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Prevenir el suicidio: una tarea compartida

Las cifras de suicidio en Chile no muestran un aumento sostenido en los últimos años, pero es un hecho que desde hace un tiempo el fenómeno ha cobrado mayor visibilidad en los medios y en el debate público. Vania Martínez, académica de la U. de Chile y psiquiatra infantil y del adolescente, invita a comprender su complejidad: “Detrás de cada cifra hay una persona, una historia y una comunidad”, dice y recuerda que “todas las personas podemos desempeñar un papel en la prevención del suicidio.”

Por Vania Martínez Nahuel | Imagen principal: Pexels

Las cifras sobre suicidio en Chile suelen aparecer en el espacio público con una mezcla de impacto y alarma. Según los datos más recientes validados por la autoridad sanitaria, correspondientes al año 2023, la tasa de mortalidad por suicidio fue de 10,95 por cada 100.000 habitantes, considerando a la población desde los 5 años en adelante. Esto equivale a poco más de 2.000 muertes registradas durante ese año. Se trata de una realidad relevante y dolorosa. Sin embargo, también es importante señalar algo que no siempre se instala con claridad: en Chile no se observa un aumento sostenido de los casos de suicidio en los últimos años, y el país no se ubica entre los que presentan las tasas más altas ni en América Latina, ni en la OCDE, ni a nivel mundial.

Esto no busca disminuir su importancia, sino situarla mejor. El suicidio no puede comprenderse solo a partir de cifras; es un fenómeno complejo que expresa un sufrimiento humano profundo. Reducirlo a números implica perder de vista lo esencial: las vidas involucradas y los contextos en que ese sufrimiento ocurre. Comprender ese sufrimiento también exige reconocer que, en muchas ocasiones, la conducta suicida no expresa un deseo de morir, sino el deseo de poner fin a un dolor que se ha vuelto insoportable. Cada cifra representa a una persona inserta en una familia, una comunidad, una institución educativa o un lugar de trabajo, y cada muerte por suicidio deja un impacto profundo en quienes quedan.

Estos múltiples contextos también son clave para comprender que el suicidio es un fenómeno multifactorial. No responde a una sola causa ni a una trayectoria lineal, sino que se produce por la interacción compleja de factores biológicos, psicológicos, sociales y contextuales. Esta complejidad hace que las explicaciones simples no solo sean insuficientes, sino también potencialmente engañosas. 

Por ejemplo, se ha sugerido que la cantidad de luz solar podría explicar las variaciones en las tasas de suicidio, ya sea a nivel territorial o según el periodo del año. Sin embargo, la evidencia no muestra un patrón tan simple. En Chile, las tasas de suicidio no siguen un patrón geográfico lineal: si bien algunas de las regiones más australes presentan las tasas más altas, la región situada en el extremo sur no concentra los valores máximos. Tampoco se observa una relación clara con la estacionalidad: el número de muertes por suicidio comienza a aumentar en agosto, alcanza sus niveles más altos entre diciembre y enero y luego disminuye entre febrero y julio. En conjunto, estas observaciones muestran que las variaciones en las tasas de suicidio no pueden explicarse únicamente por la cantidad de luz solar, sino que deben comprenderse en el contexto de la interacción de múltiples factores que varían entre personas y contextos.

Existen factores ampliamente documentados, como la presencia de problemas de salud mental, el consumo de alcohol y otras sustancias y las experiencias traumáticas a lo largo de la vida. A ellos se suman dimensiones menos visibles, pero igualmente decisivas, como la desesperanza, la incertidumbre frente al futuro y las dificultades para regular las emociones o resolver conflictos cotidianos. También influyen las formas contemporáneas de relación social, en particular las redes sociales, donde la exposición a ciertos contenidos puede actuar como factor de riesgo a través de la comparación social o la reiteración de imágenes y mensajes sensibles. Todo ello ocurre, además, en un contexto marcado por las condiciones en que las personas viven, estudian, trabajan y se relacionan. En este escenario, el sentido de pertenencia puede verse erosionado, incluso en medio de una hiperconectividad que convive, paradójicamente, con experiencias profundas de soledad.

La inteligencia artificial también abre nuevas oportunidades y plantea nuevos desafíos. Puede apoyar la detección temprana de señales de alerta, facilitar el acceso a información sobre dónde buscar ayuda y complementar los sistemas de apoyo en salud mental. Sin embargo, su uso también implica riesgos y limitaciones relacionados con la calidad de la información, la privacidad y sus límites en situaciones de crisis, por lo que debe entenderse como un complemento, y no como un reemplazo, del vínculo humano.

Precisamente porque las herramientas tecnológicas pueden complementar, pero no sustituir, la atención y el acompañamiento humano, resulta fundamental fortalecer la capacidad de los sistemas para detectar y acompañar oportunamente a las personas en riesgo. La mayoría de las personas que fallecen por suicidio han tenido contacto con servicios de salud en el periodo previo a su muerte, una cifra que frecuentemente alcanza o supera el 60% en diversos grupos de población. Esto abre una pregunta crítica sobre cómo se detecta, acompaña y asegura la continuidad del cuidado de las personas en riesgo.

Mejorar la respuesta implica fortalecer la evaluación clínica y la identificación de la ideación y la conducta suicida, mediante herramientas estructuradas como la Escala de Evaluación de Gravedad del Riesgo Suicida de Columbia (conocida como C-SSRS) que puede apoyar este proceso. Sin embargo, la detección es solo el primer paso. Debe complementarse con una formulación del riesgo suicida que considere factores predisponentes, precipitantes y modificables, así como factores que podrían aumentar el riesgo en el futuro y factores protectores, para orientar una respuesta personalizada. Tan importante como evaluar es asegurar la continuidad del cuidado mediante seguimiento activo, coordinación entre los equipos de salud y apoyo sostenido, especialmente durante las semanas posteriores a una crisis, cuando el riesgo puede mantenerse elevado.

Los medios de comunicación también cumplen un rol central. En los últimos años ha aumentado el interés por abordar el impacto individual y social del suicidio. Conversar sobre este tema en el espacio público es necesario, aunque su tratamiento no siempre es adecuado.  Distintos estudios han descrito que ciertas formas de cobertura mediática pueden asociarse con un aumento de las conductas suicidas, especialmente entre personas en situación de vulnerabilidad. Este fenómeno se conoce como “efecto Werther”. El riesgo no depende solo de las características individuales, sino también de la forma en que se presenta la información. Un ejemplo es la discusión en torno a la serie 13 Reasons Why (2017-2020), cuya representación del suicidio generó preocupación por sus posibles efectos en personas jóvenes. Otro ejemplo corresponde a la cobertura de agrupaciones de casos de suicidio que ocurren en determinados lugares o periodos. La reiteración de información sobre un lugar específico o su presentación como un sitio asociado al suicidio puede contribuir a aumentar su visibilidad y a amplificar el fenómeno. Expresiones como “ola de suicidios” pueden reforzar esta percepción. Todo ello refuerza la necesidad de una comunicación cuidadosa, que evite el sensacionalismo, la repetición innecesaria y el lenguaje que sugiera inevitabilidad o contagio.

A pesar de algunos avances, persisten problemas en la cobertura mediática: el énfasis en los detalles del método de suicidio, los relatos que reducen el fenómeno a la historia personal de quien fallece o las explicaciones simplificadas que no reflejan su complejidad. Sin embargo, los medios también pueden contribuir activamente a la prevención. Es lo que se conoce como “efecto Papageno”. Una cobertura responsable puede tener un impacto protector al mostrar rutas de ayuda, estrategias de afrontamiento y experiencias de recuperación, reduciendo el estigma asociado a la salud mental. Desde esta perspectiva, los medios pueden aportar a la alfabetización en salud mental, promover la búsqueda de ayuda y reforzar la idea de que el suicidio es prevenible. En Chile, el Ministerio de Salud ha desarrollado lineamientos para una cobertura responsable, junto con capacitaciones y materiales de apoyo dirigidos a los medios de comunicación

La prevención del suicidio, sin embargo, no depende solo del sector salud ni de los medios de comunicación. Es una responsabilidad compartida: todas las personas podemos desempeñar un papel en la prevención del suicidio.

En este sentido, la prevención también requiere fortalecer las capacidades de la comunidad formando personas capacitadas como gatekeepers: preparadas para detectar señales de alerta, evaluar el riesgo, brindar un primer apoyo, elaborar un plan de seguridad y facilitar una derivación oportuna hacia la red de atención. Un ejemplo de este enfoque en Chile es el programa de entrenamiento DAS (Detección, Apoyo y Seguridad).

Finalmente, la postvención, entendida como el conjunto de acciones tras una muerte por suicidio, es una dimensión esencial de la prevención. Acompañar oportunamente a las familias, comunidades, equipos educativos, lugares de trabajo y otros entornos afectados permite brindar apoyo a quienes atraviesan un duelo por suicidio, favorecer la elaboración de esta experiencia y prevenir nuevos riesgos, contribuyendo además a fortalecer el tejido social.

Hablar de suicidio no es solo hablar de muerte. Es hablar de cómo cuidamos, cómo comunicamos y cómo acompañamos. Detrás de cada cifra hay una persona, una historia y una comunidad. Por eso, ir más allá de las cifras significa comprender la complejidad del fenómeno y asumir que su prevención no es responsabilidad exclusiva del sector salud. También requiere familias, comunidades, medios de comunicación, instituciones y políticas públicas capaces de reconocer el sufrimiento, fortalecer los factores protectores, reducir las barreras para pedir ayuda y facilitar el acceso oportuno a apoyo.

La prevención del suicidio es una tarea colectiva. Se construye mucho antes de una crisis: en la manera en que escuchamos, en cómo hablamos de salud mental, en la forma en que acompañamos a quienes atraviesan momentos difíciles y en las decisiones que tomamos, tanto individual como colectivamente, para construir entornos más protectores y conectados.


Si al leer este texto usted siente que necesita ayuda para prevenir el suicidio en usted o en personas cercanas, puede comunicarse con la Línea de Prevención del Suicidio *4141, disponible las 24 horas del día, los siete días de la semana.