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Raúl Andrés Cuello. Una curiosidad inagotable

El editor, traductor y escritor argentino —científico de formación— publicó hace unos meses Estampas de ocasión, un libro en el que comenta las lecturas que lo formaron y, en una suerte de autobiografía literaria, relata su experiencia como lector. Frente a la aparente distancia entre ciencia y literatura, el autor plantea que ambas disciplinas se alimentan del mismo motor: la curiosidad.

Por José Núñez

La biografía de la mayoría de los escritores —esa breve descripción que se expone en la solapa de los libros—, no suele ser demasiado fascinante. Con frecuencia se reduce a una sucesión de premios, cargos académicos y oficios relacionados al ámbito literario. Pocos son los perfiles que consignan una ocupación ajena a la carrera de escritor. Lo primero que salta a la vista, sin embargo, al abrir un libro como Estampas de ocasión, de Raúl Andrés Cuello (Mendoza, 1988), es la información que contiene su biografía: “Se licenció en enología y alcanzó los grados de magíster en viticultura y enología y doctor en biología”.

En alguna entrevista lo presentaban como un “lector meticuloso”, alguien que “transita con igual destreza las bibliotecas y los laboratorios”. Aunque ese tránsito, dice él, es menos raro de lo que parece. Quizás por eso cuando asiste a algún seminario científico suelta con naturalidad una frase de un autor como Samuel Beckett que nada tiene que ver con el tema de su exposición. Lo anterior también explica el hecho de que, mientras publica en revistas científicas indexadas, sea un colaborador asiduo en medios culturales. El motor de ambas disciplinas, dice, es el mismo: la curiosidad. “La ciencia siempre busca respuestas a cosas que no tienen respuesta, y en la literatura uno busca más o menos lo mismo, ¿no?”, plantea a través de una videollamada.

Aunque la curiosidad también, en algún momento, se pierde. O al menos eso fue lo que le ocurrió tras casi una década reseñando libros para Otra Parte Semanal, la versión virtual de la revista cultural fundada por el escritor Marcelo Cohen y la ensayista Graciela Speranza. Entre 2017 y 2025, Cuello fue su colaborador y luego dirigió la sección de Literatura iberoamericana, para la que debía reseñar toda clase de libros, muchas veces ajenos a su campo de interés. “Esa praxis, ejercida casi en piloto automático, se me había vuelto improcedente”, confiesa en el prólogo de Estampas de ocasión, publicado a fines de 2025 por la editorial independiente Libros Tadeys, un volumen que pertenece a esa exquisita categoría de libros sobre libros en el que Cuello reúne las lecturas que lo formaron y, en una suerte de autobiografía literaria, relata las sensaciones y circunstancias que rodearon aquellas lecturas.

Fue precisamente para exorcizar ese impulso inicial que había perdido y recuperar el placer gratuito de la lectura —ese “nihilismo feliz”, como lo llamó alguna vez César Aira— que se propuso un experimento: durante sesenta y un días escribiría, cada jornada, sobre “un libro, un autor o una situación literaria que me hubiese conmovido”, anota. El texto lo iniciaba en la mañana, al despertar, y lo pulía en la noche, cuando corregía un dato o añadía algún detalle digno de ser recordado. Esas breves piezas —publicadas originalmente en su cuenta de Instagram— terminarían por conformar la serie que hoy da forma a Estampas de ocasión, un libro lleno de hallazgos e impresiones que logra transmitir, con una mezcla poco frecuente de erudición y entusiasmo, la fascinación que le produjeron esos textos que comenta.

Estampas de ocasión, de Raúl Andrés Cuello.
Libros Tadeys, 2025.
98 páginas

En las estampas conviven autores de la tradición argentina —desde José Bianco, J. Rodolfo Wilcock, Fogwill y Héctor Libertella hasta Juana Bignozzi, Luis Chitarroni, Sergio Chefjec y Matías Serra Bradford— con una constelación igualmente amplia de escritores extranjeros, entre ellos, Nathalie Sarraute, Michel Leiris, J.-K. Huysmans, Eliot Weinberger o Mario Praz. Escrito con soltura y en un tono desenfadado, Estampas de ocasión alterna observaciones críticas, confesiones y digresiones sobre un canon personal. De ahí que en sus páginas convivan hipótesis aventuradas —como cuando sostiene que lo mejor de la literatura argentina está en el ensayo— con declaraciones como esta: “Hace un tiempo, hablando con Isabel, me percaté de mi poca, hay que decir, empatía por la literatura norteamericana”.

En algún pasaje cuenta, por ejemplo, lo decisivo que fue conocer Literatura de izquierda (2004), de Damián Tabarovsky. “No fui la única persona de mi generación a la cual su presencia modificó”, advierte, y luego escribe: “De ahí en más no pude volver a leer sin sospechar de un libro, sin pensar en la forma”. En otro fragmento, a propósito del filósofo francés Alain (Émile-Auguste Chartier), describe las condiciones ideales para el descubrimiento de un autor: “Felicidad, en mi caso, es encontrar un libro o un autor que no conocía; pero no sólo eso: tiene que ser un libro o un autor que logre trastocar las estructuras internas que me condicionan, modificándolas de una vez y para siempre”.

Quizás la confesión más sorprendente es aquella en que Cuello admite haber empezado “a leer de grande”, después de los 30 años. “Considero que hacerlo por interés propio, sin el arrastre escolar o la formación que atañe a los grados superiores de enseñanza, encarna una suerte de libertad soberana, de desencorsetamiento virtuoso”, apunta. La lectura, en su caso, fue una herramienta para sortear el tedio que le producían los largos trayectos en bus que hacía cuando estudiaba y realizaba pasantías.

Esas lecturas se las iba comentando a un amigo, quien le recomendó escribir reseñas en la revista panhispánica de crítica literaria Vísperas. “Hasta ese momento no sabía qué era una reseña, yo era un lector, digamos, de a pie, como cualquier otro, que va, entra a una librería, no sabe muy bien qué llevarse, habla con el librero y le pide una recomendación”, confiesa. Pronto comenzó a colaborar en diferentes medios, hasta que un día decidió enviar un correo electrónico al equipo de la revista Otra Parte, porque veía en sus reseñas un modelo para su propio trabajo. El resto, como suele decirse, es literatura: para su suerte, fue el mismo editor, Marcelo Cohen, uno de los traductores más reconocidos de Latinoamérica, quien le respondió diciéndole que colaborara.

“Al principio, siendo tutelado por un escritor como Marcelo Cohen, es muy fácil, porque él tenía una manera muy sutil de corregirte. Nunca fue algo directo, sino algo más bien lateral, y siempre en forma de conversación”, comenta sobre su experiencia con el autor argentino. “Todas las semanas, Marcelo te mandaba wasaps larguísimos para discutir de cualquier tema, y en eso comentaba la reseña que habías escrito. En ese sentido, fue como una especie de maestro invisible, porque yo no lo veía, no tenía mucho contacto con él, pero a la vez había una línea que se iba bajando, una forma de ver el mundo, de ver la literatura, que se iba compartiendo y discutiendo”, agrega.

En la actualidad, además de ser becario posdoctoral del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet), Cuello dirige el sello editorial Partícula, un proyecto independiente que fundó junto a Juan Alberto Crasci y Santiago L. Nogueira que publica textos híbridos, a medio camino entre el ensayo y la literatura, con un fuerte énfasis en la traducción. En su catálogo han aparecido obras de Gertrude Stein, Osip Mandelstam, Marina Tsvietáieva y Pierre Drieu la Rochelle (este último traducido por él), entre otros. Una vez más, la curiosidad permea su trabajo. O, como dice él cuando se refiere a ese cruce disciplinario que lo caracteriza, “las ganas de jugar con una cosa desconocida; jugar a ser otro, también”.

¿Hay alguna limitación en el formato de la reseña literaria que haya provocado ese agotamiento que mencionas en el libro? Lo pregunto porque Graciela Speranza, en una entrevista que dio en este medio, mencionaba que a muchos críticos de la revista no les gustaba resumir el argumento de una obra, que era la parte burocrática de la crítica.

—Bueno, esa es una de las patas: tener que ceñirse a comentar de qué va una cosa. Me parece que lo más interesante de la literatura es no saber muy bien qué es lo que está pasando, sino que la forma sea una especie de hilo conductor. Cuando uno aborda un libro, tiene que ceñirse al contenido y por ahí se pierde la idea de la forma. A veces uno lee un libro y no tiene nada que decir. El libro no merece ser comentado, ni aunque sea bueno. Un libro puede ser muy bueno y uno no tiene por qué agregarle ninguna apostilla. Está totalmente cerrado, y cualquier cosa que puedas decir va en su detrimento. La diferencia que veo en la metodología de Estampas… es que no necesariamente tenía que estar atado a contar de qué iba cada libro, sino alguna sensación, un recuerdo, una frase. Ha habido libros en que encontraba una frase y dejaba de leer. Y no es por ser vago y no querer leer, sino porque hay libros que te demandan hasta cierto punto, como si hubiesen hecho un click interno. Ese tipo de cosas no se pueden hacer en una revista. Me interesaba divagar, pero a la vez con una restricción, que era la cantidad de caracteres que me dejara Instagram. Todas las estampas tienen más o menos la misma longitud. Es divertido jugar con un límite, pero un límite de la forma, no de estar ceñido a hablar de qué va un libro.

En Chile se suele discutir sobre la escasez de crítica literaria. Un libro como el tuyo, que recoge buena parte de la producción literaria argentina actual, sería quizás más impensado acá. ¿Cómo ves el panorama de la crítica en América Latina?

—Bueno, uno tiende a ser fatalista con este tipo de cosas: no hay más crítica, ha sido todo reemplazado por robots que escriben los argumentos de los libros para diarios que son escritos a su vez por robots. Si uno se pone a pensar en ese panorama apocalíptico, obviamente que la respuesta es negativa. Pero me parece que, cuando aparece un dispositivo raro, siempre es una oportunidad para algo nuevo. Puede pasar que encienda la llama de gente que diga: ¿por qué no nos ponemos a discutir sobre cosas que no sean estrictamente contemporáneas? Porque si te fijás, en el libro solamente dos o tres autores argentinos, por lo menos, están vivos, más algunos foráneos, pero no muchos, casi todos son recortes del siglo XX. La idea era pensar cómo dialogan estos libros que están atados a sensaciones, sentimientos y cosas de mi formación, pero que son de otra época. ¿Pueden decir algo en el presente o todo quedó perimido frente al imperio del bot, al imperio de lo temático? Me parece que, quizás, sobre todo en Chile, por lo que me contás, el libro puede ser interesante o puede ser un disparador para que surjan esos debates. En ese sentido, me parece que puede hacer algo mucho más, quizás, que en Argentina, que no te digo que sea la panacea, pero hay espacios de discusión. La discusión es permanente.

A propósito de Partícula, ¿cómo ves el panorama editorial en Argentina?

—Nosotros vivimos de crisis en crisis, en un estado de pobreza, con muchos problemas políticos y demás. Pero, paradójicamente, después de la concentración editorial que hubo en los noventa, donde las editoriales clásicas de Argentina fueron absorbidas por los grandes grupos, empezaron a haber casas editoriales nuevas, chiquitas, que decían “che, pero esto no lo está abordando ni Planeta ni Random House”. Son editoriales muy conocidas ahora: pienso en Mansalva, Mardulce, Godot, Cuenco de Plata. Esas editoriales fueron creciendo y encontrando su manera de trabajar, sus autores y su público, y fueron dejando espacio para que aparezcan otras. Entonces estamos ahora, en medio de la crisis, con editoriales nuevas saliendo todo el tiempo, que quizás publican un libro al año o dos, pero que de alguna manera subsisten. Además, a diferencia de Chile, en Argentina no tenemos un apoyo del Estado que financie tu producción. Argentina se ha sabido acomodar a distintas situaciones, y eso ha hecho que también proyectos muy chiquitos se profesionalicen y hagan bien las cosas y saquen los libros a tiempo, estén en las ferias, se vendan afuera, como si fueran editoriales grandes, pero con una escala de producción mucho más chica. Es una ingeniería, un trabajo fino el que hay que hacer, pero hay cosas interesantes. Igual que en Chile, donde hay editoriales muy buenas, Bastante, Overol o el mismo Tadeys. Son editoriales chiquitas que tienen una lógica como de guerra de guerrillas, que van ocupando espacios y se van moviendo muy bien. Mundana, por ejemplo, me gusta mucho, tiene cosas muy lindas. Obviamente Ediciones UDP fue como una especie de faro que dirigió la mirada y la atención de todos estos actores.

¿Te interesa la literatura chilena actual? ¿Qué autores te llaman la atención?

—Quizás no son contemporáneos. Bueno, algunos contemporáneos que al final terminan siendo amigos, como Juan Manuel Silva. Exageraciones, de María Pía Escobar, que publicó en Saposcat, me encantó. También descubrí, gracias a Andrés Braithwaite y Ricardo Vivallo, a Mario Verdugo, que es un tipo que experimenta y hace cosas raras. Pero por ejemplo, hay autores que no son contemporáneos y que me parecen fantásticos: Martín Cerda, Joaquín Edwards Bello, Alone. Si esos autores hubiesen escrito en esta época serían cracks totales, así como lo es Zambra a nivel internacional. Por ahí me siento más afín a lo que escribe Edwards Bello que a lo que escribe [Benjamín] Labatut, que es un tipo que vende y se conoce un montón. Y después, bueno, hay una infinidad de poetas, como Parra, Bertoni y muchos más. Lihn es una institución. Es un autor que ya era importante cuando vivía y sigue siéndolo hoy, sigue siendo un escritor total. Hizo crítica de arte, performance y era muy adelantado, muy pop en cierto sentido. Tenía algo de artista total, casi una especie de Midas, que lo que tocaba lo volvía oro. Creo que ese corpus, esa constelación de autores, es muy interesante. También hay rarezas, como un libro de Juan Balbontín que se llama El paradero, que tiene una atmósfera muy enrarecida. Ustedes tienen esos locos, muy raros. Está Raúl Ruiz [también], que para mí es un tótem. Su diario es una cosa increíble. Hay para hacer salsa en Chile.