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No hay silencio que dure cien años 

La obra de la directora Ana Luz Ormazábal cuestiona “la forma en que construimos memoria borroneando líneas de un guion (…) para que nos preguntemos hasta qué punto el lugar de las mujeres ha sido valorado en la construcción de la épica revolucionaria”, escribe Mauricio Barría sobre María Isabel.

Por Mauricio Barría | Foto: Daniel Corvillón

Podría sonar anacrónico iniciar este nuevo ciclo de críticas con un montaje del año anterior, y que, además, estuvo enmarcado en la conmemoración de los 50 años del golpe militar. Lo cierto es que nos hemos acostumbrado a considerar esta fecha como una efeméride que debe ser recordada oficialmente solo cada diez años. Sabemos que el olvido es inevitable y que, según pasen las generaciones, las vivencias de esos tiempos perderán fuerza. Es por ello que toda elaboración de memoria supone una selección de qué contar o qué representar. Pero nada desaparece por completo. La teórica alemana Aleida Assman habla de dos modos complementarios de la memoria cultural. Por una parte, aquella habitada, que denomina memoria funcional, y aquella inhabitada, que llama memoria de almacenamiento. Mientras la primera forma parte de una práctica actual y consensuada de modo oficial, la segunda se refiere a lo descatalogado, al dato suelto o lo que no está dentro de una narratividad, pero puede llegar a estarlo, pues los contenidos de estas memorias son conmutables: lo que en algún momento es un contenido oficial, en otro deja de serlo y los datos almacenados son integrados en un nuevo relato. Este es el caso de la obra María Isabel, estrenada el 31 de agosto de 2023 en la sala A2 del GAM.  

La pieza, dirigida por Ana Luz Ormazábal, fue escrita por Juan Pablo Troncoso a partir de una idea de la directora y de la actriz Camila González Brito. Cuenta la historia de María Isabel Matamala, una médico feminista, militante del MIR y sobreviviente de Villa Grimaldi. En base a una amplia investigación historiográfica —que incluye el testimonio de la propia protagonista—, el montaje reconstruye lo que podríamos llamar la “historia de la militancia” de la doctora, que se cuenta de forma más o menos cronológica, seleccionando hitos emblemáticos de su vida. Así, de manera fragmentaria, vamos armando el tejido de esta microhistoria que, a su vez, es representativa de una trama mayor, pues lo que le ocurre a María Isabel coincide con el relato de muchas y muchos chilenos que resistieron a la dictadura en la clandestinidad, que fueron detenidos, salvajemente torturados, encarcelados, apresados en campos de concentración y, en varios casos, incluso arrojados al mar desde helicópteros.  

Al igual que en montajes anteriores, Ana Luz Ormazábal se sirve de la música y del sonido para articular la puesta en escena. Esto se materializa a través de la presencia permanente de un músico encargado de la sonorización (José Manuel Gatica), quien además tiene la función de crear las transiciones y la continuidad entre escena y escena, y de construir atmósferas afectivas que encauzan nuestra lectura. Sobre el escenario, en tanto, se emplazan tres objetos que parecen una bocina o un corno de gramófono, evocando una escultura de Luigi Russolo, y que resultan ser una bella metáfora de la escucha, pues también recuerdan la forma del vestíbulo del oído y su canal. Es como si la directora quisiera decirnos que el mayor dolor de la protagonista no fue tanto la tortura, sino la sordera del oído dominante y patriarcal de los propios compañeros, que borró de su espectro sonoro las voces y las denuncias de las mujeres. Las actrices en todo momento vocalizan, se lamentan y cantan a esas orejas gigantes, obligándolas a escuchar aquello que no desean oír.


María Isabel
Dirección: Ana Luz Ormazábal 
Dramaturgia: Juan Pablo Troncoso
Elenco: Camila González Brito, Marcela Salinas, Esteban Cerda, Mariela Mignot

Es posible dividir la puesta en escena en tres grandes secuencias. El montaje abre con una escena magistral: el relato de una clase clandestina del conocido educador popular Paulo Freire —en momentos en que era perseguido por la dictadura brasileña—, a la que asiste una joven María Isabel Matamala, recién egresada de Medicina; algo así como el instante en que se inicia su militancia en el MIR. Es una secuencia articulada desde lo sonoro-musical e idiomático, pues Ormazábal opta por hacer que el personaje de Freire hable en portugués, jugando así con la sensualidad de la lengua. Se trata de una escena muy bien lograda, porque de forma sutil muestra la diferencia entre el militante de izquierda masculino, lleno de citas y lugares comunes ideológicos, y las militantes mujeres, que intentan resistir frente a esa arrogancia discursiva.

La segunda secuencia de la obra cuenta la travesía de María Isabel desde su clandestinidad hasta su detención y tortura, en Villa Grimaldi. Aquí, la directora asume un riesgo interesante para referir el horror de la prisión, pues le deja al espectador preguntas abiertas sobre los límites o las posibilidades de representar una experiencia que podríamos definir inenarrable. El trabajo de las actrices y actores colabora en este sentido, ya que oscila entre la construcción de personajes reconocibles y la elaboración de coreografías gestuales, con las que se busca dar cuenta de esa dificultad del lenguaje para nombrar lo traumático. A esto se suma el notable trabajo vocal. En paralelo, proyecciones de textos informan cada tanto los contextos históricos necesarios para armar la situación. La dramaturgia escénica se completa con intervenciones muy bien escogidas de la voz de María Isabel.  

La tercera secuencia parte con el traslado de la doctora al campo de concentración de Tres Álamos. En este punto ocurre lo medular del montaje: aparece aquello que no se quiere oír. En efecto, María Isabel Matamala lideró, junto a otras compañeras detenidas, una investigación para indagar en sus experiencias como militantes mujeres en el MIR, en la que participaron más de cien reclusas. Las conclusiones fueron reportadas al Comité Central y se extraviaron en dos oportunidades, y hoy queda solo el testimonio de aquellas que fueron parte de la investigación. Este increíble trabajo evidenciaba la matriz patriarcal de las lógicas de poder que operaban en los partidos de izquierda, como también su incapacidad de asumir esta crítica.  

Con una dramaturgia muy bien armada, en la que los antecedentes documentales son integrados en la acción dramática, el montaje desnuda con irónica lucidez este aspecto del mito revolucionario. Pero la obra no busca convertir ese acontecimiento en una anécdota del pasado. Por el contrario: busca hacer presente las contradicciones que también hoy, en el marco de un proceso constitucional fracasado, persisten. Ormazábal trabaja sobre esta memoria almacenada para convertirla en una pregunta urgente por el presente, por la forma en que construimos memoria borroneando líneas de un guion; y para que nos preguntemos hasta qué punto el lugar de las mujeres ha sido valorado en la construcción de la épica revolucionaria.  

María Isabel es un montaje que merece una especial mención dentro de la enorme proliferación que hubo en 2023 de lo que podría llamarse “discurso de efeméride”. En contra de una memoria de fachada, este montaje nos muestra que no hay silencio que dure cien años; que, al final, la vibración de las voces marginadas por la historia oficial se dejará oír. Quizás esta puesta en escena sea el inicio de futuras exploraciones que releven también la experiencia de las militancias femeninas populares, de las dirigentas poblacionales, de las que organizaron ollas comunes y de los cientos de mujeres anónimas que merecen un nombre propio y un lugar protagónico en una historia social aún por construir en Chile.