“Se trata de una película que combina gozosamente los elementos de la ciencia ficción con el documental y el futuro con el presente. En ella, los miedos dan paso a la desobediencia, el combate y la lealtad, exhibiendo y expandiendo el deseo por imaginar otro futuro”, escribe Laura Lattanzi sobre Mato seco em chamas, de Joana Pimenta y Adirley Queirós.
Por Laura Lattanzi
Si echamos un rápido vistazo a cómo las series y películas actuales imaginan el futuro, notamos que hay una tendencia que ha comenzado a multiplicarse en los últimos años y que ha generado adeptos, llegando a un público amplio. Me refiero, claro, a las distopías. Black Mirror (2011), El cuento de la criada (2017), Years and Years (2019) o El juego del calamar (2021) son algunas de las series más populares dentro de este género; mientras que Niños del hombre (2006), Wall-E (2008), Los juegos del hambre (2012-2015) o No mires arriba (2021) son algunas de las películas que también han convocado grandes audiencias, provocando diversas opiniones de críticos, académicos y opinólogos. Y si ponemos el ojo en nuestra propia región, podemos nombrar películas como las mexicanas Cómprame un revólver (Julio Hernández Cordón, 2018) y Nuevo orden (Michel Franco, 2020), y las brasileras Bacurau (Kleber Mendonça Filho y Juliano Dornelles, 2019) o Divino amor (Gabriel Mascaro, 2019).
Si bien el género distópico no es nuevo y tiene sus variaciones y vínculos con otros subgéneros (como el ciberpunk), lo curioso es que ahora los relatos de futuro se construyen desde la fuerza inmanente de un presente avasallante y pesimista. Mark Fisher ya advertía, en su cada vez más difundido libro Realismo capitalista (2009), sobre este tipo de obras: “El mundo que proyecta el film, más que una alternativa, parece una extrapolación o exacerbación de nuestro propio mundo”. Ya no estamos entonces frente a un futuro con autos voladores, ciudades aéreas o conversaciones telepáticas, sino ante uno que nos resulta perversamente familiar, cercano. Retomando la frase de Fisher, se trata de imaginaciones de futuro que se construyen con lo peor de nuestro presente, con una pequeña o mediana radicalización de los elementos más tristes, injustos y oscuros. Gobiernos autoritarios y caprichosos; humanos inútiles y obesos, dependientes de la tecnología; mujeres esclavizadas para la reproducción; dispositivos y aplicaciones que quiebran los límites éticos y humanitarios; empresarios que desconocen la ciencia académica y construyen pequeños paraísos fuera del mundo; territorios dominados por grupos paramilitares ultratecnologizados; y escasez de recursos naturales vitales son algunos de los escenarios que estas obras traman, narran y sacan a la luz, y que, tristemente, nos resultan bastante familiares.
Decía que estos relatos gozan de cierta popularidad, lo que podría entenderse también —y además porque los ejemplos que revisamos responden más bien a un modo de producción mainstream— como una suerte de retroalimentación entre lo que el público proyecta del futuro y lo que estas obras relatan. Y es que estamos frente a una sociedad que ya no cree en las bondades del progreso; existe una opinión bastante difundida de que el presente es malo, pero el futuro —cercano— será peor, y, por tanto, encuentra en las distopías una afirmación de su desolación.
Si bien algunos o algunas podrían argumentar que este tipo de relatos operan como herramientas de visibilización o denuncia de las desigualdades, injusticias y violencias del mundo actual, creo que lo que hacen es más bien exacerbar nuestro temor y sobre todo atrofiar nuestra imaginación, estrecharla de modo que quede limitada a lo existente y, por tanto, se vuelva imposible imaginar una alternativa.

Dirección y guion: Adirley Queirós, Joana Pimenta
Elenco: Joana Darc, Léa Alves, Andreia Vieira, Débora Alenca
Producción: Cinco da Norte Serviços Audiovisuais, Terratreme Filmes
¿Cómo ejercer una imaginación radical, abierta a lo otro, cuando lo único que predomina es el miedo y la impotencia? ¿Cómo el arte, o en este caso el cine, puede explorar imaginaciones de futuro emancipadoras? En primer lugar, creo que precisamos de exploraciones que se distancien críticamente de lo familiar y desesperante del presente; y, en segundo lugar, creo que hay que volver a establecer una relación gozosa y ética con el proceso creativo. Frente a las distopías que solo exacerban nuestro temor, debemos recuperar los deseos y hacer arder nuestra imaginación.
Mato seco em chamas, de Joana Pimenta y Adirley Queirós (cuya traducción al español sería algo así como “maleza seca en llamas”), es una película brasilera estrenada en 2022. El relato imagina una potencial rebelión liderada por un grupo de mujeres que manejan una petrolera clandestina en un futuro no muy determinado. Las mujeres van armadas, fijan los precios del petróleo y lo venden a los motoqueros de la región; tienen los modos de producción y pelean contra las fuerzas de seguridad del gobierno. Son mujeres desclasadas y combativas. Los espacios en los que se desarrolla la película están llenos de maquinaria desechada, sitios eriazos en una población precarizada. Se trata de un escenario con aires postapocalípticos, pero situado en una favela del Brasil actual.
En gran parte de la película se muestran distintas escenas de camaradería femenina y sus modos de vivir una cotidianidad donde pueden ejercer sus deseos libremente: fundar un partido político de presos, pasarla bien en fiestas y bailes populares, disfrutar su sexualidad, participar de las ceremonias religiosas evangélicas. Hacia el final, el filme rompe con el pacto ficcional para insertar documentos de la realidad de las dos protagonistas, Chitara y Léa, actrices naturales (no profesionales) que representan una versión ficcional de sus propias vidas.
Mato seco em chamas es una película que combina gozosamente los elementos de la ciencia ficción con el documental y el futuro con el presente. En ella, los miedos dan paso a la desobediencia, el combate y la lealtad, exhibiendo y expandiendo el deseo por imaginar otro futuro, desde una favela, pero más allá de ella. Y es que finalmente imaginar con lo que deseamos es lo mínimo que podemos hacer para salir de esta impotencia.
