Hace cinco años el reconocido coreógrafo y bailarín sufría una crisis vocacional, cansado de las grandes producciones y las interminables giras. La pandemia le ayudó a detenerse, pensar y volver a su centro. Hoy, acaba de terminar una temporada en GAM con Rito de primavera, una de sus obras más icónicas, con la que agotó entradas y celebró 30 años de trayectoria. En octubre, presentará uno de sus últimos trabajos: Nube, concebida durante sus días en un retiro espiritual en la montaña.
Por Denisse Espinoza | Crédito de foto: Francisco Anwandter
Llevaba 4 días sin comer y ya sentía sus sentidos aumentados. El coreógrafo Jose Vidal se había internado en una montaña al sur, cerca de Argentina, en un retiro espiritual que lo tendría en ayuno por varios días. Era su intento por dejar atrás la presión creativa, el apremio por producir. “Venía sintiéndome muy desgastado. Llevaba años haciendo obras, una tras otra, con miles de personas, y cada vez era más. Las expectativas crecían y yo solo quería parar y ‘cerrar el boliche’”, recuerda.
Con un grupo de “retirados” buscaba conectar con la naturaleza y el presente. Les hacían dormir a la intemperie, en unas literas de madera frágil, pero él prefería el piso, sentir la hierba y los insectos caminándole por la espalda. Un día, estaba descansando cuando, de pronto, bajó la temperatura y decidió subir a la litera y recostarse en lo alto para mirar las nubes, que comenzaban a pasar después de muchos días de calor extremo y cielos despejados. “Se hacía como un clarito en los árboles, era muy bonito, como un cine orgánico”, recuerda. “Debo haber estado bien volado por no comer hace días, pero la verdad es que ya no sentía hambre. Los primeros días imaginaba que me comía un asado y listo, se me pasaban las ganas de comer. A la cabeza uno la engaña con cualquier cosa”.
Las nubes pasaban sobre su cabeza y él se las quedaba mirando una tras otra, como en una meditación. “Ese fue un día lindo, se me vinieron muchos recuerdos de niño, memorias de infancia, y de pronto me acordé de que en mi ‘otra vida’ tenía un proyecto que se llamaba Nube, pero que aún no existía del todo. Y supe, de pronto, que de eso se trataba, del encuadre que la copa de los árboles estaba creando en el cielo en ese momento, y de esa sensación de estar presenciando una película como en un cine”, explica. Fue una epifanía. El coreógrafo buscó lápiz y papel y se puso a dibujar su nueva creación, tomó apuntes del movimiento de las nubes, de las composiciones que se iban creando en ese encuadre. Del color del cielo, de la temperatura del aire, cómo todo se transformaba de manera tan natural.

Cuando volvió a la ciudad, ya tenía una nueva obra en la cabeza, pero no dónde ni cómo producirla. Fue entonces que apareció la invitación de la curadora María José Cifuentes, la misma que en 2022 lo había invitado a una residencia en NAVE y donde Vidal concibió las primeras ideas de Nube. Ahora, como directora de programación del espacio, le ofreció crear una obra para GAM que significaba volver a un formato de sala, el que había abandonado por los espacios abiertos y no convencionales. El desafío no era sencillo y tenía un costo. La obra necesitaba más recursos y afortunadamente aparecieron más aliados. Francisca Las Heras, directora del Centro Cultural CEINA, le facilitó sus instalaciones para los ensayos y el prestigioso teatro Kampnagel de Alemania, que lo tiene como a uno de sus artistas predilectos, le aportó recursos y lo invitó a estrenar allá. “Con todo eso, más un crowdfunding, fue posible lograr lo que yo había visionado, que implicaba una complejidad técnica importante, ya que el deseo y la invitación era crear una obra inmersiva, pero en un formato de teatro tradicional”, cuenta el coreógrafo. Vidal estrenó Nube en noviembre de 2023 en GAM y en marzo de 2024 se presentó en Alemania.
“Es una obra perfecta para la gente de la ciudad. Es para quien nunca se ha detenido a mirar las nubes, no ha estado en el campo solo, no ha pasado horas mirando el horizonte en la playa. Mi deseo profundo es poder lograr que las personas entren en un estado contemplativo, poder abrir esa dimensión de la existencia a quienes quizás nunca lo han experimentado o no se dan el espacio en su vida cotidiana. La intención de entregar una experiencia trascendental profunda e inspiradora siempre está de una u otra manera presente en mi trabajo”, afirma Vidal. “Hay gente que al principio no lo soporta. Los primeros 20 minutos son lentos. Las personas se sienten incómodas, no saben qué hacer, cómo acomodarse en la silla, a quién mirar; quieren revisar el celular a toda costa. Pasan un rato de ruido mental terrible, hasta que en un minuto se sueltan y se entregan y no se arrepienten”, dice.


La obra tendrá en octubre solo tres funciones en el Teatro Municipal de Las Condes (del 2 al 5 de ese mes) y Vidal está expectante. “Creo que es la primera vez que ese teatro programa a una compañía de danza contemporánea independiente chilena”, dice. “¿Quién los invitó?”, le pregunto al coreógrafo. “¡Nadie! Nosotros fuimos a ‘catetear’ hasta que nos invitaron. Queríamos estar ahí para salir de los circuitos de siempre y llegar a una audiencia más amplia. Es un teatro bellísimo en el que siempre sentí que la obra sería perfecta. Además, se cree que la danza es un arte de élite, pero no, no se programa en esos espacios y la gente tampoco baja a vernos al centro”.
Eso sí, público no le falta. La última temporada que tuvo en agosto en el GAM con Rito de primavera agotó sus entradas dos días antes de que partieran las funciones. La obra fue estrenada hace 12 años en ese mismo escenario y marcó un hito dentro de su carrera. Esa primera versión fusionaba La consagración de la primavera de Igor Stravinsky con ritmos de hip-hop y música electrónica. Ahora, en esta nueva propuesta, los músicos Jim Hast y Andrés Abarzúa utilizan samples de Maurice Ravel y Claude Debussy, manteniendo el tratamiento electrónico original. La obra resultó una experiencia multisensorial pionera, ya que integró el canto y el uso de la voz de los intérpretes con el movimiento, y añadió el aroma como un elemento distintivo, potenciado por el piso de tierra.
En total, en esta versión fueron 47 los bailarines que entraron en una catarsis colectiva, entre miembros del elenco original e histórico, sumado al mismo público que también tiene un momento protagónico.
Desde su estreno, la producción ha sido vista y aclamada por más de 10.000 personas, y se ha exhibido en diferentes festivales nacionales e internacionales, como el Festival Teatro a Mil, el Holland Festival, el Festival de Marsella, el Kampnagel Hamburgo y el Festival Cielos del Infinito, en Punta Arenas, Chile.

Este 2025 estás cumpliendo 30 años de trayectoria desde tu primera obra Aurelia-Aurelio, que estrenaste junto a Francisca Sazié en 1995 y que fue premiada en el Festival Nuevas Tendencias Teatrales de la U. de Chile, y desde entonces no has parado. ¿Por qué decides celebrar este aniversario con Rito de primavera?
―Creo que cumple con varias condiciones para ser una obra muy querida y atesorada. Es biográficamente importante, ya que nació como un homenaje a mi madre, revisitando mi infancia, mis orígenes y mi amor por la música y la danza. Es una obra masiva; si bien no es la que he hecho con más intérpretes, es el punto intermedio entre las obras con menos integrantes y las que he hecho con más de cien performers, lo que la hace muy representativa. En ese sentido, es un reflejo de mi deseo por romper las barreras entre el espectador y los performers, integrando lo sensorial y lo sensual en la escena. La diversidad de su elenco y la participación del público reúnen varias de las líneas de investigación que han marcado el desarrollo de mi trabajo como artista. Además, es icónica porque ha transformado la vida de muchas personas, ha tocado y ha sido vista por una gran audiencia. Es la obra que más hemos presentado fuera de Chile, aunque estamos en deuda con mostrarla en más lugares del país, fuera de Santiago, además de Punta Arenas y Puerto Natales. Por eso, considero que es muy relevante volver a hacerla. Hemos comprobado que el impacto en las personas es grande, positivo y valioso, y me parece algo necesario en este momento para la humanidad.
***
Nacido en Valdivia y con formación de sociólogo (estudió Antropología también un año), Jose Vidal ingresó al Centro de Danza Espiral bajo el alero de Patricio Bunster, pero al año y medio recibió una beca del American Dance Festival en Duke University (USA) para asistir a su escuela de verano. Estudió y trabajó en Nueva York y luego se mudó a Europa, donde participó como bailarín y asistente coreográfico en las compañías Trànsit Dansa (Barcelona), Ernesto (Bélgica) y Déjà Donné (República Checa). En 2005 se trasladó a Londres para cursar un Máster en Coreografía en la London Contemporary Dance School, The Place, donde fue invitado a ser artista asociado entre 2007 y 2011.
Ya entonces su investigación empezó a estar ligada a la interdependencia entre la estructura y el caos, el juego y los procesos colectivos que surgen de la interacción de los individuos.

En todos esos años siguió creando y estrenando obras. Entre las más importantes estuvo Roundtrip (1998), Pichanga (2000-2004), Inventario (2007) y The Kiss (2009). En 2010 volvió a Chile y fue invitado a inaugurar la Sala de Teatro de GAM con el estreno de Loop.3, una obra ―que también se exhibió en París y Atenas― compuesta por nueve cuadros, donde los bailarines en solo dos metros cuadrados se convertían en esculturas humanas que evocaban obras de arte, adoraciones religiosas o escenas de batallas.
Vidal concibe la danza no como un espectáculo unidireccional, sino como un laboratorio social en el que el acto creativo se convierte en un medio para generar confianza, sensibilizar a las personas sobre la presencia del Otro y fomentar un sentido de comunidad. La danza es una extensión de sus preocupaciones humanistas, un medio para plasmar conceptos complejos a través de movimientos y expresiones corporales. Por eso, el coreógrafo suele incluir a bailarines no profesionales dentro de sus elencos y también anima al público a participar activamente dentro de las coreografías, como sucede en Rito de primavera.
También mostró ese interés en Emergenz, la obra estrenada en 2019 en Hamburgo, Alemania, donde reunió la cifra récord de 110 bailarines en escena ―50 bailarines profesionales chilenos y alemanes, y 60 ciudadanos de Hamburgo―, quienes eran animados en todo momento a salir de sí mismos, improvisar, escucharse y establecer relaciones entre ellos y con el espacio. La iluminación fue creada por Julio Escobar y la música, improvisada en vivo, estuvo a cargo del músico Diego Noguera, elementos que son cruciales en la obra de Vidal.
¿Cómo funciona tu método de creación coreográfica teniendo, a veces, a tantos intérpretes en escena?
―Siempre es colectiva. Hace rato que dejé de marcar todos los movimientos. Lo que busco es generar estructuras que me permitan dar tareas, en donde las personas ponen al servicio su creatividad para resolver esas tareas y yo voy modulando. En el fondo decido la estructura. Y a veces esa estructura, como en el caso de Rito de primavera, es musical. Hay una partitura que te indica hacer algo en un determinado tiempo. Yo les doy un mapa de espacialidad, ese es el límite, hay ciertas cosas fijas, pero el cómo llego de aquí a allá, no lo sabes. Cuando vas para allá te encuentras con un otro, y tienes que resolver todo el rato ese problema y no te puedes poner a pelear con la gente porque no te deja pasar o se te cruzó. La idea es que la creatividad fluya desde el juego, sin presión, para aprender a habitar el caos y resolver los problemas con alegría, sin que la incertidumbre nos genere un mal rato.
Es un poco como la vida misma…
―Sí, c’est la vie. Deberían darme un taller que se llamara “Entrenamiento para la vida”. Creo que ser parte de una experiencia así, de un rito colectivo como es hacer una obra, te da un impulso nuevo de vida. Y con el público que va a verla también. El público que la ve también se siente transformado y, a veces, experimenta un proceso de catarsis muy potente, según los testimonios que hemos recibido. Mi obra siempre ha querido ser lo que fue Emergenz en Alemania, un grupo grande de personas que no conoce que tiene que aprender en tres semanas a convivir, a colaborar, a resolver juntos problemas. Eso es lo que genera la capacidad de cooperación y despierta la creatividad. Para mí son como nuestros instintos de supervivencia, que están dormidos por la vida cómoda que tenemos. La utopía en mi cabeza es que podamos salir a construir una plaza, cuidar un jardín o crear espacios para que las personas se conozcan y se unan en torno a un propósito común. Lo que falta son espacios donde la gente pueda unirse; y el arte, con la forma en que yo trabajo, tiene un tremendo potencial para cumplir ese rol.
¿Crees entonces que la danza y el arte sirven aún para cambiar el mundo?
―Totalmente, pero es a un nivel de transformación interna, de ser conscientes, de estar más presentes y conectados. Mi deseo es que el arte no esté solo asociado o encerrado en un espacio cultural, sino que esté vivo en la cultura, en el cotidiano de las comunidades, y que contribuya al mejoramiento de la vida de las personas. Soy artista y para mí lo importante es la belleza, es provocar a la gente, en el fondo, que sientan cosas, que conecten con su memoria emotiva, que tengan ganas de saltar, bailar, moverse, abrazar. Que se emocionen.
