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Las pequeñas historias de Miriam Heard

De madre alemana y padre inglés, y criada en Abu Dhabi, Miriam Heard es una figura atípica dentro de la filmografía chilena. Cineasta, actriz y guionista, fue parte del círculo íntimo de Raúl Ruiz y Valeria Sarmiento en París y actuó para ellos. Su segunda película, Después de la niebla, un delicado retrato de una infancia a la deriva en el sur de Chile a fines de los 80, se exhibe el 30 de junio y el 7 de julio en la Cineteca Nacional.

Por Yenny Cáceres

Tal como la niña protagonista en Después de la niebla, cuando Miriam Heard (St. Asaph, Gales, 1978) cumplió ocho años, la mandaron a un internado al norte de Inglaterra. Hija de un geólogo inglés y de una historiadora alemana, su infancia, hasta ese momento, había transcurrido en Abu Dhabi, en los Emiratos Árabes Unidos. Era una vida de mucha playa y de noches acampando en el desierto. El contraste con el internado fue brutal. Un día se desmayó y cuando se despertó, la estaban descongelando en una tina.

Parte de esas vivencias se cuelan en su segundo largometraje, Después de la niebla, una película que la instala como una voz particular dentro de la filmografía nacional, por su biografía y por su mirada, delicada y poética, en que el paisaje es tan protagonista como María (Ema Godoy), una niña de ocho años que vive en el lago Panguipulli junto a sus padres y que, durante la semana, viaja a un internado en Osorno. 

“Es una joya”, dice Miriam Heard sobre el libro homónimo de la artista visual María Edwards en el que se inspiró la película. “Todo nació de esa experiencia compartida de la infancia. Somos amigas y nos dimos cuenta de que teníamos esta experiencia en común”, relata, en referencia a los años que vivieron alejadas de su familia cuando niñas. Miriam ya tenía en mente hacer una película y le pidió a María que escribiera unos bocetos, que luego se convirtieron en el libro. 

“Me encanta su prosa, me encanta la claridad. [María Edwards] trabaja de manera muy fragmentaria la cuestión de los recuerdos: recuerdos incompletos, momentitos, sin imponer una voz autoral. Y yo traté de traducir esa fragmentación y esa sensación de una narradora niña”, dice Heard en un castellano muy fluido.

En Después de la niebla, la segunda película de Miriam Heard, la protagonista María, de 8 años, estudia en un internado en Osorno.

Su herencia europea no solo queda en evidencia en su estampa: alta, con una cabellera crespa, cobriza y unos ojos claros y vivaces, casi turquesa. Sentada en un café de Providencia, cerca de su hogar chileno, Miriam es una conversadora locuaz, una mujer inquieta y curiosa, digna hija de sus padres que se instalaron en Abu Dhabi en la década de los sesenta, cuando aquello era apenas un campamento y no la fantasía petrolera de hoy en día.

Ambos fueron pioneros, cada uno en su ámbito. Su padre, el geólogo David Heard, participó en las primeras exploraciones petroleras en la zona, incluso antes de la creación de los Emiratos Árabes Unidos. Su madre, la historiadora Frauke Heard-Bey, fundó los archivos nacionales de los Emiratos Árabes Unidos y es una experta internacional en el tema que sigue activa a sus 85 años. Cuando Miriam nació, en agosto de 1978, no había hospitales en Abu Dhabi, por eso su madre viajó a tenerla en Gales, en el Reino Unido. Más tarde, estudió Literatura Inglesa en Oxford y a comienzos del 2000 conoció a su pareja, el filósofo Andrés Claro, que estaba haciendo su doctorado allí. Fue el inicio de su vínculo con Chile, donde hoy vive junto a Claro y sus dos hijos pequeños.

Pero antes de eso, Miriam fue una niña que a los siete años descubrió el teatro. “Abu Dhabi era superpoco cool, no había nada que hacer, nada de vida cultural. Me acuerdo que la primera obra de teatro que vi fue Noche de reyes, de Shakespeare, y que fue gracias al English Touring Theatre, que el British Council llevó a Abu Dhabi. Fue una obra que viajaba por todo el mundo yendo a estos lugares raros, y fue supermarcador para mí”. 

Después, estando en Oxford, empezó a actuar en grupos de teatro universitarios, casi a un nivel profesional. Quiso perfeccionarse y se fue a Londres a estudiar actuación en la Royal Academy of Dramatic Art y, más tarde, se ganó una beca para seguir sus estudios en el Conservatorio Nacional de París. Si en Londres la formación era más técnica, en París se volcó a la teoría. Pero en esa ciudad vendría otro descubrimiento. “Yo tenía cero cultura de cine hasta que llegué a París”, reconoce. “Y ahí con Andrés (Claro) íbamos dos o tres veces a la semana al cine”, cuenta. En una semana, era capaz de engullir toda la filmografía de un Bergman o un Fassbinder.

Gracias a Andrés Claro tuvo acceso privilegiado a una de las parejas más importantes del cine chileno: Raúl Ruiz y Valeria Sarmiento. Claro y Ruiz eran muy cercanos y rápidamente Miriam fue incorporada al círculo de amigos de los cineastas, que incluía también al poeta Waldo Rojas y a la artista visual Elie Rojas. Fue parte de los míticos almuerzos en Belleville, el barrio multicultural de París donde la dupla Ruiz-Sarmiento deleitaba con encuentros regados por el vino y la buena comida.

Nunca olvidó la primera comida que probó en esos almuerzos: una tortilla de erizos preparada por Valeria Sarmiento. No sabía nada de español, pero después de escuchar con paciencia, pronto se lanzó a hablar. “Nadie me corregía”, recuerda, pese a las barbaridades idiomáticas que a veces se le escapaban. Era un grupo de chilenos que también incluía al músico Jorge Arriagada y al matemático Emilio del Solar. “Todos fueron muy acogedores. Fueron muy entretenidos esos años parisinos”, dice.

Retratar un paisaje

Cuando vino por primera vez a Chile, hace casi 26 años, Miriam Heard se quedó en la casa de un amigo de Andrés Claro, a orillas del lago Panguipulli. Desde un principio supo que quería filmar una película ahí. No solo por el entorno soñado, con una vegetación envolvente. La casa era un personaje en sí. Espaciosa, con muchos rincones y una luz especial que cambiaba dramáticamente tal como el veleidoso clima sureño. Más de dos décadas después, pudo cumplir su deseo al filmar Después de la niebla en ese mismo lugar que, además, hoy es el hogar de María Edwards.

En su cine, explica, “la historia nace del deseo de retratar un paisaje”. Así ocurrió antes con su primer largometraje, Tierra yerma (2016), filmado en Arica y el altiplano, un retrato existencial de dos hermanos (Erto Pantoja y Julio Milostich), mercenarios de la guerra de Irak y víctimas del estrés postraumático. La Guerra del Golfo la vivió de cerca en Abu Dhabi, por eso se sorprendió cuando leyó la historia de varios exmilitares chilenos que habían estado en Irak. Pero el impulso final llegó cuando conoció Arica, que sintió como un lugar “visceralmente muy cercano”.

En el paisaje chileno ha encontrado huellas de su propia historia: “Me encanta Arica y el norte de Chile, porque los colores, la bruma matinal, me hacen pensar en Abu Dhabi. Tiene esa cosa de que la tierra y el mar se funden sin mucho drama. Y además, Arica no tiene muchos edificios altos, es como era Abu Dhabi cuando yo era chica. Una arena que es blanca, pero no hay palmeras, no son las Bahamas. Me sentí muy en casa cuando llegué allá. Y, al mismo tiempo, el sur de Chile me recuerda mucho a Gales, que es donde mis padres compraron un cottage y nos juntamos en familia”.

Antes de lanzarse a la dirección, por encargo de Valeria Sarmiento protagonizó y escribió el guion de María Graham. Diario de mi residencia en Chile (2013), miniserie de cuatro capítulos basada en el famoso libro en el que la escritora y viajera inglesa registró su paso por el país. “Fue un trabajo muy intenso por un lado y, por otro, Valeria fue increíblemente generosa al dejarme escribir”, dice. 

Cuando finalmente dirigió su primer largometraje, tras un curso intensivo de dirección en la New York University, Sarmiento le dio dos consejos. El primero, recuerda, fue que al rodar “siempre tienes que tener una carta bajo la manga. Tienes que ser flexible. El trabajo del director o directora es superar las crisis de manera creativa”.  Y lo segundo fue que “uno tiene que llevar al equipo de filmación como en tu barco. Es un trabajo de liderazgo, tú tienes que hacer que ellos se encariñen con el proyecto tanto como tú”.

Como actriz, también le tocó ver en rodaje a Raúl Ruiz en Klimt (2005) y en La Maison Nucingen (2008). De la primera, recuerda lo que le dijo un día Ricardo Aronovich, el experimentado director de fotografía argentino: “Yo aquí estoy de vacaciones”. Pese a que era un rodaje con un presupuesto elevado, con actores de renombre como John Malkovich, Ruiz supo mantener el mismo espíritu de todas sus filmaciones. “El rodaje tiene que ser un placer”, dice Heard.

Mario Horton y Valentina Muhr interpretan a los padres de María (Ema Godoy) en Después de la niebla.

“A mí me gusta trabajar a un nivel íntimo, humano, y creo que en una superproducción eso es mucho más difícil”, cuenta la directora, que justamente en Después de la niebla trabajó con un equipo pequeño, en que destaca la fotografía de David Bravo y las actuaciones, especialmente las de las niñas, interpretadas por Ema Godoy e Inés Martín Bernaldo de Quirós, que fluyen con sorprendente naturalidad.

Todo el relato está contado desde el punto de vista de María (Ema Godoy), una niña que tiene que mendigar la atención de sus padres (Mario Horton y Valentina Muhr), una pareja de la clase alta santiaguina que se ha mudado al sur para escapar de sus problemas económicos. El relato se ambienta en los días previos al plebiscito de 1988. Pero el contexto histórico es apenas un eco lejano que sus padres, de derecha, miran con indiferencia. Con sutileza, la cámara acompaña a María y su frustración al ser excluida del mundo de sus padres, mientras encuentra refugio emocional en sus solitarios paseos por la naturaleza y en el internado, en Osorno.

“Quería hacer algo sobre esta experiencia de una niña o una infancia un poco a la deriva en un mundo adulto, y sobre esa dualidad: una vida compartida entre ambientes que a la vez son físicos y emocionales”, explica Heard.

Ema Godoy tenía experiencia delante de las cámaras en la miniserie Isabel (2021), donde interpretó a la escritora Isabel Allende cuando niña. En Después de la niebla, que filmó con apenas nueve años, ofrece una interpretación conmovedora. Según Miriam, “Ema durante todo el proceso de filmación fue creciendo. Nunca fue intimidada por la cámara y por todo este aparataje alrededor. Mantuvo siempre una frescura que logramos capturar”.

Si en el libro el eje más importante es la relación entre el padre y la hija, en la película cobra más fuerza la figura maternal encarnada en Eliana, la nana (Viviana Herrera) y la Tante Ruth (Heidrun Breier), una alemana a cargo del internado en Osorno. “Yo quería trabajar con las constelaciones de las relaciones maternales. Por eso el papel maternal para mí es la Tante Ruth que, en cierto sentido, es como un homenaje a mi mamá. Una mujer desarraigada, hija de la guerra. Por eso la escena en que las dos hacen una torta. Todo eso es algo que compartí con mi mamá”. 

Eso es lo que le gusta trabajar. Las pequeñas grandes historias. Es lo que buscó al rescatar la experiencia de los mercenarios chilenos en Irak. O en el personaje de la Tante Ruth, que explora una historia distinta sobre la inmigración alemana en Chile. “Es como un puente en el aire entre mis experiencias de adolescencia e infancia y mi adultez en Chile”, dice.

Después de vivir en París, Miriam Heard se instaló en 2018 en Santiago con su familia. Su mirada es la de una extranjera, pero no ajena como sería la de una María Graham. Se siente bien radicada aquí y con mucha inquietud por seguir indagando en la particularidad de estos pequeños relatos: “Yo siento que la historia de Chile tiene un poco de eso. Es bien fascinante poder navegar un poco entre todas estas vidas extrañas, porque mucha gente llegó aquí, sobre todo en los últimos cien años, por razones tan distintas y tan particulares”.