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La deshumanización tecnológica

Frente a los discursos alarmistas en torno a los avances tecnológicos, Paloma Muñoz, estudiante de tercer año de Ciencia Política de la Universidad de Chile, plantea que, en lugar de tener miedo, es necesario comprender que estos cambios pueden ser utilizados a nuestro favor. El mayor riesgo, advierte, no es que las máquinas se parezcan a los humanos, sino que nosotros perdamos la humanidad. Este texto fue seleccionado en el contexto de la convocatoria para la sección Palabra de Estudiante correspondiente al número 37 de Palabra Pública.

Por Paloma Muñoz Ramos | Foto principal: Pexels

Resulta fácil proyectar el mundo del futuro. Sumergirse en las imágenes de una utopía o una distopía difundidas por la cultura popular gracias al maravilloso Hollywood o en los escenarios catastróficos advertidos por científicos y especialistas en medioambiente. En estas proyecciones hay un elemento que siempre ocupa un lugar central: la tecnología. Se afirma que transformará radicalmente el mundo laboral, que sus capacidades superarán las humanas y que su desarrollo descontrolado podría convertirse en una amenaza para la sociedad. También se dice que eso debería producirnos miedo.

Sin embargo, a mí no me da miedo.

Las facilidades que nos entrega pueden ser, precisamente, las que nos permitan dejar de sobrevivir y comenzar a vivir con mayor dignidad y bienestar. Lo que de verdad me inquieta no es que las máquinas se parezcan cada vez más a nosotros, sino que nosotros empecemos a parecernos a ellas.

En una sociedad marcada por la indiferencia, donde las personas están cada vez más concentradas en sí mismas, nos transformamos de forma gradual en sujetos más individualistas. La exposición constante a la violencia y la muerte ha reducido nuestra capacidad de asombro y de empatía. Lo que antes generaba conmoción hoy se consume como una noticia cualquiera.

Eso es lo que realmente debería alarmarnos.

No solo nos volvemos menos empáticos, sino también más fríos en nuestras relaciones humanas. Esta transformación silenciosa plantea una inquietud profunda sobre el futuro de los vínculos sociales y afectivos. ¿Podrá el ser humano seguir reconociéndose en el otro si continúa normalizando el dolor ajeno?

Es ahí donde surge una pregunta central al pensar en el futuro: ¿serán las máquinas las que se aproximen a nuestra humanidad, o seremos nosotros quienes, lentamente, nos alejemos de ella?