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¡Muera Neruda!

«Neruda es venerado y después denigrado. Sus imágenes van desde el héroe al canalla. El antinerudismo se ha convertido en una especie de culto negativo que genera devociones y catecismos», dice Darío Oses. «Me parece que las acusaciones contra el poeta, al ser reducidas a consignas, quedan en una especie de campo abstracto, donde se han omitido el contexto de la época y todas las circunstancias que rodean a los hechos por los que se lo condena».

Por Darío Oses | Foto: STR / PRESSENS BILD / AFP

El antinerudismo y los peligros de la consigna

¿Quién fue ese tal Neruda? Respuesta provisoria: un poeta que generó tal exceso de información, de referencias, expectativas y exigencias, un personaje que atrajo tantas adhesiones desmedidas como condenas virulentas, que su identidad se hizo migratoria y escurridiza: está en fuga permanente puesto que cada época la borronea para dibujarla nuevamente.

Neruda es venerado y después denigrado. Sus imágenes van desde el héroe al canalla. El antinerudismo se ha convertido en una especie de culto negativo que genera devociones y catecismos, como el libro Neruda y yo, de Pablo de Rokha, que tal vez sea la mayor diatriba literaria de un escritor contra otro.

Disparen contra el poeta

El escritor uruguayo Ricardo Paseyro, tiene otro lugar destacado en el ranking antinerudista. Derivó desde la militancia comunista a la extrema derecha. Autor del panfleto La palabra muerta de Neruda, desde principios de los años 60 hizo de su vida una cruzada para impedir que le dieran el Nobel a Neruda.

Como lo hace notar María Luisa Fischer, “hay polemistas destacados y reflexivos (Octavio Paz, Juan Ramón Jiménez)” y otros que no lo son. Neruda atrae acusaciones que llegan al delirio. Un panfleto de 1941, año en que el avance mundial del nazismo parecía invencible, lo acusa de “judío degenerado”, que “abusando de su cargo como Cónsul chileno en Madrid” consiguió “con su sucia labor atraer las mayores desgracias sobre España. A él le debe la Madre Patria la muerte y masacre de millares de españoles”.

También lo han acusado de “terrateniente millonario, dueño de Isla Negra y de mansiones en Santiago y en Temuco”, etcétera.

Hay antinedurismos para todos los gustos: desde los de derecha hasta los de la extrema izquierda y otros procedentes de muy distintas trincheras literarias. El 16 de junio de 1945, durante una reunión de más de 250 personas que celebraban la investidura senatorial Neruda y su Premio Nacional de Literatura, el poeta subió al estrado para leer su discurso. Frente a él se instaló un extraño enmascarado que interrumpió tres veces al poeta profiriendo una especie de recuento de las invectivas y ataques en su contra. El biógrafo Ernesto Olivares comenta que esas tres interrupciones anticiparon las 300 o 3.000 voces que desde ahí en adelante condenarían a Neruda.

Hoy, en los muros de la ciudad se encuentran escritos que dan cuenta de las últimas tendencias del antinerudismo. Uno de ellos exige: “Más Lemebel menos Neruda”. La condición de ícono que alcanzó Neruda puede motivar esta tendencia, en un tiempo iconoclasta. Otro escrito, hecho sobre un mural con el retrato del poeta, lo acusa de “misógeno” (sic).

Un misógino que amaba a las mujeres

Propongo examinar la misoginia del poeta, contrastándola con algunos de sus textos. Copio aquí algunos extractos del artículo “La madre y la tierra”, que Neruda escribió para un congreso mundial de mujeres. Permaneció inédito por mucho tiempo. Recientemente se publicó en el V y último tomo de la Poesía completa de Pablo Neruda.

Una sola mujer traía el agua en su cántaro. Eran tiempos de guerra, los rayos caían de los montes, eran tiempos de sed; el polvo gris picaba las heridas recién abiertas. Se desangraba el mundo. Pero, bastaba con una sola mujer para que todos bebieran.

(…)

Una sola mujer daba a luz en el tiempo más remoto, en la oscuridad de los orígenes. Daba a luz un solo hijo. Quería amamantar un solo niño. Pero la humanidad estaba naciendo.

Una sola mujer cosía, cocinaba, tejía, plantaba el trigo y el arroz, vendaba las heridas, conducía a sus hijos por el camino largo al que daban sombra grandes árboles en flor. Era una sola mujer. Pero la primavera había llegado.

Cuando la guerra se hizo feroz, cayeron todas las casas, se terminaron los caminos, no hubo luz ni carbón, (…) Todo estaba lleno de cenizas y humo. Todo estaba lleno de sangre.

Pero bajo un árbol quemado una mujer sin rostro ya, con los párpados quemados por el incendio, con el corazón lleno de luto, lloraba con su niño en brazos.

Era la humanidad entera la que lloraba debajo del árbol quemado.

(…)

Una sola mujer puede detener la muerte total. Una sola mujer que es cada mujer. Una sola madre que está en todas partes.

(…)

En el principio y el fin. En el corazón del hombre. En la flor y en el fruto de la vida. En la luz y en la sombra de todas las acciones. (…) En el amor.

Desde su título, “La madre y la tierra” este texto nos conecta con los primeros tiempos de la humanidad, cuando la tierra era sagrada porque, lo mismo que la mujer, alimentaba y protegía. La arqueóloga rumana Marija Gimbutas descubrió la veneración que se tributaba hace miles de años a la Gran Diosa Madre, mixtura de tierra y mujer, que podía recrear incansablemente la vida.

Antes de los descubrimientos de Gimbutas, el niño poeta Pablo Neruda, se había encontrado ya con la Gran Madre cuando descubrió el bosque austral chileno, donde la vida renacía de la descomposición de los organismos muertos. Neruda sintió entonces que el bosque nativo era una gran matriz materna, femenina, generadora de vida y escribió: “De aquellas tierras, de aquel barro, de aquel silencio he salido yo a andar, a cantar por el mundo.”

Neruda siempre vivió conectado a ese espacio materno y natural del que nacía y renacía la vida.

Me gustas cuando callas…

Se ha acusado a Neruda despreciar a la mujer, cuando escribió: “Me gustas cuando callas porque estás como ausente”. Pero esa es una lectura incompleta que saca al verso aquel del contexto de la totalidad del poema: basta leer los versos siguientes para desvirtuar esa acusación, porque más adelante ese mismo poema dice: “Déjame que me calle con el silencio tuyo”. Y luego, el poeta califica el silencio de su amada: “Déjame que te hable también con tu silencio/ claro como una lámpara, simple como un anillo. / Eres como la noche, callada y constelada. / Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.”

La mujer llena la poesía de Neruda. Y no solo su poesía amorosa. Neruda les canta también a las madres y en especial a su mamadre, la mujer que lo crio con la más grande y humilde ternura. Les canta a sus compañeras en la lucha social, como Tina Modotti. Les canta a mujeres olvidadas por la historia, como Manuela Saénz, la amante ecuatoriana de Simón Bolívar. Y si para éste escribió solo un poema, “Canto a Bolívar”, a Manuelita Sáenz le dedicó toda una sección llamada: “La insepulta de Paita” de su libro Cantos ceremoniales, y el poema a Manuelita es diez veces más extenso que el canto a Bolívar.

La mujer en la política

Neruda siempre apoyó la participación de la mujer en la política, colaboró activamente en las campañas de sus compañeras comunistas, como Julieta Campusano, Mireya Baltra, Gladys Marín y otras en las elecciones municipales y parlamentarias. También apoyó a las poetas, prologando sus libros o promoviendo antologías de poesía femenina.

En la sesión del Senado de 10 de diciembre de 1946, cuando María Marchant fue nombrada Intendenta de Santiago, el poeta le rindió un homenaje, en parte del cual dijo: “ Por primera vez en nuestro país y en el continente, una mujer llega a un cargo de esta naturaleza (…) Permítanme, honorables colegas, que en la persona de esta educadora, que llega a tan alto cargo, rinda fervoroso homenaje a la mujer chilena que se dispone a participar en las grandes batallas del pueblo por el provenir de nuestra patria.”

Además, Neruda fue precursor de prácticas feministas, como la de escribir en género en femenino términos que hasta entonces solo se usaban en masculino. Daremos solo un ejemplo, el de los primeros versos del poema III del libro Aún, donde dice:

Invierna, Araucanía, Lonquimaya! /Leviathana, Archipiélaga, Oceana!

Así, en 1968, hace más de 50 años, Neruda ya estaba explorando la posibilidad de establecer equidad de género en la escritura.

¿Por qué entonces se lo califica de misógino?  No lo sabemos.

El violador

Sí está claro el motivo de la acusación de violador. El mismo Neruda lo confesó. En sus memorias relata que cuando vivía en Singapur, en 1930, sintió una fuerte atracción por la deslumbrante belleza de una muchacha que se ocupaba de retirarle sus desechos. Trató inútilmente de entablar algún tipo de comunicación con ella. Finalmente la tomó de la mano y la llevó a su cama. Neruda anota: “El encuentro fue el de un hombre con una estatua. Permaneció todo el tiempo con sus ojos abiertos, impasible. Hacía bien en despreciarme. No se repitió la experiencia”.

Cuarenta años después, Neruda escribió este episodio en sus memorias, como una especie de mea culpa. Por eso acota que ella hizo bien en despreciarlo. El mismo se despreció por lo que había hecho: aprovechar su superioridad social sobre una chica de la casta inferior en ese mundo colonial del oriente y en su sociedad rígidamente estratificada.

Fue un tipo de abuso que se había naturalizado en el mundo entero, donde la superioridad en la jerarquía laboral o social masculina, otorgaba cierto derecho sexual sobre la mujer subalterna.  En América esto comenzó con la llegada del conquistador español, que abusó de las indias de servicio. En tiempos de la República, el terrateniente heredó este de derecho consagrado por el orden patriarcal, sobre la mujer y las hijas del inquilino. Y esta perversa estructura de poder se prolongó en la modernidad urbana, donde la empleada doméstica trabajaba en régimen de puertas adentro, también llamado sugerentemente “cama adentro”.

Varias generaciones de jóvenes de las clases altas y medias se iniciaron sexualmente con la empleada doméstica, práctica perversa que aparece con frecuencia en nuestra narrativa. En Europa ocurría lo mismo: en sus Estudios sobre la histeria, por ejemplo, Freud habla de la iniciación sexual de los jóvenes vieneses con las criadas y sirvientas.

Este código no escrito se replicó en los lugares de trabajo, en las oficinas donde el jefe solía reclamar sus derechos sexuales sobre la secretaria o la subalterna, o el médico jefe sobre las auxiliares. Y ni hablemos del mundo del espectáculo, donde las chicas que aspiraban a un papel debían enfrentarse con la exigencia de pagar peaje sexual.

No se puede negar que a sus 26 años Neruda cometió un abuso, pero lo admitió, lo confesó y se arrepintió. Además, tuvo conciencia de que había perpetrado un acto que, al naturalizarse, no tenía sanción legal ni siquiera sanción moral. Por eso, desde el momento en que publica su confesión, en 1974, pasaron casi cuarenta años sin que nadie reparara en aquel acto, ni mucho menos lo repudiara. Solo cuando nace una nueva conciencia crítica, este acto adquiere la categoría de repudiable, que Neruda ya había aceptado.

En buena hora hoy se está revisando críticamente esa época de dominio patriarcal sin contrapeso. Pero es problemático juzgar con la mentalidad actual conductas de otro tiempo. Para apreciar lo injusto que puede ser esta práctica basta hacer un sencillo ejercicio: pensar por cuál de las conductas aceptadas en nuestro tiempo nos van a condenar las generaciones futuras. Podría ser, por ejemplo, por el uso y abuso del automóvil, no solo como un medio de transporte sino como un emblema de estatus social: hemos envenenado al mundo con una conducta tan inmadura como la de convertir el auto en una extensión del ego. O nuestros ritos culinarios como el asado. Pregunta: ¿De dónde sale la carne que se saborea en este rito social tan frecuente? Respuesta: De criaderos donde al animal se le da un trato brutal, que nadie critica, salvo unos pocos animalistas. O el entregar a los niños juegos electrónicos en los que ganan puntos por “matar”.

Cada época tiene sus pecados que debe reconocer como culpa colectiva. Lo injusto es cargarlo la culpa en una sola persona o solo en unas pocas personas.

¿Solo Neruda?

En los muros de ayer veíamos rayados que decían: ¡Neruda, Neruda, el pueblo te saluda! En los de hoy encontramos otros que sentencian: “Neruda violador”. Preguntamos ¿Por qué solo Neruda? ¿Por qué no está la lista completa? Y si esta se publicara ¿Quién se salvaría? Por ejemplo ¿cuántos hombres de esa época, en la que los jóvenes se iniciaban sexualmente con la empleada doméstica, están libres de culpa?

En Chile, en tiempos de la dictadura, se cometieron actos de violación horrorosas. En el siglo XX los tipos más horrendos de violación se practicaron en forma sistemática en los centros de detención. En la Segunda Guerra Mundial los japoneses usaban a las prisioneras chinas para que sirvieran en los burdeles de su ejército. Los nazis violaron mujeres en la URSS, luego el Ejército Rojo violó a las mujeres alemanas. Al consagrar el nombre de Neruda como el emblema del violador, se lo convierte en una especie de chivo expiatorio, con el peligro de olvidar las atrocidades que cometieron los verdaderos violadores.

Neruda fue un hombre de su época. No fue el mejor ni el peor. Protagonizó una de las más grandes hazañas civiles de la historia de Chile, cuando salvó de caer en manos del fascismo a más de dos mil españoles. Su lucha por la libertad le acarreó persecuciones que lo obligaron a salir al exilio. Pero sí, tiene su lado oscuro, y como todos los hombres y mujeres debe cargar con su sombra.

El hombre y la mujer son seres complejos, hechos de claroscuros, y matices. Reducirlos a una consigna como la de “Neruda violador”, es una práctica propia del patriarcado autoritario que no tolera la ambigüedad del ser humano, que no soporta la multiplicidad de personas que puede haber en una persona.

Malva Marina

Se dice también que Neruda abandonó a su hija. Los hechos fueron los siguientes: a causa de la guerra civil española, el 7 de diciembre de 1936 se cerraron los consulados de Madrid y de Barcelona, donde Neruda trabajaba, y no recibió ninguna otra destinación, por lo que quedó cesante. Entonces viajó con su mujer, María Hagenaar, y su hija, Malva Marina a Marsella y desde ahí a Montecarlo. Luego, de acuerdo con su esposa, él partió a París, donde consiguió un trabajo en la organización de un congreso cultural antifascista, en tanto ella y la niña se iban a Holanda, donde María tenía posibilidades de trabajar. Terminado el Congreso Neruda volvió a Chile, desde donde siguió apoyando la causa de la España republicana. A principios de 1939 obtuvo el cargo de cónsul especial para la inmigración española, en París. Ese mismo año viajó a Holanda para ver a su hija. Después Holanda fue ocupada por los nazis.  Neruda siguió enviando el dinero para su hija, a través de consulados donde ha quedado constancia documental de estos envíos.

Así, el caso de Neruda no fue muy distinto al de la mayor parte de las parejas que se separan, y los hijos se quedan con la madre, mientras el padre aporta el dinero para su manutención. Solo que en este caso toda una guerra mundial separaba al padre de la hija. Malva Marina muere en 1943, en Gauda, en la Holanda ocupada. El poeta estaba entonces sirviendo un cargo consular en México, era un reconocido antifascista, de modo que, sin contar las dificultades de atravesar el océano infestado de submarinos alemanes, no podría haber puesto un pie en Europa sin ir a dar a un campo de concentración.

Por eso sorprende que un escritor de amplia cultura, como Enrique Lafourcade, el año 2004 en la colaboración semanal que escribía para El Mercurio de Santiago, haya acusado a Neruda de negarse a asistir a los funerales de su hija.

Sorprende también que otra persona culta, como la dramaturga Flavia Radrigán, en entrevista al diario La Segunda, publicada el 11 de julio de 2018, haya declarado que Neruda “abandona (a su hija) en plena Segunda Guerra Mundial” y que la fue a dejar a Holanda, donde “los alemanes mataban deformes”.

Si Neruda hubiese ido a dejar a su hija a Holanda “en plena Segunda Guerra Mundial”, desde luego, al primero que habrían matado los nazis habría sido al mismo Neruda. Además, Maruca Hagenaar y Malva Marina llegaron a Holanda a fines de 1936 o a principios de 1937. La Segunda Guerra Mundial empieza en septiembre de 1939. La ocupación de Holanda por los alemanes se produce hacia mediados de 1940. De manera que Malva Marina vivió por más de tres años en Holanda sin alemanes.

Me parece que las acusaciones contra el poeta, al ser reducidas a consignas, quedan en una especie de campo abstracto, donde se han omitido el contexto de la época y todas las circunstancias que rodean a los hechos por los que se lo condena.

Por último, creo que por alguna razón que desconozco, Neruda se ha convertido en una especie de receptor de las sombras de la sociedad chilena. Así, por ejemplo, en el caso de Malva Marina, se proyecta en el poeta la figura traumática del padre abandonador, tan arraigada en este país de “madres y huachos”, según la expresión de la antropóloga Sonia Montecino.

El escritor Hernán Valdés hace notar “la exigencia aberrante de que las personas sean una cosa distinta de lo que objetivamente son”, agregando que esta exigencia “se hace más extrema en los casos en que algunas personas ocupan situaciones intelectuales privilegiadas”, como era el caso de Neruda. Valdés señala que esto conduce “a que uno exija de su conducta una coherencia y una lucidez superiores. Debido a esta situación, subjetivamente, uno hace a Neruda responsable de representarnos en sus actos. Uno exige que Neruda actúe exactamente como lo hubiera hecho uno si ocupara su lugar. De ahí el conflicto y sus reproches”.

Luego Valdés advierte que “Neruda tendría que haber sido un prodigio para responder afortunadamente a tantas exigencias morales, literarias, políticas, intelectuales, en general, como individuos se las han planteado.” Por lo tanto —y esto lo agrego yo— el antinerudismo tiene su existencia asegurada por mucho tiempo.