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La química de las emociones 

Diversos procesos eléctricos y químicos están detrás de lo que ocurre en el cuerpo cuando sentimos, y, a pesar de que rara vez es posible modular los primeros, sí lo hacemos todo el tiempo con los segundos, al realizar acciones tan cotidianas como ver videos en el celular o abrazar a alguien. 

Por Cristina Espinoza | Ilustración: Fabián Rivas

“¿Alguna vez miras a alguien y te preguntas: ¿Qué está pasando dentro de su cabeza?”. Esta frase de la película Intensamente (2015) es una duda a la que neurocientíficos, psiquiatras y psicólogos han dedicado su vida a responder. Con el tiempo, el tema ha sobrepasado los límites de estas disciplinas, pues las emociones juegan un papel central en el mundo contemporáneo, no solo en la vida íntima, sino también en distintos ámbitos de la esfera pública, desde la política hasta el trabajo, como lo plantea la socióloga franco-israelí Eva Illouz, una de las principales teóricas de esta “nueva cultura de la emotividad”. Sin embargo, a pesar de su importancia, seguimos sin entender del todo los procesos que nos llevan a reír, enojarnos o estar tristes.   

Según el neurocientífico portugués Antonio Damasio, las emociones son parte de un sistema automatizado que nos permite reaccionar al mundo sin pensar. Nacemos con ellas, y con los años aprendemos a asociarlas a ciertos hechos, objetos o personas, creando sentimientos. La ciencia ha descubierto que este sistema está basado en señales eléctricas y químicos en el cerebro que funcionan a través de hormonas, de neuronas que se relacionan y de neurotransmisores que lo permiten.  

Se trata de procesos casi instantáneos —pasar de una emoción a un sentimiento demora solo 500 milisegundos— que provocan las sensaciones de alegría, tristeza, ira, asco, miedo y sorpresa, las emociones básicas según el psicólogo estadounidense Paul Ekman; las de confianza y anticipación, que agregó su colega Robert Plutchik, o las 25 que consideran los investigadores Alan S. Cowen y Dacher Keltner de la Universidad de Berkeley. No hay acuerdo sobre cuántas emociones existen, pero sí ciertos consensos en torno a cómo funcionan —al menos, algunas— y cómo ese conocimiento puede mejorar tratamientos para la ansiedad, la depresión y la adicción, entre otros trastornos.  

Desde el punto de vista de la neurociencia, las emociones son respuestas fisiológicas que ayudan a mantener la homeostasis, es decir, el equilibrio entre todos los sistemas del cuerpo, necesaria para mantenernos vivos. “El miedo es uno de los ejemplos mejor conocidos. Cuando uno detecta una amenaza y se genera esta sensación, hay cambios fisiológicos: se liberan hormonas, cambia el flujo sanguíneo, se erizan los pelos, se dilatan las pupilas, aumenta la sangre en los músculos y se reduce en el intestino, para así crear una respuesta como correr, pelear o congelarse”, explica el neurobiólogo Pedro Maldonado, académico del Departamento de Neurociencias de la Facultad de Medicina de la U. de Chile y autor del libro ¿Por qué tenemos el cerebro en la cabeza? (2019). 

La adrenalina, la dopamina y el cortisol son tres químicos que se liberan ante una amenaza. Al detectar un peligro, nuestro instinto de lucha o huida se activa mediante la liberación de adrenalina. El cortisol u hormona del estrés ayuda a mantenerse alerta, mientras que la dopamina, neurotransmisor del bienestar general asociado al placer, se activa adelantándose a la recompensa, que es superar la amenaza. Por eso es posible encontrar placer en el miedo. De otra forma, no habría público para las películas de terror o para las montañas rusas. 


La alegría, la tristeza, el asco, el miedo, la ira y la sorpresa, las emociones básicas según Ekman, están entre las más reconocibles. De hecho, exceptuando la sorpresa, son las protagonistas de Intensamente (2015), película de la que el psicólogo fue asesor científico, y donde son mostradas en un centro de comando del cerebro determinando el comportamiento de una preadolescente. 

Sin embargo, desde el punto de vista neurocientífico, esto no es del todo acertado. No existe una única parte del cerebro involucrada en todas las emociones, aunque por años se ha popularizado, por ejemplo, que la amígdala está implicada en el comportamiento impulsivo y la corteza prefrontal en lo racional. “El descubrimiento más importante en el campo de las bases neurobiológicas ha sido que la emoción y la racionalidad no son opuestas, sino que están profundamente entrelazadas”, opina desde Estados Unidos Henry Mahncke, doctor en Neurociencias por la U. de California y director ejecutivo de la empresa Posit Science, creadora del programa de entrenamiento cerebral BrainHQ. “Los neurocientíficos Antonio y Hanna Damasio demostraron que nuestras emociones provienen de sensaciones reales en el cuerpo, y que la información transmitida al cerebro y percibida como emoción es tan importante para tomar buenas decisiones como la que viene de sensaciones reales de nuestros ojos y oídos, o de nuestros recuerdos, planes y pensamientos. Ser una persona completa significa incorporar toda esta información: sensación, emoción y razón”, agrega. 

De izquierda a derecha: Tristeza, Ira, Miedo (atrás), Asco y Alegría son los protagonistas de la Intensamente (2015). La segunda parte de la película se estrenará en junio y sumará otros personajes: Envidia, Vergüenza, Ansiedad y Aburrimiento. Crédito: Pixar/Walt Disney Pictures 

Con ello se descartaron algunas teorías que hablaban de una supuesta división del cerebro, cuyas partes permitían el comportamiento racional o emocional. “Había un modelo de funcionamiento del cerebro humano basado en una mala interpretación de la evolución: la teoría del cerebro triuno, que postulaba que las partes centrales tendrían que ver con el control de la emoción y la corteza con lo que se ha definido como la razón”, señala la neuróloga Andrea Slachevsky, académica de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile.  

Esta teoría, creada por el neurocientífico estadounidense Paul D. MacLean en los años 70, proponía que el cerebro humano está compuesto por tres capas que se desarrollaron evolutivamente: el cerebro reptiliano, el cerebro límbico y la neurocorteza, los que interaccionan permanentemente para la producción de la conducta.  “Esas teorías evolutivas del cerebro no tienen ninguna validez científica. Lo que se sabe es que el procesamiento de la información sucede al mismo tiempo. No hay una división, uno no domina sobre el otro; de hecho, el cerebro es adaptativo y necesitamos los dos componentes para actuar”, agrega Slachevsky.  

Hoy se sabe que cada emoción desencadena un proceso en red en el que participan la amígdala, la corteza y los ganglios basales, entre otros, los que están en diferentes partes del cerebro. “Uno puede identificar con distintas técnicas qué lugares cambian su actividad de manera importante cuando se experimentan emociones. Muchas partes del cerebro participan en muchas emociones”, sostiene Maldonado. 

Sí hay zonas que participan más en cada emoción específica, como el sistema límbico —del que es parte la amígdala—, mientras otras tienen menos actividad, como la corteza. Al sentir miedo, alegría o rabia, no se piensa, se actúa. Ese es el objetivo de la emoción: provocar una acción que podría salvarnos la vida. Como lo explicó Antonio Damasio en una entrevista: “Nuestra naturaleza nos provee de ambos aspectos: primero, de una acción que hace que podamos huir de forma efectiva, sin pensar ni reflexionar, de un lugar donde hay un peligro; y luego, nos provee del beneficio adicional de mantener en nuestra mente algo que nos recuerde esa fuente de peligro”. 


Otro factor que media en el desarrollo de varias emociones son los neurotransmisores, químicos que permiten que las neuronas se comuniquen entre sí. La dopamina, conocida por su conexión con la felicidad y el placer, además está vinculada con el miedo y la conducta adictiva, y su estudio es de gran importancia para la medicina, sobre todo para el tratamiento de la depresión y la ansiedad, donde hay un déficit de ella. 

El avance en el conocimiento de cómo funciona químicamente el cerebro ha llevado a buscar nuevos tratamientos para sus trastornos, eliminando otros más invasivos (como la lobotomía) y abriéndose al estudio de los psicodélicos para casos específicos. En enero, por ejemplo, el Departamento de Asuntos de los Veteranos de Estados Unidos anunció que estudiarán el éxtasis y la psilocibina (derivada de hongos) en soldados que han regresado de la guerra con estrés postraumático y depresión, en los que no han funcionado las terapias convencionales.  

“Estas drogas han generado un gran interés porque producen cambios en las conexiones del cerebro; es lo que llamamos plasticidad neuronal. La psilocibina y el LSD parecieran ser herramientas prometedoras para fomentar dichos cambios, principalmente en gente que tiene traumas, miedos y fobias. Ahora se está conociendo mejor su mecanismo de acción y se cree que podrían ser beneficiosas en el área de salud mental”, sostiene Pedro Maldonado. 

Sin embargo, falta mucho que aprender, explica Andrea Slachevsky. “Desde hace unos años hay una crisis en el desarrollo de fármacos más efectivos, porque aún entendemos muy poco cómo funciona el cerebro”, asegura. Así lo señala también el zoólogo británico Matthew Cobb en su libro Una historia de la idea del cerebro (2024): “Uno de los indicadores más graves de nuestra ignorancia del cerebro es la grave crisis en la comprensión de la salud mental. Desde la década de 1950, la ciencia y la medicina han desarrollado enfoques químicos para tratar las enfermedades mentales. Se han gastado miles de millones de dólares en crear medicamentos que ahora se recetan ampliamente, pero aún no está claro por qué funcionan, o incluso si funcionan”, sostiene.   

Crédito: Joe Raedle/Getty Images/AFP

Donde sí ha habido avances es en el estudio del mecanismo de las adicciones, principalmente gracias a la dopamina, neurotransmisor vinculado a esa conducta. “Se ha convertido en una especie de moneda universal para que los científicos midan la adicción. La dopamina puede ser incluso más importante para la recompensa y la motivación que para el placer”, explica desde Estados Unidos la psiquiatra Anna Lembke, autora del libro Generación dopamina: cómo encontrar el equilibrio en la era del goce desenfrenado (2023). 

“La dopamina es el neurotransmisor que dice: ‘Oye, presta atención, porque lo que está pasando ahora mismo es esencial para tu supervivencia’. El problema es que nuestro sistema de dopamina evolucionó para un mundo de escasez y peligro siempre presentes, no para el mundo en que se encuentra hoy”, indica la psiquiatra. En la actualidad, casi todas las sustancias (incluidos los alimentos) y comportamientos humanos (como el uso de medios digitales) se han “droguificado”, haciéndonos vulnerables a la adicción, explica.  

Cada emoción activa químicos que pueden ser replicados de manera artificial con medicamentos, drogas o algunos comportamientos. Hacer ejercicio produce dopamina, serotonina y endorfinas, pero esto también lo hace la cocaína, por ejemplo. “La cocaína activa directamente los circuitos de recompensa de nuestro cerebro, al imitar la acción de la dopamina. Eso hace que usarla sea increíblemente gratificante: las personas experimentan euforia y suelen querer más”, indica Henry Mahncke.  

No es lo único con potencial adictivo: el uso de redes sociales sigue el mismo camino de recompensa que las drogas y el alcohol, explica Anna Lembke, ya que “conduce a un estado cerebral deficitario de dopamina”. Mientras hacemos scroll y el algoritmo de la red social nos muestra videos similares a los que nos han gustado, el cerebro está con niveles anormalmente altos de dopamina, por lo que al parar se sumerge en un estado de déficit. “Cuando uno come, no puede comer hasta el infinito, tiene que detenerse, y hay mecanismos fisiológicos que generan esta sensación de placer y saciedad. Pero si estos no están operando normalmente, las personas se hacen adictas a la comida, a las drogas, al juego, a las redes sociales; porque crean pequeños momentos de placer que pueden ser prolongados hasta el infinito si uno no genera conductas de uso sanas”, dice Maldonado. 

Para averiguar si uno es potencialmente adicto, Anna Lembhke invita a hacer un ayuno de dopamina, dejando de usar el teléfono y las redes sociales por 24 horas. Tiempo suficiente para entrar en abstinencia y reconocer si se es adicto o no.