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Palabra de Estudiante. Nuestras últimas cartas en un juego difícil de ganar

«Creo que es momento de reflexionar sobre la urgencia de que exista un organismo internacional con disposiciones específicas y sustantivas sobre cuestiones relativas al cambio climático y al medioambiente», escribe Belén Calvo, estudiante de Estudios Internacionales de la U. de Chile. 

Por Belén Calvo

No es novedad decir que el cambio climático está causando una crisis de extrema gravedad y de emergencia global. Cada palabra que escribo, de hecho, tiene una relación directamente proporcional con la angustia que siento, pues no puedo evitar pensar que cada segundo que pasa es un segundo más en el avance e intensificación de esta catástrofe mundial. 

Nos encontramos en un momento decisivo, en el que, desde diferentes lugares, el mundo nos está mandando señales respecto de los enormes cambios que se están produciendo y que parecen no tener solución en un futuro cercano.

A pesar de que esta crisis es de conocimiento colectivo, da la impresión de que nadie le toma el peso suficiente, tal vez por ignorancia, ansiedad o desinterés. Creo firmemente que esto se debe, en parte, a la cultura de la desinformación a la que estamos expuestxs hoy, como también al hecho de que la educación sigue siendo bastante incipiente en temas medioambientales a nivel mundial. En el contexto de urgencia que vivimos, esto se convierte en un problema estructural grave, con consecuencias irremediables.  

Soy de la idea de que, a pesar de todas las reuniones, negociaciones, acuerdos, conferencias e instancias de cooperación realizadas sobre cambio climático entre los Estados —destaco en particular el histórico Acuerdo de París, de 2015—, no se ha logrado llegar ni a la mitad de las metas que a estas alturas deberíamos haber cumplido en materia de reducción de gases de efecto invernadero (GEI), derechos humanos, financiamiento y cooperación internacional. 

¿Qué es lo que sigue? ¿Cómo podemos ayudar en un contexto de incertidumbre y desesperanza? ¿Cuáles son nuestras últimas cartas en este juego donde tenemos muy pocas —por no decir nulas— probabilidades de ganar?

Soy estudiante de la carrera de Estudios Internacionales, lo que me hace tener un poco de fe en el sistema internacional, pese a los cuestionamientos que ha recibido debido a la crisis del multilateralismo, expresada, entre otras cosas, en desacuerdos, guerras y en el proteccionismo de ciertos Estados. Un ejemplo de que todavía hay esperanzas es la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático de 2022 (COP27), que comenzó el 6 de noviembre en Sharm el-Sheij, Egipto, y que cerró con bastantes logros. Si bien estos no solucionan la crisis climática en lo inmediato, sí hacen frente a problemas relacionados a la complejidad de la geopolítica internacional o al apoyo del sistema financiero a proyectos medioambientales de mitigación. Esto me hace pensar que todavía existen algunas soluciones que pueden ser determinantes para nuestra vida en el planeta. 

Estoy consciente de que nadie puede decir “esta es la solución a tal problema” sin considerar que siempre existen costos y que se requiere, en particular, una coordinación de intereses, sobre todo en la arena internacional. Sin embargo, creo que es momento de reflexionar sobre la urgencia de que exista un organismo internacional con disposiciones específicas y sustantivas sobre cuestiones relativas al cambio climático y al medioambiente. 

Tal vez las organizaciones internacionales no tienen hoy tanta credibilidad debido a ciertas fallas en las que no puedo ahondar en este espacio. Sin embargo, creo que, en el contexto de un mundo globalizado, es la opción más viable para resolver los problemas actuales y para actuar dentro de un sistema de reglas que pueda guiar a los Estados. Nada garantiza el éxito de un organismo así, y si bien es posible que una organización fallida pueda tener altos costos, dudo que esas pérdidas puedan compararse con la idea catastrófica —pero cercana— de la destrucción del planeta, de este lugar que nos permite gozar de aquello que llamamos vida.