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La vitrina web • septiembre

El huérfano (2025), de Lázló Nemes. 2 horas y 15 minutos. En Mubi

Hace tiempo que no se veía en el cine una mirada tan cruda sobre la posguerra, ese lapso infernal en que Europa fue una montaña de ruinas, la miseria era parte del paisaje y millones de desaparecidos penaban en cada esquina. Crecer en un mundo devastado es una pesadilla para cualquier niño, y no sorprende que cineastas como Roberto Rossellini (Alemania, año cero, 1948) o Andréi Tarkovski (La infancia de Iván, 1962) hayan puesto el foco en infancias atravesadas por la guerra. En esa tradición se inscribe El huérfano, la nueva película del húngaro Lázló Nemes, el cineasta que saltó a la fama con El hijo de Saúl (2015), una ficción sobre los Sonderkommando de Auschwitz que ganó el Óscar a mejor película extranjera. El huérfano cuenta la historia de Andor, un niño abandonado en un orfanato y recuperado cuatro años después, en 1949, por su madre judía, quien sobrevivió al horror nazi. Durante toda su infancia, Andor espera el regreso de su padre, que muchos suponen muerto en las cámaras de gas. Los años pasan, el niño cumple 12 y aparece Berend, un carnicero violento que llega a la vida de su madre como proveedor y que intenta convertirse en su figura paterna. La película cultiva la ambigüedad en torno a la identidad del padre, reforzada por un montaje fragmentario, elipsis desconcertantes y saltos temporales que reproducen la memoria rota del niño. En tiempos en que la guerra vuelve a hacer de la infancia un territorio de devastación, El huérfano resulta tan dura como necesaria.

Evelyn Erlij

Todavía existo. Una vida de Matilde Pérez, de Sabine Drysdale. Ediciones UDP, 212 páginas

Matilde Pérez tenía 5 años cuando, encaramada en una higuera, decidió que sería pintora. Su determinación la convirtió en una de las pioneras del arte cinético en Chile, tras recibir en el París de los años 60 las enseñanzas de Victor Vasarely. Pero el medio chileno, siempre mezquino, nunca la tomó en serio. Recién en 2012, a los 96 años, tuvo su única gran retrospectiva en el país, realizada por Fundación Telefónica. Nunca ganó el Premio Nacional, pese a ser una candidata eterna. La periodista Sabine Drysdale descifra a esa mujer indócil, enemiga de las convenciones de su época, que se dedicó a investigar el movimiento, el color, la geometría y las ilusiones ópticas. A partir de archivos, citas de su autobiografía Visiones geométricas (2004) y entrevistas a familiares y amigos —sobre todo al curador Ernesto Muñoz—, reconstruye las anécdotas que forjaron su carácter: la infancia en Peñalolén, su matrimonio con Gustavo Carrasco, las revelaciones de París, la decepción del regreso a Chile y sus tensiones con otros artistas como Vergara Grez y José Balmes. Lo que más le importó fue el arte y huir de la tontería. “Tonta es la que se sienta a pensar en nada. Tonta, la que cree que lo ha hecho perfecto. Tonta, la que está atrapada en una sala de clases repitiendo la misma lesera todos los años. Tonta, la que se queda encerrada en un grupo de pintores de barrio a disputarse los bordes de la geometría. Tonta, quedarse en la casita, sentadita, cuidando a los pollitos”. Y, claro: Matilde Pérez jamás fue una tonta.  

Denisse Espinoza

No hay tiempo para todo. Leer, escribir y recordar, de Vicente Undurraga. Ediciones UACh, 2026. 216 páginas

“Siempre hay tiempo para perder”, le dijo en alguna ocasión el profesor, poeta y filósofo Ernesto Rodríguez a su nieto, el editor y ensayista Vicente Undurraga. Quizás una forma provechosa de seguir ese consejo (si por ello entendemos entregarse a un ocio despreocupado) sea leer su nuevo libro, No hay tiempo para todo. Los ensayos reunidos en este volumen no podrían estar más lejos de esa “feroz medianía” (por usar una expresión del autor) en que los textos se vuelven intercambiables, un fenómeno que Undurraga achaca a “la profesionalización literaria, la corrección y el cálculo acomodaticio”, a los que habría que agregar también la inteligencia artificial, culpable del aplanamiento estilístico al que se nos somete cada día como lectores. En ellos hay observaciones, hallazgos y ocurrencias (como las referidas a las expresiones del chilensis), además de oído y oficio (algo que no suele encontrarse con tanta frecuencia), lo que hace que su lectura sea gozosa, libre de “ataduras formales y expectativas ajenas”. Se trata de una suerte de continuación de Todo puede ser (2022), su libro anterior, pero aquí resalta sobre todo el “sincero amante de la literatura”, como lo describió Erick Pohlhammer en una dedicatoria: el lector generoso que invita a conocer la obra de sus autores de cabecera, una constelación miscelánea que incluye a Thomas Bernhard, Nicanor Parra, María Zambrano, Gabriela Mistral, José Lezama Lima y Joseph Brodsky. Un libro, en suma, que hace de la lectura una forma particularmente feliz de perder el tiempo frente al escroleo infinito y las lógicas productivas.

José Núñez