En tiempos dominados por el ruido, la filósofa y artista neerlandesa Eva Meijer —reconocida por sus estudios en torno al lenguaje humano y animal— invita a prestar atención a lo que no se dice y a las voces que no se escuchan en el debate público. En No es indiferencia, su último ensayo, examina cómo callar puede significar tanto opresión como resistencia, y sugiere que abrir nuestros oídos —a humanos y no humanos— podría transformar las formas de convivir y hacer política.
Por José Núñez | Foto principal: Sebastian Steveniers
Que el lenguaje es necesario para participar en la vida pública puede ser bastante obvio. Que el silencio también tenga un peso político, quizás lo es menos. ¿Qué sucede con aquello que no se dice?, se pregunta la filósofa, artista y escritora Eva Meijer (Hoorn, Países Bajos, 1980) en No es indiferencia (Katz Editores, 2025), un ensayo que explora los diferentes tipos de silencios políticos. En Suecia, por ejemplo, los samis —los habitantes originarios de Laponia— fueron considerados durante mucho tiempo un pueblo inferior. Durante gran parte del siglo XX, el Estado sueco consideró que debían integrarse a la cultura dominante, desalentando el uso de su idioma y sus costumbres. Lo anterior cambió en el año 2000 cuando, siguiendo tratados internacionales, se implementó en el país una política de minorías. Pero algunas consecuencias ya eran evidentes: generaciones enteras crecieron sintiendo vergüenza de hablar su lengua materna.
“El colonialismo no solo destruye materialmente el mundo a través de la ocupación territorial y del trabajo humano. También altera la manera en que las personas y otros animales pueden conformar e interpretar su entorno”, escribe Meijer en su último libro, donde plantea que los silencios no son una mera ausencia de lenguaje, sino un fenómeno complejo que puede operar como mecanismo de exclusión, aunque también como estrategia de resistencia o posibilidad de cambio.
“A menudo pensamos en el silencio como una sola cosa, pero hay muchas formas de silencio en las relaciones políticas. Algunas son violentas, como el silenciamiento de los animales, y otras están relacionadas con escuchar y comprender mejor a los demás (y a nosotros mismos)”, explica la autora, que estuvo de visita en el país en noviembre para presentar sus investigaciones sobre la comunicación animal en el Festival Puerto de Ideas y en la Facultad de Derecho de la U. de Chile. Para Meijer, cuya obra gira principalmente en torno al lenguaje humano y animal —ideas que ha desarrollado en libros como When Animals Speak: Toward an Interspecies Democracy (New York University Press, 2019), Los límites de mi lenguaje. Meditaciones sobre la depresión (Katz Editores, 2021) y Animales habladores. Conversaciones privadas entre seres vivos (Taurus, 2022)— reflexionar sobre el silencio sirve para cuestionar los límites de lo que se suele entender por política.




“En la filosofía política y en el debate público se pone mucho énfasis en hablar y, hoy, en hacerlo lo más alto posible. Esto ocurre a costa de las voces más bajas, de la escucha y de la posibilidad de convivir con las diferencias”, afirma la filósofa, que en No es indiferencia también examina la manera en que el uso instrumental del lenguaje por parte de los políticos, el lenguaje neutro de las instituciones y el auge de la retórica populista contribuyen a invisibilizar ciertos problemas.
A través de un recorrido que abarca movimientos sociales como el #MeToo, el Black Lives Matter y las protestas por el cambio climático que se iniciaron en 2019, Meijer plantea que el silencio puede ser una herramienta para mejorar las prácticas políticas existentes. “Deja espacio para las voces de los demás y para escuchar. Para mejorar el debate político y público tenemos que volver a aprender a mantener diálogos adecuados, en lugar de los monólogos que han popularizado personas como Donald Trump. Esto implica aceptar lo nuevo y lo desconocido, que a menudo se encuentra en el silencio. Incluir espacio y tiempo para la reflexión en el debate político ya sería de ayuda, al igual que salir al exterior y escuchar a los grupos sobre los que se habla. Podemos aprender nuevas habilidades políticas, y creo que lo necesitamos desesperadamente, sobre todo en el contexto de la crisis climática. Siempre son posibles nuevas formas de vida, pero para que surjan es fundamental poner en primer plano las voces de los no humanos”, advierte.
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Desde que en el siglo IV a.C. Aristóteles definiera al ser humano como el único animal que tiene logos y capacidad de reconocer el bien y el mal, se trazó una línea divisoria en la historia del pensamiento occidental entre este y el resto de los seres vivos. En las últimas décadas, sin embargo, investigaciones en biología y etología (el estudio científico de la conducta y la comunicación animal) han demostrado que los animales se comunican de manera mucho más compleja de lo que se creía, lo que ha llevado a que un número cada vez mayor de teóricos y académicos reconozca que el lenguaje —y, por extensión, el pensamiento— no es una facultad exclusiva de los seres humanos.
“Para muchas personas, especialmente aquellas que viven o trabajan con otros animales, la idea de que los animales se expresan es una cuestión de sentido común. Llamar a esto ‘lenguaje’ es más controvertido: muchos seres humanos distinguen entre comunicación y lenguaje, y piensan que los animales no humanos son capaces de lo primero, pero no de lo segundo”, dice la filósofa. Y agrega: “La filosofía resultó ser un proyecto de humanos pensando en humanos. Incluso en la ética animal, los filósofos se preocupan principalmente de la forma en que los humanos deben tratar a otros animales, no se interesan por sus ideas”, dice.
Pero eso comenzó a cambiar. En la década de 1970, teóricos como el filósofo australiano Peter Singer plantearon que los animales comparten con los humanos aspectos relevantes, como la capacidad de sufrir, y por tanto merecen una consideración moral similar. En los estudios científicos empezaron a ser tomados más seriamente como sujetos, y en el ámbito de la filosofía política, pensadores como Sue Donaldson y Will Kymlicka propusieron reconocerlos como agentes políticos. “Este paso de la consideración ética a la participación política desplaza las preguntas sobre cómo deben ser tratados a cómo se puede obtener más información sobre la manera en que los animales quieren vivir su vida”, escribe Meijer en When Animals Speak.
A pesar de estos avances, la pregunta por su lenguaje seguía sin ser explorada. “No soy solo filósofa, sino también poeta, novelista y compositora, y me interesan mucho las diferentes formas en que funciona el lenguaje. Para mí, estaba claro que otros animales hablan. Así que empecé a investigar la cuestión de la voz política en relación con los animales no humanos, así como la cuestión del lenguaje en general”, explica Meijer, quien actualmente trabaja como investigadora posdoctoral en la Universidad de Ámsterdam.
El resultado de esas investigaciones es el mencionado When Animals Speak, un libro donde desarrolla una nueva comprensión del lenguaje de los animales, basada en la multitud de expresiones y formas de crear significado que estos tienen. Desde los perros de las praderas que describen con detalle a los intrusos en sus llamadas de alarma hasta los delfines que se llaman unos a otros por su nombre usando un sonido particular, los animales, según Meijer, tienen su propia perspectiva de la vida y sus propias formas de comunicarla. “La agencia política, la pertenencia a la comunidad política y muchos otros conceptos están relacionados con el habla. Dado que no se considera que los demás animales sean seres que hablan, no se les toma en serio como agentes políticos. Sin embargo, esto se basa en una visión problemática del lenguaje, en la que es conceptualizado desde la perspectiva humana. Los animales no son seres mudos, sino que son silenciados a través de las relaciones de poder y las formas de dominación”, advierte.
En su libro, expone el caso de un avión que en 2010 tuvo que regresar al aeropuerto de Schiphol, en los Países Bajos, tras colisionar con una bandada de gansos que provenían de la gran reserva natural de Oostvaardersplassen. En un primer momento, el gobierno neerlandés lo encaró como un problema de plaga y le encargó a una empresa la matanza de 15.000 especies. Más tarde, organizaciones animalistas y el Partido por los Animales propusieron alternativas no letales. Ninguna de las soluciones, dice Meijer, puso en el centro a los gansos.
“Ellos se comunican entre sí mediante sonidos, olores, gestos, movimientos físicos, el tacto, la voz, el contacto visual y la realización de ciertos rituales”, dice la filósofa, advirtiendo que además pueden aprender cosas nuevas, desarrollar rutinas personales y tomar decisiones en grupo. Meijer identifica en el comportamiento de los gansos ciertas prácticas humanas, como la ocupación ilegal y la deliberación, lo que serviría para conceptualizarlos en clave política. El ejemplo muestra cómo es posible desarrollar nuevas formas de relacionarse con los animales, lo que según la autora nos volvería más democráticos. “Estamos siendo testigos de un auge del autoritarismo y del fascismo, lo que tiene que ver con la decepción de los seres humanos con la política. Necesitamos nuevas prácticas e instituciones políticas para reparar las democracias. En la transición hacia formas de vida más justas, los derechos, las nuevas formas de educación multiespecies y el cambio cultural también tienen un papel que desempeñar”. ijera quién soy. Sus respuestas fueron sorprendentes. Pero después pensé que es obvio, porque la he entrenado para que lo sepa. Entonces, naturalmente me respondió en base a mis propios comportamientos. Yo soy eso y mucho más, pero nuestros comportamientos también dicen quiénes somos. En el futuro será realidad que entrenaremos a estos agentes y se sentirá que te conocen, aunque realmente no lo hagan.
