“Con este número buscamos interrogarnos sobre una época en que la memoria se almacena en nubes invisibles, en que el dinero —más que nunca— circula como una abstracción, en que conversar con una inteligencia artificial se ha vuelto un gesto cotidiano, mientras el tacto se desvanece. Desde las artes hasta la literatura, desde las ciencias hasta la economía, invitamos a distintos autores a pensar cómo, en medio de la virtualidad creciente, lo material y lo inmaterial conviven, dialogan, se contradicen y se reinventan”, escribe la directora de Palabra Pública en el editorial del número 36.
Por Pilar Barba
“Un gran edificio, en mi opinión, debe comenzar con lo inconmensurable, pasar por medios mensurables durante su diseño, y al final volver a ser inconmensurable”, decía el arquitecto estadounidense Louis Kahn, una premisa esencial para todas y todos los que hemos estudiado su disciplina, y que funciona como una forma de entender el mundo: lo que tocamos, observamos y nos rodea nació primero como una idea, un impulso, una intuición invisible. Antes del muro estuvo el deseo de refugio, antes del objeto la necesidad, antes de una obra de arte la imaginación. Lo intangible es el origen de toda forma, pero también es su destino: cuando lo hecho —una casa, una pintura, un libro— se convierte en experiencia, vuelve al ámbito de lo inconmensurable. Toda la realidad humana nace de ese doble movimiento.
Cuando pensamos en dedicarle un número a la dicotomía entre lo tangible y lo intangible, quisimos, en primer lugar, explorar una pregunta que nos acompaña desde la creación de Palabra Pública: ¿por qué seguir imprimiendo una revista en papel en una época en que todo parece disolverse en lo digital? Pero también buscamos interrogarnos sobre el presente: una época en que la memoria se almacena en nubes invisibles, en que el dinero —más que nunca— circula como una abstracción, en que conversar con una inteligencia artificial se ha vuelto un gesto cotidiano, mientras el tacto se desvanece. Desde las artes hasta la literatura, desde las ciencias hasta la economía, invitamos a distintos autores a pensar cómo, en medio de la virtualidad creciente, lo material y lo inmaterial conviven, dialogan, se contradicen y se reinventan.
La ilustración de portada, creada por María Gabriela Prat, sugiere justamente que los límites que contienen lo que hoy consideramos lo real entrelazan cada vez más lo tangible y lo intangible. En ese escenario, no es extraño que muchos de los autores que aquí escriben aborden, desde distintas disciplinas, el impacto de la inteligencia artificial y sus desafíos: ese “pensamiento sin cuerpo” —como lo llama la ensayista Paz López en estas páginas— que “no duda, calcula; no desea, predice”; “un pensamiento higiénico, blindado de experiencia, donde el error y la herida han sido reemplazados por la previsión del algoritmo”.
Desde la teoría de los nuevos medios, el pensador finlandés Jussi Parikka recuerda en una entrevista que detrás de las tecnologías que transforman la vida cotidiana existe un trasfondo material muy concreto: los enormes centros de datos, las infraestructuras de alto consumo energético e hídrico, la contaminación y el extractivismo son el reverso visible del supuesto universo inmaterial. De manera paradójica, la promesa de progreso que traen estas tecnologías es cada vez más cuantitativa y palpable —pantallas, artefactos, objetos de consumo— y menos cualitativa, tal como lo plantea el filósofo Sergio Rojas en esta edición: un progreso sin relato, sin ideas, donde los avances técnicos nos llevan hacia un futuro que somos incapaces de imaginar.
Este fenómeno se vuelve evidente en la política, y sobre todo en la retórica de los populismos, donde los discursos se desplazan progresivamente hacia el territorio de lo concreto, de lo medible y lo inmediato; hacia promesas y soluciones tangibles, mientras se vacían de imaginación y de horizontes colectivos. En ese tránsito, la política parece haber perdido su capacidad de construir relatos que inspiren; se limita a administrar lo existente, no a imaginar lo posible. Como advierte la filósofa Eva Meijer en estas páginas, escuchar las voces —humanas y no humanas— que no se escuchan en el debate público puede ser un camino para devolverle a la política su capacidad de imaginar mundos distintos, incluso antes de poder construirlos.
Frente a esta crisis de las ideas, los espacios de pensamiento crítico y de creación de conocimiento, como las universidades, resultan más necesarios que nunca. No solo por su capacidad de generar reflexión, sino por su tarea de compartirla y hacerla circular, de abrirla a la sociedad para que podamos imaginar juntos —como comunidad— nuevas formas de habitar y enfrentar los desafíos de estos tiempos. Esa es la misión de Palabra Pública, y ahí radica la importancia de su existencia: quizás en el futuro, como sugiere la investigadora Lucía Melloni, las inteligencias artificiales lleguen a tener consciencia; pero mientras tanto, pensar ideas —pensarlas de verdad— sigue siendo un acto profundamente humano.
