Skip to content

Vanguardia imaginaria

«Seguir pensando la política en clave “despiertos” y “dormidos” es iluso, ya que asume que hay una vanguardia bienintencionada que lidera los procesos que el pueblo ignorante debe seguir sin mucho cuestionamiento», escribe Diego Parra sobre «No dejes morir mis llamas», de Delight Lab.

Por Diego Parra Donoso


Entramos al Centro Cultural La Moneda e inmediatamente vemos un conjunto de luces de neón que rodean una escultura que flota en el hall. En el suelo, bajo este bulto negro, hay un plinto del mismo color. En la medida que rodeamos la gran instalación, podemos reconocer que la escultura es una réplica de la de Baquedano, la misma que se encontraba en la plaza homónima y que, como sabemos, fue epicentro de las movilizaciones sociales de octubre de 2019. Pero la reproducción de la obra de Virginio Arias es distinta, puesto que brilla bastante por sus materiales y no tiene el nivel de detalles que posee la original. Ante esto, una sensación “plástica” sobreviene, como si lo que vemos tuviera algo de falso.
A eso se suman las luces que en su brillo perfecto tienden a cegar (como lo que provoca la obra “El lamento de las imágenes”, de Alfredo Jaar), porque no solo la oscuridad nos deja ciegos. La iluminación absoluta también es un modo de interrumpir la observación, y sobre esto sí que sabe que el colectivo Delight Lab, autores de esta instalación llamada “No dejes morir mis llamas”.
Las dimensiones 1:1 de la réplica de la estatua ecuestre y el plinto de Baquedano no dejan de impactar, ya que seguramente implicó un estudio profundo de la pieza original, con escaneos para luego imprimir en 3D. Delight Lab acostumbra a hacer un uso celebratorio de las tecnologías de punta, que muchas veces linda con lo espectacular y nos deja como polillas ante la luz. No podemos negar nuestra naturaleza: el ojo se ve cautivado por las chispas y destellos, al punto que se suele asumir que dicho fenómeno estaría explicado por alguna razón profunda (hasta teofánica), cuando en realidad es solo la excitabilidad de las pupilas llevada a un límite que doblegaría hasta al más desconfiado.
Las metáforas ilustradas que vinculan la luz con el conocimiento, con el surgimiento de la conciencia y la liberación, son aquí protagónicas. Delight Lab echa mano a una retórica clásica de la política moderna, que no es otra cosa que la reapropiación laica de la vieja idea cristiana de asociar a Dios con la luz. Pero más clara es la metáfora del durmiente, del que vive en sombras y es despertado por el alba: “Chile despertó”, decían, y Delight Lab pareciera ser la ampolleta que se mantiene encendida. Pero ya en el siglo XVIII, el lúcido Goya realizó su grabado “El sueño de la razón produce monstruos”, donde profetizaba los errores y tropiezos en que incurrieron los iluminados que “despertaron” y deseaban levantar a todos los dormidos.
Seguir pensando la política en clave “despiertos” y “dormidos” es iluso, ya que asume que hay una vanguardia bienintencionada que lidera los procesos que el pueblo ignorante debe seguir sin mucho cuestionamiento. La política de hoy es mucho más impura: no hay vanguardias iluminadas ni pueblos ciegos que esperen ser despertados. Somos multitudes contradictorias y confusas, con deseos frustrados y ansiedades sobremedicadas; quizás los ingredientes de ese raro cóctel que bebimos en 2019. A su vez, vale la pena preguntarse por esa premisa sobre la que esta gran instalación descansa: “Chile despertó”. ¿Chile despertó? ¿Despertamos de la pesadilla neoliberal? ¿Acaso las movilizaciones masivas iniciadas el 2005 y que se repitieron año a año no tuvieron gente lo suficientemente despierta?

«No dejes morir mis llamas», de Delight Lab, estuvo hasta el 13 de noviembre en el CCLM. Crédito: CCLM


Junto con la instalación, el colectivo sumó una obra en realidad virtual (difícil no sentirse cegado con el visor 3D que nos envía a la virtualidad) y una selección fotográfica de siete de sus intervenciones en Plaza Italia/Baquedano/Dignidad, producidas entre 2019 y 2020. Este conjunto de piezas busca ser —según Delight Lab— un “homenaje” a las víctimas de violaciones de derechos humanos durante el estallido social, así como una representación de los “imaginarios presentes en la subjetividad ciudadana” en el contexto de las movilizaciones. Es loable cualquier esfuerzo que busque potenciar desde la cultura una defensa de los derechos humanos, en particular en un centro cultural del Estado que se ubica justamente bajo el epicentro simbólico del poder en Chile: La Moneda. Pero no es posible desentendernos de los contextos en los que ocurren estas intervenciones artísticas y que aquí no se abordan: ¿qué ha pasado desde octubre de 2019 hasta hoy? ¿Qué lectura política tienen los artistas de lo acontecido desde el “Chile despertó” hasta el abrumador resultado del plebiscito realizado el 4 de septiembre?
Hay algo aquí perturbador, ya que la fijación en torno a nociones como “representación”, “imaginario” y “homenaje” parecen no tomar en cuenta lo que se podría llamar un “análisis de coyuntura”, que debería ser lo que guíe cualquier acción crítico-estética. Sin vínculo con el contexto, ¿de qué y desde dónde hablamos? Es imposible pasar por alto los cambios que ha experimentado la sociedad chilena este último tiempo, al punto que, como consignó la encuesta CADEM, a tres años del estallido, la “gente” pasó de creer que el actuar policial era excesivo y violento (un 69%), a pensar exactamente lo opuesto (en 2022, un 58% cree que Carabineros actuó proporcionalmente). Sin olvidar otro hecho evidente: de la población que aprobó masivamente el fin de la constitución de Pinochet (casi un 80%), pasamos a un 61% de personas que rechazó la propuesta de nueva Constitución. Estos datos indican que aquello que conmemora “No dejes morir mis llamas” hace referencia a un país que (ya) no existe, y que quizá nunca existió más que en el imaginario bienintencionado de una elite cultural que accedió a nuevas cuotas de poder.
La instalación de Delight Lab toma lo más icónico de la revuelta, citando también las ironías de la historia, como tener un plinto vacío, que sirve de metáfora al vacío de poder en un país que a ratos resulta ser ingobernable. Pero es justamente esta condición rebelde (no revolucionaria) de la sociedad chilena la que la convierte en un objeto imposible de cristalizar en una imagen nítida. La luz que debería volver los objetos concretos y reconocibles termina obturando nuestra capacidad de análisis y nos entrega imágenes ya construidas, con un léxico y gramáticas claras y conocidas, cuando sabemos y hemos sido testigos —mediante varias elecciones— que los pueblos o multitudes de la revuelta escribieron siempre con líneas torcidas.
Aspirar a un arte crítico que piense la revuelta es totalmente deseable, ya que no solo las ciencias sociales, económicas y políticas son capaces de dar forma a un evento como este. La profunda interacción que hubo entre los manifestantes y las expresiones estéticas (no artísticas) hablaron de una manera de hacer política en que se entiende a la imagen como herramienta y lenguaje de nuestra era, algo que Delight Lab logró entender con sus intervenciones urbanas durante el estado de sitio de 2019. Pero una vez concluida dicha situación, estos gestos terminan por dar un giro conservador, al tratar de mantener intactas las visualidades y consignas del momento, eludiendo el devenir de la revuelta y la opinión pública. La idea de “homenajear” a las víctimas mediante un monumento espectacular presenta quizá demasiados problemas, entre ellos, la autorreferencia de esta pequeña “retrospectiva” sin una mediación más allá de lo retórico; pero también la dura realidad de las cifras: de las más de 3 mil querellas interpuestas por violaciones a derechos humanos, solo 14 se han obtenido condenas.