La escritora argentina conversa sobre el origen de sus libros, su interés por la falsificación, la crítica de arte y el misterioso hilo con que conecta imágenes, recuerdos y relatos. Este jueves 12 de marzo, en el marco de los 25 años de Santiago en 100 Palabras, Gainza dictará una charla/taller online gratis en torno a cómo escribir sobre arte.
Por Denisse Espinoza | Imagen principal: Rosana Schoijett
En la obra de la escritora argentina María Gainza (1975), el arte no es un tema: es una forma de mirar el mundo. Desde que irrumpió en la literatura con El nervio óptico (2014), su escritura se ha movido por una frontera singular donde conviven la crítica de arte, la autobiografía y la ficción. En ese libro —una suerte de galería íntima hecha de escenas, cuadros y recuerdos—, Gainza logró algo raro: convertir la historia del arte en una experiencia narrativa personal, donde cada pintura abre un pasadizo hacia la memoria y la vida cotidiana. El libro, traducido a más de 15 idiomas, la instaló como una de las voces más originales de la narrativa contemporánea en español.
Nacida en Buenos Aires, Gainza había trabajado durante años como crítica de arte en el suplemento cultural Radar del diario Página/12 y colaborado en revistas internacionales como Artforum y Artnews. Aquella experiencia —mezcla de intuición, curiosidad y desconfianza hacia las jerarquías del mundo del arte— terminó filtrándose en su literatura. Después de El nervio óptico, publicó la novela La luz negra (2018), donde exploró el oscuro mundo de la falsificación artística y los circuitos del mercado del arte, obra que le valió el prestigioso Premio Sor Juana Inés de la Cruz.
Más recientemente, con Un puñado de flechas (2024), Gainza volvió a tensar esa cuerda entre arte, vida y narración. El libro —una constelación de relatos que orbitan el cine, la memoria y las obsesiones personales— confirma un rasgo persistente de su escritura: la convicción de que una obra de arte no se contempla a distancia, sino que se mezcla con la vida de quien la mira.
La escritora, una de las invitadas a la celebración de los 25 años del concurso de cuentos Santiago en 100 Palabras, dictará una charla/taller online gratuita previo inscripción, este jueves 12 de marzo a las 19 horas, titulada «Negro sobre blanco: cómo se escribe sobre arte». A modo de adelanto, la escritora reflexiona aquí sobre el origen de sus historias, el oficio de escribir y las extrañas fuerzas que la empujan a seguir el rastro de una imagen hasta convertirla en literatura.
“La pregunta que me empuja a escribir es cuál es el problema de fondo”, dice. Para Gainza, no se trata de una idea clara ni de un argumento definido. Lo que aparece primero es una obsesión: una imagen, una frase escuchada al pasar, una anécdota que vuelve una y otra vez sin explicación. Esa imagen puede quedarse dando vueltas durante meses o incluso años. “Primero una obsesión se instala en mi cabeza, suelo detectarla rápidamente y la dejo dar vueltas hasta que empieza a echar raíz”, cuenta. Cuando finalmente percibe que esa insistencia no desaparece, algo empieza a inquietarla. “Mi mente entra en ebullición como si fuera una tetera hirviendo sobre la hornalla”.
Entonces surge la verdadera pregunta: por qué esa imagen insiste. Qué misterio contiene.
Para explicar ese impulso, Gainza utiliza una metáfora curiosa. “Escribo como si tuviera un detector de metales y mis dedos, al teclear, emitieran campos electromagnéticos”. La escritura sería entonces una forma de buscar lo que está enterrado bajo la superficie de las cosas, algo que no siempre se ve a simple vista.
Al final, lo que intenta comprender es “la relación entre las cosas y el hilo elástico del tiempo que las enhebra a todas”. Esa idea —un hilo secreto que conecta imágenes, recuerdos y obras de arte— atraviesa toda su literatura. En sus libros, una pintura puede abrir la puerta a un episodio familiar; una biografía de artista puede conducir a una reflexión sobre el presente; una escena cotidiana puede transformarse en una meditación sobre la mirada.
Quizás por eso la falsificación artística le resultó un tema tan fascinante para su novela La luz negra. Allí, la narradora sigue el rastro de “la Negra”, una falsificadora que en el Buenos Aires de los años sesenta copiaba los cuadros de la pintora austriaca Mariette Lydis con una precisión inquietante. Nadie sabe exactamente quién era ni dónde vivía. Su historia aparece fragmentada en rumores, recuerdos y fotografías borrosas. Gainza describe su búsqueda como si intentara reconstruir la biografía de alguien que decidió desaparecer dentro de las obras de otros. Lejos de emitir un juicio moral sobre la falsificación, Gainza se interesa por ella como problema creativo. “Un falsificador es un maravilloso sujeto de estudio”, explica. “Alguien con capacidad, técnica y dedicación que, por alguna traba interna o restricción psicológica —o vaya una a saber por qué— no logra crear su propio mundo”, cuenta.
Ese misterio la intriga más que la pregunta por la autenticidad. Qué ocurre con alguien capaz de reproducir con precisión el estilo de otro artista, pero que no encuentra un camino propio. Qué tipo de deseo o de conflicto se esconde en esa decisión.
La pregunta resuena de manera inevitable en una época marcada por el avance de la inteligencia artificial y su capacidad para producir textos, imitar estilos o crear imágenes en segundos. Sin embargo, Gainza no parece demasiado preocupada por esa posibilidad. “No creo que la IA amenace la creatividad”, sostiene. “Lo que amenaza la creatividad, al menos la mía, es la dispersión”.
La frase revela una inquietud más íntima que tecnológica: la dificultad de sostener la atención en un mundo saturado de estímulos. Para alguien cuya escritura nace de obsesiones persistentes, la dispersión puede ser un verdadero enemigo.



En su libro más reciente, Un puñado de flechas, aparece con fuerza otra de sus fascinaciones: el cine. El volumen incluye textos que reflexionan sobre películas, personajes excéntricos y recuerdos personales, como si cada historia fuera una flecha lanzada hacia un punto inesperado. El título se explica en el primer relato del libro, donde Gainza recuerda una conversación con el cineasta Francis Ford Coppola durante el rodaje de su película Tetro en Buenos Aires. Coppola le explica que cada artista nace con un carcaj lleno de flechas doradas: un número limitado de grandes obras que podrá crear a lo largo de su vida. El problema es que nadie sabe cuántas tiene ni cuándo se acabarán. “Al contarme aquella pequeña fábula, Coppola estaba siendo autorreferencial, pero yo también creo que me estaba haciendo un regalo por adelantado: le hablaba a la persona que yo aún no veía en mí”, escribe Gainza. Claro, el episodio ocurrió en 2008 y aún faltaban unos cinco años para que la crítica se lanzara a ser escritora.
Eterna principiante
Antes de publicar su primer libro, Gainza pasó una década escribiendo crítica de arte en el suplemento Radar del diario Página/12. Allí compartía espacio (aunque nunca fue a la redacción) con autores de la talla de Mariana Enríquez, Rodrigo Fresán, Marcelo Figueras y Juan Forn, que era el editor. Aquella experiencia, dice, fue su verdadero aprendizaje. Su llegada a ese medio fue casi accidental. Alguien la recomendó para el trabajo sin haber leído jamás un texto suyo. De pronto estaba escribiendo en el suplemento cultural que más le gustaba.
Cuando el editor la citó a una entrevista en un bar, decidió no advertirle que era una completa novata. “¿A quién hubiera ayudado esa información?”, recuerda con humor. Esa inseguridad inicial la obligó a encontrar caminos propios para escribir sobre arte. Más que apoyarse en teorías o jerga académica, aprendió a mirar con atención y a contar historias. “Aguzar el ojo, espolear la imaginación. No exigía tanta habilidad como sentimiento”, dice. Hoy cree que fracasó como crítica en el sentido tradicional del término. “Nunca tuve programa ni supe desarmar posiciones, aunque en mi mente cada tanto creí sostener luchas en el barro. Pero esas notas fueron mi ardid para conectar con el mundo en un período en el que no encontraba mi rebaño. Se ve que tenía mucha necesidad de hablar con gente porque en esos años escribí un aluvión de textos. En todos ellos conté cuentos sobre las cosas que amaba”.
Su escritura actual conserva ese impulso inicial: el deseo de narrar el arte desde la experiencia personal, sin separar demasiado su vida de las obras. Los textos avanzan como una red de historias que se cruzan y se iluminan mutuamente. Cuando se le pregunta sobre cómo logra hilar tanta información, su respuesta desconcierta. “No sé cómo hilvano. Soy como un ciempiés: si pienso en cómo camino, me tropiezo”. El momento de terminar un texto tampoco responde a un cálculo preciso. “Lo dejo cuando me agoto”.
En El nervio óptico, reúne varios relatos que cruzan autobiografía, crítica de arte y narración ensayística. Por ejemplo, cuenta cómo en el Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires una mujer siente una punzada entre el pecho y la garganta cada vez que se detiene a mirar el Mar borrascoso, de Gustave Courbet. Ese detalle físico es la clave para hablar sobre otra forma de “mirar” el arte: primero con el cuerpo y después con el intelecto. En otro relato, Gainza describe con ironía el mundo del arte a través de la paradoja en la que vivía Mark Rothko, un pintor que siempre defendió el arte como experiencia trágica y que terminó viendo sus obras convertidas en piezas decorativas para el mercado del arte de lujo.
Un puñado de flechas es un texto aún más híbrido, donde además de arte, se cruza también el mundo del cine y la literatura. Uno de los perfiles más memorables es el que construyó en torno a Bodhi Wind, un artista casi fantasmagórico cuyas pinturas aparecen en piscinas californianas y evocan la atmósfera inquietante de la película Tres mujeres (1977), de Robert Altman, que pasó casi desapercibida por el estreno de Star Wars ese mismo año. Gainza reconstruye su historia como un rompecabezas: fragmentos de vida, recuerdos y rumores que transforman al artista en una especie de mito contemporáneo.
“No sé por qué me fascinó tanto. Una no elige sus fascinaciones, si pudiera elegirlas sería
tanto más fácil escribir. Pero el asunto es que las fascinaciones la eligen a una y eso supone siempre una espera. Si me preguntás si tengo otras películas sobre las que quiero escribir, sí, varias, pero los temas hay que protegerlos de la luz, son plantas que deben crecer en la oscuridad”, dice.
Últimamente está plagado de películas que son adaptaciones de libros, pero no son muy comunes las novelas sobre películas. Esa es una idea que ronda Un puñado de flechas, y es interesante. ¿Qué podría aportar un libro sobre una película? ¿Cómo lo harías tú?
—No me gusta la idea de aportar porque me suena a acopio. Por el contrario, me gustaría aligerar al mundo, hacer lugar más que seguir abarrotándolo. El gran problema de los museos es dónde guardar las colecciones, qué hacer con tantos bienes materiales. Yo solo escribo porque de tanto hacerlo se convirtió en mi oficio. Pero busco escribir como en el tiro al arco zen: liberándome de toda intención. Me gusta ser una eterna principiante. El mejor libro que conozco sobre una película es Zona, de Geoff Dyer, un viaje por las profundidades de la ya profunda Stalker, de Tarkovsky. Debe haber más, pero no he fatigado ese territorio —dice, y quizás esa sensación de ser una amateur permanente –algo que suele mencionar en las entrevistas– explique la frescura de su escritura. Incluso ahora, cuando su obra circula internacionalmente, parece observar el mundo literario con cierta distancia:
—A fuerza de contestar entrevistas he empezado a entender que soy parte de la escena. Me siento Michael Corleone en El Padrino cuando dice: “me quiero salir de, pero me empujan hacia adentro” —bromea.
Un puñado de flechas acaba de ganar el Premio Narrativas a Escena 2026 de Casa Amèrica Catalunya y será adaptada al teatro y presentada en el Festival KM Amèrica en Barcelona en junio de este año. ¿Cómo te sientes con el hecho de que tu obra sea llevada al teatro? Siempre hablas mucho de arte, literatura y cine, pero recuerdo que menciones el teatro. ¿Te interesa?
—Voy seguido al teatro, pero rara vez veo algo que me maraville y aun así insisto porque me gusta el ritual y atesoro grandes momentos en mi memoria. Por ejemplo, una obra de Alberto Muñoz que se llamaba Los últimos días de JohnnyWeismuller y que daban en el Teatro General San Martín. Sería el año 1993, recuerdo que esa función me transportó a otro mundo. Es curioso, porque le he mencionado esta obra a muchos actores y nadie la recuerda. A veces pienso que la inventé. Tuve un período de mi vida en el que solo leía obras de teatro, en mis años veinte, por ejemplo, me fascinaba el teatro del absurdo: Beckett, Ionesco, Genet. Ahora estoy intrigada con la locura que significará llevar Un puñado de flechas a escena. No tengo la menor idea de cómo se las van a ingeniar, pero cruzo los dedos para que sea absurda y tenga gracia.
