otros sospechosos, otros que en su diferencia está precisamente la sospecha y por ello, nuestra negación. ¿Qué proyecto colectivo se puede construir así? Aquí tenemos entonces, uno de los primeros desafíos: mirarnos, reconocernos, sentirnos parte de lo mismo. No es fácil, pero tenemos la responsabilidad de iniciar el camino.
En mi concepto, la Asamblea Constituyente es y debe ser el camino en donde las diferencias se puedan hacer visibles a partir de la debida comprensión de que es esa diferencia la que nos hace ser lo que somos. Y luego de lo vivido estas semanas recién pasadas, tenemos todo el derecho y la esperanza de sentir que lo que iniciamos es el primer paso de un largo viaje. Un viaje que es largo y agotador, pero que promete una vida mejor. En nosotros está el deber de no desaprovechar la oportunidad.
«Lo que vivimos hoy en Chile no hubiera ocurrido si no se hubiese arrasado con la educación pública en los niveles básico y medio», dice el rector de la Universidad de Chile en esta columna, publicada originalmente en el diario El País, de España.
Por Ennio Vivaldi Véjar (*) | Fotografías: Felipe Poga
En un Chile onírico los celulares acumulan videos, textos e imágenes. A lo largo de más de cuatro mil kilómetros, en los ciento ochenta que separan la cordillera del mar, en este país tan improbable y, por eso mismo, tan real, es fácil detectar las fake-news pues, hoy, son más verosímiles que la verdad factual. Gente en número desbordante deambula con carteles, gritos y cacerolas. Imposibles yuxtaposiciones de videos de militares: uno jugando con civiles a que una pelota-globo no toque el suelo y otro causando una herida transfixiante en el muslo de un civil. Hay muertos y heridos. Hay saqueos. Hay, y esto es inédito, incendios. Y hay mucha gente pacíficamente marchando. Gente que se acerca y rodea a militares en las afueras de sus cuarteles como si no supieran que estos portan armas letales. Un sueño.
Si los sueños aspiran a satisfacer deseos inconscientes, quizás el de este pueblo sea el de reencontrarse. Devolverle un sentido a cada vida para que converja en un destino común. Que a cada cual de nuevo le permitan, a través de un fondo solidario, ayudar a alguna anciana para que ella pueda recibir la atención médica que necesita. Sabe que eso hoy le está prohibido. Quizás ya no quiere más seguir preocupándose solo de sí mismo y solo para sí mismo. Quizás también quisiera que sus hijos reciban una buena educación que no esté predefinida por el dinero que pueda pagar y que la reciban en un entorno plural, enriquecido por una diversidad de orígenes socioeconómicos, ideológicos, culturales.
No intentaré señalar con certeza los determinantes causales de lo que hoy ocurre. Sí sugerir un factor permisivo. Como un edificio que se desploma cuando se destruye uno de sus muros estructurales, lo que vivimos hoy no hubiera ocurrido si no se hubiese arrasado con la educación pública en los niveles básico y medio. Y eso es lo que se ha venido haciendo por muchos años sin el menor remordimiento. Un documento del Ministerio de Hacienda de tiempos de Pinochet afirmaba que nada sería más perjudicial que tener una educación pública, gratuita y de buena calidad. En efecto, se argumentaba, eso desincentivaría a las familias a querer pagar más por una mejor educación, perdiéndose ese espíritu competitivo basado en la libertad de elegir que está a la base de todo progreso. Puedo enviar copia facsimilar de ese documento a quien me lo solicitare.
«Quienes marchan hoy están descontentos y frustrados. Muchos de ellos fueron engañados por un sistema que los empujó a endeudarse para acceder al espejismo de una educación universitaria que, en la realidad, no les proveería ni una formación integral que los convirtiera en reflexivos ciudadanos del mundo, ni un título profesional que les garantizara empleabilidad»
La Universidad de Chile ha jugado, desde la primera mitad del siglo XIX, un rol de torre de construcción permitiendo levantar ese y muchos otros muros estructurales para edificar esta república. El respeto a ese rol histórico y la tenaz defensa de ella que, en condiciones muy adversas, hizo su propia comunidad, impidió que la educación superior estatal corriera, en el período iniciado con la dictadura, la misma suerte que los niveles básico y medio. Pero si no pudieron destruirla, cuanto esfuerzo hicieron por desnaturalizarla. Desde Pinochet, las universidades públicas chilenas fueron tratadas como universidades privadas sin dueño.
Quienes marchan hoy están descontentos y frustrados. Muchos de ellos fueron engañados por un sistema que los empujó a endeudarse para acceder al espejismo de una educación universitaria que, en la realidad, no les proveería ni una formación integral que los convirtiera en reflexivos ciudadanos del mundo, ni un título profesional que les garantizara empleabilidad. Nadie se acordaba a esa altura que las universidades eran comunidades para la generación, mantención y transmisión del conocimiento. Muchos se entusiasmaban con este nuevo negocio consistente en incentivar a un joven a endeudarse hoy para ganar más dinero mañana. No se trepidó en corromper el sistema de acreditación. Se enorgullecieron de una gran ampliación de matrícula, la que se logró con créditos de estudio que llevarían caudales al sector privado. Hoy, un joven marchaba ante la vigilancia militar mostrando un pedazo de cartón en que había escrito: “El crédito de estudio me tiene tan endeudado que no les conviene dispararme”. Perfecta síntesis económica-militar-cultural.
Increíblemente, la institucionalidad en educación superior impuesta por Pinochet en 1981, recién se pondrá en discusión en 2014, al asumir Michelle Bachelet su segundo gobierno. El debate ha estado marcado por un contexto conceptual depauperado e intereses financieros desembozados. Entre las estrategias utilizada para resistir los cambios, ha destacado la de ambiguar el concepto de universidad pública, con fines tanto ideológicos como económicos.
Los fines ideológicos: negar a la Universidad Estatal sus especificidades distintivas tales como pluralismo, laicidad, inclusión, vida interna participativa e independencia de controladores externos; además de su trabajo sinérgico con el resto del Estado en asumir y abordar los grandes problemas nacionales y locales. Como ejemplo insuperable de ignorancia y confusión de los roles regulador y proveedor del Estado, cuando se implementó la gratuidad para las familias por debajo del percentil 60, había acuerdo en que… ¡la gratuidad no se aplicaría a universidades públicas que no alcanzaran un cierto nivel en la escala de acreditación! (Tuvimos que explicar la inconsecuencia con los principios de la democracia que representaría tener universidades privadas gratuitas y universidades públicas pagadas y que la calidad de las instituciones públicas debe ser activa y permanentemente asegurada por el Estado).
Los fines económicos: en un ámbito en que lo estatal representa 16% de la matrícula de educación superior y 25% de la universitaria, asegurarse que “el Estado no tuviera un trato preferente para sus universidades” (sic), sino que siguiera proporcionando igual aporte a las privadas, como de hecho ocurrió al implementarse la gratuidad.
Las universidades públicas hemos desafiado el comando explícito de rivalizar, y hemos ido fortaleciendo redes e instalando una ética que reemplaza la competencia por la colaboración y promueve un sentido de ciudadanía y cohesión social. Somos la institución chilena mejor evaluada por el público general. (Encuesta que considera todas las instituciones de todo tipo. El segundo lugar, lejos, es para el Metro). Somos las preferidas por los estudiantes al momento de postular. aunque la actual normativa, desoyendo el dogma de libertad de elegir, nos restringe drásticamente cualquier aumento de matrícula.
Pareciera que en Chile estamos haciendo un camino de vuelta, que, desde luego, nunca es el mismo. Pero es bueno, en un recodo, conversar con los que podrían estar haciendo el de ida.
Quienes marchan hoy están también alegres y esperanzados. Es diferente caminar que marchar, como también lo es salir de paseo que concurrir a una concentración. Están presentes todos los estratos socioeconómicos. Los chilenos ven atónitos y emocionados que también hay marchas en los barrios ricos. Todos entienden que se requieren cambios estructurales. Una nueva constitución. Otra forma de vida.
Suena mi celular con breve estridencia. Puede ser algo político o lúdico. Alguna pregunta desde una mesa de trabajo en la universidad. Algo sobre un documento de análisis. Alguna declaración oficial del gobierno. Alguna tragedia. Alguna foto de un cartel ingenioso.
Se me viene a la cabeza Machado: también la verdad se inventa. O, quizás, se sueña.
(*) Este texto fue publicado en el diario español El País el lunes 28 de octubre de 2019
(Apruebo Dignidad) Distrito 9 – Región Metropolitana
Lo más complejo ha sido adaptarse a un espacio de deliberación política como este. La diversidad que existe adentro ha implicado descubrir una forma de relacionarse que, personalmente, me es ajena. Viniendo de organizaciones sociales y del activismo, incluso aunque sea militante, no me había tocado tener una experiencia de este tipo, entender las dinámicas y las lógicas de las relaciones políticas. Ha sido un gran aprendizaje. Lo más difícil es estar con gente de la que no se sabe qué esperar. Si tengo al frente a una persona de derecha, sé inmediatamente cuál es su postura, sin embargo, hay gente de centro que en algunas cosas se inclinan para un lado, en otras para otro, y eso representa una gran complejidad en las conversaciones y los acuerdos.
Una de las sorpresas gratas ha sido conocer gente independiente, de otras regiones, de otras listas y colectivos políticos. Hemos podido construir relaciones muy buenas; hay muchas mujeres increíbles, llenas de fuerza y convicción. El trabajo más intenso ha sido el de la Comisión de Reglamento, donde comparto con gente muy aplicada, con muy buenas ideas. Este es un un espacio donde la mitad somos mujeres, algo novedoso. Por eso pienso mucho en mis compañeras que están en el Congreso y en lo tremendo que debe ser estar en un espacio tan masculinizado.
Ser parte de este proceso histórico es importante y lo vivo en el día a día, tratando de superar mis estándares de exigencia. Trato de mantener un contacto muy fluido con la gente, especialmente de mi distrito, y es un trabajo que consume muchísimo tiempo. Fuerzo mi agenda a tener espacios de conexión con la ciudadanía e ir a asambleas, y no es sencillo por el ritmo que tiene la Convención, que es brutal. Nuestros horarios de trabajo son sin parar de mañana a noche, fines de semana completos. A todas y todos nos ha pasado que vemos menos a nuestra familia y amistades. Vivo con mi compañero, no tengo hijos, pero sí una gata: la Abogata. Pienso en mis compañeras que son madres y mis compañeros que son padres o que ejercen labores de cuidados y la incompatibilidad de eso con este ritmo. No podemos permitirlo, porque las que se van a ver más afectadas serán las mujeres. Si nosotras no somos capaces de moderar esto de alguna forma, ellas tendrán que empezar a marginarse de espacios de reunión y eso es tremendamente injusto. Creo que no estamos dando un buen ejemplo sobre lo que es tener una política de cuidado dentro de la CC, y eso es grave. Avanzar en eso es clave.
Mi gran batalla es la Constitución feminista. Obviamente, son varios los otros asuntos en los que he puesto mucho énfasis, sobre todo en los derechos sociales, pero creo que mi gran batalla es introducir la perspectiva de género de principio a fin en el texto constitucional.
Escaño reservado del pueblo mapuche – Región de La Araucanía
Estos dos primeros meses en la Convención han sido de muchos cambios, trabajo, estudio y también aprendizaje. En lo personal, tuve que cambiarme de ciudad y trasladarme desde Temuco a Santiago junto a mi pareja, dos de mis 3 hijos y mi mamá, quien nos viene a apoyar en los cuidados de los niños.
Los primeros convencionales que conocí y con los cuales tuve contacto antes de la Convención fueron los mapuche, con quienes obviamente tengo mayor afinidad y con los que trabajamos en varios puntos en conjunto. Luego fueron los convencionales de escaños reservados de los otros pueblos indígenas. Desde esos espacios, me he desenvuelto hacia el resto de la Convención. He podido interactuar y trabajar con convencionales de todos los sectores, sobre todo porque he sido parte de la Comisión de reglamento (la que más trabajo ha tenido). Soy coordinadora de una subcomisión dentro de ella y llegamos a sesionar veinte horas diarias.
Como anécdota, fui quien presentó la indicación de eliminar la “República de Chile”, lo que generó mucho debate y cuyo objetivo era armonizar textos. A pesar de todo, nos sirvió para analizar las bases del surgimiento del Estado uninacional que mira el modelo europeo, y pensar en cambiar los paradigmas que le dieron inicio, ya que a través de él se buscaba homogenizar la población para ser una nación y así diferenciarse de la monarquía, a la vez negando lo indígena preexistente.
Cuando llegué a la Convención, sabía que sería parte de un proceso histórico. Venía con legítima desconfianza por el actuar del Estado respecto del pueblo mapuche. Pensé que sería casi imposible dialogar con muchos, sin embargo, he visto que gran parte de los convencionales están acá para generar los cambios profundos que los pueblos esperan.
En cuanto a mis expectativas del proceso y de lo que busco plasmar en la Constitución, espero que podamos crear una que deje atrás el colonialismo en el que se fundó el Estado de Chile, que se haga cargo de los derechos de los históricamente excluidos; de la naturaleza, las mujeres y, por supuesto, de los pueblos indígenas.
Sé que mi presencia acá representa la esperanza de muchas mujeres mapuche que han estado silenciadas. En este espacio, soy la voz de quienes nunca han tenido la posibilidad de hablar, de mis antepasados que lucharon por el reconocimiento y el respeto del derecho a seguir siendo mapuche. Espero que ello se refleje en las normas que se escriban en la nueva Constitución, que ya no será de la República de Chile, sino de todos los pueblos presentes en este territorio. Fey muten fentren mañum!
(Independientes por la Nueva Constitución) Distrito 21 – Región Del Biobío
Estos meses comenzó un nuevo camino, único en nuestra historia, donde la ciudadanía por primera vez participa en la redacción de una nueva Constitución. Al comienzo, para quienes vinimos desde regiones, resultó algo complejo adecuarnos a las dinámicas de Santiago, especialmente por dejar nuestras ciudades (en mi caso, Los Ángeles), hogares y familias. Sin embargo, este ajuste se comenzó a dar de forma más fácil, luego de pasar varios días junto a compañeros y compañeras convencionales, con los que logramos generar relaciones de amistad, tras extensas jornadas de trabajo en el Pleno, la coordinación de la comisión de Participación Popular y Equidad Territorial (de la que soy parte), y en los lugares de hospedaje en común.
La conversación e intercambio de ideas en ambientes cotidianos y más relajados, como en el desayuno, almuerzo, cena y espera de locomoción, estableció una dinámica que permitió conocernos más allá de las ideas políticas, valorando nuestra diversidad como personas con diferentes experiencias y una gran calidad humana. Esto permitió ir avanzando en la búsqueda del diálogo de forma más distendida, con risas y buen humor, más allá de las polémicas largamente cubiertas por los medios.
En cierta medida, se esperaban las dificultades que se prestaron en las primeras semanas de la Convención, lo que significó un enorme desafío para cada integrante sacar adelante esta tarea, que hasta el momento ha contado con grandes avances. Para quienes buscamos aportar a esta Convención desde la ciudadanía -en particular en mi caso como profesor de Historia-, en el proceso se ha dado un choque con el lenguaje y los tecnicismos jurídicos, situación que hemos ido superando con aprendizajes y con la práctica diaria que demanda esta instancia.
Avanzar en los resultados de esta labor es algo que tiene expectantes a quienes ven el proceso desde afuera, principalmente aquellas personas que buscan equidad, dignidad y justicia. En mi caso, pretendo que la Convención sea capaz de entablar la garantía de los derechos para miles de trabajadores a través de la negociación ramal, el término de las malas prácticas laborales y la erradicación de la atomización sindical. Esto, para que en Chile se haga realidad el anhelo de que el trabajo permita alcanzar una mejor calidad de vida, proyección profesional, desarrollo personal y así lograr la felicidad de cada habitante del país.