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Adolescencia bajo amenaza

La viralización de rumores, las funas online y los deepfakes han transformado la forma en que los jóvenes construyen su identidad y se relacionan con los demás. El costo ya no es solo reputacional: también afecta la salud mental y la manera en que las nuevas generaciones aprenden a ser quienes son. Vivir bajo la posibilidad constante de la exposición pública favorece la ansiedad, la autocensura y la hipervigilancia. 

Por Judith Herrera Cabello  | Imagen principal: Robin Utrecht/ANP MAG/ANP vía AFP

Hay un nuevo gesto entre las adolescentes que se sacan selfies, ya sea solas o con sus amigos: cubrir la mitad de la cara con la mano, el pelo o un emoji antes de que la imagen se suba a cualquier red social. ¿El motivo? Con una sola foto, cualquier persona con acceso a una aplicación gratuita de inteligencia artificial puede generar una imagen falsa, pero hiperrealista del cuerpo de quien aparece.  

Las chicas lo saben porque han visto lo que les ha pasado a compañeras de curso, conocidas o figuras públicas. Basta un teléfono y una foto para sufrir consecuencias de por vida. 

Ese gesto defensivo revela una transformación profunda en la experiencia cotidiana de los adolescentes: la sensación de que cualquier imagen, conversación o malentendido puede escapar de su control, viralizarse y causar un daño que no tiene un mecanismo claro de reparación.  

Hasta hace unos años, el rumor adolescente tenía límites naturales. Se difundía de boca en boca, dentro de un grupo acotado, un curso, un círculo de amigos. Alguien podía ser objeto de un cahuín durante semanas, pero, eventualmente, otro hecho lo terminaba desplazando.  

Las plataformas digitales han eliminado esos límites. Un pantallazo de una conversación privada puede llegar a cientos de personas en minutos. Un video de TikTok que acusa a alguien de algo, con o sin pruebas, puede acumular miles de reproducciones antes de que la persona aludida incluso se entere. Una publicación en una cuenta anónima de Instagram dedicada a chismes del colegio puede circular durante meses.  

A esto se suma la inteligencia artificial, que ha añadido una dimensión nueva y dolorosa: ya no hace falta que haya ocurrido algo para que exista una “prueba” visual, basta simplemente con un buen prompt

Según Francisca Jaque, académica de la Escuela de Psicología de la Universidad de Santiago, “estamos frente a un fenómeno de continuidad y ruptura. El rumor digital conserva funciones sociales del rumor tradicional —circulación de información incierta, regulación reputacional, pertenencia grupal y control social—, pero cambia de naturaleza cuando se desplaza a plataformas digitales. No es solo que el rumor llegue a más personas: se vuelve registrable, copiable, buscable, acumulable, recontextualizable y potencialmente permanente”. 

Cristian Pinto, director de la Escuela de Psicología y Filosofía de la Universidad de Tarapacá, señala que la práctica actual podría considerarse “un tipo de violencia digital; [porque] este contenido, además, es distribuido con la intención de hacer daño”. 

“En la escuela presencial, el chisme solía tener límites físicos y temporales: circulaba en el recreo, en la sala o dentro de un grupo relativamente identificable”, añade Jaque y apunta a que, en los entornos digitales, “la información puede persistir, replicarse y alcanzar audiencias que no siempre son visibles para quien aparece implicado. Esto modifica el daño, porque el rumor deja de depender únicamente de la memoria de los pares y queda sujeto a capturas de pantalla, reenvíos, comentarios, algoritmos y búsquedas futuras”. 

Los adolescentes saben que cualquier cosa que digan, hagan o que se diga sobre ellos puede vivir indefinidamente en el entorno digital y reactivarse en cualquier momento. Esa conciencia opera como una vigilancia difusa que moldea el comportamiento y genera una ansiedad anticipatoria difícil de medir, pero que está siempre ahí, presente. 

A eso se suma otro punto y es que el contenido en redes sociales no siempre se condice con lo real. Entre filtros, inteligencia artificial y otras herramientas, las fotos y videos han pasado por una manipulación digital y una curatoría por parte de su autor con el fin de producir ese momento publicable. Por lo mismo, se crea una vara de medición entre la experiencia propia y aquella perfección que es inalcanzable. Vania Martínez, académica del Centro de Medicina Reproductiva y Desarrollo Integral del Adolescente (Cemera) de la Universidad de Chile, profundiza en este fenómeno: “La identidad que se está construyendo muchas veces se pone en comparación con las de otras personas a través de las redes sociales, y la identidad que la gente presenta es parcial, no es la realidad”. 

Las formas del daño 

Los rumores digitales que afectan a los adolescentes no adoptan una sola forma. Hay un ecosistema de prácticas interconectadas que, aunque difieren en su modo, comparten una misma lógica: la exposición de alguien ante una audiencia que no tiene acceso al contexto completo y que, en muchos casos, ni siquiera conoce al protagonista. 

“No es lo mismo decirle a una persona cara a cara algo que hacerlo anónimamente a través de redes sociales, porque eso permanece, puede ser replicado y, entonces, el impacto es mucho mayor. Cada vez que alguien postea algo o da un like, tiene que pensar si eso va a perjudicar a otra persona o, incluso, a sí misma”, precisa Martínez. 

La amenaza más reciente y quizá la más perturbadora es la de los deepfakes con contenido sexual. Según una encuesta de la organización de defensa infantil Thorn realizada en Estados Unidos en 2024 a 1.200 jóvenes de entre 13 y 20 años, uno de cada ocho adolescentes conoce personalmente a alguien que ha sido víctima de imágenes falsas de desnudos generadas con inteligencia artificial, y uno de cada 17 ha sido víctima directa. El 71% de quienes admitieron haber creado este tipo de imágenes dijo haber encontrado las herramientas para hacerlo en redes sociales, y el 53% a través de un motor de búsqueda convencional.  

Marcus Brandt/DPA Picture-Alliance vía AFP

En Chile, en mayo de 2024, siete alumnas del Colegio Saint George’s de Vitacura, desde octavo básico hasta enseñanza media, descubrieron que un grupo de compañeros había utilizado inteligencia artificial para generar imágenes de ellas desnudas y viralizarlas en redes sociales. Los apoderados presentaron un recurso de protección ante la Corte de Apelaciones de Santiago que fue acogido, mientras que la Fiscalía Oriente abrió una investigación de oficio. El hecho fue considerado el primero de su tipo en el país y dejó en evidencia que ni el colegio ni el marco legal contaban con herramientas claras para responder: el uso de deepfakes aún no está tipificado como delito específico.  

Pero esta tecnología es solo la expresión de un problema más amplio. Las funas, término con que se designa la denuncia pública de una persona a través de redes sociales, se han convertido en una práctica frecuente entre adolescentes. Pueden ser funados por un comentario sacado de contexto, por una sospecha no confirmada o por una acusación que se viraliza antes de ser contrastada.  

Junto a las funas, operan prácticas que no tienen la misma espectacularidad, pero que producen un daño igualmente fuerte: la difusión de capturas de pantalla de conversaciones privadas, la creación de cuentas anónimas para hacer circular acusaciones, la grabación y publicación de momentos comprometedores sin consentimiento, y la amplificación de rumores a través de la lógica algorítmica de plataformas como TikTok e Instagram, que premian el contenido emocional y conflictivo con mayor visibilidad.  

El costo mental 

La evidencia acumulada durante los últimos años muestra una correlación entre el acoso digital, del que los rumores son una de las formas más frecuentes, y una serie de problemas de salud mental entre adolescentes. Un estudio de la Universidad del Desarrollo y la Universidad Adolfo Ibáñez, publicado en 2022 y elaborado con participantes de 15 a 29 años, encontró que la cibervictimización está relacionada con algunos síntomas depresivos: aislamiento, falta de apetito, cambios de sueño, baja en el rendimiento escolar o ausentismo. 

Pinto plantea que el impacto también se relaciona con “las características personales. Encontraremos adolescentes que tienen una mayor vulnerabilidad por su historia de vida, por experiencias adversas que han tenido en sus trayectorias de infancia y, por lo tanto, podría impactarles más seriamente este tipo de contenidos”. 

Aunque no todos los adolescentes son víctimas directas de una práctica hostil, muchos operan bajo la conciencia de que podrían llegar a serlo. “La amenaza anticipada puede tener efectos reales en la salud mental aunque no se materialice en un episodio concreto. Saber que una imagen, un comentario o un rumor podrían ser capturados, manipulados o viralizados puede producir hipervigilancia, ansiedad anticipatoria, autocensura, temor reputacional, vergüenza corporal, retraimiento social y disminución de la confianza en los pares”, advierte Jaque. 

La dimensión de género también es ineludible. Si bien los varones son víctimas de rumores y de ciberacoso, las mujeres y niñas enfrentan una exposición desproporcionada al daño reputacional de naturaleza sexual. La mayoría de la pornografía deepfake existente involucra rostros femeninos. Asimismo, datos de la Defensoría de la Niñez indican que más del 70% de las adolescentes del país ha recibido contactos de tipo sexual por redes sociales o plataformas digitales.  

Algunas prácticas detectadas son el sexting, como se conoce al intercambio de mensajes o material online con contenido sexual; la sextorsión, denominación para la amenaza de publicar contenido sin consentimiento; y el grooming, cuando un adulto se contacta online con un menor de edad con fines sexuales, entre otras. 

La identidad vigilada 

Más allá del daño inmediato, también resulta inquietante el efecto sobre la construcción de la identidad. La adolescencia es un período de ensayo y error, de exploración de roles, de contradicciones. El derecho a equivocarse en privado, a decir algo torpe, a cambiar de opinión, ha sido una condición implícita de ese proceso, pero que el entorno digital está erosionando de manera profunda. 

Cuando cada conversación puede ser expuesta, cada foto manipulada y cada desliz salir a la luz pública, los adolescentes internalizan una lógica de gestión permanente de su imagen. Bernardo Pacheco, psiquiatra adolescente de la Red UC Christus y profesor de la Universidad Católica, plantea que “no es beneficioso que se construya una identidad personal sin presencia directa de los pares. Referentes solo de tipo virtual no aseguran, dado el tipo de interacción, una identidad integrada. Lo digital puede desvirtuar el sí mismo, ya que muchas veces solo estimula ideales de lo que somos o no somos en la realidad”. 

Jaque argumenta que “muchos adolescentes aprenden a mostrarse pensando no solo en quién los ve hoy, sino en quién podría verlos mañana: compañeros, familias, docentes, futuros grupos o desconocidos. La identidad se construye bajo una audiencia imaginada y potencialmente hostil. Esa condición puede generar autocensura, hipercontrol de la imagen, ansiedad ante la evaluación social y menor espontaneidad. También puede producir una tensión difícil: las redes sociales son espacios de pertenencia y validación, pero al mismo tiempo son espacios de exposición y riesgo”. 

Esta dinámica tiene consecuencias sobre las relaciones de amistad, que se vuelven más calculadas; sobre las relaciones afectivas, que se desarrollan bajo la amenaza de que una pelea o ruptura puede derivar en la difusión de conversaciones privadas; y sobre la relación con el propio cuerpo, que pasa a ser no solo un territorio de inseguridades normales del desarrollo, sino un objeto potencialmente explotable por la tecnología de la mano de otros.  

Un problema de fondo 

El ecosistema digital en el que crecen los adolescentes ha ido normalizando una serie de condiciones que transforman estructuralmente su experiencia social. Entre ellas están la persistencia de toda información digital, que elimina la posibilidad de que un rumor se olvide; la escalabilidad de la difusión, que permite que un conflicto entre dos personas se convierta en un espectáculo público; la facilidad para actuar desde el anonimato, que reduce las inhibiciones sociales que en el mundo presencial limitan la crueldad; y la asimetría radical entre quien lanza una acusación y quien debe defenderse.  

Frente a esto, la respuesta institucional ha sido lenta. La regulación sobre deepfakes aplicados a menores es todavía incipiente o inexistente: por ejemplo, en Estados Unidos, la aprobación en mayo de 2025 de la Take It Down Act —que obliga a las plataformas a retirar imágenes íntimas no consentidas en un plazo de 48 horas— representó un avance legislativo significativo, pero su implementación real recién está en marcha.  

En el ámbito escolar, muchas instituciones carecen de protocolos claros para responder cuando estos incidentes ocurren. “Es un problema complejo en la sociedad actual, porque no estamos preparados. Acá hay dos cosas que son importantes: necesitamos tener más educación en las familias para poder ayudar a los niños a comprender mejor estas situaciones, y necesitamos políticas públicas que puedan abordar este tipo de problemáticas”, señala Guillermo Bustamante, académico de la Facultad de Comunicación de la Universidad de los Andes. 

A juicio de Jaque, “no basta con intervenir cuando la funa, el rumor o el deepfake ya ocurrió. Las comunidades educativas deben trabajar la percepción de seguridad digital, la confianza entre pares, la alfabetización sobre consentimiento y la posibilidad de pedir ayuda tempranamente. La salud mental adolescente se afecta no solo por incidentes consumados, sino también por vivir en un entorno donde la exposición pública parece siempre posible”. 

Lo que está en juego no es un asunto tecnológico que se resuelva con mejores softwares de detección, ni uno educativo que se solucione con una charla sobre ciudadanía digital. Es algo más profundo: afecta la forma en que una generación está aprendiendo a relacionarse con los demás y consigo misma en un mundo donde la exposición es la norma, la privacidad se vuelve cada vez más frágil y el derecho a equivocarse parece haber desaparecido.