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Una lengua propia: en memoria de Maryse Condé

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La obra de la escritora guadalupeña Maryse Condé, quien falleció el pasado 2 de abril, deja una trayectoria que conecta el Caribe con Francia, Inglaterra, Estados Unidos y el continente africano. Un corpus imprescindible de la literatura contemporánea que nos acerca también al trabajo de otras escritoras y escritores caribeños que escriben desde la diáspora.

Por María Yaksic y Lucía Stecher | Foto principal: Martin Bureau / AFP

“Yo no escribo ni en francés ni en creol, escribo en Maryse Condé”, dijo en 2007 la escritora guadalupeña, una de las voces más importantes de la literatura caribeña contemporánea, fallecida en Vaucluse, al sur de Francia, el pasado 2 de abril. Aguda, controversial, con un inmenso talento literario, desarrolló una singular obra que abarca más de 40 libros de ficción y no ficción. Escribió también textos dramáticos y ensayos críticos, fue traducida a múltiples idiomas, y al inglés por su marido Richard Philcox, compañero de toda su carrera literaria. Recibió numerosos galardones en vida, como el premio de la Academia Francesa, el premio Carbet del Caribe, el premio Marguerite Yourcenar y el Nobel Alternativo en 2018, entre muchos otros. También presidió el Comité para la Memoria de la Esclavitud, creado en el marco de la ley Taubira en Francia, que reconoció la esclavitud como un crimen contra la humanidad. Su partida a los 90 años nos deja una trayectoria biográfica, literaria, periodística y de investigación que conecta la historia del Caribe, particularmente de Guadalupe, con París, Londres, África y Estados Unidos, donde trabajó en diversas universidades, además de fundar y dirigir el Centro de Estudios Franceses y Francófonos de la Universidad de Columbia, en Nueva York.

Maryse Condé nació en Pointe-à-Pitre, en 1934. Fue la hija menor de una familia de ocho hermanos, encabezada por una madre que fue una de las primeras profesoras negras de Guadalupe y un padre que fue uno de los fundadores de lo que más tarde sería La Banque Antillaise. En 1952 se trasladó a París para ingresar al prestigioso Lycée Fénelon, luego a la École Normale Supérieure, y después a la Sorbonne. Como joven estudiante, vivió la agitada década de la posguerra, el estallido de la guerra de Argelia, el ambiente intelectual de la revista Présence Africaine, y su consolidación entre el Primer y Segundo Congreso de Escritores y Artistas Negros. Son los años de la publicación de los libros de Joseph Zobel, Édouard Glissant, Frantz Fanon y Aimé Césaire, autores a los que Condé aún no había leído. En diferentes ocasiones contó que fue su amiga Françoise, hija de un destacado profesor de la Sorbonne, quien le presentó El discurso sobre el colonialismo (1950), de Aimé Césaire: “Yo no sabía nada del autor, sin embargo, su lectura me impactó tanto que, al día siguiente, fui corriendo a la librería Présence Africaine. Me compré todo lo que encontré de Aimé Césaire. Y, para disimular, también me llevé los poemas de Léopold Sédar Senghor y Léon-Gontran Damas”, contó en el libro autobiográfico La vida sin maquillaje (2020). Esas lecturas la llevaron a involucrarse en sus primeras polémicas. Cuando Frantz Fanon publicó Piel negra, máscaras blancas (1952) por entregas en la revista Esprit, Condé se indignó por considerar que el libro desprestigiaba a los antillanos. Entonces, decidió escribirle una carta enfurecida al editor con sus descargos, de los que posteriormente se arrepintió: “fui demasiado inmadura, demasiado ‘piel negra, máscara blanca’”. La anécdota le permitió mostrar después lo poco que entendió del libro, especialmente lo que significaba la alienación colonial; pero también su temprana rebeldía, lo dispuesta que estuvo desde muy joven a expresar sus posiciones, aunque fueran minoritarias, una forma muy particular de habitar la contradicción, de decir y retractarse sin temor a reconocerlo abiertamente. Fanon se convertiría después en una de las figuras intelectuales más importantes en su escritura.

Maryse Condé y sus cuatro hijos en Guinea, en 1960. Fuente: Manioc-ECCA.

En 1959 llegó a África, y comenzó un largo recorrido por Costa de Marfil, Ghana, Guinea y Senegal. Los más de diez años que duró este periodo estuvieron marcados por constantes encuentros y desencuentros entre africanos y antillanos, y por los descubrimientos y desafíos que surgieron en medio de un continente que estaba en plena descolonización. Llegó a ese continente con su primer hijo, Denis, y embarazada del segundo. En esos años tuvo dos más, de los que se hará cargo prácticamente sola. Debió ejercer diversos trabajos y ocupaciones, buscar estrategias para sobrevivir, cambiar de país en función de las inestables posibilidades económicas y escenarios políticos. Según Condé, estos años de sobrevivencia la llevaron a convertirse en escritora. Las ilusiones y desencantos con diversos proyectos personales y colectivos, su distanciamiento irrevocable con los gobiernos de Sékou Touré, en Guinea, y Kwame Nkrumah, en Ghana, su comprensión de las profundas herencias coloniales y el permanente divorcio entre el discurso y las acciones, serán temas abordados por sus libros una y otra vez a lo largo de su trayectoria.

Después de África, la literatura se volvió un ejercicio permanente de autonomía, y se convirtió en el lugar desde el que decidió desplegar una voz propia contra los encasillamientos. La posibilidad de ser considerada simplemente “la hija querida de una nación, de un pueblo” la impulsó a buscar la libertad en el lenguaje, una libertad que desde su punto de vista no fue otorgada tras la abolición de la esclavitud, como dirá en una entrevista de Radio France.  Su primera novela, Hérémakhonon, se publicó en 1976, cuando ya se encontraba de regreso en París. El mismo año se doctoró en Literatura en la Universidad Sorbonne Nouvelle con una tesis sobre el estereotipo de los negros en las letras antillanas, y de allí en adelante comenzó una agitada carrera en múltiples direcciones. No hay una trayectoria y una obra que se le parezcan. En efecto, Maryse Condé hizo un recorrido intelectual y literario singular, a contrapelo, comprometida con la crítica y en permanente movimiento; se interesó por diversas literaturas, no solo la francófona. Aunque fue incomprendida en su país de origen en la primera etapa de su carrera, tras el éxito de Segú (1984) —la saga de dos volúmenes que superó las 200 mil copias vendidas—, optó por volver a Guadalupe y escribir desde allí. En la isla, trabajó y escribió siguiendo muy de cerca los debates independentistas y anticoloniales de los años setenta y ochenta. En los noventa, desde Estados Unidos, se propuso abordar crítica y colectivamente, junto a colegas, escritoras y escritores, las discusiones suscitadas tras la publicación del Elogio de la creolidad (1989), de Patrick Chamoiseau, Raphaël Confiant y Jean Bernabé. Defendió la universalidad y a Césaire frente a la crítica de los creolistas, y con ello la posibilidad de una literatura que utiliza la tradición literaria y la lengua al modo de la antropofagia.

La obra de Condé nos ofrece un corpus imprescindible para leer el Caribe contemporáneo y también para acercarnos a la obra de otras escritoras y escritores caribeños que escriben desde la diáspora, como Edwidge Danticat o Dany Laferrière. Algunos de sus textos nos muestran cómo leyó los mismos problemas que aborda su literatura en las obras de sus contemporáneas, como Simone Schwarz-Bart, o en las escritoras que la precedieron, como Suzanne Lacascade, Mayotte Capécia, Marie Vieux-Chauvet, Michèle Lacrosil y Suzanne Roussi-Césaire. En sus ficciones, los personajes, y especialmente sus protagonistas, desmitifican toda idea de una dominación no resistida. Su narrativa es un permanente flujo inventivo que transita entre lo docto y lo popular con maestría. Su lenguaje se enfrenta al folclorismo estático al que se ha reducido la representación de las mujeres, antillanas y africanas. Las protagonistas de sus libros, como Tituba, Victoire y Veronica, fascinan por su complejidad y por su capacidad creativa, por la forma en que enfrentan con dignidad y vitalidad las múltiples situaciones adversas que les toca vivir, de las que, en ocasiones, también son responsables. Son ellas mismas las ejecutoras del humor y la ironía que aparecen en los libros de la autora como estrategias que humanizan y permiten enfrentar incluso las violencias más brutales.

Maryse Condé en el río Níger, en Maloo, en 1981. Fuente: Manioc-ECCA.

Maryse Condé también fue una ficcionadora de su propia vida como escritora. Las discordancias que por años existieron en su fecha de nacimiento pueden leerse como la construcción de un personaje que atravesó toda su obra. 1937, la fecha narrada por la escritora, fue cediendo paso a 1934, la fecha real inscrita, que ella ofrecerá como una incógnita, como ha investigado Xavier Luce en Maryse Condé et sa critique: une relation cannibale (2023). En sus dos libros autoficcionales más conocidos, Corazón que ríe, corazón que llora (2019) y La vida sin maquillaje (2020), ese personaje se despliega con especial originalidad y fuerza. El primero relata “cuentos verdaderos” de la vida de una familia negra acomodada de la isla. Los padres de la narradora, que han alcanzado con mucho esfuerzo una holgada posición socioeconómica, se regocijan de la brecha que los separa del resto de la población afrocaribeña y de sentirse culturalmente más cercanos a Francia. La experiencia infantil de vivir alejada de la cultura popular y del creol se yuxtapone en Corazón que ríe… a la perspectiva de la niña y de la narradora adulta, en un juego de miradas que iluminan las complejas tramas identitarias e ideológicas del mundo en el que crece, y donde se atisba el poder de la escritura. Retrospectivamente, escenifica el desarrollo de una personalidad autónoma y rebelde, al tiempo que incorpora pasajes que evidencian la imposibilidad de que una vida sea recuperada de forma fidedigna. En el segundo libro, La vida sin maquillaje, volverá sobre el mismo problema: “¿Por qué toda tentativa de contarse a una misma desemboca en un amasijo de medias verdades? ¿Por qué las autobiografías o las memorias terminan, demasiado a menudo, reducidas a fantasías que difuminan el contorno de la verdad hasta hacerla desaparecer? ¿Por qué alberga el ser humano ese inmenso afán por pintarse una existencia tan diferente a la vivida?”. Aquí aparecen sus experiencias de juventud en París y su vida de adulta en África. No es casual que la historia de los episodios biográficos concluya en el momento que inicia su carrera literaria. “Vivir o escribir: hay que escoger”, será el epígrafe de Sartre con que decide abrir el volumen. Lo que leemos en este libro es la lucha de Condé, su personaje, por sobrevivir, aprender, conocer y construir un camino propio, a pesar de los desencantos. La misma narradora afirmó que fue un libro escrito para entender “el lugar primordial que ha ocupado África en mi existencia y en mi imaginario” hasta que se convirtió en escritora. “La verdadera razón por la que me tardé tanto en escribir fue que estaba ocupada viviendo, sufriendo, que no me quedaba tiempo para nada más. De hecho, no me puse a escribir hasta que dejé de tener tantos problemas y permití reemplazar los dramas de verdad por los dramas de papel”.

Todos esos libros, irónicamente llamados dramas de papel, nos dejaron una literatura de la que aún nos queda mucho por conocer en América Latina. Casa de las Américas dio los primeros pasos en la traducción de los libros de Maryse Condé. En 2010, la institución le dedicó la Semana de Autor, publicando en la Revista Casa de las Américas (nº262) los principales textos presentados. Hoy, la editorial Impedimenta, a través de las traducciones de Martha Asunción Alonso, ha tendido puentes entre la obra de Condé y el mundo hispanohablante. Además de las obras no traducidas, todavía quedan un conjunto de documentos, textos dispersos en prensa y revistas, y registros valiosísimos, como los publicados por Manioc —biblioteca digital de la Universidad de las Antillas, que posee la colección Escrituras contemporáneas Caribe-Amazonia (ECCA) y donde se encuentra un micrositio dedicado a la autora—, que nos incitan a seguir conociendo el universo narrativo de esta escritora guadalupeña y su personaje. Una literatura inigualable que, por cierto, nos seguirá interpelando.

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