“Tengo tanto por agradecer a las poetas que escribieron en clandestinidad con nombres falsos que después se transformaron en sus seudónimos. También [el oficio de escribir] lo aprendí de la bella lengua de mis abuelas, donde la onomatopeya es una palabra, una canción, un río que discurre alegre sin represas. Y, cómo no, de los primeros libros de las bibliotecas públicas (…) No estaría aquí sin esas poetas, esas abuelas, esos libros, esas bibliotecas que estuvieron allí, en nuestras infancias precarias”, dijo la escritora Daniela Catrileo, en mayo pasado, al recibir el prestigioso Premio Anna Seghers en Alemania, compartido con la autora local Sonja M. Schultz. Acá reproducimos su emocionante discurso.
Por Daniela Catrileo
Estoy aquí como poeta. Es extraño decir que una es poeta en el mundo que nos toca vivir ahora. Imagina decir esa palabra frente a un grupo de policías en la frontera, frente a un Ministerio de Hacienda que no cree en la belleza de la imaginación, pero sí cree en bajar impuestos a los super-ricos, frente a las bombas que asesinan día a día a niñas que quizás no alcanzaron a escribir o a leer, pero pudieron observar cómo una nube se transformó en un volcán humeante sobre sus cabezas. Retorno al oficio: poeta. Alguien que elige el ritmo, las imágenes, la frustración ante la insuficiencia del lenguaje, la suavidad del tiempo y no su premura; perderse en los escondrijos de la memoria. Y, pese a la muerte, toma las hebras del poema. Tensar y tejer. Arrojar curvas, líneas, puntos hasta que se traduzcan en un verso. Asombrarse, todavía. Esa posibilidad. Creer en el mañana porque late adentro la voluntad sensible de lo común.
Ser poeta no es aislarse de ese colectivo, sino que es, pese a todo, confiar en el amor o, mejor dicho, apostar por él, del mismo modo que escribimos: montaña nevada, destella el cuarzo, nace una especie que se creía en extinción en algún territorio distante. Sobre esa conciencia amorosa y comprometida, Juan L. Ortiz escribió: “El poeta es el que ve el sufrimiento de una planta, de un insecto, el drama de la luz, ¿cómo no va a ver el sufrimiento del hombre?”.
Pero el oficio no existiría sin el poema. Es decir, sin el canto. Sin todos nuestros antiguos que invocaron la música para enamorar a sus amantes, para testimoniar las masacres, para traducir al rayo cayendo sobre el monte, para imaginar alegremente nuestra emancipación. El poema es ese festejo, la experiencia de amplificar un eco subterráneo que, aunque sea a tropezones, desea existir.
El poema es ese riesgo y, por ello, quienes somos llamadas a este oficio debiésemos porfiar por la valentía, por la lucha, por la voz. Cada día repetimos que estamos en momentos difíciles,
es cierto. Sin embargo, ¿a qué poetas, artistas, obreras no les ha tocado vivenciar un mundo hostil en su presente? Muchas de las escrituras que amo fervorosamente fueron escritas al calor de persecuciones políticas, tras las rejas, en un campo de concentración, en un barco atiborrado rumbo al exilio. Cartas de amor en la urgencia y, pese al instante de peligro, elegir el poema. Anna Seghers fue una de ellas. Sin temor a llamarse antifascista en tiempos fascistas, tal como hoy. Sin miedo a la solidaridad entre comunidades diferentes cuando todo nos impulsa a soltar las manos de migrantes y refugiados. Cristina Peri Rossi lo traza de la siguiente manera en el poema “Ninguna palabra nunca”: “Pero cuando una palabra escrita / en el margen en la página en la pared / sirve para aliviar el dolor de un torturado / la literatura tiene sentido”.
¿Cómo no es la lucha por la liberación de los oprimidos un acto de amor? Cantarles a glaciares, bosques, ríos, chinchillas para que pervivan sin abandonarlos frente a una gran empresa extractivista, es un modo del diálogo, del encuentro. El poema también es una praxis, es un pensamiento sensible. Para ello también estamos las poetas. Eso aprendí de la bellísima y tozuda genealogía impura de la poesía. Tengo tanto por agradecer a las poetas que escribieron en clandestinidad con nombres falsos que después se transformaron en sus seudónimos. También lo aprendí de la bella lengua de mis abuelas, donde la onomatopeya es una palabra, una canción, un río que discurre alegre sin represas. Y, cómo no, de los primeros libros de las bibliotecas públicas. Sí, esa palabra tan menospreciada para quienes quieren recortar derechos sociales: públicas. Aquellos libros que, vibrantes, esperaban las manos de una niña para ser elegido entre los objetos del mundo. No estaría aquí sin esas poetas, esas abuelas, esos libros, esas bibliotecas que estuvieron allí, en nuestras infancias precarias.
Hoy celebro porque puedo escribir, dedicarme a ello con la pasión de las primeras lecturas. Mi responsabilidad en la escritura tiene el ímpetu reivindicativo ante la memoria y la supervivencia de quienes ni siquiera fueron escuchados. Pienso en esa punzante frase de Edwidge Danticat en Crear en peligro: “Quizás no hay escritores en mi familia porque estaban muy ocupados tratando de encontrar pan”.
Lo común es el pulso vital, el festejo de sobrevivir e impulsar una continuidad. Creer porfiadamente en el porvenir, porque ahí radica el sueño amoroso de quienes lucharon, imaginaron y pensaron ayer bajo el estupor de las amenazas. Hoy invoco a la niña que fui y sigo siendo desde el gesto lúdico del poema. Tal como nos decía Gabriela Mistral en su discurso Cómo escribo, de 1938: “La poesía es en mí sencillamente un rezago, un sedimento de la infancia sumergida”.
Invoco la poesía para las niñas y niños indígenas del futuro, donde el poema continúe existiendo al temblor de sus voces. A quienes les cantan a sus abuelas, a sus muertos, a sus animales. Niñas y niños que son volcanes feroces y dulcísimos a punto de despertar, como nuestras lenguas, como sus poemas. Ya no bajo la persecución y el despojo, sino en la tibieza de un amanecer memorioso, sin pesares, donde confiamos en que el sol nos despierte mañana tras mañana.
