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Reconfiguraciones del campo religioso

El censo 2024 confirma un vuelco en el mapa de la religión en Chile: el catolicismo pierde fieles de forma sostenida, el mundo evangélico se estanca y crece el número de personas que no se identifican con ninguna fe. Más allá de las cifras, esto revela una transformación profunda en la manera en que los chilenos se vinculan con lo sagrado: menos institucionalidad, más autonomía y prácticas híbridas que mezclan credos, espiritualidades y nuevas formas de búsqueda de sentido.

Por Luis Bahamondes G., Nelson Marín A. y Dominique Granadino U. | Foto principal: Pixabay

El Censo de Población 2024 permite identificar cambios significativos en el panorama religioso chileno. Esta transformación no solo se refleja en la disminución del número de personas que se declaran adherentes a alguna religión o credo en comparación con el censo de 2002 —pasando del 91,7% (10.294.319 personas) al 74,2% (11.214.961)—, sino también en las transformaciones de largo aliento que han reconfigurado la relación que los individuos establecen con la religión, sus liderazgos y las prácticas vinculadas a los sistemas de creencias.

La pérdida sostenida de adherentes al catolicismo no constituye un fenómeno coyuntural, sino la expresión de un proceso histórico que ha erosionado el capital simbólico de una de las instituciones que, a comienzos de los años noventa, concentraba altos niveles de prestigio y confianza en la sociedad chilena, como lo confirma el reporte “Confianza institucional en Chile, 1995-2023” (Faro/UDD). Este proceso ha favorecido un distanciamiento progresivo respecto de la mediación eclesial, así como la emergencia de formas más autónomas y flexibles de vivencia religiosa dentro del catolicismo.

Con el retorno a la democracia, la sociedad chilena experimentó transformaciones profundas en los planos social, político, económico y cultural. En este contexto, la Iglesia católica mantuvo un rol protagónico durante la primera década, ejerciendo una influencia destacada en la esfera pública, especialmente en debates relacionados con la sexualidad, la filiación, la educación y la cultura. No obstante, la centralidad de su agenda en torno a los denominados “temas valóricos” generó un creciente distanciamiento y rechazo por parte de amplios sectores de la ciudadanía, al proyectar la imagen de una Iglesia anclada en posturas conservadoras y con un discurso basado en la superioridad moral.

A esto se sumó el profundo impacto de las múltiples denuncias por abusos sexuales cometidos por miembros prominentes del clero, así como la respuesta negligente de la jerarquía eclesiástica ante dichas acusaciones, lo que intensificó la crisis de legitimidad y confianza hacia esta institución en el Chile contemporáneo.

La pérdida de centralidad de la Iglesia católica en la esfera pública se expresa en el debilitamiento de su capacidad para incidir en los procesos de legitimación normativa. Esta tendencia queda reflejada en los resultados de la Encuesta Bicentenario UC 2024: ante la afirmación “Se debería tomar más en cuenta a la Iglesia católica a la hora de tomar decisiones públicas”, solo un 18% de los encuestados manifestó estar de acuerdo, lo que evidencia la pérdida de autoridad de la institución como actor moral y político.

Bajo este escenario, es posible realizar una lectura crítica del fenómeno de desafiliación del catolicismo como un proceso multicausal, cuya expresión empírica se observa en una disminución sostenida en el tiempo: del 76,9% en 1992, al 70% en 2002 y al 54% en 2024. No obstante, cabe señalar que el catolicismo continúa siendo la adscripción religiosa mayoritaria en el país, con 8.168.978 personas.

Otra tendencia religiosa importante que viene a confirmar el censo 2024 tiene relación con el estancamiento porcentual del mundo evangélico. Si bien una mirada de largo plazo permite establecer un crecimiento menor pero consistente en las últimas mediciones censales (13,2% en el censo 1992, 15,1% en el censo 2002 y un 16,3% en el censo 2024), esto contrasta con las miradas de antaño que profetizaban ciertos líderes evangélicos bajo el eslogan un “Chile para Cristo”, dónde esta fe dominaría el panorama religioso frente a un catolicismo en progresiva decadencia.

Por el contrario, lo que nos muestra la Encuesta Bicentenario 2024 es que en las últimas dos décadas la adscripción al mundo evangélico ha sido fluctuante entre un 14% y un 18%, con alzas y bajas menores dependiendo del año. Esto contrasta con la acelerada caída del catolicismo en casi 30 puntos porcentuales durante el mismo periodo de tiempo según el mismo instrumento. Esta relación entre ambas adscripciones religiosas mayoritarias resulta relevante si consideramos que hasta inicios de los años 90 parte importante del crecimiento evangélico provenía de conversos desde el catolicismo, como explicaban en 1999 Ximena Hinzpeter y Carla Lehmann en el artículo “Mapa de la religiosidad: ¿Cuán religiosos somos los chilenos?”. A la luz de los datos de hoy, pareciera que el mundo evangélico ha perdido la capacidad de ofrecer una alternativa atractiva a los desencantados del catolicismo que lo hicieron crecer durante buena parte del siglo XX.

Crédito: Pexels

La ralentización del crecimiento evangélico en un escenario general de pluralización y desafección religiosa podría explicarse también por transformaciones importantes que se están generando al interior de este mundo religioso. Mientras que históricamente su incremento se relacionaba con conversiones masivas al pentecostalismo en los sectores populares, los evangélicos de hoy han alcanzado ciertos niveles de movilidad social propios del proceso de modernización que ha vivido el país en los últimos 30 años. Muchos de estos evangélicos, especialmente los más jóvenes, no solo han nacido en familias evangélicas que han experimentado cierto bienestar material, sino también han optado a mayores niveles de educación y proyección profesional. A partir de esto, no es extraño ver más movilidad intra-evangélica, donde los creyentes deciden cambiar de denominación, alejarse de las iglesias por un tiempo o impulsar movimientos de actualización dentro de las iglesias de sus padres, de acuerdo con nuevas valoraciones políticas, culturales o sociales.

Por otra parte, los números del nuevo censo nos hacen preguntarnos por las dificultades de adaptación del sector evangélico al mundo actual. A diferencia de visiones de antaño que tendían a ver este tipo de iglesias como unidades monolíticas y aisladas del resto de la sociedad chilena, los evangélicos de hoy no están abstraídos de los procesos de descrédito de las autoridades y desafección institucional que afectan a otras religiones. Si bien los números siguen mostrando mejores niveles de confianza en las iglesias evangélicas en comparación con el catolicismo —como lo prueba la Encuesta Bicentenario de 2021—, los casos de abuso, corrupción e instrumentalización religiosa que han experimentado importantes iglesias evangélicas han incrementado la crítica y desafección entre segmentos de la feligresía más intolerantes con este tipo de prácticas.

Otro aspecto importante corresponde a aquellas personas que no se identifican con ninguna religión, cuyo porcentaje pasa de un 5,8% en 1992 a un 8,3% en 2002, para finalmente llegar a un 25,8% en 2024. Evidencia del crecimiento sostenido de estas categorías ya había sido destacado por otras encuestas a lo largo de los últimos años, como Latinobarómetro en el año 2023, donde el porcentaje de personas que se identificaron como agnósticos, ateos, creyentes no afiliados, otra religión y ninguna alcanzaron el 31,4% del total de encuestados. La encuesta aplicada por el CEP en 2024 muestra resultados parecidos, con un 35% de los encuestados seleccionando la opción de agnósticos, ateos u otros. 

Este notable aumento en el porcentaje de personas que no se identifican con una religión particular responde a una transformación estructural del fenómeno religioso en Chile y a nivel mundial, pero no implica en lo absoluto el declive de creencias y prácticas relacionadas con lo sagrado. Junto al mencionado alejamiento institucional, la gran oferta religiosa que trae la globalización y la era de la información ha revitalizado el vínculo de las personas con lo religioso, como lo plantea el sociólogo Peter Berger en su artículo Further Thoughts on Religion and Modernity. La tendencia general se decanta por una creciente personalización e individualización de creencias y prácticas religiosas y espirituales, donde los sujetos adaptan de manera flexible los elementos religiosos que ofrecen los diversos sistemas de creencias o las instituciones a sus propias necesidades espirituales.  Se quedan con lo que les hace sentido y desechan el resto, como lo describe la socióloga Françoise Champion en sus obras.

Esto último se expresa de formas diversas, híbridas, que a ratos pueden parecer incoherentes para el espectador. Las personas pueden mezclar tradiciones de su religión hereditaria —como el catolicismo—, con religiosidades ancestrales o no cristianas e incluso indagar en nuevos movimientos religiosos —como los de tipo new age u otras prácticas místico-esotéricas—. En este nuevo panorama religioso, no es extraño encontrar a alguien que crea en el Dios católico y, a la vez, participe de prácticas como lecturas del tarot o posea estatuas de deidades pertenecientes a otros sistemas de creencia como Ganesha o Buda.

Hay un cambio en la forma en que los sujetos se relacionan con lo sagrado, pasando de una orientación de control “simbólico-racional” —típica de las instituciones religiosas— a una de tipo “simbólico-emocional-ritual-corporal”, que se adecúa más a las nuevas alternativas religiosas y espirituales, como lo afirma el sociólogo Cristian Parker en sus investigaciones.  Las personas ya no se identifican completamente con las iglesias como institución religiosa, por tanto, estas pierden su capacidad de regular la vida social, convirtiéndose más en una reserva de creencias y una prestadora de servicios religiosos a los que los creyentes pueden acceder libremente. No obstante, esto no significa de ninguna forma que las personas hayan abandonado sus creencias y prácticas religiosas como se teorizó a fines del siglo pasado, sino que se está en presencia de un nuevo tipo de vínculo con lo religioso que se media en función de las propias demandas de sentido y necesidades espirituales.