A raíz del incendio que afectó a la Librería Crisis y que destruyó gran parte de su material, el poeta y editor Jaime Pinos reflexiona sobre el sentido del legado de su fundador, el mítico librero Mario Llancaqueo, fallecido un 23 de junio como hoy, hace cinco años. “Su memoria nos ayuda a comprender que una librería es un archivo vivo, un archivo que respira. Un lugar donde podemos, a pesar de la humareda, respirar con otros, respirar tranquilos, respirar mejor”, escribe en este texto leído durante un conversatorio en la Furia del Libro donde participaron las escritoras Daniela Catrileo y Marilen Llancaqueo y la integrante del colectivo de archiveras Las Luisas, Karen Cea.
Por Jaime Pinos | Imagen principal: Parte del archivo documental de Librería Crisis durante la operación de salvataje del Centro Nacional de Conservación y Restauración (CNCR)
Mario Llancaqueo Vera (1938-2021) nació en la localidad sureña de Victoria. Llegó siendo un adolescente a Valparaíso, donde terminó su educación secundaria. Ingresó a la universidad, pero su amor por los libros lo llevó a elegir una profesión distinta a la que estudiaba. Empezó vendiendo libros a sus compañeros, hasta fundar la primera de varias librerías a su cargo. Su librería Nueva Era fue allanada por tropas de la Armada luego del golpe de Estado. “Ocho toneladas de literatura marxista fueron incautadas en calle Condell”, tituló El Mercurio en esa ocasión. Hombre de izquierda, militante, logró eludir la orden de detención en su contra. En los años 80, creó la librería Rucaray en Santiago, importante espacio de resistencia cultural antifascista.
A inicios de los noventa, fundó la Librería Crisis. Ubicada frente al Congreso Nacional, su nombre proviene de dos vertientes. La célebre revista argentina del mismo nombre y una broma entre amigos. Una que encerraba su recelo frente a las componendas que empezaban a marcar el curso de la postdictadura: frente al Congreso, símbolo de la naciente democracia, instalar una crisis. Ese espíritu crítico y libertario marcó su quehacer como librero. La mítica Librería Crisis no solo era un lugar de hallazgos increíbles sino también de acogida para las pequeñas editoriales, el pensamiento transformador y las nuevas literaturas.
Año 1997, junto a Marcelo Montecinos iniciábamos el proyecto editorial La Calabaza del Diablo. Ediciones independientes, rezaba el pie de nuestro logo. Un rótulo que, me parece, se usaba, al menos en Chile, por primera vez. La acogida en las pocas librerías existentes fue fría, difícil. Casi nadie quiso nuestros libros de sello desconocido, de autores jóvenes aún más desconocidos. Crisis no solo dejó un ejemplar de cada título, además los puso en vitrina. Volvimos en dos semanas. Los libros no se habían vendido aún pero, para nuestro asombro, Mario Llancaqueo se los había leído todos. Le gustaron. Nos alentó a seguir publicando. Los libros que no se venden, los libros cuyo valor es otro, siempre tuvieron un espacio en su vitrina.

Pero, sobre todo, Crisis siempre fue un lugar donde era posible pasar las horas revisando sus cajones y anaqueles sin apuro. Y, sobre todo, disfrutar de la conversación generosa de don Mario. Umberto Eco escribió alguna vez sobre lo que llamó el reto y el bello oficio de librero. Lo definió como una hermosa vocación. Mario Llancaqueo fue eso. Un librero por vocación. Alguien que aceptó ese reto y dedicó su vida a ese oficio bello. Su trabajo y su entusiasmo de años hizo de nosotros mejores lectores, es decir, personas más libres.
A pesar de los recientes sucesos —el incendio que afectó a la librería y destruyó gran parte de su material y archivo—, me gustaría pensar más allá de la catástrofe. Pensar en cuál es la potencia que se necesita, tal como hizo Mario Llancaqueo, para reponerse a ella y continuar. Pienso en los incendios de otra época, no tan lejana, cuando los libros se quemaban en las calles y la censura prohibía su circulación; en los años posteriores a la dictadura que han dado como triste resultado una gran mayoría de gente que no lee o no entiende lo que lee; en las dificultades de acceso en el país que tiene los libros más caros del mundo; en la política del actual gobierno que pretende, sin ningún tapujo, arrasar con la cultura. Tal vez porque sabe que, como dijo Unamuno, el fascismo se cura leyendo.
El fuego amenaza desde hace mucho tiempo todo espacio de diálogo y pensamiento en este país. Sin embargo, a pesar del asedio, muchas personas y proyectos colectivos persisten y proliferan. Archivos que sobreviven, que se mantienen con vida. Que afirman la cultura, los libros, como un lugar posible para la imaginación de otras formas de vivir y relacionarse. La extensa red de solidaridad y apoyo desplegada por amigos y lectores de Crisis luego del incendio es una demostración de que no solo se puede sobrevivir, sino también, a pesar del humo, alentar una respiración común. Los libros son cortafuegos. El legado de Mario Llancaqueo es el ejemplo de su persistencia y dedicación. Una vida entre, para y por los libros. Su memoria nos ayuda a comprender que una librería es un archivo vivo, un archivo que respira. Un lugar donde podemos, a pesar de la humareda, respirar con otros, respirar tranquilos, respirar mejor.
*Este texto fue presentado en el conversatorio “Un archivo sobreviviente: Mario Llancaqueo y la librería crisis”, realizado en la Furia del Libro de invierno el 30 de mayo de 2026. Participaron Daniela Catrileo, Marilén Llancaqueo y Karen Cea (colectivo Las Luisas)
**Una versión previa de este texto fue publicada en 2021 en lom.cl
