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Una verdad inaprensible

“No conozco un solo escritor al que le gusten las fotografías que le toman, algo que no debería sorprendernos, dada la tendencia de algunos fotógrafos a retratar a los escritores leyéndose a sí mismos, esgrimiendo una aspiradora contra el cielo, echados en posición fetal sobre una mesa de billar y cosas así”, apunta Patricio Pron en esta columna, escrita en la galería de retratos de los Premios Cervantes de la Biblioteca Nacional de España. Visitarla —dice el autor— “es una de las cosas más tristes que puedes hacer en Madrid”.

Por Patricio Pron | Foto principal: Juan Carlos Rojas / Notimex vía AFP
1.

Dirígete hacia el este por la Calle de Génova y verás una columna y a Cristóbal Colón contemplando la tragedia de la Historia frente a la plaza que lleva su nombre, en el centro de Madrid: en la plaza hay un centro cultural que tiende a no tener programación, un estacionamiento subterráneo, una bandera española que —dicen— es la más grande del mundo y una obra de Jaume Plensa que parece cagada por un perro albino que hubiera estado estreñido un par de años. No por casualidad, se trata de la plaza favorita de la extrema derecha española, que suele manifestarse en ella mientras espera la llegada de otro “Descubridor de América” que restituya las colonias y abarate el servicio doméstico; detrás de ella está el barrio de Salamanca, donde viven los empresarios y los venezolanos que algún día derrocarán a Nicolás Maduro sin moverse de sus apartamentos de 20.500 euros al mes. Unos metros a la derecha, si es que no has cruzado aún el Paseo de Recoletos, verás un gran edificio de tres plantas parcialmente cubierto por las copas de los pinos y los olmos. Durante el período comprendido entre 1793 y 1863 fue una escuela de veterinaria; desde 1896, no por casualidad, es la sede de la Biblioteca Nacional.

2.

“Un libro es como un espejo”, escribió Georg Christoph Lichtenberg: “si un asno se mira en él, no puede esperar ver reflejado a un apóstol”. De acuerdo con las últimas estimaciones, la Biblioteca Nacional de España tiene 28 millones de espejos y yo soy uno de esos asnos. Un tiempo atrás, cuando por alguna razón volví a visitarla después de algo así como diez años de no hacerlo, todo estaba igual: las estatuas de la entrada, los altos ventanales de la sala María Moliner, los ascensores, los baños en los que, en otro tiempo, alguien escribía consignas contra las autoridades de la Biblioteca con un dedo encharcado en mierda, nunca quise saber si suya o de otras personas; hasta el gazpacho de la cantina en el sótano sabe igual que hace diez años, y las cabezas de las personas en sus pupitres, vistas desde cierto ángulo, siguen pareciendo las de una tribu de profesores universitarios que alguien hubiera decapitado —cruel, pero justamente— a cuenta de agravios que cometió o está cometiendo.

Una sola cosa es distinta esta vez, y consiste en la galería de retratos de los Premios Cervantes, que ha sido reubicada y ampliada con los últimos premiados. No tiene importancia, pero verla es una de las cosas más tristes que puedes hacer en Madrid. Dominan los negros y los tonos oscuros. El gesto severo. Las corbatas. Las americanas cruzadas. Las calvas. Las “62 maneras de apoyar la cabeza” en una mano sobre las que alguien publicó un libro hace algún tiempo. Rafael Cadenas se encoge sobre sí mismo en su retrato, pero parece listo para abalanzarse a abrirte la puerta de tu taxi si le das una moneda. Borges estudia en el suyo —pero ya sabemos que no lo hace: es ciego— un cielo nocturno que presiden un laberinto y una rosa; hay libros sobre su mesa que no puede leer, un reloj de arena, un globo terráqueo (WTF?) y de su ceja izquierda surge una excrecencia blancuzca que quizás sea el infinito. Unos pasos más allá, unas impresiones negativas de flores en descomposición enmarcan el rostro de una Ida Vitale que da la impresión de estar preguntándose qué hace allí. José Emilio Pacheco se agarra a la empuñadora de su bastón para aguantar el vendaval de la inmortalidad literaria. Luis Mateo Díez se hace retratar con los ojos cerrados —en un gesto de extrema concentración, de estar encandilado por la idea genial que, seamos sinceros, en realidad nunca tuvo o, más probablemente, porque se quedó dormido— y Rafael Alberti obtiene un retrato a la altura de su cursilería, que siempre intentó vendernos como instinto para lo popular: metido en el mar hasta los muslos con chaqueta cruzada y gabardina, sostiene en una mano una carabela mientras observa una paloma mutilada. Mario Vargas Llosa lo estudia a un par de pasos de distancia en lo que parece el indeseable producto de una noche de pasión entre el fauvismo y el pop art: su retrato podría ser la portada de cualquier número de El País Semanal, de Marie Claire o de cualquier otra revista igual de literaria; de hecho, podría ser la imagen del NFT en el que el autor de Los cachorros se terminó convirtiendo y pasar de manos de un criptobro a las de otro una y otra vez como cualquier otro engaño compartido.

3.

Nada de esto es culpa de los retratados, por supuesto: lo es de una imaginación institucional que tiende a ser limitada por definición, pero también, y esto tal vez sea más importante, de la escasa visualidad de la literatura, que —en comparación con el teatro y con la ópera, con la danza y la pintura, incluso con la gastronomía— “fotografía” mal, ofrece un espectáculo de baja intensidad y ningún atractivo. ¿Cómo retratar a un escritor, a una escritora? ¿Cómo hacer que el observador entienda que se encuentra frente a uno; en lo posible, uno que está haciendo lo que sea que hace que sea un escritor? Un tiempo atrás, ninguna de estas preguntas tenía importancia: primero solo había cuatro escritores, los autores de los evangelios, y todos ellos eran inmediatamente reconocibles por sus atributos —el ángel, el león, el buey, el águila—; después, y al menos hasta el siglo XVII, los autores no eran retratados en sus libros. No tiene mucho sentido repetir lo que escribí alguna vez, en algo llamado El libro tachado: la historia de la figura del autor —y su representación visual— es la de los intentos de controlar esa figura y, de ser posible, eliminarla. Nos rodean imágenes de escritores y de escritoras que pretenden decirnos algo acerca de sus libros sin conseguirlo nunca, pero las inteligencias artificiales y el exceso de producción editorial son más eficaces y contribuyen a que, en última instancia, no nos importen más los escritores ni las escritoras, solo necesarios ya para hundir otro poco algún podcast o para que —a través de sus redes sociales— nos informen de algo que han hecho y no nos interesa.

Nos gustan los problemas que no tienen solución, y lo que llamamos “tradición” no es mucho más que la repetición incesante de algo que salió mal, que desde el comienzo era una mala idea. Quizás la existencia del Premio Cervantes te parezca una de esas ideas; tal vez lo sea la galería de retratos, o las dos cosas. Una Elena Poniatowska triunfante en el interior de una iglesia novohispana viene al rescate en algún punto del recorrido, sin embargo. Hay un magnífico retrato de un Guillermo Cabrera Infante de cuyas manos surge una vegetación tropical ya perdida. El Juan Gelman de Hermenegildo Sábat es de una extraordinaria sinceridad. El “autorretrato” de Nicanor Parra —que, por supuesto, no es un autorretrato en absoluto— cumple perfectamente su cometido. Son buenas imágenes. Puede que expresen algo acerca de estos escritores que ellos mismos no sabían y por esa razón no se tomaron el trabajo de ocultar. Puede que algo inaprensible acerca de ellos —y por eso mismo, esencial— haya sido contrabandeado de algún modo en estas imágenes y en ello radique su fuerza. Después de verlas, quizás puedas ver también sus textos de otro modo.

4.

No conozco un solo escritor al que le gusten las fotografías que le toman, algo que no debería sorprendernos, dada la tendencia de algunos fotógrafos a retratar a los escritores leyéndose a sí mismos, esgrimiendo una aspiradora contra el cielo, echados en posición fetal sobre una mesa de billar y cosas así. Naturalmente, a mí tampoco me gustan las que me hacen, aunque siento interés por el trabajo de muy buenos retratistas de escritores como Alejandra López y me lo pasé bien las veces que fui fotografiado por personas como Vasco Szinetar, Catalina Bartolomé y Lisbeth Salas. De las imágenes que los tres consiguieron arrancarme solo puedo decir que dicen más acerca de ellos y de su mirada que de mí y de la mía y que esto, que podría ser visto como una falta o un error, a mí no me lo parece en absoluto. Ninguno de ellos lo tiene fácil, en cualquier caso: por la limitada visualidad de la escritura, porque los escritores a los que nos gusta escribir tenemos poco tiempo para posar, por el hecho de que quien escribe lo hace porque ha decidido sustraer su presencia a la mirada ajena, ha escogido un tipo de arte no presencial y que tiene lugar en su ausencia, durante el acto de la lectura. Quizás deberíamos dejar ese acto en paz, en manos de los pocos y las pocas que hayan comprendido algo que tiende a escaparse a muchos —que la literatura es la vida mejorada— en lugar de seguir forzando a los escritores a hacer gestos y a fingir interés por cualquiera que sea el nuevo formato audiovisual de moda y la tendencia más reciente en redes sociales. Ninguna alabanza al magnífico trabajo que hacen en la Biblioteca Nacional de España es mucha, pienso; pero yo estaría igual de bien si no colgasen tonterías en las paredes. Octavio Paz sosteniendo en una mano una especie de emoji pálido. Ernesto Sábato a punto de ser aplastado por la grisura de sus libros y la banalidad de sus opiniones. Carlos Fuentes devorado por una niebla inexplicable. Adolfo Bioy Casares presidiendo una mala imitación de Giorgio de Chirico. Jorge Edwards convertido en un escolar prematuramente calvo que sostiene un libro que excreta el mapa de Chile. Uno ve estas cosas y podría echarse a llorar, y en Madrid, ya sabes, hacemos grandes sacrificios para que eso no suceda: bebemos la cerveza local, aguantamos a los del Real Madrid, les hacemos fotografías en la calle a los turistas que no se resignan a la selfie, simulamos creernos todas las mentiras que se dicen sobre esta ciudad y les agregamos las de nuestra propia cosecha, nos dejamos retratar cuando nos vemos obligados a ello, pero la verdad es que no vemos la hora de volver a sentarnos a escribir en lugar de fingir que estamos haciéndolo.