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Una palabra resiliente

En el mapudungun antiguo, el cahuín designa un evento donde familias y territorios discuten sus puntos de vista. Remite a la unidad social pacífica. En el habla chilena actual, en cambio, significa chisme, comentario mal intencionado que circula de boca en boca o situación conflictiva. Es lo que pasa cuando dos lenguas conviven bajo un mismo techo: la de la nación sometida tiende a heredar los estereotipos que afectan a quienes la hablan. 

Por Cristián Oyarzo | Imagen principal: Atlas de la Historia Física y Política de Chile, de Claudio Gay (1854). Crédito: memoriachilena.gob.cl 

La primera vez que vi escrita la palabra cahuín fue en Purranque, cuya población en gran parte es de origen huilliche, la gente mapuche del sur. Durante la enseñanza básica fui compañero de curso de un niño llamado Gastón. Algunos niños en la escuela solían burlarse de su apellido. Muchas familias habían olvidado la lengua originaria y nuestros docentes no habían sido entrenados para enseñarla. Era la década de 1980. Una mañana, la profesora salió del aula por un momento. Yo estaba aprendiendo a leer, me gustaba deletrear palabras nuevas. Movido por la curiosidad, me puse a hojear el libro de asistencia. En la mitad de la lista, recuerdo, aparecía Maricahuin, el apellido de Gastón. 

El testimonio escrito más antiguo de cahuín data de 1606, año en que el padre jesuita Luis de Valdivia publicó su Arte y gramática general de la lengua que corre en todo el Reyno de Chile. Este libro reporta dos significados para la palabra: uno locativo y otro colectivo. El primero es “lugar donde viven los mapuche”. Está presente en topónimos como Quilacahuin y Curacaví. El segundo es “junta de personas”. Subsiste en algunos apellidos como, por ejemplo, Maricahuin. 

La palabra cahuín con el significado de “junta” aparece en las crónicas de la Conquista y la Colonia. En ellas, el cahuín se describe como un evento social donde familias de distintos linajes y territorios discutían y resolvían sus asuntos. Era una instancia de diálogo para crear comunidad y forjar alianzas políticas y militares. 

El apellido Maricahuin posee un sentido profundo. Por una parte, la palabra mari significa “diez”, el número de la totalidad. Por otra, la palabra cahuín significa “junta para tomar acuerdos”. Maricahuin es el nombre de un linaje que recuerda el acto de reunirse para resolver conflictos por medio de la palabra. Remite a la unidad social lograda por medio del diálogo. Así como marichiwew significa “diez veces venceremos”, el apellido Maricahuin significa “diez juntas” o “diez veces nos reuniremos”. 

En el 2010, más de cuatrocientos años después del primer testimonio escrito, el Diccionario de uso del español de Chile registra la palabra cahuín con dos acepciones: 1. “Chisme, comentario mal intencionado que se difunde de boca en boca”; y 2. “Situación conflictiva”. ¿Cómo es que la palabra cahuín llegó a comunicar estos sentidos en el habla chilena? 

Cuando grupos distintos entran en contacto, las palabras suelen cambiar de significado a causa de las culturas en juego. El Arte del padre Valdivia registra una forma derivada de cahuín: cahuintun, “borrachera”. Las crónicas coloniales señalan que las juntas incluían festejos. El ideario de templanza en que estaba imbuido el padre Valdivia lo llevó a dar atención preferente a lo que para él era desmesura y vicio. La junta cumplía una función que la mentalidad española de la época no podía comprender del todo. En el libro Historia de los antiguos mapuches del sur (2003), el historiador José Bengoa explica que el cahuín fue la institución mediante la cual la sociedad mapuche —una sociedad sin poder político centralizado, sin Estado— logró desarrollar cohesión. 

En 1765, en el libro Arte de la lengua general del Reyno de Chile, Andrés Febrés reporta cahuín como “borrachera” o “junta para beber”; y, en 1777, en su libro Chilidüngu, Bernardo de Havestadt lo registra como “festín, banquete, juegos y espectáculos de los indígenas”. Para 1904, el significado se ha desplazado aún más. El Diccionario Etimológico de voces chilenas derivadas de lenguas indígenas, de Rodolfo Lenz, incluye la forma derivada cahuinero a la que define como “bullicioso, vocinglero y enredoso”. Se trata del antecedente más cercano al significado actual de la palabra. 

En resumen, el cambio semántico de cahuín comienza con “junta” (1606), continúa con “borrachera” (1765), “festín” (1777) y “bullicio” (1910), y finaliza en “rumor y conflicto” (2010). El significado de llegada no es arbitrario. Se relaciona parcialmente con lo que ocurre en una junta: una reunión en que se discute a muchas voces y donde, en apariencia, hay desorden. Un observador externo a la cultura no puede comprender el fenómeno. Lo que para los mapuche era un ejercicio político hecho a base de palabra y reciprocidad, para el oído ajeno era ruido sin propósito y confusión. La palabra fue perdiendo su contenido hasta quedar reducida a una pura cáscara. Así ingresó al habla chilena.     

El caso de cahuín no es aislado. Muchas voces de origen mapuche pasaron al español de Chile con un descenso de estatus. Palabras como quiltropiñénpilcha y chacota, entraron significando cosas y, a la vez, comunicando juicios: ‘impureza’, ‘pobreza’, ‘falta de seriedad’. Esto no es casual. Cuando dos lenguas conviven bajo un mismo techo, la de la nación sometida tiende a heredar los estereotipos que afectan a quienes la hablan. El estatus del pueblo sometido es el que le asigna la nación dominante. El Estado chileno le niega reconocimiento al pueblo mapuche desde que lo derrotó militarmente y lo incorporó por la fuerza. Las palabras del mapudungun que han entrado al español de Chile no tienen permitido circular en todos los espacios de lo público. Están confinadas en la oralidad coloquial. De hecho, la palabra cahuín no aparece en medios escritos fuera del ámbito de la farándula, un campo de la cultura que carece de prestigio.  

Sin embargo, la estigmatización no ha impedido que estas palabras se afianzaran en el habla chilena. La textura fonológica de cahuínquiltropiñénpilcha y chacota aporta una expresividad que sus equivalentes de origen español no poseen. Por eso los hablantes chilenos las adoptaron, y se han convertido en patrimonio de nuestra identidad lingüística. Se trata de una paradoja productiva: el desprecio social hacia lo mapuche convive con una dependencia expresiva real hacia su lengua. 

En el idioma mapuche existen las palabras rüf, “verdad”, y koyla, “mentira”. No hay una palabra para referir la verdad y la mentira a medias. Es curioso: el origen de cahuín es mapuche, pero el mapudungun no posee una palabra con un significado equivalente al cahuín del habla chilena. Para expresar esta idea, habría que acuñar un neologismo; por ejemplo, kayñekünuchepeyümlu dungun, que significa “comentario que deja a las personas enemistadas”. 

En el mapudungun de hoy los significados “junta para tomar acuerdos” y “fiesta comunitaria” se han separado en dos palabras distintas: trawün y kawiñ, respectivamente. La forma kawiñ es la misma que el padre Valdivia reportó en 1606, pero su contenido ahora consiste en la celebración que, con música y baile, acompaña a las competiciones de chueca y las carreras de caballo en las comunidades. A la luz de lo anterior, el apellido Maricahuin puede ser reinterpretado. Yo recuerdo que Gastón era un niño alegre. Si en la escuela de Purranque le hubieran enseñado los significados de su apellido, y dado a elegir entre el antiguo y el moderno, Gastón habría dicho “diez fiestas”, “diez veces festejaremos”. Y, entonces, los demás habríamos formado un círculo alrededor de él para abrazarlo y felicitarlo.