A partir de escenas en apariencia disímiles, distantes en el tiempo y el espacio, la ensayista y psicoanalista Constanza Michelson compone la música o la temperatura de Microdramas, su último libro, publicado por Paidós. Se trata de una prosa “que sigue con confianza y libertad los cursos del pensamiento hasta el punto en que nos sentimos un poco ciegos, un poco tomados de la mano recorriendo caminos del deseo”, plantea la escritora Macarena García Moggia, quien presentó este ensayo hace unas semanas.
Por Macarena García Moggia
Los libros traen muchas formas de alegría. Una acontece al reconocernos en lo que leemos, dibujándosenos una sonrisa en la cara, cuando no una franca carcajada al descubrirnos compartiendo miedos ínfimos, percepciones pasajeras, actos absurdos llevados a cabo en la intimidad que de repente encuentra, en la literatura, un lugar común, es decir un lugar en el que podemos encontrarnos. Se trata, por lo mismo, de un reconocimiento que no es el que puede brindarnos, generoso u hostil, algo así como un espejo. No: es más bien el reconocimiento del desajuste que se produce entre nosotros y nosotros mismos cuando de un modo imprevisto un espacio y un tiempo otro, como el de la lectura, abre un espacio y un tiempo hospitalario en el que, aunque incómodos, nos sentimos caber.
Constanza Michelson ofrece en Microdramas muchas imágenes y palabras que saben habitar ese espacio, ese tiempo. Retengo algunas como la palabra espera, la palabra esperanza, la palabra bendición; o la imagen de una tijera que en un trasnoche cualquiera nos impulsa a cortarnos tres o cuatro mechones de pelo para introducir en la cara un cambio, una ligera distancia entre el modo como vemos las cosas y las formas inciertas y punzantes de lo posible. Nos sorprendemos siguiendo los meandros de un pensamiento digresivo que convierte la asociación libre en un principio de escritura, como si ella misma fuera capaz de producir un corte y así crear un espacio que se abra a la posibilidad de unir lo aparentemente disjunto, un corte transversal que podría ser un paréntesis —una chasquilla—, pero también la apertura de un signo de interrogación que haga que todo cuanto leemos —en los libros, en nosotros mismos, en las cosas, en los demás— se nos devuelva bajo la forma de una pregunta, motor para el deseo y la palabra. Pero que no se entienda la interrogación aquí como un espacio para la duda, la vacilación; antes se inclina hacia una afirmación rotunda: la de que eso que nos muerde por dentro no tiene por qué volverse una forma, una forma de vivir.
Atrae la manera en que la autora pone la mirada en las formas: en lo informe que se ampara en ellas, en las cárceles formales que nos creamos, en lo que nos fuerza a adoptar las formas de otros. Y por cierto también en las formas que la escritura ofrece al pensamiento. Una de ellas, muy particular en su estilo, es el entrecruzamiento de relatos y diálogos reales o imaginarios y casos y reflexiones más o menos especulativas que desplazan continuamente la primera persona a la segunda, al tú, que es yo. ¿Será ese espacio en el que yo juega a ser tú el lugar del microdrama?
Abrir un espacio es inventar, cada vez, una salida. Una salida de la escena psíquica que solo quiere más de sí (me acuerdo de Roland Barthes y la cena del hambre que toma lugar en cualquier es-cena de dos). Pero de nada se sale, dirá Constanza Michelson, sin antes entrar, sin atravesar el hambre y la alegría y el dolor y el deseo insaciable de que haga ingreso en nosotros mucho más de lo que podemos recibir, mucho menos de lo que nuestro cuerpo de carne es capaz de anhelar. En ese margen tendría lugar la invención dramática, o conmovedoramente microdramática: inventamos escenas para no achicarnos la cancha —como saben los futbolistas—, o sea para no obedecer pasivamente a las circunstancias y, extremándolas un poco, salir de ahí. Incluso expelidos por una fuerza que nos excede y que no puede tener otro nombre ni otro filo que el de la imaginación. Ahí está el drama: en nuestro deseo de forma que a veces encuentra en los pequeños desmadres su libertad. Su manera de decir “basta”.
Por fortuna se atreve a esos desmadres también la autora de estos ensayos, que avanzan en una suerte de espiral en el que convergen, o más bien se expanden como los círculos concéntricos que deja una piedra lanzada al agua, distintos registros de experiencia que sin jamás coincidir del todo, son acaso impulsados por la fuerza de una intuición, de una mirada que intuye la existencia de un misterioso sistema de relaciones entre las cosas, en especial entre las formas que adoptan los deseos de las personas. El libro, en efecto, está lleno de rimas. O mejor dicho: está hecho de rimas tan inesperadas como imprevistas entre escenas en apariencia disímiles, distantes en el tiempo y en el espacio que, sin embargo, resuenan unas con otras hasta componer la música o la temperatura de un microdrama. En ese sentido es esta, ya lo decía, una prosa que sigue con confianza y libertad los cursos del pensamiento hasta el punto en que nos sentimos un poco ciegos, un poco tomados de la mano recorriendo caminos del deseo, según una expresión que tomo de la novela más reciente de Valeria Luiselli. La forma, como pasa a menudo en la vida, solo la vemos después. No hay caminos trazados de antemano.

Mientras tanto, vamos comprendiendo que entre el tú y el yo puede abrirse un espacio que deje, por ejemplo, de un lado la pérdida y del otro la vida. Donde alcance a oírse una voz que diga “espera”, “no hoy”, “mañana quizás”. Donde el aire entre como por una ventana para introducir movimiento y frescura en todo lo que quiere vivir pegado. Es ese el trabajo de la palabra, anoté al costado de una página: abrir un espacio de diferencia para que las cosas (el tú y el yo) no se peguen.
Liberada de ese modo la mirada y la palabra, es posible poner atención menos en el contenido que en la forma del espacio que deja, por ejemplo, una pérdida. La escritura de Constanza Michelson sabe ser performática en ese sentido, al introducir movimiento en las formas y en los temas. Ya no recuerdo si lo dice o al hacerlo nos lo da a entender: lo que la vida celebra es el cambio de tema. Lo mejor que puede pasarnos, y lo que tal vez buscamos al ir a terapia: cambiar de tema, pasar a otra cosa. Qué aburrido es que tengamos eternamente los mismos problemas. Para salir de ahí, este bestiario de la mente —que no deja a la vez de hablarnos del bestiario que es la mente— se permite, entre otras cosas, acompañar un día, de la mañana a la noche, porque sabe que otro día los pensamientos pueden ser distintos y es más, con seguridad serán distintos, recordándonos que no hay escritura sin cuerpo tanto como no hay cuerpo sin tiempo.
Es otra alegría que me brindó este libro: ver cómo la mente —esa mente terrorista como es llamada en un momento— solo puede o se deja pensar y escribir mediante lo semejante, por medio de los ecos que encuentra en el mundo. “Es como cuando…” ¿No es así, jamás solos, como nos intentamos decir? Tal vez por eso al terminarlo nos sentimos un poco más cerca del arte que de las prácticas de salud mental, a los pies de una pregunta por las formas de perseguir lo abierto, de huir hacia adelante, de abrirnos caminos allí donde los hemos cerrado, de arriesgarnos al movimiento y continuar. En último trámite, lo que el buen humor arriesga en estas páginas es una suerte de voluntad de multiplicar los medios a través de los cuales nos contamos lo real, medios que entre el yo y el mundo abran espacios de lectura, de deseo, de comprensión; espacios inter-medios que hagan posible la separación y por lo mismo la creación de un mundo y de un nosotros y, más todavía: de una relación posible entre ambos. De un relato, o un amor.
Las palabras, no habría que olvidar, brotan de un espacio abierto en el cuerpo. Un orificio por el que también entra y sale el aire… y por donde tarde o temprano aprendemos a salirnos un poco, y en buena hora, de nosotros mismos.
