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Ester Chacón-Ávila. Anudar su propia historia

A sus 90 años, la artista textil chilena radicada en Barcelona recibe un amplio reconocimiento en el país y el extranjero. Actualmente es una de las protagonistas de la muestra anual del Museo de la Solidaridad Salvador Allende, en marzo estuvo en la Feria ARCOmadrid, el Museo Reina Sofía acaba de adquirir una de sus obras y en septiembre próximo, luego de más de 20 años, tendrá su primera muestra individual en Sala Gasco: “En Chile nunca se habló mucho de mí, pero yo siempre he estado trabajando”, dice.

Por Denisse Espinoza | Foto principal: Luciano Cubillos / MSSA

Fue un hallazgo inesperado. En 2023, mientras realizaba una residencia en el Centro Pompidou de París, la investigadora del arte y curadora Amalia Cross dio con unas diapositivas en colores de los años 80 donde aparecía una serie de obras textiles —especies de esculturas en gran formato— de una artista de la que no tenía registro. “Quedé deslumbrada. No podía creer que fuese chilena y no haber sabido nada de ella”, recuerda Cross. “Comencé a investigar su obra, buscar libros y catálogos, hasta que logré averiguar que vivía en Barcelona. Apenas pude tomé un tren para conocerla”. Su nombre es Ester Chacón-Ávila (Santiago, 1936), y desde ese azaroso encuentro su obra ha comenzado a tener una nueva valoración en el país.

Al año siguiente, Cross publicó una investigación sobre su obra que fue presentada en el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona y la postuló para el Premio Artista Mujer (PAM) que reconoce la trayectoria de mujeres mayores de 60 años, donde obtuvo una de las menciones honrosas. Además, la curadora la incluyó como una de las protagonistas de la muestra colectiva Del amor que mueve el sol y las otras estrellas en el Museo de la Solidaridad Salvador Allende (MSSA), que reúne obras de distintos artistas de la colección —como Alexander Calder, Juan Downey y Leonora Carrington—, y que estará abierta hasta agosto de este año. Allí, Ester Chacón-Ávila exhibe en el hall central los textiles Mariposa (1980) y Máscara (1979) —que donó al museo—, además de documentos y archivos inéditos, como un registro en video de 1980 de sus esculturas textiles animadas por sus hijos en su taller, que permite acercarse a su proceso creativo. 

El de Ester es un caso de regreso tardío a la colección del MSSA. En 1983 —cuando vivía en Francia— participó con una performance en la exposición Chile, cuando la esperanza se manifiesta, como parte de la iniciativa internacional para seguir aumentando el acervo del museo, símbolo de la resistencia artística contra la dictadura de Pinochet. La muestra viajó luego a Luxemburgo y allí Ester sumó un textil —titulado Icono— que luego donó al museo, pero que nunca llegó a destino. “Eran tiempos álgidos, las obras se movían de mano en mano, las muestras se organizaban a pulso y los viajes se hacían en auto o en tren, sin seguros ni sistemas de embalaje”, explica Amalia Cross sobre la obra perdida. “Ester se inscribe en una hermosa tradición de artistas mujeres que, desde los 60, optan por trabajar lo textil y lo hacen de distintas maneras. Pienso en Violeta Parra, las bordadoras de Isla Negra, Cecilia Vicuña, Paulina Brugnoli, etcétera. En su caso, la particularidad radica en que construye volúmenes a través de nudos con un sistema de formas que emergen sin un dibujo previo como un acto de prestidigitación muy impactante”, comenta la curadora.

Ester Chacón-Ávila junto a una de sus obras en el Grand Palais de París, 1976. Crédito: Cortesía de la artista.

Antes de ser artista, Ester quiso ser arquitecta. Estudió la carrera en la Universidad de Chile y se recibió en 1964. Tres años después se fue con sus dos hijos pequeños y su esposo pintor —quien había ganado una beca Fulbright— a Nueva York. Fue el artista Nemesio Antúnez, que estaba de agregado cultural en esa ciudad, quien los ayudó a instalarse.  Aunque nunca ejerció de arquitecta, algo de esa formación persistió en su obra: una manera de pensar el espacio, el volumen, la relación con el cuerpo. Sus piezas no son simplemente textiles; son estructuras. Construcciones anudadas que se sostienen en tensiones, en equilibrios, en decisiones que no pasan por el dibujo previo sino por el hacer. 

Pero antes de los textiles, Ester pasó por el diseño. En Nueva York, a fines de los años 60, mientras criaba a sus hijos, conoció a una mujer que la introdujo en el mundo de las telas. “Me explicó en qué consistía el trabajo —diseñar patrones que se repetían— y me animó a armar un dossier con una propuesta de diez diseños. Se vendieron todos. Trabajé en eso por una década en Nueva York y luego seguí cuando me mudé a París”, cuenta la artista.

En 1971, se separó de su marido y emigró a Francia. Ahí ocurrió el siguiente salto. “Ya había comenzado a hacer obras anudando cuerdas, luego de ir a ver [en 1969] la muestra Wall Hangings en el MoMA de Nueva York , donde conocí a muchos artistas textiles [entre ellos estaba Sheila Hicks, Annie Albers y Magdalena Abakanowicz]. Quedé impresionada y al mismo tiempo sentí que yo también podía hacer algo así”, recuerda Ester, quien comenzó tímidamente a crear pequeñas piezas de diseño —aros y collares— a partir de cuerdas anudadas.

Hasta que en París conoció al galerista y escultor Claude Declercq, quien al ver su trabajo le ofreció su primera oportunidad: le encargó una obra a gran escala que se convertiría en su primera escultura viviente. Mientras pasaba eso, vino el golpe de Estado en Chile, un hecho que cambió su perspectiva y la movilizó aún más en su camino de artista.

¿Cómo vivió ese periodo en París y cómo llegó a ser parte de la comunidad de artistas que se manifestó contra la dictadura?
El golpe para mí fue un drama. Antes de salir de Chile, cuando era estudiante, había sido delegada de la FECh y en esa época, junto a Luis Maira, que era estudiante de Derecho, creamos el Centro de Acción Cultural de la Universidad de Chile, donde éramos muy activos. Los compañeros de arquitectura trabajábamos con pobladores de la toma en La Victoria para ayudarles a hacer trazados, los abogados veían los problemas legales de la gente, los estudiantes de medicina tenían allí un policlínico. Nos importaba mucho la justicia social y esa experiencia me marcó toda la vida. Cuando se produjo el golpe, un hermano mío que era del MOC [Movimiento Obrero Campesino] salió de Chile y vino a refugiarse a mi casa en París. Otros amigos muy cercanos que vivían acá tenían a sus hijos desaparecidos porque eran del MIR. O sea, convivía con personas que estaban sufriendo de cerca la dictadura. Ahí empecé a buscar algo para expresar lo que sentía.

Fue entonces que apareció Claude Declercq…
—Sí, después de ver esa muestra en Nueva York, me encontré con una exposición de cuerdas en París, pregunté de quién eran y así lo conocí, era el dueño de la galería [Sin Paora]. Él me pidió que le mostrara las joyas que hacía y se interesó. Me hizo el encargo de una escultura gigante y me financió para hacerla y luego organizó mi primera exposición en su galería. Siempre tuve este tipo de encuentros especiales que me fueron abriendo el camino. Por esa época también me hice amiga de Mauricio Celedón [creador del Teatro del Silencio] y él, junto a Marcel Marceau, fueron a visitar mi muestra y me pidieron algunas de las obras para usarlas como disfraces. Yo les dije que no eran trajes, sino entidades. Hicieron algo muy bonito y fue ahí que las llamé esculturas vivientes.

Obras de la artista exhibidas en la Feria Arco de Madrid en febrero pasado. Crédito: Cortesía Galería José de la Mano.

Desde mediados de los 70, Ester se fue consolidando en el circuito parisino. Tuvo varias exposiciones individuales y colectivas en galerías de la ciudad, y en 1977 ganó la Medalla de Plata de Arte Monumental del Grand Palais de París. En los años 80 también comenzó a venir a Santiago; hizo exposiciones en la Plaza Mulato Gil y en el Instituto Chileno Francés de Cultura. En los 90, la artista decidió radicarse nuevamente en Chile, donde por una década dictó clases de arquitectura en varias universidades privadas, como la Universidad Central, la Mayor y la del Pacífico. Al mismo tiempo seguía desarrollando obras y exponiendo en lugares como el Palacio Consistorial, la Posada del Corregidor y el Centro de Extensión de la Universidad Católica.

¿Cómo vivió su regreso a Chile?
—Volví justamente porque me ofrecieron un contrato en la universidad. Fue una experiencia maravillosa compartir con gente joven y volver a hacer trabajo más social. Llevaba a los alumnos al río Mapocho para hacer clases de paisajismo y enseñarles que era posible utilizar los bordes del río. También me gustaba mostrar la realidad de los basurales y de otros espacios públicos. Además, siempre seguí haciendo obras, en esos años expuse también afuera: en Túnez, en el Fondo Monetario Internacional en Washington y en la Bienal de São Paulo. Me encantaba enseñar y lo hice hasta que me jubilé a principios de los 2000, cuando decidí regresar a París.

Antes de volver a Europa, la artista consiguió tener su única retrospectiva en el Museo Nacional de Bellas Artes, en 2002, bajo la gestión de Milan Ivelic. Sin embargo, al pasar los años, su nombre se fue desdibujando lentamente de la escena local, hasta que apareció la investigación de Amalia Cross en 2024. “Ester no ha dejado nunca de hacer y exponer sus obras. Pero creo que muchas personas, después de ver su trabajo, sentimos la obligación de darlo a conocer y la genuina necesidad de compartirlo con otros. En Chile, sin ir más lejos, y a partir de ciertas sincronías, han vuelto a circular sus obras”, cuenta la curadora.

En el último tiempo, la artista ha continuado participando en el circuito internacional. En marzo de este año estuvo en la Feria ARCOmadrid con la galería José de la Mano, representante de su obra textil de los años 70 y 80 y donde actualmente tiene la exposición Criaturas textiles [1974-1988] que estará abierta hasta junio de este año. Además, una de sus esculturas vivientes fue adquirida por la colección del Museo Centro Nacional de Arte Reina Sofía. Ahora la artista prepara su gran regreso al país con una muestra individual en Sala Gasco —que tendrá obras de colecciones privadas y nuevas y que se inaugurará en septiembre—, además de un proyecto a gran escala de una obra textil que será fundida en bronce para la Galería Patricia Ready, sin fecha aún de exhibición. “Creo que los críticos en Chile siempre han preferido el arte más conceptual y este tipo de obras textiles que hago yo han sido más ignoradas. En Chile nunca se ha hablado mucho de mí, pero yo siempre he estado trabajando”, dice la artista.