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La tierra fértil de las mentiras 

Las noticias falsas, los “errores de memoria” o las teorías conspirativas son territorios agrietados y laberínticos que nos permiten —a veces mejor que la verdad— comprender los miedos, distancias y sufrimientos menos visibles en nuestras sociedades. Mirar con superioridad a quienes los difunden poco sirve para dilucidar cómo y por qué se construyen esas desconfianzas tan extendidas. 

Por Azun Candina Polomer | Imagen: Marcha conmemorativa en homenaje a las víctimas de la masacre nazi de las Fosas Ardeatinas de 1944, en Roma, Italia, en marzo de 2025. Crédito: Tommaso Stefanori/NurPhoto vía AFP 

En La orden ya fue ejecutada (1999), el historiador italiano Alessandro Portelli analizó la historia y la memoria de la masacre de las Fosas Ardeatinas, perpetrada por el nazismo el 24 de marzo de 1944. En ella se asesinó a 335 civiles italianos como represalia a un atentado de la resistencia partisana contra los ocupantes alemanes en la Via Rasella, en Roma. Mientras la documentación de la época y las declaraciones de los mismos hechores prueban que la masacre se ordenó a pocas horas del atentado y no se llamó a ningún partisano a entregarse para evitarla, la memoria social instaló la idea de que eso sí había ocurrido y, por lo tanto, los partisanos eran en parte responsables de esas muertes. Se hablaba, incluso, de un cartel que habría circulado por los muros de la ciudad llamándolos a entregarse y así evitar el castigo de personas inocentes. Dicho cartel nunca existió. El mismo Portelli, en una investigación anterior, había acuñado el concepto de “error de memoria” (errore memorabile) para definir esa discordancia entre hechos históricos y la memoria de estos. ¿De dónde venía el “error de memoria” de las Fosas Ardeatinas? ¿Por qué en las décadas siguientes se instaló la falacia de que los partisanos habían sido llamados a entregarse tras el atentado y, al no hacerlo, fueron culpables de la represalia nazi contra víctimas inocentes?  

Portelli necesitó años de investigación documental y cientos de testimonios para construir una respuesta. Descubrió que se trataba de un fenómeno político y social extremadamente complejo, más relacionado con la Italia de posguerra que con lo ocurrido ese día aciago de 1944. La propaganda de la derecha contra los partisanos, la distancia que la Democracia Cristiana tomó respecto de esos combatientes comunistas durante la Guerra Fría y los debates sobre quiénes habían sido realmente durante el fascismo y la ocupación alemana —¿héroes de la resistencia o violentistas irresponsables?— ayudaron a que se instalara esta versión de la historia. A ello se sumó una suerte de “sentido común” que llevó a muchos a concluir que debía ser cierta, porque parecía razonable que los ocupantes llamaran a entregarse a los culpables de un atentado antes de fusilar personas al azar. Todo esto contribuyó a que la evidencia documental tuviera mucha menos circulación y credibilidad de la que merecía, y a que el “error de memoria” terminara por asentarse. 

En términos generales, la pulsión icónica —como la llamó Román Gubern— que nos hace ver rostros en manchas de humedad o brazos al cielo en las ramas de los árboles en un bosque, o el wishful thinking, que nos lleva a creer lo que deseamos que ocurra, han sido parte de la experiencia humana desde sus orígenes. Desde el punto de vista de la historia, la memoria y su influencia en nuestra vida política y social, es más interesante la pregunta de por qué creemos en noticias, imágenes o afirmaciones específicas en desmedro de otras, aun si la evidencia demuestra que son falsas o, por lo menos, altamente improbables. Como le ocurrió a Portelli, la respuesta a esa pregunta no puede generalizarse y suele ser mucho más intrincada y difícil de encontrar.   

Investigaciones como la mencionada, que desmenuzan las creencias falaces, han demostrado que una mentira se instala como verdad por algo más complejo que por la sola repetición de una impostura o por la (posible) mala intención de sus autores. La tierra fértil de las mentiras —es decir, lo que puede convertirlas en creencias aceptadas y transmitidas— se compone de capas heterogéneas de experiencias, miedos y deseos colectivos que encuentran en ellas interpretaciones más creíbles que la verdad. Son, a veces, formas de hacer comprensibles (y, por lo tanto, menos temibles) violencias tan brutales que se vuelven socialmente insoportables: el muy conocido “algo habrán hecho” puede ser una forma de protegerse emocionalmente contra la evidencia de que existen crueldades puras, es decir, irracionales y gratuitas. Si se relativiza la calidad de víctimas de las víctimas, si fueron parcialmente responsables de su horrible destino, la realidad se vuelve menos amenazante y quizás se logre convivir con ella u olvidarla.  

Asimismo, y por paradójico que pueda sonar, el “error de memoria” puede apoyarse en verdades: el suicidio del presidente Allende en La Moneda, confirmado por quienes estuvieron con él, durante años fue descreído por muchas personas. “A Allende lo mataron” era una frase que circulaba en susurros en los años del miedo. Tenía sentido: la dictadura civil-militar secuestró y asesinó a miles de personas, negó esos crímenes, censuró la información y, como suelen hacerlo las tiranías, muchas veces los presentó como suicidios, crímenes pasionales o enfrentamientos armados que nunca ocurrieron. En ese contexto, el suicidio de Allende bien podía ser una más de esas mentiras.  

En un fenómeno más difícil de rastrear a nivel documental, el atractivo de las teorías conspirativas, por ejemplo, suele ser directamente proporcional a su absurdo: mientras más disparatadas, marginales o “secretas” sean, más producen en sus creyentes la sensación de poseer una lucidez que la mayoría no tiene y de estar escapando al control de los poderosos. Se trata de una reacción extrema, ciertamente, pero se alimenta de una realidad: los grupos dominantes sí ocultan y tergiversan la información según sus intereses.  

Desde esa perspectiva, las noticias falsas, los “errores de memoria” o las teorías conspirativas pueden ser abordadas no solo desde la obligación ética de desmontarlas, sino como territorios agrietados y laberínticos que nos permiten —y a veces mejor que la verdad— comprender los miedos, distancias y sufrimientos menos visibles en nuestras sociedades. Podemos sonreír con cierta superioridad, si queremos, ante los terraplanistas, los creyentes en el “Estado profundo” —una supuesta estructura oculta que gobernaría por encima de las autoridades democráticamente elegidas— o quienes temían que la vacuna contra el COVID les implantaría chips de seguimiento; pero esa mirada despectiva de poco sirve para comprender cómo y por qué se construyen esas desconfianzas tan extendidas hacia la ciencia establecida, los gobiernos, la prensa formal y los organismos internacionales, y qué hay al interior de ellas. Profundizar en la tierra fértil de las mentiras es y debería ser tarea prioritaria para las humanidades y las ciencias sociales, porque quizás sea una de las herramientas más valiosas para salir de nuestros propios círculos de autoafirmación.