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Un viento negro y desolador

«La muerte de la madre en el parto configura el hecho fundamental y determinante de la historia de Xuela, narradora protagonista de Autobiografía de mi madre, la que es, paradójicamente, la novela menos autobiográfica de Jamaica Kincaid».

Por Lucía Stecher

Autobiografía de mi madre, la novela publicada por Jamaica Kincaid (Saint John, Antigua y Barbuda, 1949) en Estados Unidos en 1996, y reeditada en Chile por Lumen en 2022, tiene uno de los inicios más conmovedoramente bellos que podemos encontrar en la literatura contemporánea: “Mi madre murió en el momento en que yo nací, y así, durante toda mi vida, no hubo nunca nada entre la eternidad y yo; a mi espalda soplaba siempre un viento negro y desolador… En mi origen estaba esa mujer cuyo rostro nunca había visto, pero al final no había nada, nadie entre mi persona y ese negro espacio que es el mundo” (9). La muerte de la madre en el parto configura el hecho fundamental y determinante de la historia de Xuela, narradora protagonista de la que es, paradójicamente, la novela menos autobiográfica de Kincaid. Estamos, entonces, frente a una ficción que se presenta como autobiografía, pero no de quien narra, sino de su madre, aporía que se ve reforzada cuando leemos, al empezar el libro, que la narradora prácticamente no sabe nada de su progenitora. Pronto nos damos cuenta de que el texto nos ofrece una doble invención: la de la madre cuyos retazos de historia se recuperan fragmentariamente a lo largo del texto y, sobre todo, la de la protagonista, que se ve obligada a construirse a sí misma a partir de una situación extrema de vulnerabilidad y desposesión.

Autobiografía de
mi madre

Jamaica Kincaid
Lumen, 2022
216 páginas


Autobiografía de mi madre cuenta la vida de Xuela desde que su padre la dejó al cuidado de la mujer que lavaba su ropa hasta su adultez. El ambiente de desamor en el que crece lleva a la protagonista a desarrollar una conciencia lúcida e implacable de su posición en el mundo, que está marcada por un desamparo absoluto que ella lucha por convertir en fortaleza. Desde su soledad extrema, Xuela aprende a reconocer los afectos e intereses que mueven a las personas que la rodean, que casi siempre son mezquinas, pequeñas, incluso despreciables. La narradora parece usar un filudo bisturí para escudriñar sin compasión la naturaleza de las relaciones humanas: “La esposa de mi padre me enseñó a asearme. No lo hizo con amabilidad. Mi constitución y mi olor personal le proporcionaron la oportunidad de despreciarme. Reaccioné de una forma que ahora es uno de los rasgos característicos de mi personalidad: me gustaba todo aquello que me decían que debía aborrecer, y me gustaba más que ninguna otra cosa” (36).
Las estrategias que le permiten a Xuela sobrevivir y resistir el desprecio que la rodea son completamente distintas a las que despliega el pueblo caribeño al que pertenece frente a su propia posición de sometimiento. Ella decide entregarse a sí misma todo el amor que le ha sido escamoteado, también porque se da cuenta de que vive rodeada de personas que se detestan. Xuela comprende temprano que la colonización y el racismo han penetrado hasta el más mínimo espacio de las mentes y personalidades de los habitantes de su isla: “Mi maestra era una mujer que había sido educada por misioneras metodistas; pertenecía al pueblo africano, yo lo veía con claridad, y había encontrado en ello una fuente de humillación y de aversión por sí misma; llevaba la desesperación como si fuera una prenda de vestir, como un manto o un bastón en el que apoyarse constantemente, una herencia que nos transmitiría a nosotros” (20).
Xuela, por su parte, es hija de una madre caribe, un pueblo que había sido “exterminado, arrojado y esparcido como semillas en un jardín” (20), y un padre con ancestros europeos y africanos. Desde esa posición de heredera de un pueblo exterminado y otro “derrotado pero (que) había sobrevivido” (20), la narradora reconoce el poder de la escuela y las instituciones coloniales para destruir la autoestima de los colonizados y, peor aún, para impedir que entre ellos se construyan vínculos de solidaridad y comunidad. En este sentido, Autobiografía de mi madre se siente muy cercana a textos fundamentales del pensamiento anticolonial, como los de los también afrocaribeños Aimé Césaire y Frantz Fanon.
El segundo aprendizaje importante de Xuela en lo que respecta a las relaciones de poder tiene que ver con la posición de las mujeres. Así, rápidamente se percata de que el valor de las mujeres se construye en función de sus relaciones con los hombres, y que eso hace que entre ellas no exista la solidaridad. En ese mundo despojado y feroz, Xuela se resiste a ocupar el lugar de víctima, a cumplir el destino de las mujeres derrotadas y tristes que la rodean. El conocimiento temprano de su cuerpo, de sus sensaciones y sus olores la acompañan en sus experiencias sexuales, descritas con un lenguaje intenso y poético en distintos momentos de su historia. Xuela tiene distintos amantes, se rehúsa a tener hijos y va dibujando su vida para llenar a su manera el vacío inconmensurable dejado por la muerte de su madre.
La sensación de permanente alienación de la protagonista con respecto a la mayor parte de las personas con las que se encuentra, tiene su contracara en el modo en que se relaciona con la naturaleza de su isla. El tono a veces ríspido y casi siempre desconfiado con el que se refiere a su padre, su madrastra, sus hermanos y a veces también a sus amantes, se transforma en un lenguaje gozoso en muchas de las descripciones de su entorno. Las largas oraciones características de la prosa de Kincaid fluyen de modo casi hipnótico en estas escenas, que muestran una Xuela que finalmente se permite bajar la guardia:

“Mi mundo entonces… constituía para mí tanto un misterio como una fuente inagotable de placer: adoraba la cara gris del cielo, poroso, veteado, húmedo, siguiéndome camino de la escuela infinidad de mañanas, lanzándome desde arriba punzantes flechas de agua; la otra cara de ese mismo cielo, cuando era de un azul duro sin refugio posible, un telón de fondo para un sol cruel; el sofocante calor que acababa formando parte de mí, como mi sangre; los altivos árboles (los brotes de algunos de ellos tenían el tamaño de pequeños troncos), que crecían sin moderación, como si la belleza residiera en el tamaño, y que yo podía nombrar uno por uno cerrando los ojos y escuchando el sonido que producían sus hojas al rozar unas con otras; y adoraba el momento en que las blancas flores del cedro empezaban a caer sobre la tierra con un silencio que yo era capaz de oír, sus pétalos al principio todavía frescos, un suave beso rosa y blanco, luego, al día siguiente, aplastados, marchitos y marrones, una visión molesta; y el río, que se había convertido en un pequeño lago cuando un día, sin previo aviso, cambió su curso, en cuya orilla me sentaba a observar familias de pájaros, ranas poniendo sus huevos, mientras el cielo iba cambiando alternativamente del negro al azul y del azul al negro, y la lluvia caía sobre el mar, más allá del lago, pero no en la montaña que había más allá del mar” (22).

Esta larga oración, que empieza y termina con los ojos de Xuela atentos a los matices del cielo, muestra el modo en que la protagonista se nutre de la belleza y la fuerza de la naturaleza en su tenaz resistencia a ocupar el lugar de las víctimas y derrotadas. Se trata de un personaje complejo, que puede atraer y producir rechazo, que ilumina en forma implacable las miserias del mundo, y a la vez es capaz de extraer de él la máxima belleza.