La obra del poeta Patricio Alvarado Barría aborda la experiencia histórica de un territorio fundado en la violencia. Edad de la ira, su último libro, publicado por Editorial Agnición, “orbita entre un conjunto de obras que desde el Wallmapu nos ayudan a entender sobre qué argamasa de huesos, sangre, hierro, tinta y cenizas hemos erigido nuestras ciudades-fuerte”, anota el escritor Ángel Valdebenito.
Por Ángel Valdebenito
La Araucanía es una zona donde la escritura no puede desentenderse de su propia historia. Desde los primeros tiempos de la invasión española perseveró en una existencia a contrapelo de la tragedia que desde el norte se le venía encima. Tarde o temprano el colonialismo cruzaría el Biobío, pero en cada capa temporal, en cada período de la historia de lo que ya era un país llamado Chile, los habitantes del Wallmapu seguían luchando, negociando, parlamentando, resistiendo. Amasando una espesa amalgama de experiencias sostenidas en el tiempo y que perviven hasta hoy en la memoria larga de las comunidades. De aquí los dos aspectos, la densidad y la vigencia de la experiencia histórica de un territorio que —creo— constituyen los ejes del poemario Edad de la ira, de Patricio Alvarado Barría. La forma en que se expresan es una latencia, una oscuridad de fondo que cruza el libro en sus tres partes: “Casas quemadas”, “Destierros” y “Estíos”.
Aquí hay humo, barro, casas violentadas por el allanamiento, neblina, hierro, revólveres, carabinas, mientras un sujeto circula por la noche histórica de Temuco, intentando cruzarla entre los vigilantes y en paralelo a la presencia espectral de “el infatigable Capitán Comisario Hernán Trizano” [militar chileno que organizó el Cuerpo de Gendarmes de las Colonias, entidad encargada de vigilar la seguridad en las provincias de Arauco, Malleco, Cautín, Valdivia y Llanquihue]. El poemario parece decirnos que vivimos en el sueño de Trizano, en el laberinto de su orden colonial, y que no hemos podido salir de ahí. Es, de cierta forma, una crónica del urfascismo, donde la figura humana que predomina es la del vigilante/celador/guardián. Es un turbulento mundo de funcionarios medios, de fuerzas ejecutantes restringidas en su poder, pero ilimitadas en el daño que producen.
las casas se vinieron abajo:
una habitación cerrada sostiene la ciudad
despiertan al otro lado del río
el telón de humo las oculta
y nos ilumina
Así parte el libro, con la sección “Casas quemadas”, un título que inevitablemente me remite al roce a fuego, la quema de bosques para el posterior aprovechamiento productivo de la tierra. Hablamos de una región que cuenta entre sus ciudades a Pitrufquén, en mapudungún “lugar de cenizas”. Es el espacio arrasado para que la energía civilizatoria del colono europeo funde la ciudad y encienda la chispa del progreso en las tierras que impúdicamente el Estado chileno, a finales del siglo XIX, ofrecía en Europa como un terreno virgen, a la espera de ser colonizado.
una tropa se detiene sobre el mapa
la luz artificial de los pasajes inunda la marea
los celadores olvidaron tu nombre
apuntan con su dedo una y otra vez hacia la montaña
Todo lo dicho anteriormente debemos incorporarlo en una mirada general a la obra de Patricio Alvarado, compuesta por un libro de artista, Silencios habitados (2011), donde la palabra raya ocasionalmente sobre la imagen, como un grafiti que se superpone al aire viciado de las fotografías, paisajes urbanos difuminados y angulosos (es una obra en que el recorrido se desentiende de la presencia humana, mientras que Edad de la ira se sostiene más por el tejido humano de vivos y muertos —a la manera de Comala— que en el paisaje). Una novela, Triage (2015), que se construye sobre una serie de constataciones espectrales y donde el peso —más que en lo escrito— está en la médula oculta que se intuye en cada una de las historias que se entrecruzan: la profunda violencia de base sobre la que se erige el sistema de la Araucanía. Alvarado describe el fondo falso y fantasmal de las operaciones cotidianas, pero el núcleo está en lo no dicho, en las citas de prensa —impresas sobre fondo negro— que se insertan entre cada capítulo. Luego, un ensayo sobre artes visuales en Temuco, titulado Ampliación del fuerte Recabarren (2015), que diagnostica la metástasis urfascista hasta lo más profundo de la cultura regional, mediante la expansión de la ciudad fuerte (“pionera de las fronteras civilizadoras, pero sobre todo la ciudad administrativa”, Ángel Rama, citado en ADFR). Otra vez, densidad y vigencia de la experiencia histórica de un territorio fundado en la violencia.

de Patricio Alvarado Barría
Agnición, 2025
124 páginas
Volviendo a Edad de la ira, hay que decir también que este conjunto de poemas respira un poco más limpiamente en la sección “Destierros”. Allí los textos se alinean a partir de guiones, puede tratarse de un diálogo o también de una enumeración. Las imágenes se hacen más variadas, aunque destellan de forma más escueta:
La lluvia arrastra la basura más liviana y la esparce sobre la acera.
En otras páginas los párrafos se estrechan, como si el territorio del texto expresara en su relieve irregular (pero armonioso) una refutación del orden trizaniano, militarista, aséptico en lo social, pero sanguinario en lo operativo.
La última sección del libro, “Estío”, se abre con un epígrafe de a escritora Gloria Dünkler (Pucón, 1977), tenaz exploradora de las verdades incómodas de nuestra historia regional. El diálogo entre ambas obras es una invitación que no debiéramos pasar por alto. ¿Y los vigilantes? Siguen ahí, Trizano también. Circulan, observan, disparan, “pasean sus insignias entre las casas”, perseveran. “Patria y orden, tierra quemada”.
Este libro se editó primero en España en 2019 y finalmente hoy lo tenemos disponible en librerías locales. Entretanto, Patricio editó un par de poemarios de otros autores por la editorial de la Universidad Católica de Temuco. Remarco aquí un compromiso ético con el desarrollo cultural del territorio habitado, creando y pensando la creación de otros desde el sur. Este es un aporte que recibimos con gusto aquí, en el centro de esta provincia larga y angosta, un trabajo necesario que robustece no solo el currículum de él sino también nuestras posibilidades como lectores.
Puede observarse entonces una clara consistencia entre el editor, el artista, el analista cultural y el poeta. La circulación entre estos distintos medios, vocaciones y lenguajes ha dado a la escritura de Patricio Alvarado una solidez conceptual, estructural y estética que este libro —flanqueado por sendos textos de Bruno Montané y Marcela Huitraiqueo— viene a mostrar en toda su plenitud. Son muchas las consideraciones y las lecturas que se me pueden quedar en el camino, no olvidadas, si no esperando en un libro al que de seguro volveré con frecuencia. Porque sus preguntas son también las mías, porque Edad de la ira orbita entre un conjunto de obras que desde el Wallmapu o mirando hacia allá nos ayudan a entender sobre qué argamasa de huesos, sangre, hierro, tinta y cenizas hemos erigido nuestras ciudades-fuerte.
