Centro Cultural BancoEstado, acceso Paseo Yugoslavo, Cerro Alegre, Valparaíso

Hace poco más de un año, el banco público puso en marcha un renovado plan cultural. Entre sus principales iniciativas destacan la reactivación del emblemático fondo de apoyo al cine y teatro chileno; la completa renovación del Museo del Ahorro en Santiago —que abre sus puertas de lunes a viernes y no solo para el Día del Patrimonio—; y la inauguración de un nuevo centro cultural en Valparaíso, ubicado en el octavo piso del centenario edificio Prat. Las primeras exposiciones del espacio prometen una combinación entre educación y rescate de la memoria local: 45 fotografías de la ciudad tomadas en 1890 por el francés Félix Leblanc, pertenecientes al archivo de la Biblioteca Nacional; una muestra de cartas y documentos de Gabriela Mistral en el 80° aniversario de su Premio Nobel; y una serie de impresionantes imágenes submarinas del archivo de Oceana Chile. Sin embargo, la verdadera joya del centro es la colección de pinturas del banco —hasta ahora inédita para el público—, que reúne obras de artistas chilenos como Pedro Lira, Nemesio Antúnez, Roser Bru y Mario Carreño, y que se irá renovando periódicamente. Con una atractiva terraza conectada al Paseo Yugoslavo a través de una escalera y un funicular, el centro cultural se suma al circuito patrimonial de Valparaíso. Su desafío será mantener una programación dinámica y sostenida en el tiempo, que contribuya a fortalecer la escena artística local. La entrada es gratuita.
—Denisse Espinoza
Julia Toro. Huellas y desplazamientos, en Centro Cultural La Moneda

Alguna vez, la fotoperiodista Dorothea Lange dijo que todo retrato es, en el fondo, un autorretrato del fotógrafo, una idea que se cumple fielmente en la obra de la chilena Julia Toro (1933). En cada una de las imágenes que hoy se exponen en la Galería de Fotografía del Centro Cultural La Moneda abundan la ternura —por ese impulso de acariciar los gestos de los otros con su lente—, la calidez —por darles un lugar en la tira fotosensible— y la mirada vital y atenta hacia esas escenas cotidianas que suelen pasar inadvertidas, pero que, al ser retenidas por más de un instante, revelan su dulzura y potencia. Curada por Mariairis Flores, la muestra es un homenaje a la carrera artística de Toro, y presenta más de 50 fotografías que la autora capturó entre 1973 y 1987. Alejándose de lo que podrían ser las reconocibles imágenes de denuncia de la dictadura, la fotógrafa apuesta por una búsqueda constante de poéticas cotidianas, breves gestos de luz que encandilan una vez que se convierten en fotografía. Hasta el 1 de marzo de 2026.
—Denis Torres
Ensayos elementales, de Eliot Weinberger. Anagrama, 2025. 416 páginas

Puede que no haya una mejor manera de leer este libro que la que recomienda su autor en el prefacio: sin orden alguno, abriendo sus páginas al azar. El ejercicio llevaría al lector por escenarios tan rebuscados como impredecibles: de un viaje por el río Yangtsé en el siglo XII a especular sobre el tiempo en que Adán y Eva estuvieron en el Paraíso: la mayoría de las fuentes afirman que tres horas, aunque otras dicen que seis. En Ensayos elementales, el traductor, editor y ensayista estadounidense Eliot Weinberger —conocido en el ámbito hispano por sus traducciones de Octavio Paz, Borges y Huidobro, y por una de las antologías de poesía estadounidense más importantes de las últimas décadas— reúne textos publicados en libros anteriores y construye, de paso, una enciclopedia miscelánea, un gabinete de curiosidades en el que cabe todo: libros zoroástricos perdidos, el Imperio azteca, los mandeos iraníes, las líneas de Nazca, las vidas de Empédocles, Mahoma y Catalina de Siena, las ratas topo lampiñas y hasta un manual anglosajón medieval para hacer gestos con la mano. Frente a la infinita variedad de temas, la única exigencia de Weinberger es que cada dato pueda verificarse. De ahí el carácter de no ficción de estos ensayos que, en vez de seguir una línea argumental, emulan el género literario chino conocido como “cuentos de lo extraño” o “registros de anomalías” para sorprendernos con piezas eruditas y fascinantes.
—José Núñez
Festival Internacional de Documentales de Santiago (Fidocs), del 19 al 26 de noviembre

Escuchar en vivo a Lucrecia Martel es una experiencia singular, difícil de olvidar: siempre deja caer una frase capaz de volarnos la cabeza y, por lo mismo, no sorprende que recién se hayan reunido sus intervenciones públicas en un libro (Un destino común, publicado por Caja Negra). La buena noticia para los chilenos es que la directora argentina dará una master class y conversará nada menos que con José Luis Torres Leiva en el Festival Internacional de Documentales de Santiago, Fidocs, que este año celebra su vigésima novena edición. Durante ocho días se podrán ver más de cuarenta trabajos de todo el mundo, entre ellos, las piezas experimentales Videoperformance: El Estado soy yo, de Carlos Flores y Sebastián Arriagada, y Dipolo Fase III, de Carolina Adriazola y José Luis Sepúlveda; Ghost Elephants, la última película del legendario Werner Herzog; una muestra de cine ucraniano contemporáneo; y focos dedicados a tres artistas que han subvertido la idea del documental: la argentino-británica Jessica Sarah Rinland, el taiwanés Su Hui-Yu y la italiana Cecilia Mangini. Con festivales como estos, ¿quién podría quejarse de que a Chile llega poco cine extranjero y experimental? Más información en fidocs.cl.
—Palabra Pública
Gestos mínimos. Ensayos narrativos sobre la escritura y otras consideraciones, de María Sonia Cristoff. Ediciones UDP, 2025. 220 páginas

La obra de la argentina María Sonia Cristoff (1965) recuerda que las clasificaciones y las fronteras entre los géneros son una pérdida de tiempo, un distractor que nos hace olvidar que, a la larga, lo que importa es la aventura intelectual que empieza cuando se abre un libro. Aunque se la conoce más como autora de novelas y relatos de no ficción como Desubicados o Derroche, Cristoff también es una ensayista iluminada, como lo prueba Gestos mínimos, un volumen que reúne textos escritos en las últimas dos décadas y que son algo así como un paseo por los intereses, obsesiones y caminos intelectuales de la autora, desde Roland Barthes y David Graeber, hasta Sylvia Molloy o su amigo Luis Chitarroni. Para quienes la han leído, estos ensayos son una vía paralela a su obra narrativa, “un brote, una raíz, un despliegue natural de las preocupaciones que la guiaron en el trabajo con sus libros”, escribe Mercedes Halfon —quien también seleccionó los textos— en el prólogo. “Me gustan el trabajo de bajo perfil y los gestos mínimos”, dijo alguna vez Cristoff, una frase que, además de darle el título a este libro, esconde su ética de escritura: una donde prima la atención y una mirada capaz de encontrar intensidad en lo aparentemente mínimo.
—Evelyn Erlij
